Perder la ingenuidad, volver a pensar la guerra

Amador Fernández-Savater*

“La guerra no sólo ha desgarrado y quemado el mundo, también lo ha aclarado. Vemos que es un laberinto edificado por los hombres mismos, un mundo mecánico y glacial, cuyo confort y aparente eficacia nos privan cada vez más de nuestras fuerzas y de nuestra dignidad” (Kafka).

¿Se ha vuelto impensable la guerra? Me viene esa pregunta a la cabeza recordando el estado de incredulidad compartido por los expertos y la población en general sobre la eventualidad de una invasión rusa de Ucrania hace apenas unas semanas: “Eso no puede suceder”, “no es posible”. Sólo acertaron los servicios secretos norteamericanos, bien metidos en harina. 

¿Nos hemos vuelto ingenuos? Seguramente sí, al menos los europeos, que pensamos y vivimos como si la guerra hubiese desaparecido del horizonte, relegada a tiempos pasados y a lugares “atrasados”. Incluso los intelectuales más sofisticados de nuestra época nos han enseñado a pensar el poder como una estrategia compleja de “seducción” de los espíritus que no recurre ya al terror sobre los cuerpos. 

Pero hoy, ante nuestra perplejidad, la guerra está “de retorno” en Europa. Y con ella el terror. 

¿Podemos decir “no a la guerra” sin pensarla a fondo? Sería mantenernos en la ingenuidad, reproducir la ceguera. Es urgente sacar la guerra del ámbito de lo “impensable”, salir de lo que podríamos denominar el “inconsciente liberal”, la creencia de que todo marcharía bien si nos desembarazamos finalmente de algunos “atavismos”: populismos, nacionalismos, etc. Esa representación de la realidad es transversal a personas de todas las ideologías, un lugar desde el que se habla tanto a derecha como a izquierda. 

El inconsciente liberal concibe la guerra como una desviación o una patología, la decisión y el producto de alguien que “ha perdido el juicio”. Es la mirada que se aplica hoy sobre Putin en los medios de comunicación: megalómano, ambicioso, fanático. Pero ¿es realista atribuir la guerra a la “locura” de una sola persona? ¿Es Putin realmente una anomalía, un lastre del pasado? 

Ese inconsciente nos impide ver y pensar hasta qué punto la guerra no es ninguna rareza o aberración, sino un principio constituyente de nuestro mundo. Hoy, simplemente, se ha hecho (más) visible. 

El materialismo de las fuerzas

¿Dónde encontrar los recursos intelectuales necesarios para volver a pensar la guerra? Podemos tomar apoyo en el materialismo de las fuerzas: una tradición de autores como Maquiavelo, Spinoza o Clausewitz entre los clásicos; o el joven André Glucksmann, Guy Debord y León Rozitchner entre los contemporáneos. Leerlos nos cura de la ingenuidad.

Por un lado, explican con claridad cómo el orden social no reposa en primer lugar en pactos o contratos libres entre ciudadanos, sino en una administración estatal de la violencia y el terror. Pero ese “realismo” tan necesario no lo ponen al servicio de lo existente, como ocurre en el caso de Hobbes o Carl Schmitt, sino de la construcción de estrategias populares de resistencia, basadas en una fuerza de naturaleza diferente. Es decir, enseñan que no hay una sola fuerza, como piensa toda realpolitik, sino al menos dos: la fuerza de los fuertes y la fuerza de los débiles, la administración del miedo y la potencia de la cooperación. 

Esta tradición es un escándalo para el inconsciente liberal. Porque no concibe guerra y paz como compartimentos estancos, sino en continuidad. El inconsciente liberal considera el consenso y el contrato social como una “salida” del estado de guerra, un pasaje entre barbarie y cultura. El materialismo de las fuerzas nos espabila a pensarlos más bien como una cierta “codificación” de una disputa siempre cambiante e inestable. El Derecho no es, como pensaba Paul Valéry, el “descanso de las fuerzas”. Bajo su fachada aparentemente neutra, desinteresada y objetiva, hay una pugna permanente entre dominantes y dominados, gobernantes y gobernados. 

La guerra no es una “monstruosidad”, un paréntesis o un momento de excepción, sino que está inscrita en la normalidad: la produce y reproduce. Es necesaria mucha violencia, por ejemplo, para fundar y mantener la obligación cotidiana de trabajar por cuenta ajena, la explotación. Desde ahí podemos entender la famosa frase de Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”, donde la palabra clave es continuación

La continuidad no significa que “todo sea lo mismo”, sino que unas cosas se prolongan en otras: la guerra en la paz y el terror en la democracia. Hay una cierta “fluidez” entre lo civil y lo militar, el ejército y la policía, la guerra exterior y la guerra civil. Los civiles, como Hitler o Putin, ordenan masacres, los países se invaden como operaciones de policía, las técnicas militares se emplean para reprimir revueltas sociales. La guerra es un paradigma, una manera de pensar que circula entre políticos y militares, científicos e intelectuales, expertos y periodistas. 

Esa continuidad distingue la guerra moderna y la clásica. A la guerra clásica, limitada en el tiempo, el espacio y los objetivos, le sucede una “guerra total” que funde lo político y lo militar, tiene efectos devastadores sobre los civiles, moviliza todos los saberes de una sociedad y aspira a la destrucción definitiva del enemigo. ¿No se ha convertido hoy el propio capitalismo en una modalidad de “guerra total”, una conquista de territorios y una depredación de recursos ilimitada tanto en extensión como en intensidad? 

