Krásnaia Moskvá. Moscú Rojo

Vicente Palomera*

A finales del pasado año se publicó un libro inmenso: “El siglo soviético. Arqueología de un mundo perdido”[1], obra del historiador alemán Karl Schlögel, autor conocido por la publicación, de “Terror y utopía. Moscú en 1937”[2]

El autor ha explicado que esta obra surgió como reacción a los sucesos de Ucrania-Crimea en 2013-2014; la independencia y adhesión de la península a la Federación Rusa y la guerra no declarada en el este ucraniano, ambas promovidas por el presidente ruso, Vladímir Putin. Fue la sorpresa de que el fin formal de la Unión Soviética en 1991 no significara el fin de una civilización imperial, y de que no estuviéramos preparados para este proceso insoportable y doloroso, lo que llevó a Schlögel a repensar una historia que pensaba que ya conocía.

El resultado es este impresionante estudio de la vida cotidiana de la Unión Soviética a través de los objetos, las sensaciones, los espacios y la cotidianeidad trasladándonos a un mundo que ya no existe, pero que tampoco ha desaparecido. Entre los espacios comunes de interés para la historia son las bibliotecas, las “cocinas moscovitas” –lugares privados donde se celebraban desde los años 60 reuniones, fiestas y la información circulaba más libremente, incluso, era frecuente el trasvase de manuscritos de libros prohibidos–, los balnearios y centros vacacionales, las dachas, los espacios abiertos urbanos –como los parques– o los inmensos espacios ignotos de la Rusia siberiana. Asimismo, el autor se acerca e introduce en su historia los objetos cotidianos, multitud de objetos significativos, como el papel de estraza, la cerámica, las enciclopedias y libros, disponibles, censurados o prohibidos, los pianos y el uso de los mismos en veladas musicales privadas, refugiadas en el espacio semioculto de los hogares.

Igualmente, el historiador-arqueólogo aborda numerosas actividades de la vida cotidiana como los ritos y fiestas anuales, los desfiles civiles y militares o ciertas actividades tomadas con suspicacia al principio y finalmente potenciadas, como la danza, la moda hasta el estudio de la industria cosmética, el que llegó a ser el perfume soviético por antonomasia, “Moscú Rojo” (Krásnaia Moskvá) el llamado “Chanel soviético”. Para contar lahistoria de una civilización, de una forma de vida, se precisa analizar los espacios y los objetos como ese perfume que se utilizaba en todo tipo de acontecimientos importantes. Si cada objeto tiene una historia, el aroma de ese perfume, Krásnaia Moskvá, es elevado a la categoría de paradigma, objeto importante para abrir otros sentidos, como la magdalena de Proust, que es el detonante para empezar a recordar toda la novela.

Apoyándose en el Libro de los Pasajes, Schlögel nos invita a actuar de la misma forma que Walter Benjamin,  anotando sus reflexiones, los “pasajes” de las obras que describen el mundo del siglo XX, a recorrer los pasajes, saliendo a la luz y de nuevo internándose en ellos. Schlögel nos muestra de un modo admirable la posibilidad de utilizar todos los sentidos para reconstruir la Historia y que las cosas que podrían parecer anecdóticas son un ejemplo de que el deseo de la belleza sobrevive incluso en momentos terribles. Son especialmente interesantes los pasajes dedicados a los objetos de uso diario. Por ejemplo, el papel de estraza, el de periódico -que servía para liar el cigarrillo de tabaco barato llamado “papirosa”- o el papel de calidad para las publicaciones más valiosas.

Hasta la publicación de este libro, el lugar central de la vida soviética nunca aparecía en los estudios soviéticos. Ninguno había hablado de la vida de los rusos, al menos no lo hizo hasta la caída del Muro, ninguno había ahondado, por ejemplo, en la vida de las personas asentadas en apartamentos con ocho habitaciones y un único cuarto de baño que compartían ocho familias diferentes, que no tenían nada que ver unas con otras.

