DÓCIL A LO TRANS

 

Jacques-Alain Miller*

La tormenta ha estallado. La crisis trans está entre nosotros. Los trans están en trance (hagámoslo de inmediato, esto era de esperarse) mientras que los psi, pro-trans y anti-trans se apuñalan con el entusiasmo de los partidarios del Extremo Grande y del Extremo Pequeño en Gulliver.

Bromeo.

Precisamente, qué indecencia la de bromear, reír y burlarse, cuando lo que está en juego en esta guerra de ideas es de lo más serio y se trata, nada menos que de nuestra civilización y su famoso malestar o inconformidad, diagnosticado por Freud a principios de los años 30 del siglo pasado. ¿Es conveniente el estilo satírico para un tema tan serio? Ciertamente no. Así que me enmendaré. No volveré a hacerlo. 

Escribí “guerra de ideas”. Es el título del último libro de Eugénie Bastié.  Me llegó de forma inesperada. No creo que se encuentre allí ni una sola vez la palabra “trans”. La obra termina con la actualidad del feminismo radical y la guerra de los sexos. Considerando que esta joven y bella madre de familia, es también la más astuta de las periodistas; es seguro que el estallido de la crisis francesa de los trans es posterior a la escritura del libro. Busquemos la fecha de su aparición en las librerías y notaremos que tres meses antes, esta crisis era imperceptible, aún para una mirada mediática tan aguda como la de Eugénie B. 

Veamos. Pedí anticipadamente por Amazon La guerra de las ideas. Investigación en el corazón de la inteligencia francesa, y me lo enviaron el 11 de marzo. Entonces, a principios de este año, lo trans no había entrado aún en lo que este autor, autora llama “el debate público”. Era invisible o invisibilizado, para emplear una palabra querida por los queridos descoloniales[1] y otros wokes. O quizá, ¿éramos todos no autores, autoras o autrices, sino avestruces?[2]

¡Otro juego de palabras! ¡Soy un reincidente! ¡Incorregible! Me declaro culpable. Pero con circunstancias atenuantes: una infancia difícil, una adicción al significante, influencias perniciosas. No podría avanzar más en la cuestión trans sin alegar mi causa.  

El alegato pro domo

Desde muy pequeño me gustaba jugar con y sobre los nombres y las palabras. Por ejemplo, a Gérard mi hermano menor, lo llamaba Geraldina. No por ello se volvió trans, hoy en día luce su barba en la televisión. Me abandoné a la lectura desde mi más tierna infancia, y ¿cuáles fueron mis libros favoritos? Viaje al centro de la tierra de Jules Verne y el Escarabajo de oro de Edgar Poe, dos historias de mensajes secretos a descifrar. Me encantaron las listas de Rabelais, las farsas de Molière, las bufonerías de Voltaire, las letanías de Hugo, las absurdidades de Alphonse Allais (no la “filosofía de lo absurdo” de Camus), Los sótanos del vaticano de Gide (no Los alimentos terrestres), el “cadáver exquisito” de los surrealistas, los “ejercicios de estilo” de Queneau y compañía. 

Cuando supe latín leí los clásicos, por obligación, pero deseando en secreto las sátiras de Juvenal. No siendo helenista (mi padre había exigido que aprendiera el español, “tan extendido en el mundo”), leí a Lucien de Samosate sólo en francés. No me perdía nunca en Le Canard enchaîné los juegos de palabras del “Álbum de la condesa”. Leí muy tempranamente el libro de Freud sobre el Witz.

Me encontraba, entonces, poco inclinado al espíritu serio. No respetaba a nadie, salvo a los grandes escritores, a los grandes filósofos, a los grandes artistas, a los grandes guerreros y hombres de Estado, o más bien a las personalidades del Estado, los poetas y los matemáticos. Incluso había concebido como Stendhal “el entusiasmo” por las matemáticas, que me venía, quizá también, de “mi horror por la hipocresía”.

Después, a los veinte años, tuve la desgracia de caer en las garras de un médico, psiquiatra, psicoanalista de 63 años, conocido como el lobo blanco por ser una oveja negra. Con el tiempo se convirtió en una oveja negra (¡transición!) Vivía en un entrepiso sombrío y con un techo muy bajo, una madriguera, una verdadera guarida en un inmueble del VIIe arrondissement, donde había vivido el banquero de Isidoro Ducasse, convirtiéndolo en el único lugar de París que estamos seguros de que recibió la visita de Lautréamont. El Dr. Lacan, porque es de él de quien hablo, le daba mucha importancia a este hecho. Me lo contó la primera vez que me recibió en su consultorio, cuya exigüidad hacía imposible cualquier “distanciamiento social” entre los cuerpos, obligados a una proximidad opresiva. 

Este personaje irregular, fuera de norma, no escondía su juego. Mi horror stendhaliano por la hipocresía no encontraba nada que reprocharle. Era un diablo a cara descubierta que se burlaba ostensiblemente de todo, es decir de todo lo que no era él y su causa. En la era de la benevolencia, no le importaba decir en su Seminario: “no tengo buenas intenciones”. La única vez que habló en la televisión francesa, en un horario de máxima audiencia, dijo, hablando del analista como de un santo: “[…] tampoco le importaba la justicia distributiva, a menudo comenzaba desde ahí”.[3] Llevó la insolencia hasta el punto de jactarse en público, poco antes de su muerte, de haber pasado su vida, “siendo Otro a pesar de la ley”. Para colmo de males, no sólo me toma bajo su ala, un ala negra, demoníaca; sino que me convierto en su pariente: me da la mano de una de sus hijas, la que tenía la belleza del diablo, por así decirlo, a la que había llamado Judith, poniendo también ahí las cartas sobre la mesa: el hombre que gozara de ella debía saber que lo pagaría con un destino digno de Holofernes. 

