Guerra y pax

Luis-Salvador López Herrero*

Mientras un padre mira con asombro nuestra catedral, un niño le pregunta con cierta preocupación: «Papá, ¿por qué la guerra?». Sin mirarle el padre le contesta con calma, extasiado ante la majestuosidad silenciosa que está presenciando: «Para la paz». Entonces el niño vuelve a interrogarle cómo sólo ellos saben hacerlo, es decir, con insistencia e indagando la falta en el saber que agujerea toda respuesta: «Y la paz pues para qué…». Ahora sí que el padre dirige su mirada hacia él, con atención, como queriendo transmitirle su experiencia a lo largo de la vida, y le manifiesta con cierta serenidad: «Desgraciadamente para preparar la guerra, hijo, para la guerra».

La vida es como es, y el mundo, nuestro mundo, también. Se nace, se vive y se muere. Ese es el patrón de oro del mundo biológico, y que cada uno añada a este fluir vital lo que crea oportuno en función de su cosecha, labrada en el seno de un discurso históricamente variable que le ha constituido como sujeto. Luego nuestro mundo, ese con el que nos hemos encontrado sin propiamente buscarlo, también surgió en un momento, se está desarrollando ahora y, finalmente, desaparecerá del mismo modo que nuestra propia existencia. Esta es al menos la conclusión que destila la ciencia, y que comparto, una vez que el canto de los dioses se ha ido apagando entre tanto ruido infernal como ortopédico.

Ahora bien, en nuestro mundo, desde tiempos inmemoriales, el temor a la guerra ha sido condición de paz, así como la paz un tiempo de entreguerras demasiado poco valorado, del mismo modo que la aparición del malestar siempre rescata, con sensación de lamento, el bienestar disfrutado y perdido, tanto como el dolor por no haber sabido mantenerlo.

No obstante, no podemos hacernos una idea del valor que siempre ha tenido la guerra en el desarrollo de civilizaciones, porque, como decía Heráclito: «La guerra es el padre de todas las cosas». Dicho de otro modo: la destrucción y la discordia preceden a la construcción y la concordia en un ciclo sin fin, dado que, si la guerra es el padre, la discordia y el amor, como señaló el mago Empédocles, son también la madre de todas las relaciones humanas.

Así ha sido siempre y del mismo modo lo será, porque la condición humana tiene un pathos ineliminable, así como un límite a la convivencia pacífica, de carácter estructural, que ya anunciaba Freud, en el «Malestar en la cultura». Recordemos que el parricidio mitológico no trajo finalmente la pacificación entre hermanos, sino más bien la lucha a muerte entre ellos, tal y como sucedería más tarde, entre muchos otros, con el asesinato del dictador Julio Cesar y la lucha fratricida subsiguiente, que sólo traería una nueva Pax bajo el mandato de un nuevo tirano.

Si esto parece ser así, y la historia no hace más que aportar datos al respecto, convendría pues calibrar muy bien nuestros anhelos y sueños, templando las ansias más belicosas de los políticos, además de manejar los momentos de tensión con cierta calma y prudencia, justamente, para evitar lo que desde siempre está al acecho para irrumpir, como si del mismísimo diablo se tratara, destruyendo todo lo construido a duras penas.

Y es que la discordia y la tentación a la guerra están demasiado arraigadas en el alma humana, mientras que el amor y la concordia siempre nos exige un esfuerzo, un plus, al que no siempre estamos dispuestos a conceder por ese aguijón tormentoso pasional que palpita en el corazón.

Luego, ¿por qué la guerra y cuándo surge? Si bien las contiendas son la consecuencia de la sed de muerte y de poder que brama en el alma humana, su aparición no es más que el fracaso de la palabra, allí donde debería vehiculizar todas esas ansias desmedidas en el marco de nuestras relaciones.

Y aquí aparece ahora la responsabilidad de la política en su quehacer diario frente al empuje pulsional mortífero, que tanto dolor y sufrimiento generan a su alrededor. Porque a un político no se le debería juzgar porque lo piensa, ni mucho menos por sus sueños, sino tan solo por los hechos y sus consecuencias.

En este sentido, con todo el dolor que siento por la población ucraniana y el respeto hacia su presidente por lo que éste representa para su pueblo, considero que se ha equivocado estrepitosamente, al no saber encauzar a su país, en un momento clave de su historia, hacia una salida mucho más exitosa como posible.

Por supuesto que no tengo suficientes datos para ahondar en este fracaso trágico para todos, porque nuestro paciente no está en el diván, pero sí sospechas al respecto. Por ejemplo, la historia de Ucrania no puede ser leída sin Rusia, del mismo modo que la de Rusia tampoco puede ser entendida sin su anhelo por estar en Europa, al menos, desde el siglo XIX. Ahora bien, Rusia ha sido siempre juzgada por Europa como un «patito feo» y atrasado. El problema es que ahora es un animal herido que, en las últimas décadas, no ha hecho más que perder en todos los sentidos. De ser una enorme potencia política, económica, militar y cultural, hegemónica en el siglo XX y con capacidad para dirigir el destino de muchos países, ahora se ha convertido en una nación que pocos quieren y admiran, porque las luces de neón occidentales han dinamitado cualquier trazo relevante de su antiguo estilo de vida. Pero el asunto es, como los cazadores bien conocen, que un animal potente pero herido y temeroso de su destino, resulta ser demasiado peligroso, porque el miedo genera muchas veces el ataque como defensa.

No me cabe duda de que el Sr. Zelenski conoce mucho mejor que todos nosotros a los rusos y a su presidente, entonces, ¿cómo es posible que se haya dejado llevar por la inercia de una tensión creciente? ¿Quién le habrá aconsejado? ¿Qué cantos de sirena le encandilaron haciéndole así perder el rumbo? Sabemos que Ulises, en pleno vendaval, se agarró al mástil, que era lo único que tenía, abandonando cualquier canción o promesa ilusoria que retumbara en sus oídos, y así pudo salvar su vida y la de su tripulación. Pero pienso que éste no ha sido el caso del Sr. Zelenski. Mal asesorado y cautivado presumiblemente por promesas de acogida en Occidente, además de estimulado en su ardor patriótico por la idea de separarse definitivamente del yugo de su historia, el resultado es bien conocido y sumamente padecido por la población.

Pero tampoco Occidente ha calibrado bien la coyuntura, e infravalorando al enemigo potencial y a sus condiciones, se ha dejado llevar por un ímpetu militar de ayuda que, tan solo va a alargar una contienda, que todos sabemos, está perdida de antemano, porque desde el principio están abandonados a su suerte. Entonces, ¿para qué ha servido todo este escenario de sufrimiento y de muerte?

Lamento volver al principio, pero el ser humano está hecho de una pasta defectuosa para la paz y la concordia, como exitosa para la danza mortal. Sin embargo, no me cansaré de repetir que la lucha por la paz debería de ser siempre lo primero, y que es preciso insistir una y otra vez en ella, poniendo freno a cualquier ímpetu guerrero por más que las ideas, las promesas o los sueños de los políticos las alumbren.

Porque no se olviden que los sueños, sueños son, y que los hechos son quienes construyen, para bien o para mal, nuestra historia.

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ELP).

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

Fuente: https://www.diariodeleon.es/articulo/tribunas/guerra-y-pax/202203250948542205015.html

Una respuesta a “Guerra y pax

  1. Quiere decir que porque Rusia es un animal herido hay que dejarlo que arrase cuanto se le ocurra sin oponerse a ello? Me parece que se cargan todas las tintas del lado de Ucrania y su presidente. Y que no debe ser nada fácil estar en su lugar.

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