El retorno de lo que siempre estuvo ahí

Javier Franzé*

La pandemia pareció devolver a la política su perdido y negado esplendor. La situación excepcional mundial iluminó en todas partes la capacidad estatal de dirigir la sociedad y, en cierto modo, arrastró a la comunidad a pensarse como tal. Parecía la conmoción definitiva de las ideas dominantes hace ya al menos cuatro décadas, según las cuales “la sociedad no existe, sólo los individuos” y lo comunitario queda reducido a lo estatal y éste, a su vez, al parasitismo, la morosidad y el amiguismo: la conjura de los perezosos.

En España, este retorno de lo político tuvo especial intensidad: el presidente del primer gobierno de coalición de izquierdas (PSOE-Unidad Podemos), Pedro Sánchez, se puso al frente de un fuerte confinamiento nacional en marzo del 2020. En un país que tolera mal la presencia pública de los gobernantes, al punto de que sólo en contadísimas ocasiones éstos se dirigen a todo el país por radio y televisión, Sánchez comparecía durante los primeros meses cada semana para informar al país, y un especialista hacía lo propio diariamente en nombre del Estado, si bien ninguno de esos mensajes utilizaba la cadena nacional.

Por su parte, la población cumplía disciplinadamente las obligaciones que imponía el confinamiento, manteniéndose en casa, con los centros educativos cerrados y saliendo a la calle sólo para comprar. Este gesto coral se veía coronado desde los balcones cada noche, puntualmente a las 20 h, cuando el país salía a aplaudir la labor de los trabajadores sanitarios. La de todos, sin distinción ni jerarquías, a tal punto que implícitamente el reconocimiento era más sentido e intenso para aquellos que estaban en primera línea de combate contra el coronavirus, las enfermeras y los enfermeros.

El panorama parecía repetirse en todos rincones del globo a medida que la ola de la pandemia iba barriendo el planeta de este a oeste. La puesta en escena de una inédita celebración de lo colectivo parecía, de pronto, haber cambiado el mundo, su horizonte y sus modos. Si bien a raíz de un mal, parecía cumplirse la profecía occidental según la cual el Bien no puede no imponerse. “Saldremos mejores” era el ademán con que secretamente muchos confirmaban que siempre habían tenido razón, que todo era una cuestión de tiempo y de la correcta toma de consciencia de la verdad de aquello que indudablemente fuimos, somos y seremos: una sola humanidad, unida por sus valores universales.

Pero Madrid. Madrid como botón de muestra. Madrid como escena que vino a dar un mentís a todo ese optimismo escatológico. En efecto, las adelantadas elecciones regionales de mayo de 2021 abrieron un espacio para un discurso que venía a corroer ese retorno de lo político. La presidenta regional desde agosto de 2019 y candidata del Partido Popular a la reelección, Isabel Díaz Ayuso, apuntó a la línea de flotación del discurso de Sánchez, tras el que —con las siempre inevitables excepciones del caso— se había encolumnado el país. En verdad, era un consenso nacional performativamente construido por Sánchez, no su creación ex novo. Ayuso, cultivando un estilo irreverente, desafiante de esa “uniformidad” dominante, se plantó en nombre de los anónimos y olvidados comerciantes y emprendedores eligiendo sin complejos la economía como garantía de la salud y realización de la libertad individual. Se erigió así en lideresa del combate contra aquellos a los que señaló como privilegiados porque para sobrevivir a la pandemia no dependían de su esfuerzo cotidiano al frente —por ejemplo— de un negocio familiar. Estos privilegiados no eran otros que los representantes del gobierno “social-comunista” español, con tan poca contracción al trabajo como sed totalitaria de controlar a los demás diciéndoles cómo debían vivir.

La pandemia había pasado así de ser un momento de retorno de lo comunitario a constituir una excusa para que los privilegiados, convencidos de su superioridad moral, saciaran su vocación inquisitorial no dejando desarrollar sus capacidades a la única fuerza social realmente existente: la de los individuos y familias que día a día luchan contra todos y contra todo por un futuro digno para sí y para sus hijos. Mientras Sánchez había vinculado comunidad a sacrificio, prudencia y política, Ayuso se le oponía ligando libertad con rebeldía, espíritu emprendedor y familia. Las elecciones le dieron un rotundo triunfo ante una izquierda que se había quedado sin respuesta, salvo la de condenar moralmente lo que Ayuso decía a medida que lo pronunciaba.

(Dijimos más arriba Madrid. Pero hoy podríamos decir Francia, en virtud de la protesta contra el llamado pase sanitario, hecha en nombre de la libertad…, la igualdad y la fraternidad.)

El discurso de la teleología humanista se vio tentado de afirmar que Ayuso hacía antipolítica, que venía a negar lo construido colectiva y pacientemente en los más duros meses del confinamiento. Pero no: lo que Ayuso vino a hacer es, en nombre de un discurso antipolítico que no estaba interesado en diferenciar la política de los partidos y la dirigencia realmente existentes (no muy diferente de lo que había hecho Podemos, por cierto), reactivar lo político en el sentido más poderoso del término: luchar por construir un sentido de la realidad a partir de los fragmentos sedimentados que ofrece lo real. Allí donde era hegemónico lo comunitario como lo colectivo, Ayuso vino a decir que lo comunitario era la suma de esfuerzos individuales y de los de esas pequeñas colectividades concretas cotidianas como la familia. Allí donde lo dominante era la prudencia y el sacrificio personales en nombre de la salud, Ayuso vino a proponer que la única salud tangible era la de la economía, impostergable para los que no contaban más que con su fuerza de trabajo diaria. Incluso esto le permitió apelar a la osadía de los que se sienten invencibles ante los contratiempos vitales, que por cierto no se lleva nada mal con la apenas disimulada gala de arrogancia atribuida por la caracterología nacional a los y las madrileñas. Dicho en madrileño: la chulería de las gatas y los gatos, los habitantes de Madriz, la capital del reino con nostalgia imperial.

Lo popular, lo contestatario, el privilegio, así como lo que sean la política y lo antipolítico, no son patrimonio de nadie, ni tienen un sentido dado, eterno e inmutable. La única perversión que no existe es la de las palabras. El lenguaje no traduce lo que el mundo es, sino que el mundo se dice a través del uso del lenguaje. Lo político no había retornado, sino que en verdad nunca había partido. Estaba del único modo que sabe, diseminado en comunidades particulares, históricas, hechas de peripecias irrepetibles, refractarias a la parafernalia de los sermones de los intelectuales sobre el-futuro-de-la-humanidad-tras-el-coronavirus que nos inundó al inicio de la pandemia. También por eso festejaremos su final.

Lo único que sabemos es que lo por venir será político, esto es, contingente y particular. Porque lo político no es más que esa interminable e imperceptible pugna cotidiana por el significado de las cosas, especialmente del nosotros y de cómo queremos vivir. Allí está la moral de lo político, no en protestar porque el otro patea fuerte.

*Profesor de Teoría Política, Universidad Complutense de Madrid. 

Fotografía seleccionada por el editor del blog. (Aguafuerte de Lorenzo Goñi)

Fuente: https://www.diagonales.com/contenido/el-retorno-de-lo-que-siempre-estuvo-ah/26690

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