La Historia no es sólo un proceso de orden cronológico, sino que se produce en los espacios, los paisajes, los campos de batalla… Este es el giro que Schlögel da como historiador, al incluir el espacio en la historiografía, yendo a los lugares donde se producen los fenómenos para ver exactamente donde han tenido lugar, donde se reúnen millones de voces que nos cuentan lo que ocurrió, desde el campesino al líder político, a los desastres, a las biografías. En ese museo también tiene un lugar donde se puedan observar los objetos y espacios como bibliotecas y cinetecas con películas y noticiarios.

La erudición de Karl Schlögel respecto a la extinta Unión Soviética no procede pues solo de las lecturas académicas de toda una vida en la universidad, sino de más de treinta años viviendo en la Unión Soviética. De ahí que ahora nos ofrezca esta monumental historia, construida a base de retazos de un mundo que ya no existe. Es una historia sobre todo de la vida cotidiana: de sueños grandilocuentes que resultaron quimeras insalubres como Magnitogorsk, el mayor centro metalúrgico del mundo, que el autor considera jocosamente “las pirámides del siglo XXI”. Pero también de aspectos supuestamente nimios que suelen quedar fuera de los tratados de historia y, sin embargo, explican mucho: qué se comía, cómo era el ocio, qué perfumes producía la patria del proletariado, cómo se organizaban los pisos comunitarios. No hay política explícita, en verdad, la política estaba en todo.

La obra se adentra en los denominados por Schlögel “lugares comunes” de la vida soviética, poco atendidos por los historiadores: las viviendas compartidas (Kommunalka), viviendas burguesas de ciudades como Leningrado o Moscú reconvertidas en espacios comunes para diferentes familias –seis o siete– cada una con su habitación y con derecho a compartir lugares como la cocina o los cuartos de baño, lo que el poeta Joseph Brodsky definiría como vivir “en una habitación y media”. O las colas interminables para obtener alimentos o recabar información, por ejemplo de un desaparecido, en las que se sabía de antemano que sería difícil obtener lo esperado. Sus efectos, sin embargo, son aún visibles porque “pasar gran parte de la vida esperando creó un tipo especial de estrés cotidiano que probablemente solo desaparecerá cuando se extinga la generación socializada en la era soviética”, señala Schlögel.

El siglo soviético es también un recorrido por los espacios urbanos e industriales, viejos o de nueva creación, como el anteriormente citado, Magnitogorsk, el mayor complejo metalúrgico de Europa, surgido en 1929 al Este de los Urales, que llegó a los 150.000 habitantes diez años después, o los campos y las zonas de cultivo colectivizadas por los territorios de la represión y el terror (con nombres míticos del gran archipiélago como Kolimá en el Extremo Oriente con los inviernos gélidos a menos 50 grados, o como Solovki, un monasterio-fortaleza convertido en campo de prisioneros en medio del Mar Blanco). Son todos ejemplos de un poder que no conocía frenos ni límites.

La obra concluye con la propuesta de un museo imaginario de la URSS, a la manera del Musée imaginaire de Malraux para la Historia del Arte mundial. Schlögel propone situar este museo en la Lubianka, la grande y siniestra prisión moscovita, por la que pasaron, desde los tiempos originarios de la revolución, miles de detenidos, muchos de ellos torturados, ejecutados y condenados al olvido. El museo de la civilización soviética sería el espacio idóneo para “pasar revista a un siglo atroz” en recuerdo de sus héroes, sus creadores artísticos, sus constructores y los muchos ciudadanos sacrificados a mayor gloria de la gran utopía fallida.

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ELP).

Fotografía seleccionada por el editor del blog.


[1] Schlögel, K., El siglo soviético. Arqueología de un mundo perdido, Galaxia Gutemberg, 2021, Traducción de Paula Aguiriano Aizpurua.

[2] Editado por la editorial Acantilado, Barcelona, 2014.

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