¿Cómo me atrapó? Poniéndome entre las manos Los fundamentos de la aritmética de Gottlob Frege, Die Grunlagen der Arithmetik, 1884, elaboración lógica del concepto de número (según él, la artimética tenía como base la lógica). Él mismo, Lacan, se había esforzado tres años antes en demostrarle a sus followers la similitud existente entre la génesis dinámica de la secuencia de los números enteros naturales (0,1,2,3, etc.) en Frege y el despliegue de lo que él mismo llamó una cadena significante. “No entendieron nada –me dijo, veamos si usted lo hace mejor.” Mi simple presentación me valió un triunfo entre los psicoanalistas, sus discípulos, suscitando simultáneamente, sus celos: “Pero ¿cómo lo hizo? ¡Y pensar que ni siquiera está en análisis!” Y todavía no era “el yerno”, aunque un idilio, se había anudado, discreto, entre Judith y yo. 

Philippe Sollers, el príncipe de las Letras que comenzaba a seguir el Seminario de Lacan, “encantador, joven, arrastrando todos los corazones tras él”, me pide mi texto para su revista Tel Quel. Tuve la osadía de rechazarlo, queriendo reservarlo para el primer número, mimeografiado en la Escuela Normal de los Cahiers pour l´analyse que acababa de fundar con tres camaradas, Grosrichard, Milner y Regnault. Un cuarto en cambio, Bouveresse, miembro del mismo Círculo de epistemología, seguiría despotricando todavía veinte años más tarde siendo profesor en el College de France, contra el descaro que yo había tenido en lacanalizar al sacrosanto Frege de los lógicos. Derrida, por su parte, mi caimán de filosofía ponía mala cara: encontraba mi demostración abstrusa (no era muy fuerte en lógica matemática). Curiosamente, por caminos que ignoro, mi pequeña exposición sin importancia, titulada “La sutura”, se volvió en Estados Unidos un clásico de los estudios cinematográficos (¿?).

Así andaba el mundo en el momento en que el estructuralismo riguroso de Roman Jakobson y Claude Lévi-Strauss pasaban al estado de epidemia intelectual en París y sus alrededores. El episodio forjó mi reputación: la de un genio precoz de los estudios lacanianos. Me quedé para siempre prendido como una mariposa en el álbum de la inteligencia parisina: Papilio lacanor perinde ac cadaver.  Así es como me encontraba, a merced de Jacques Emile Lacan, gran pescador de hombres ante el Eterno. 

Cincuenta años después de estos hechos, es el momento del Metoo, paso a las confesiones. Horresco referens, es horrible decirlo, pero lo hago. Durante muchos años, fui víctima de mi suegro, abusos de autoridad innumerables e incesantes, tanto públicos como privados, que constituyen un verdadero delito de incesto moral y espiritual. Cedía al más fuerte que yo. Incluso consentí –¡qué vergüenza! Como diría Adèle Haenel– a obtener allí un cierto placer, un placer cierto.  Quedé dividido para siempre. 

Habiendo pasado el monstruo del otro lado hace cuarenta años, los juicios que iniciaré tendrán sólo un alcance simbólico, pero decisivo para sanar las heridas de mi alma y reparar el daño hecho a mi autoestima. Reservo a las autoridades judiciales los detalles del testimonio que presento.  Pero quiero que se sepa: como el polvo que lo componía y que hablaba por boca de Saint-Just[4] desafiando la persecución y la muerte, no olvides, lector, que es a proud victim, una víctima orgullosa, la que habla por la mía. “Pero los desafío, a que me arranquen esta vida independiente que me he dado por los siglos y en los cielos.”  

Regresemos a nuestros trans. Son víctimas. Como yo. 

La revuelta de los trans

Parece que la actual dirección de la École de la Cause freudienne, que fue llevada por mí y los míos a la pila bautismal antes de ser adoptada por Lacan, tiene un buen olfato, ya que, en las Jornadas anuales de la Escuela de 2019, en el gran anfiteatro del Palais des Congrès en París, invitaron a tomar la palabra al famoso trans Paul B. Preciado, la estrella de los medios de comunicación woke, quien aceptó de buen grado. 

¿Por qué esta invitación inédita sorprendió a la comunidad psi? La crisis trans no había estallado aún, pero era previsible. En efecto, si tomamos las cosas a la distancia, siguiendo el proceso que culmina hoy en Francia en una revuelta trans, ¿Qué vemos?

