CORONAVIRUS: “La noche de los muertos vivientes”

La noche de los muertos vivientes

 

José Manuel Álvarez*

 

“El autor ha dedicado varios años a recorrer el mundo en busca de todos los testimonios (…) en un Informe para la Comisión de Posguerra en los Estados Unidos, ya que la mitad de dicho informe desapareció de la redacción final al ser rechazado por la presidenta de dicha Comisión, quien exigió solo ‘hechos y números claros que no los enturbie el factor humano’. El autor justifica que, sintiéndose frustrado por esta decisión, decidió escribir este relato porque, al excluir el factor humano, ¿no nos arriesgamos a crear un distanciamiento emocional que, Dios no lo quiera, podría llevarnos a repetir la historia?”

“Este libro aclara realmente cómo el doctor Kwang Jingshu [posteriormente detenido sin cargos] (1) descubrió los primeros casos y se destaparon las pruebas ocultadas por el gobierno chino sobre el gran estallido. También cómo surgió y se propagó el controvertido Plan Naranja de supervivencia, fruto de un oscuro cerebro del apartheid sudafricano. Además, contiene los testimonios directos de gentes de la posguerra: contrabandistas de Tíbet, oficiales de servicios secretos de medio mundo, militares, científicos, (…) y muchos otros que lucharon para defendernos de la amenaza de los zombis. (…) Por fin, el mundo sabrá la verdadera historia de cómo la humanidad estuvo a punto de extinguirse”.

Debería poner los pelos de punta leer ahora este libro (2), escrito en 2006 por Max Brooks, sino fuera porque sería el enésimo libro y/o película que de forma reiterada y con detalles narrativos cuya coincidencia con la situación actual es tan sobrecogedora que invita a imaginar de forma espeluznante que, o alguien desde el futuro nos está enviando señales que sólo unos pocos privilegiados somos capaces de captar, o que, sin duda, hay algo intrínseco al sistema que nos hemos dado para vivir que produce anticipaciones “lógicas” que aceptamos o rechazamos en función de nuestros propios y retorcidos intereses. Y nos volveríamos a estremecer si realizásemos un rastreo de todos los artículos de sólo hace 2 y 3 años en los que se detallan las pandemias convenientemente olvidadas de los últimos 100 años (muy mortales), en los que se nos alerta de las que están por venir y en los que se critica la falta de medios para hacerles frente debido a la constante dejadez de los malversadores gubernamentales de turno. La frase en la que pivotan todos esos artículos es la siguiente: “No debemos preguntarnos si va a ocurrir, sino cuándo va a ocurrir”. Y en efecto, ha ocurrido, y no me deja de sorprender la reacción de sorpresa en un mundo tan supuestamente informado como en el que supuestamente estamos.

Crisis

No entraré en lo que después y ya con hechos arrojados cual arena a los ojos, está siendo la gestión de la llamada crisis actual. Mi interés ahora es acentuar lo cautelosos que me parece que debiéramos ser cuando se habla de una nueva “crisis” y de que la salida de esta crisis va a ser a un mundo muy diferente del que provenimos. Y eso porque, de forma reiterada, incluso sospechosamente reiterada y en los últimos 100 años, no parece que hagamos otra cosa que ir de crisis en crisis, para salir, aunque de forma diferente, a lo mismo una y otra vez.

Crisis de un sistema capitalista definido como un complejo sistema económico-social sostenido en una circularidad discursiva que se anula así mismo en cuanto discurso, al no hacerle lugar a la pérdida; que induce por medio del sacrosanto consumo lo más adictivo y se manifiesta por una manía furibunda que -lo sabemos por la clínica-, confina siempre con la muerte.

Adicción

Cualquiera que tenga un mínimo de contacto con los representantes más antiguos y genuinos de dicho discurso, esos precursores llamados toxicómanos, podrá observar, -a pesar de graves enfermedades, largos encierros carcelarios, importantes accidentes, suicidios -fallidos-, etc.-, lo frecuente que es que nada detenga su trayectoria adictiva. Pacientes que a la salida del hospital después de un largo ingreso a raíz de gravísimos acontecimientos, lo primero que han hecho ha sido un “me fui a consumir” presos de ese fondo maníaco en el que nada opera como punto de detención. De ahí que los más decididos y voluntariosos en estas lides adictivas acaben siendo vistos por los demás adictos como “zombis”.