La tregua no es la paz

Entre 1871 y 1914, Europa conoció un largo periodo de paz y prosperidad, pero era sólo aparente: a su alrededor se desplegaba la conquista colonial y en su interior se incubaban los huevos de la serpiente que eclosionaron en la Gran Guerra. Del mismo modo, tampoco Europa vivía en paz hasta hace unas semanas, sino en una tregua siempre bajo amenaza y rodeada de las guerras limitadas que “externaliza” por todos los rincones del globo. 

El pacifismo se vuelve ingenuo cuando considera la guerra como “patología”, cuando no es capaz de discernir la guerra en la normalidad, cuando confía la paz a una estructura objetiva de coexistencia (sea persuasiva o disuasiva) entre poderes. Cuando piensa, en definitiva, desde el inconsciente liberal.

Nada hay más “razonable”, desde el punto de vista de la sociedad actual, que la guerra: activa el negocio de las armas, abre nuevos mercados, empuja los avances científicos, alimenta la innovación tecnológica, liquida los obstáculos al “progreso”. Los problemas para los de abajo son soluciones para los de arriba. La “locura” de Putin es perfectamente normal y perfectamente moderna.

La guerra emplea sin tapujos el terror para lograr sus objetivos (políticos). Pero cuando este cesa, eso no significa que vivamos en “paz”, sino que se abre un periodo de “tregua” (Clausewitz). La tregua es la continuación de las hostilidades por otros medios. El terror se transforma en amenaza disuasiva que anuncia a las poblaciones: “o esto o el caos”. Hay límites de lo posible, los privilegios que la guerra anterior impuso. Cualquier cuestionamiento sustancial de lo existente es señalado como un riesgo para la convivencia. Hay cosas que no se discuten, hacerlo llevaría a la catástrofe. Así son nuestras democracias actuales.

Una paz más verdadera ha de ser concebida por fuera de esta oscilación entre guerra y tregua, terror y disuasión.  

Una paz que no es la tregua

¿Cómo frenar la guerra? Según el inconsciente liberal, es sólo una cuestión de diálogo, de negociación, de diplomacia entre los grandes. Algo necesario, pero insuficiente por sí solo. Hay que atender también, si seguimos la tradición materialista, al plano de las fuerzas. 

Si leemos a contrapelo la famosa máxima de Clausewitz sobre la relación entre guerra y política, ¿qué encontramos? Señala otra forma de continuidad, menos explorada. La fuerza que puede frenar las escaladas bélicas de los grandes es la misma que puede limitar la voracidad (política) de los poderosos: la resistencia de los pequeños

En tiempos de guerra, la lucha partisana. Desde los españoles contra Napoleón hasta los vietnamitas contra EE.UU., pasando por las distintas resistencias contra los nazis, la “defensiva estratégica” (Clausewitz) ha sido capaz muchas veces de erosionar y desgastar la fuerza conquistadora de los fuertes, forzándoles a la retirada o a la negociación. 

En tiempos de tregua, los movimientos políticos. Desde los esclavos hasta las mujeres, pasando por la clase obrera, los avances en materia de derechos o libertades nunca han sido una graciosa concesión de los de arriba, sino victorias arrancadas por los de abajo. El Derecho llega siempre después: viene a sancionar (en el mejor de los casos) aquello que las luchas empujaron. 

Durante la guerra de Vietnam surge una combinación inédita: un movimiento político contribuye a detener una guerra, por medio de la deslegitimación y la deserción (más de 100.000 desertores). La “opinión pública” aparece como una potencia sin armas capaz de intervenir decisivamente en los conflictos de los grandes. Toda guerra se desdobla desde entonces en “guerra psicológica” que toma a la “opinión pública” como objetivo. 

En conclusión: el resorte de la paz no es en primer lugar la coexistencia entre poderes, así como el resorte de la democracia no es el Estado de Derecho, sino la relación activa de las poblaciones con respecto a los Estados. Ni la paz ni la democracia pueden delegarse

La resistencia de los pequeños no sólo contribuye a limitar la dominación, sino que plantea nuevos principios para la convivencia. Todo poder encuentra su base filosófica finalmente en Hobbes: el miedo a la muerte es el cemento del lazo social. La resistencia encuentra el suyo por el contrario en Spinoza: nada hay más útil a un ser humano que otro ser humano. Este vínculo de cooperación es lo que Sartre elogiaba de la resistencia francesa en su célebre artículo “La república del silencio”, reclamando su prolongación en la democracia de posguerra. No fue escuchado. 

La guerra es “impensable” desde el inconsciente liberal. Pero esto no impide que suceda todo el tiempo, ni que sea el fundamento de nuestro mundo tan civilizado. El funcionamiento normal de nuestro mundo trae la guerra como la nube la tormenta. Tenía razón quien, durante las movilizaciones contra la guerra de Irak en 2003, dio la vuelta al eslogan altermundista y escribió por las paredes: paremos el mundo, otra guerra es posible. ¿Cuál es hoy la guerra de los que no tienen ni quieren el poder, la guerra de los que no quieren la guerra?

* Periodista y escritor.

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

Fuente: https://ctxt.es/es/20220301/Firmas/39127/ingenuidad-guerra-clausewitz-amador-fernandez-savater.htm

Referencias: 

De la guerra, Clausewitz, Ediciones Ejército, 1978.

La religión de la guerra, André Glucksmann, Arena Libros (próxima edición).

“Las ideologías de la coexistencia”, André Glucksmann, en Historia de las ideologías, François Chatelet y Gérard Mairet, Akal (1989, 2005, 2008)

Perón, entre la sangre y el tiempo, León Rozitchner, Biblioteca Nacional, 2015. 

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