Rumbo a peor

Kepa Torrealdai Txertudi* 

Me permito tomar prestado el título de la obra del gran Samuel Beckett para perfilar la deriva de nuestra sociedad. Desde bien pronto, los padres depositamos en nuestros hijos los anhelos e ideales que quizá en nuestra infancia no pudimos colmar. Como decía un amigo mío queremos que nuestros hijos metan los goles que nosotros no metimos, o peor, que metan los goles que nos metieron a nosotros… De esta manera se crea una especie de círculo que se cierra sobre sí mismo y presiona, con las mejores intenciones, a los jóvenes cachorros.  

¡Pásale a mi hijo! Se puede escuchar desde el lateral del campo. Claro, es la buena opción. La de uno. La del linaje de uno. Es el que debe brillar. Los jugadores no saben a quién deben pasar el balón salvo que la erudición de un padre los guíe desde la banda. En general, los entrenadores son jóvenes que no se han dado cuenta de la valía de los jugadores que uno alberga en casa. Por eso deben ser ayudados desde la banda. Desde una posición de saber, ante la incompetencia de los entrenadores.  

De la misma manera que en un estadio de futbol el aficionado increpa al árbitro o a los jugadores, en edades escolares también podemos asistir a espectáculos de este tipo. Los niños por su lado miran al suelo o les hacen el gesto de que se callen a sus propios padres. El mundo al revés. El hijo tomando los mandos del navío parental. Esto debía ser a lo que se referían con que estamos sumergidos en la época del declive del padre… 

Entonces, esta es la vertiente que en el eje vertical funciona hacia abajo, hacía la prole, hacia la descendencia. Por otro lado, en el mismo eje tendríamos el vector que se dirige hacia arriba. Hacia los grandes. Hacia los futbolistas profesionales, hacia las selecciones que también producen identificaciones nacionalistas desmedidas. En las que Messi o Ronaldo pueden aglutinar la mayoría del fervor.  

La misma ceguera y entusiasmo que nos guía a apretar a nuestros menores nos da rienda suelta para jalear y hacernos uno con la masa nacional, cada uno con su bandera. No importa que el Mundial de Qatar 2022 se haya construido sobre miles de cadáveres de esclavos accidentados, ni que los derechos de la mujer ni de la diversidad sexual sean prohibidos y castigados a latigazos. Lo que importa es que los de uno, prevalezcan. Sacar pecho, mostrar la superioridad ante el rival. Es el de uno el que es el mejor. En consonancia a lo que sucedía con la propia descendencia. Es una extensión del Yo, de lo mío, del nosotros… Nosotros, los mejores. Y cuando el nosotros los mejores se quiebra por algún lance del partido, siempre queda cambiarse de camiseta para apoyar a otro que sí venga a enfundar ese ideal. O caer en una cierta depresión que deberá ser ahogada en algún brebaje, en el mejor de los casos.  

Se trata de la exacerbación de lo de uno, de lo nuestro. De lo que une a las naciones a través del deporte, lo que empuja a la visualización masiva de los eventos deportivos. Un circuito realmente ardiente que aglutina en el nosotros, la fuerza necesaria para tapar la miseria propia, de la propia nación, del nosotros.  

Es difícil decir que el futbol haya producido algún beneficio social más allá del puro entretenimiento. Lo que sí ha sucedido es la construcción de una arquitectura faraónica alrededor de una industria mediática que mueve miles de millones de euros a nivel global en la que participan grandes fondos de inversión. Rendimientos que raramente revierten en lo social. Pero toda esta cuestión queda olvidada del otro lado de la pantalla, donde lo que prima es la captura identificatoria con el ideal. Una fascinación que nos recuerda que por lo menos uno llegó a colmarse en esa meta contemporánea. Que uno salió de la miseria y de las dificultades económicas de la vida diaria. Al menos uno, el nuestro.  

*Médico. Socio de la sede de Bilbao de la ELP.

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