Insultos y espaldas anchas

Mariangela Mazzoni *

A dia de hoy, la fecha de caducidad del gobierno de Draghi creó una gran confusión. Aunque, y es necesario decirlo, ésta venía desde hacía tiempo: el 2022 que comenzó con la pandemia en extinción, continuó con el estallido de la guerra en Ucrania.

La caída del gobierno dio «el tiro de gracia» a una situación ya difícil que, paradójicamente -y los tonos de este caos no parecían grises, tan solo porque el calor del verano que anunciaba una crisis ambiental inminente- nos ha hecho percibir en menor medida el absurdo y la hipocresía de una clase dominante en Italia que debería haber liderado la situación y que, en cambio, al no confiar en “sí misma”, ha llevado nuevamente a los votantes a las urnas.

En este caos han surgido, como absurdas explosiones de pompas en el aire, disputas que poco tienen que enseñar, pero que traspasan la pantalla y nos llevan a la reflexión. Se trata de una noticia que poco tiene que ver con ese «todo irá bien», o con la esperanza del «todos seremos mejores» de las que se hablaba en el primer confinamiento.

Pongo un ejemplo: lo sucedido entre Brunetta y “Berlusconi-Fascina”, al que él mismo se refirió, expresándolo claramente: “…cuando hay una ruptura, una vez que hablo de los motivos de la ruptura, emprendo disputas personales… Me dicen cara o cruz y sufro por esto, pero tengo la espalda ancha y pienso hoy en todos esos niños y niñas que no tuvieron la suerte de nacer altos…»

En definitiva, la referencia a ser forzado y acosado toda la vida, escuece, pero aún más cuando se trata de quienes se hacían llamar amigos el dia de antes.

¿Qué dejará -parece preguntar a nuestros hijos y al futuro que representan- sentirse siempre golpeados y heridos por los exponentes de esa clase política que se dice tan ocurrente? Aquí, afortunadamente, el psicoanálisis viene en auxilio: el insulto deviene agresión allí donde pudo haber dialéctica y confrontación.

Por tanto, y el discurso del político Brunetta también lo concierne, un insulto es algo que parece no tener sentido excepto, en última instancia, para poner a un sujeto en la posición de objeto-deshecho.

El insulto rompe el vínculo e impide el encuentro: traspasa al Otro. En este caso va dirigido a quienes querían «desvincularse del grupo» estigmatizándolos.

Para Lacan: «…lo que puede producirse en una relación interhumana es o la violencia o la palabra. El insulto es, por tanto, una piedra lanzada con la palabra de la que hay que defenderse, de alguna manera.

Paradójicamente, hoy más que nunca es necesario hacer un buen uso de la palabra para oponerse a la violencia, como argumenta Mónica Vacca en el editorial de la revista AL nº 27 titulado, precisamente, «Violencia».

El mismo Freud, mucho antes, sobre el insulto decía: “el hombre civilizado ha trocado una parte de posible felicidad por una parte de seguridad”. Su pretensión, entonces, era reflexionar sobre el hecho de que el hombre primitivo, por el hecho de vivir en grupo para mayor protección, había pasado al uso de la palabra incluso en los conflictos, mediante la ofensa verbal.

Me impacta que en esos días se pudo leer una carta enviada al Corriere. La escribió una niña de 13 años que decía que se «sentía diferente» a sus compañeros de su edad porque no siempre tiene la nariz en su smartphone, le encanta mirar a su alrededor y disfrutar de la naturaleza y esto muchas veces produce malentendidos con los demás. A veces puede sentirse excluida del mundo de sus compañeros pero es ella quien los invita a intentar adentrarse en su vida cotidiana y probar una experiencia diferente. En mi opinión, la niña tiene la “espalda ancha».

Intenta superar la violencia con palabras.

Hoy las nuevas generaciones nos ponen a prueba. Son ellas mismas las que hacen “política”. Muestran cómo trabajar para “la polis”. Los chicos han cambiado.

La fragilidad y las inseguridades se expresan con más claridad, se puede construir un discurso que no sea solamente con insultos, sino un intento de encuentro.

Se tiene menos miedo a la exposición y dar una opinión, a hablar, a discutir y a intentar crear vínculos. Entonces, ¿qué hacer con el insulto? ¿Cómo hacer entender a los políticos que la política es otra cosa y que, como dijo Aristóteles, “el hombre es por naturaleza un animal político” y, como tal, llevado por la naturaleza a unirse con los de su especie para formar comunidades?

¿Cómo hacer entender a la gente que hay otros caminos más airosos que conducen al mismo objetivo, pero a través del diálogo y la democracia?

Quizá siempre pueda sacarse una lección de la pugna entre David y Goliat: ser físicamente superior de poco sirve a este último, si no para quedar en ridículo cuando insulta desde el lugar donde está encaramado sintiéndose absurdamente fuerte: el desenlace de la historia reconoce el valor de otras “magnitudes”.

*Participante de la Scuola Lacaniana di Psicoanalisi (SLP).

Fotografía seleccionada por el editor del blog. (El David de Bernini, 1623-1624)

Traducido por Diego Ortega Mendive y José Luis Chacón.

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