Digámoslo rápido. Hay que recordar que los enfermos, nuestros pacientes, todo ese pueblo que sufre, que se presentaba para ser tomado a cargo por profesionales de la salud – ya sean enfermeros, médicos, farmacéuticos, cirujanos, dentistas, acupunturistas, osteópatas, kinesiólogos, psiquiatras, psicólogos, psicoterapeutas, hasta psicobombas; sin hablar de los curadores de huesos, los adivinos, las brujas, profundamente escrutados por una entonces lacaniana Jeanne Favret-Saada en un estudio memorable, los morabitos, curadores, hechiceros, etc., sin olvidarnos, not least, de los psicoanalistas, lacanianos y otros –esta masa, entonces, de demandantes de curación quedó estupefacta por milenios frente al “saber-poder” (Foucault) de los proveedores de salud. Sólo tenían derecho a callarse, a excepción de cuando iban a lo de los psi, por supuesto, u otros charlatanes de todo tipo. 

Un paradigma nuevo hizo su aparición después de la Segunda Guerra Mundial. A estos dominados, los gobiernos de izquierda, de derecha o de centro, les soplaron, día tras día y año tras año: “¡Hablen! ¡No se dejen hacer! ¡Tienen derechos! ¡Pueden estar enfermos, pero siguen siendo ciudadanos! Hagan como todo el mundo: ¡Quéjense! ¡Reclamen! ¡Pidan un ajuste de cuentas! ¡Exijan un reembolso! ¡Que les paguen! ¡Se terminó la dictadura sanitaria! ¡Abran paso a la democracia sanitaria!

“¿Qué creen que pasó?”

“¿Qué creen que pasó?” El pueblo obedece: y se rebela. Los “trans” y sus aliados recibieron bien el mensaje y ahora lo llevan hasta sus últimas consecuencias. A menudo, para sublevarse, se necesita el apoyo, incluso la orden proveniente de muy arriba, del gran cuartel general.  Por ejemplo: en la revolución cultural China, fueron las directivas del presidente Mao las que llevaron a la formación, en toda la extensión del país, de bandas de Guardias rojas que hicieron estragos en toda la sociedad.

En Francia, los poderes públicos hicieron todo lo posible por desmantelar el antiguo “sujeto supuesto saber” que regía el orden médico. ¿Qué está pasando? El S a la tercera potencia se encuentra a la deriva, devaluado, lacerado, exprimido, torturado, doblegado, adornado con bonete de burro, arrastrado por las calles bajo las burlas, arrojado por la ventana. Cae como Humpty Dumpty al pie del muro detrás del cual se habían asentado las poblaciones que sufrían, y ahí está en mil pedazos, Humpty. El muro, a la vez, se derrumba. Los prisioneros se fugan. Es, en todas partes, la Noche del 4 de agosto, el fin del privilegio médico y de los servicios de salud. ¡Y el orden hizo plaf! –el orden que antiguamente, y hasta no hace mucho, prevaleció en los asuntos del culo.

Humpty Dumpty sobre su muro

Humpty Dumpty sat on a wall.

Humpty Dumpty had a great fall.

All the king’s horses and all the king’s men

Couldn’t put Humpty Dumpty together again.

Humpty Dumpty se sentó en un muro,

Humpty Dumpty tuvo una gran caída.

Ni todos los caballos ni todos los hombres del Rey pudieron a Humpty recomponer.

Respeto y gentileza 

En los asuntos del culo, es decir, en el terreno de la sexualidad si prefieren hablar gourmet, ahora es un burdel. Todo está patas arriba. La Butler y sus Ménades hicieron allí un lío imposible. Cociné Éric Marty durante unas buenas tres horas, no he llegado al final de los misterios del gender[5]. Los misterios de Pompeya, son la pequeña cerveza, al lado. En resumen, se reducen a: “El falo, os lo digo”. “Falo, tú guiarás nuestros pasos”, como Zimmerwald[6] en los viejos tiempos. ¿Pero, y el gender? Maldita brújula. Todo el mundo pierde el norte. Incautos de nada, las personas erran. Es la noche, cuando todos los gatos son grises, como en el Absoluto de Schelling del que se burla Hegel. Lo que no impide que todo el mundo hable de ello. Todos tienen su idea. El género es actualmente una evidencia del “sujeto contemporáneo”. 

Mi nieto, el último de los Miller, el heredero más joven del apellido, 16 años, militante ecologista, apasionado por la física matemática y por En busca del tiempo perdido, me da lecciones sobre el gender. Tiene amigos trans en el aula. He aquí que hace medio siglo, yo estaba en el mismo instituto, a la misma edad, y no había transexuales entre nosotros, como mucho uno o dos dandis un poco andróginos, en los límites en que se dandy-naient[7]  para divertir al público. Estábamos entre chicos. No chicas, no trans. Mi generación todavía usaba guardapolvo en octavo año. Escribíamos con una pluma Sargento Mayor, el bolígrafo estaba prohibido. Era la Edad Media.

El nieto: “No debes decir, Jacques-Alain, que se convirtió en una chica. Es ofensivo para él. No, él es una chica. –Y cuando tu mejor amigo, tan bien peinado, te dice que es una chica, ¿qué haces? – Acojo lo que me dice con respeto y gentileza. “Fin de la proclama” ¿No Pasaran? Ellos y ellas han pasado, definitivamente han pasado. “¡E pur si muove!” (La frase es apócrifa), lo que significa: ¡a pesar de todas las inquisiciones y de todas las demostraciones, el gender, eso da vueltas! ¿Una gata no encuentra a sus pequeños?[8] Esto no es un problema. Cuanto menos claro, mejor funciona, justamente. Y toma todo a su paso.