Así que, tal y como nos lo recordaba tan oportunamente Manuel F. Blanco (3), podemos hacer un recorrido moebiano desde de lo individual a lo social en la línea de lo que proponía Sigmund Freud, y alumbrar con este aparente epifenómeno toxicomaníaco lo que viene ocurriendo hace decenios en la misma “realidad” que nos rodea. Debo recordar aquí que, mientras se estuvo gestando la anterior crisis de 2008 un puñado de analistas financieros empleaban la terminología más heavy del campo de la toxicomanía para anticipar las causas de lo que iba a ser dicha crisis financiera. Por supuesto, nadie hizo caso de todas aquellas señales igual que ahora con la pandemia, empleando exactamente las mismas frases que se emplearon en su momento para negar la financiera; todo ello aderezado convenientemente con las mayores de las mentiras jamás construidas: en aquellos momentos teníamos “el mejor sistema bancario del mundo”, ahora teníamos “el mejor sistema sanitario del mundo”, y prefiero no seguir por ahí que me conozco…

Y es que, en efecto, cuando George. A. Romero, allá por el año 1968 (menudo año) estrenó su película “La noche de los muertos vivientes”, rescatando de la tradición caribeña la figura del cadáver viviente, y con un final en el que el relato fílmico se torsionaba por sorpresa para convertirse en un alegato político asombroso, no hizo sino que extender dicha figura al mundo de la llamada modernidad; extenderla como una de las figuras esenciales para entender el sistema en el que nos estamos dejando devorar. Una figura, la del zombi que, además de haberse puesto de rabiosa moda los últimos años, me temo que si nada lo remedia acabará siendo su excelente radiografía.

Entonces, no sólo es la negación lo que abunda en un sistema al que en varias ocasiones y entre colegas me he referido como “la ebria felicidad de estar bailando encima de un barril de nitroglicerina”, sino que es la negación como resultado de una consumista excitación maníaca, en la que ese bailoteo gira imparable entorno a un poste en llamas en el que arde el sujeto del deseo ofrecido a la gula infinita de los dioses oscuros del consumo.

Zombi

Precisamente por eso el sujeto puede acabar convertido en un zombi, en un muerto en vida cuya vida se sostiene paradójicamente en la juntura más íntima de lo que confina con la muerte. En una repetición iterativa que, cuanto más se jura a sí mismo ser la última vez, -“la última vez que lo hago, la última vez que me pasa”-, más recomienza de nuevo.

De ahí la prudencia que comentaba más arriba, porque si al inicio de esta nueva crisis ya muchos se comportaron como el alcalde de Amity Island, Jarry Vaughan en la celebérrima película “Tiburón” (1975), que se niega a cerrar las playas una y otra vez a pesar de los indicios que le van presentando (y que niega u oculta) por temor a arruinar económicamente la campaña turística de verano, ahora todos los bancos centrales junto con las reservas federales, en su más que tóxica relación con los mercados -la llamada cleptocracia financiera-, están tomando medidas de rescate saltándose a su vez todas las leyes vigentes, para volver repletos de dinero fiat al rescate de banqueros dealers cuyos clientes e inversores vip forman parte “de un gueto de adictos que se meten en vena el dinero gratuito de la Reserva Federal en los callejones más oscuros de Suiza” (4).