MGTOW

La política nacional de salud pública desde 1945 allanó el camino para la revuelta de los trans. Hay una cronología por reconstruir, etapa por etapa. Antes de hacer el epílogo sobre las causas del acontecimiento, no descartemos los hechos, a diferencia de Jean-Jacques en su Discurso sobre el origen y fundamentos de la desigualdad entre los hombres. Este es, creo, el texto que más he releído en mi adolescencia, entre los 14 y los 18 años. El título resurgió durante mi análisis, en un sueño, bajo la forma de: “[…] de la desigualdad entre hombres y mujeres”. El inconsciente me había interpretado. Ocasión para el analizante que yo era de una risa inextinguible, seguida del reconocimiento allí de un machismo disimulado detrás de la inclinación por la madre. En efecto, en mi infancia, cuando mi padre hacía llorar a mi madre, que sufría de su donjuanismo compulsivo –el que conservó como Swann hasta su desaparición a los 93 años–, me inclinaba decididamente por ella, yo era el pequeño Caballero Blanco de mamá.

Desde entonces, el fantasma caballeresco entre hombres fue precisado y clasificado. Últimamente, White Knight se ha convertido, al otro lado del Atlántico en una expresión que se utiliza para estigmatizar a los salvadores de las mujeres en apuros y a todos aquellos que se declaran partidarios de la gender equality para, por debajo la mesa, ceder todos los privilegios a las personas femeninas. No fueron los clínicos quienes aislaron el fenómeno, sino activistas masculinos defensores de una virilidad amenazada, según creen, por el avance del feminismo. Están agrupados en el movimiento masculinista MGTOW, Men Going Their Own Way, algo así como: “Hombres que siguen su propio camino”.La palabra “Way” tiene todo su peso. Recordamos a Sinatra crooner susurrando My way. También está la expresión idiomática estadounidense, “My way or the highway”. Traducimos: “Tómalo o déjalo”, “Haz lo que yo digo o lárgate”, etc. La expresión dio título a la canción de un grupo llamado pimp-rock (rock de proxenetas). MGTOW es una especie de Tao de los machos.

El grupo de proxenetas se llama Limp Bizkit, y al preguntarle a Google me entero de que este nombre es una distorsión de Limp Biscuit, es decir: “Biscuit suave“. Altamente sugestivo. Tener un bizcocho blando probablemente significa horror, desempleo y vergüenza para un proxeneta. Esta nominación es, por lo tanto, apotropaica: se conjura la maldición por el solo hecho de asumirla with pride. Esto es lo que hicieron los hombres homos con el insulto “queer“. 

Hay más: consultando The Urban Dictionary, cuya lectura siempre me da un plus-de-gozar por la extraordinaria inventiva del lenguaje callejero en Estados Unidos, me encuentro con la expresión Penis biscuit, que designa una determinada práctica que pone en juego el prepucio. Véanlo por ustedes mismos porque, como se hacía en el pasado para velar las obscenidades, no podría reproducir la definición sin traducirla al latín, y como mi khâgne[9]está ya muy lejos, no dispongo de inmediato del vocabulario que haría falta.

Aun así, basta con seguir en la Web mgtow.com, el sitio encargado de difundir la filosofía del movimiento y sus principales actividades, para comprobar que este desarrolla, como dice Wikipedia, una ideología misógina, antifeminista y llena de odio. Todavía no tenemos el equivalente en Francia.

No veo más que el discurso de un Zemmour, que acaso podría pasar por la prefiguración de tal movimiento, o más bien por la expresión del deseo de que exista. Pero el polemista francés sigue siendo un masculinista tímido, que está lejos de mostrar al entorno de las mujeres el aborrecimiento –muy argumentado, hay que admitirlo– que dedica a las minorías de color que a sus ojos infectan el país y lo llevan a la ruina. Él ve a los musulmanes franceses como futuros dominadores y hace temblar a la mayoría koufar al predecir que inexorablemente se convertirá en minoría. Lo que llama la atención, es que su retórica se inspira en la de esos descoloniales[10], gente de género y woke. Simplemente lo invierte. La época quiere esto: la misma estructura de pensamiento se impone a todos, a ustedes, a mí. Este es el espíritu de los tiempos, el zeitgeist.

El axioma de la supremacía

Si me detengo en MGTOW es porque en este movimiento, vemos en acción y como al descubierto, varios de los axiomas constitutivos del paradigm shift de los nuevos tiempos. La palabra es de Kuhn, la idea le debe mucho a Foucault, quien está en deuda con Koyré, no me remonto más arriba.

¿Cuál es la noción inicial de este cambio de paradigma? Digamos hipotéticamente que es la injusticia distributiva. Esta noción muy antigua, toma aquí la forma de lo que llamaré el axioma de supremacía. Se entiende que la sociedad está estructurada de arriba a abajo por una matriz de dominación, siendo la dominación una relación asimétrica entre dos poderes de signo opuesto (¡binarismo!). Con MGTOW, no son los capitalistas y los proletarios, ni las élites y el pueblo, ni los Francos y los Galos, o lo que sea, son simplemente mujeres y hombres.

Según MGTOW, de hecho, son las mujeres las que tienen la sartén por el mango en la sociedad. Esto se traduce en beneficios exclusivos para ellas, en detrimento de los hombres. Tienen pegadas al cuerpo las ganas y la intención de engañar, despojar y castrar a los hombres (Lacan, seamos sinceros, ha ido a veces en esta dirección, pero ¡shh! No lanzaré esto sin muchas precauciones).

En cuanto se decide identificarlas, las pruebas de la supremacía femenina son innumerables: durante los divorcios o separaciones, los tribunales suelen favorecer al segundo sexo; por la fe dada con los ojos cerrados a la palabra femenina, los hombres son acusados, sin pruebas, de acoso, incesto y violación, mientras que no hay quien redima la ultrajada inocencia masculina. Todo conspira para menospreciar, ridiculizar y expulsar los valores viriles.

En nuestro país, un Alain Juppé –llamado con acierto antífrasis– sufrió durante años por haber proclamado en el pasado, cuando era primer ministro: “Estoy derecho en mis botas”. Tuve la oportunidad de decírselo a viva voz un día en persona, en su oficina en el ayuntamiento de Burdeos – a donde había ido a pedirle ayuda para contrarrestar los negocios de un jerarca de su partido, que vio en el hecho de que no había ningún diploma estatal en psicoanálisis, un “vacío legal” a llenar –que la época ya no permitía que un político se enorgulleciera de sí mismo hablando de sus botas y de “mantenerse derecho” como un falo erguido, cuando el Nombre del Padre hacía tiempo que había dejado la cartelera de nuestras sociedades para verse reemplazado por el Deseo de la Madre. Algunos años más tarde, el psicoanalista-periodista Michel Schneider, aunque rabioso antilacaniano, bautizaría al significante metafórico con un apodo orwelliano: Big Mother.

En Macron, Francia iba a elegir hace cuatro años a un hijo de mamá, de la más bella, casado muy claramente más allá del Edipo.

El axioma de la separación

¿Esto significa que, a partir de ahora, todo será benevolencia, dulzura, ternura; en una palabra, ¿care? Esta palabra inglesa que se traduce como cuidado, abarca también prudencia, awareness, ser consciente de las cosas, darse cuenta, la atención que se le da al desempeño de una tarea, proporcionar a un viviente los medios para perpetuarse en el ser, etc.

¿Esto significa que saldremos de la lógica supremacista por medios pacíficos y legales, amablemente, por la diplomacia y la transacción, por la palabrería, parlamentando y negociando con los dominantes?

 Esto existió. Piensen en la “revolución de terciopelo” de 1989 en Checoslovaquia, la sametovà revoluce. O aún en la salida moderada del apartheid en Sudáfrica, que les valió a Nelson Mandela y al líder de la minoría blanca antiguamente dominante, Frederik De Klerk, recibir en forma conjunta el Premio Nobel de la Paz en 1993. Para remontarse más atrás en el tiempo, el movimiento estadounidense de derechos civiles en la década de 1960 tenía como canción de guerra la protest song We shall Overcome, Nosotros triunfaremos, pero su inspiración no fue menos no-violenta, humanista y universalista, que lo manifestado por el negro spiritual Kumbaya, my Lord, llamado a Dios a que regrese (kumbaya es una deformación de come back) en ayuda de los interesados, para responder a sus necesidades, take care en definitiva.

Esto existió, pero fue antes del paradigm shift. Desde entonces ha prevalecido irresistiblemente el segundo axioma, que llamaría de separación. ¿Qué dice? Estipula cosas como esta: “No tendrás relaciones amistosas con el partido contrario. Seguirás tu camino. No pactarás. Amarás como a ti mismo, no a tu prójimo, sino a tu semejante. Amarás lo mismo como tú mismo. Huirás del otro como de Satanás. Lo que se parece, se junta. Que nadie entre aquí si es diferente.”

Si quisiera complacer a mis amigos argentinos, diría que es el axioma de Perón. En efecto, entre los grandes principios enunciados por el esposo de Evita, estaba éste: “No hay nada mejor para un peronista que otro peronista”.[11] “¿Qué nombre propio se le podría asignar al axioma de supremacía? Ningún nombre de marxistas. No, podría ser el axioma de Gobineau.

Bajo la influencia del axioma de separación, muchos miembros de MGTOW llegan a abstenerse de toda relación sexual con el sexo opuesto, para evitar exponerse a los inconvenientes que aguardan a quienes colaboran con el enemigo, en especial esas falsas acusaciones tan comunes entre las arpías #Metoo.

Le génie lesbien de Alice Coffin, que hizo sobresaltar a casi toda la opinión ilustrada del país en la última entrada, es, de alguna manera, sólo el revés de MGTOW: FGTOW. Un clásico.

Pronto, retirándose a un reino espantoso,

La Mujer tendrá Gomorra y el Hombre tendrá Sodoma,

Y, arrojándose, de lejos, una mirada irritada,

Los dos sexos morirán cada uno por su cuenta.

Vigny ya tenía, a su manera, este concepto de lo “monosexual”, en el que Foucault, los últimos años de su vida, puso todas sus esperanzas de felicidad, y de donde derivó su alegría de vivir, como lo demuestra Éric Marty en Le Sexe des Modernes (El Sexo de los Modernos). La Coffin tuvo el mérito de prestar su voz a lo que se susurra desde tiempos inmemoriales en los círculos lésbicos más respetables y mejor establecidos. La novedad, es que estas palabras, antiguamente susurradas en los oídos de las amigas, son ahora vociferadas en público y en todas las frecuencias. ¿Por qué esta nueva tolerancia a la intolerancia? Porque vivimos bajo el axioma de separación.