Manía

En definitiva, es lo que en otro lugar señalé tomando el lúcido comentario de Michael Lewis en su imprescindible “La gran apuesta”, en referencia al Wall Street de las hipotecas basura: una vez que se puso en funcionamiento esa gran estafa que fue la anterior crisis, “Era como observar una máquina inconsciente que no pudiera detenerse” (5). Pero hay que señalar que esa máquina a la que se refiere Lewis es una máquina acéfala sustentada únicamente en pervertidos algoritmos y en conexiones intraplanetarias en las que el grado de velocidad de transmisión ha ido aumentando de forma exponencial los últimos años, ya que operaciones de millones de dólares se pueden transformar en ganancias o en pérdidas por cuestión de diferencia de velocidad en milisegundos de comunicación. Una velocidad de devoración que es la que refleja el film “Guerra Mundial Z” (2013) de Marc Forster, mediocre adaptación del libro citado al inicio de Max Brook, pero en la que relumbran dos cosas fundamentales. Por un lado, el fortísimo contraste con el film de Romero en el que la figura del zombi, aunque muy peligrosa, aparece como un ser torpe, débil y de andares quejumbrosos, a la transformación en el film de Forster, en un ser hipermaniaco, con una actividad muy por encima de lo frenético, de una temible fortaleza, una marabunta más que aterradora que lo arrasa todo a su paso a una velocidad inhumana y con un aparente sentido de masa -enormes enjambres-, que lo convierte en una máquina absolutamente imparable y letal; lo cual consuena, y esto no puede ser por casualidad, con el estilo del mundo actual a diferencia de los años ’60 de G. A. Romero.

El otro, es otra torsión narrativa que no está en la novela, y que tampoco puede ser por casualidad, y es algo que debería como psicoanalistas llamarnos muy poderosamente la atención, -lamento el spolier-, y es que la vacuna contra esa plaga feroz, la inmunidad para que no te muerdan, es ni más ni menos que ¡¡¡inocularte un virus para estar enfermo!!! Es decir, en un mundo como el actual donde el furibundo marketing sanitario empuja a la pureza, a lo hipersano, al cuidado obsesivo de la salud y belleza, al ideal de erradicación de todas las enfermedades y dolencias, y hasta de la muerte, en una carrera desalmada que nos angustia y nos hace terriblemente más débiles y temerosos, -sentimientos que luego la propia industria del medicamento se encarga de monetizar de forma cínica y escandalosa-, generando además una demanda loca que amenaza de forma constante con la quiebra de cualquier sistema sanitario, resulta que el punto de detención que plantea el film de Forster es justamente la enfermedad, o sea, la marca de la castración sobre el ideal maníaco, adictivo y, por lo tanto, mortífero de la salud, del consumo y de la monetización sin límites de cualquier actividad humana.

Pérdida

Naturalmente, de la misma manera que como enseñaba Sigmund Freud, todos los personajes de un sueño son el representante del sujeto que lo sueña, podemos leer una película bajo el mismo principio y plantear que esos zombis vorazmente maníacos, no son sino algo que nos interpela e interpreta como sujetos de este mismo sistema que, en el fondo, nos lleva mordiendo hace lustros en cámara lenta tratando de convertirnos en unos hermosos zombis. En zombis como se han acabado convirtiendo, miren qué casualidad y según estricta terminología financiera, por un lado, empresas y bancos completamente quebrados, muertos pero activos, después de la anterior crisis económica. Zombis financieros que siguen alimentándose hoy en día de los recursos que aportan los contribuyentes al Estado. Y Fondos buitre por el otro, que vienen a nutrirse de los despojos que va dejando ese mismo sistema zombi. Es decir, el ideal de pérdida cero.

Tal y como Erick González destacaba en palabras de William S. Burroughs (6), “Ninguna reflexión consciente acerca de las desventajas y los horrores de la droga puede darte el impulso emocional para abandonarla. La decisión de dejar la droga es una decisión celular”, es decir, algo que va más allá de cualquier consideración consciente ni de los acontecimientos más graves y perturbadores que puedan sucederte, ni siquiera cuando el consumo cae inevitablemente bajo el yugo de la Ley de rendimientos decrecientes, sino de algo que por fin se inscribe, marca y enfrenta al sujeto con una decisión íntima de máxima responsabilidad que ya no puede, de ninguna manera soslayar y que es, por lo tanto, absolutamente fuera de cálculo y no responde a ningún valor ideal del bien ni del mal.