Cuando Tartufo y Tartuffa gritan: “¡Mi Dios, que nos libren de los gustos repugnantes de estas lesbianas!” Qué contestarles, sino: “¡Hagan zapping T y T, hagan zapping si les repugna tanto!! 

Y ¡quédense entre ustedes!”.

Valerie Solanas ya lo había dicho en 1967 en el Manifiesto SCUM: “La ‘vida’ en esta ‘sociedad’ es, en el mejor de los casos, terriblemente aburrida, y no hay ningún aspecto de la “sociedad” que sea relevante para las mujeres, lo único que queda para las mujeres comprometidas, responsables y aventureras es la posibilidad de derrocar al gobierno, eliminar el sistema monetario, instituir la automatización total y eliminar el sexo masculino”. Y pan!pan!pan! dispara tres tiros sobre el pobre Andy Warhol, que estuvo al borde de la muerte y vivió el resto de su vida aterrorizado por Solanas. Ella recibió una evaluación psiquiátrica y tres años de prisión. Murió en San Francisco en 1988. En esta misma ciudad, su obra de teatro, cuyo manuscrito le había dado a Warhol, Up your ass –En tu culo, o Dans ton cul– se presentó por primera vez en 2000. Según El Village Voice, había prometido eliminar a todos los hombres de la faz de la tierra. Norman Mailer la llamó la Robespierre del feminismo (ver Wikipedia).

En esta etapa, Solanas o MGTOW, todo es aún simple. Es la guerra de los sexos, conocida desde los albores de los tiempos, sólo que candente, con tiros y balas reales (aún no se conoce ningún asesinato cometido por MGTOW, pero no tardará en llegar). 

Esta incandescencia refleja el ascenso irresistible, en la época, del deseo de segregación, por nombrarlo de alguna manera. Para parodiar a Sully, supremacismo y separatismo son los dos pechos de la segregación. Ella nos revuelca en su ola, a todas y a todos, tantos como somos, los pro, los contra, los neutrales, la derecha, la izquierda y el resto.

Una nueva emoción

Hugo escribió de Baudelaire a Baudelaire que había creado “una nueva emoción.” Eso es. Con la entrada en escena del personaje trans, a menudo colorido, a nuestra comedia humana – (¿Lo trans en Balzac? Por supuesto, bajo la especie del andrógino, Séraphitus – Séraphita)– una nueva emoción pasa a la civilización. Esto que lo trans aporta, es un problema. No un problema en el género, intrínsecamente confuso, pero sí un desorden, un rififi, en la guerra inmemorial de los sexos. 

Antes de lo trans, el monstruo era el hermafrodita. El también perturbó el orden público sexual. Pero el hermafroditismo es un asunto de órganos. Un hermafrodita es un caso biológico, y sigue siendo raro. La androginia, por otro lado, es una criatura de mito, es una cuestión de look o de lifestyle. Un andrógino es alguien cuya apariencia no permite determinar a qué sexo pertenece. Este ya era el caso en la Grecia antigua o en Roma: vean El sexo incierto de Luc Brisson. No es como tal un trastorno de identidad sexual. Lo trans es aún otra cosa.

La prosopopeya del trans

Como a Voltaire, a Foucault le gustaba jugar al ventrílocuo. Cedió de buena gana, en sus libros, la palabra a interlocutores y oponentes ficticios. Les inventó argumentos, compuso discursos para ellos y luego abandonó su voz de vientre para retomar la voz gutural y responder en su propio nombre a sus títeres. Utiliza el proceso, si mal no recuerdo, en el final de Historia de la locura. Bueno, un activista trans de hoy – redactor, por ejemplo, de uno de esos sitios tan bien hechos que han florecido en Internet durante dos años, Vivre Trans o Seronet– si por casualidad hubiera caído bajo sus ojos mi conversación con Éric Marty ¿cómo me sermonearía? Depende de mí inventarlo.

Mi trans imaginario diría algo como:

“Ni Marty, ni usted, ni Butler, son trans. Hablan de lo trans. Los trans son los objetos de sus chismes, como lo han sido durante mucho tiempo los objetos del discurso médico, del discurso psiquiátrico, del discurso psicoanalítico. Bueno, todo ha terminado. Un desplazamiento de fuerzas de una magnitud inimaginable, capaz de alterar la cultura y la civilización, provocó que los trans tomen la palabra, como en el pasado, tomamos la Bastilla, dijo Michel de Certeau s.j. a propósito de mayo del 68. De ahora en adelante, los trans hablan de trans, hablan de trans con trans, hablan de trans con no trans, que tienen mucho que aprender y mucho de que ser perdonados. ¿Quién más que un trans está calificado para hablar de un trans?”

Él o ella continuaría: A pesar de lo que un pueblo vano piensa y desea, no retrocederemos. El Genio no volverá a entrar en la botella. Es así. Necesitarán contar con nosotros en el futuro, con nuestras palabras, con nuestra sensibilidad, con nuestras demandas y nuestras esperanzas, con nuestros sufrimientos como los expresamos, con nuestras palabras y no con las suyas que, entre nosotros, apestan a rancio. Ustedes ya no están crudos, están cocidos, ya no son creíbles. Uno juega al epistemólogo, Marty, profesor de literatura, el otro se hace el clínico, Miller, profesor asociado de filosofía. Vuestra epistemología como vuestra clínica son sólo los desechos de una ideología obsoleta y agotada, que refleja estructuras de dominación patriarcal y heterosexual que caducaron para siempre. Ya no somos los prisioneros, los rehenes indefensos de su repugnante “saber-poder”. Nuestras palabras no están destinadas a alimentar sus objeciones críticas. Lo que ustedes llaman orgullosamente su “clínica”, es sólo un “zoológico humano”, digno de aquellos que, en la época de las colonias, exhibieron a las personas desafortunadas a las que arrebataron sin piedad su vida libre y salvaje, mucho más civilizada que la suya, para hacerlos extraños en su propio país, nativos, y finalmente animales de feria”.

Conclusión: “Solo tienen una cosa que hacer: callarse. Y luego, arrepentirse. Y luego, una vez que hayan expiado sus culpas, ir a la escuela trans, donde finalmente aprenderán quiénes somos, de lo que no tienen ni la menor idea. Aprenderán en qué términos es apropiado hablarnos, y con qué oídos escucharnos. Perderán el hábito de hablar por nosotros. Y girarán siete veces su lengua dentro de la boca antes de contradecirnos, porque ¿quién sabe mejor que nosotros cuáles son nuestras experiencias, nuestros sentimientos trans?” 

 “¿La bajé bien?”

“¿La bajé bien?” La frase de Cécile Sorel, una tarde de los años 30, pasó al uso popular. Ella había abandonado la Comédie-Francaise por el Casino de Paris, y actuaba por primera vez como bailarina en el teatro de revistas, cuando se dirigió a Mistinguett, la ya consagrada estrella del music hall, “las piernas más bellas del mundo”, que la observaba con celos tras bambalinas. Sorel, en efecto, había bajado con seguridad la gran escalera Dorian del Casino que, según precisa Google, “había roto más de un tobillo y la carrera de alguna bailarina”. 

Y yo, ¿he tocado lo trans sin una nota falsa, sin torcer mi tobillo de bailarín ligero? – Ya que es danzando como conviene escribir, tal como como lo recomendó, después de Nietzsche, mi buen amigo Severo Sarduy, el cubano mimado de François Wahl, editor de Lacan en Seuil, y que fue para mí, antes de la disolución de la Escuela Freudiana en 1981, un fiel amigo.

Si ahora yo fuese Mistinguett y tuviera que evaluar el desempeño de JAM como ventrílocuo de transexual, no le daría una calificación tan alta. ¿Diría un verdadero trans que las palabras psi, “apestan a rancio”? Sí, es un hecho, muchos apestan. Allí donde el viento que soplaba Lacan sobre la psiquiatría y el psicoanálisis no ha barrido el miasma, no huele bien, como dicen maliciosamente Deleuze y Guattari del consultorio del analista. Pero tienes que estar familiarizado con los lugares como yo, y como Guattari lo estaba, para permitirte semejante blasfemia. Un verdadero trans no diría eso en esos términos, me parece. Sería más educado.

Preciado entra en escena

No quiero por prueba más que la vara puesta por el rigor –un rigor ciertamente un poco rígido en mi opinión– con el que Paul B. Preciado (FtoM) se dirigió a la audiencia reunida para las 49º Jornadas de estudio de la Escuela de la Causa Freudiana. Hizo esfuerzos meritorios para reeducarnos y persuadirnos de que el psicoanálisis no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir a menos que lo tomáramos, a él y sus amigos, como guías y abandonáramos la reverencia al lugar de un patriarcado muerto y enterrado durante mucho tiempo sin que nos diéramos cuenta en lo más mínimo. Fue hace poco menos de dos años. Preciado estaba tan contento consigo mismo, si no con nosotros, que inmediatamente convirtió su conferencia en un libro, bajo un título inspirado en Kafka: Soy un monstruo que les habla. Reportaje para una academia de psicoanalistas, libro que tiene el patrocinio de Judith Butler, a quien está dedicado, y que fue presentado por Olivier Nora en las prestigiosas ediciones Grasset que él mismo dirige.

Ciertamente podemos reprocharle a Preciado haber superado el tiempo pactado mutuamente para su conferencia, media hora, lo que acortó mucho la media hora destinada a la conversación improvisada que iba a tener en el escenario con dos analistas delegados por la Escuela. Ese intercambio no duró más que ocho minutos, reloj en mano. Sin embargo, ese breve momento que concedió in fine, fue realmente alentador para la profesión: “Creo que podrán conservar su lugar y el lugar que inventaron históricamente, en la medida en que sean capaces de entrar en diálogo y estar en relación con el presente, con el radicalismo político contemporáneo”. Cortés invitación a un aggiornamento. La zanahoria después del palo. Pienso como ustedes: la profesión se está quedando un paso atrás.  

Su discurso del monstruo, el palo, lo han leído. La arenga sonora, militante, vehemente. Nos habló como un maestro, un predicador, casi un profeta. Sin embargo, nuestro colega Ansermet, uno de los dos miembros de la ECF encargados de debatir con usted, psicoanalista lacaniano, profesor de psiquiatría infantil de no sé cuántos departamentos y servicios universitarios y hospitalarios en Suiza, autor de no sé cuántos libros, y el único miembro extranjero del Comité de Ética francés, acogió con calidez y ecuanimidad su manifiesto: “Paul, gracias. ¡Entendemos que tiene algo que decirnos primero!”