Túnel

Se habla por todas partes estos días de salir y cómo de esta situación actual caracterizada como un “túnel”. Miquel Bassols (7) en un video reciente en conversación con Luis Salamone apunta a la posibilidad de una estancia en modo túnel de forma indefinida. José Ramón Ubieto (8) apuesta por una salida definida por un juntos. Mi idea es más radical, el ser humano desde el momento que sufrió el profundo e impensable cataclismo que lo hizo hablar, ya no puede vivir respecto del mundo que habita sino en un túnel del cual ya no podemos salir. De ahí que se trata de poner el acento en cómo vamos a seguir viviendo en ese túnel cuando lo que parece estar tramándose, una vez más, es un reinicio de sistema en cuyo arranque se contabilicen las terribles pérdidas a beneficio de inventario, reduciéndonos definitivamente a puros zombis participantes en la guasa de sistemas democráticos que habrán pasado del autoritarismo actual a lo ultra autoritario por venir. Seguramente los psicoanalistas deberán abrochar todavía más fuertemente el psicoanálisis a otros discursos junto con los cuales, -como señalaba Éric Laurent hace años en su presentación del libro “Lost in cognition” (9)-, ayudarse con el fin de reintroducir su especificidad apuntando a lo real en tanto que imposible, frente a un sistema “donde la pérdida ni existe ni tiene lugar: todo es inscribible, todo es recuperable”, remarcando así que “el psicoanálisis abre la posibilidad de reinscribir el lugar de lo que se pierde, evitando así que se pierda lo que justamente se oblitera en el sistema: el sujeto mismo”.

Impedir la pérdida de ese sujeto que lo es siempre de un deseo y de un goce rebelde a cualquier cuantificación y a cualquier pesadilla ofrecida por el marketing pornográfico de las satisfacciones a medida. Es, sin duda, introducir o al menos no permitir evacuar el “factor humano” que la presidenta de la Comisión de la ONU citada al comienzo, censuró exigiendo solo ‘hechos y números claros que no los enturbie el factor humano’ rechazando así la historia oral de sus protagonistas. Lo que no es otra cosa que reprimir la palabra en tanto única inscripción de la pérdida y, por tanto, de algo que pudiera apuntar a un verdadero cambio. Lo demás, es volver de nuevo a lo mismo, pero de forma diferente hasta la nueva catástrofe por venir quizás y esta vez, en forma de infierno climático. Es, en definitiva, defender mediante la palabra y en presencia real de los cuerpos lo que casi al final de la película “Sergio” (2020) (10), en una hermosa escena de amor, el protagonista le dedica a su amada en una frase escrita en un corazón de papel: “Todo es una interminable cadena de anhelos”.

*Psicoanalista de la AMP (ELP)

 

Fotografía seleccionada por el autor.

 

Notas

1-. Anticipándose de forma siniestra a la trágica historia del Dr. Li Wenliang que fue el primero en alertar de la nueva infección por coronavirus y luego fue obligado a callarse por el gobierno chino, falleciendo tiempo después víctima de ese mismo virus.

2-. Max Brooks, “Guerra Mundial Z”, Ed. Debolsillo.

3-. Manuel Fernández Blanco, en https://zadigespana.com/2020/04/18/coronavirus-covid-19-negacion-y-pulsion-de-muerte/

4-. https://www.youtube.com/channel/UCTz8GxKrYWRSE_xHc_f-Qqw/videos

5-. Michael Lewis, “La gran apuesta”, Ed. Debate. Y en José Manuel Álvarez, El número tóxico y sus administradores, Freudiana 77-78.

6-. Erick González, The final fix o el colocón final. Sobre la novela “Yonqui” de William S. Burroughs, en http://www.scb-icf.net/nodus/contingut/article.php?art=610&rev=68&pub=1

7-. Miquel Bassols en conversación con Luis Salamone, en https://www.youtube.com/watch?v=Rvo_QmgOisc

8-. José Ramón Ubieto, en https://zadigespana.com/2020/04/20/coronavirus-salir-del-tunel-juntos/

9-. Miquel Bassols, Enric Berenguer, Éric Laurent, presentación del libro de Érick Laurent “Lost in cognition”, en Freudiana 46.

10-.”Sergio”, sobre los últimos meses de la vida del diplomático de la ONU, Sérgio Vieira de Mello. Netflix.

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