Que luego publicó su conferencia sin siquiera mencionar el intercambio conclusivo con Ansermet, incluso permitió que la prensa simpatizante lo mostrara como un perseguido, un desgraciado, abucheado por una audiencia de imbéciles hoscos; puedo admitirlo (sé hacer el suizo, yo también, como Ansermet hace muy bien el francés cuando quiere). Usted tiene una audiencia propia, no hacía falta desconcertarlos contándoles que había sido recibido por practicantes atentos, y desprovistos de la mínima agresividad hacia usted. El público apreció la buena voluntad que ha manifestado aceptando nuestra invitación y aplaudieron calurosamente su elocuencia. Dos o tres gritos hostiles se escucharon, es cierto, mientras que la audiencia eran tres mil quinientos. Y no me diga que cada uno ve desde su punto de vista: sucede que las Jornadas de la ECF se filman siempre.

Entonces hizo trampa, Preciado. Diría que es una buena jugada si estuviésemos en guerra. Justamente no lo estamos, incluso si le viniese como anillo al dedo que nosotros lo estuviéramos, porque es cierto que necesita de un cuco para animar a la tropa trans, que no son en absoluto todos los trans, sino el ala derecha e izquierda de una comunidad que se crea precisamente avanzando a marcha forzada. 

Conocí esas esperanzas también.  No eran numerosos, los barbudos, cuando hicieron caer el dictador Batista en Cuba e instalaron en el poder a la familia Castro, que sigue ahí, 1959-2021. 

Entonces, todas las esperanzas le son permitidas.  

Una demografía vertiginosa

A los trans, usted sabe, Preciado, cualquiera sea el nombre por el que se los llame, los encontramos más seguido en nuestro campo, como analistas y como psiquiatras, sobre todo ahora que el número no cesa de aumentar, conforme a la redacción sacerdotal del Pentateuco: “Sean fructíferos y multiplíquense”, de los verbos parah y rabah  (Génesis, 1:28). Le digo de inmediato que en este punto mi ciencia es nueva, y me llega de un artículo reciente de la Nueva Revista teológica, del padre Maurice Gilbert, s. j. antiguo rector del Pontificio Instituto Bíblico de Roma.

Al respecto señala, que una tradición rabínica dice que los mandamientos del Génesis 1:28 sólo se dirigen a los hombres, es decir, no se dirigen a las mujeres. ¿Cómo quieren hacer para “multiplicarse”?  No sé más. Gran misterio. 

Una homilía de la que no se sabe si es de Basilio o de Gregorio de Nysse, añade al binomio verbal una tercera orden: “y llenen la tierra.” No se puede decir que los judíos se hayan beneficiado de estas recomendaciones. Y aunque a veces se considera que tienen el control del mundo, es sólo una gota de agua, ellos son 14 millones en total, los musulmanes son 1,6 mil millones, y van a ser cerca de 3 mil millones en 2050, quedando a la par con los cristianos, que son hoy 2 mil millones y algunos más. En el mismo tiempo, los judíos sólo habrán crecido 2 millones. Mis cifras datan de 2010, pero la fuente es confiable (el Pew Research Center).

Un curioso entrecruzamiento, habría dicho Foucault. A medida que declina la demografía del pequeño “pueblo elegido”, “el pueblo trans” toma el relevo, y parece estar bien encaminado para “llenar la tierra”. Todos los indicadores van en la misma dirección: cada vez más personas en el mundo se sienten y se dicen trans. En Francia no se los cuenta – aún no –. Sin embargo, se han realizado estimaciones en 2011 que dan la cifra de 15.000 personas que se identifican como transexuales. En los Estados Unidos en cambio, se cuenta y se computa. Hace cinco años la población trans de EE. UU ascendía a 1,4 millones de adultos, o sea 0,6% de la población adulta. Cinco años antes, en 2011, este porcentaje era menos de la mitad, 0.3%, es decir, 700000 personas (tomo tal cual las cifras que ofrece un artículo del New York Times del 2016).

Para dimensionar lo que representa cierta tasa de crecimiento, comparemos. por ejemplo, con la población francesa. Sabiendo que la tasa de crecimiento es de 0,4%, la curva representa el logaritmo neperiano de 2 y permite saber que, en Francia, a tasa constante, la población tardaría 173 años en duplicarse, mientras que, la duplicación de la población trans-estadounidense, de la cual se dispone datos seguros y detallados, se realiza, como se ha visto, en solo cinco años. 

De ahí el sentimiento difundido en la opinión de una “invasión”, de una “epidemia”, y la tesis perniciosa recientemente difundida en los medios de comunicación franceses por cierta autoridad académica burguesa, según la cual habría “demasiadas” personas transgénero. Juicio de valor biopolítico, formulado muy rápidamente, despojado de toda cientificidad y que expresa un prejuicio de una manera malsonante.

¿Es necesario, sin embargo, dar crédito a la vanguardia trans de su discurso a menudo triunfalista? Ello da a entender, parafraseando a Aragón, que el trans será el futuro del hombre– y de la mujer, y de todos y de cada uno.

El trans es descrito en nuestros días como un héroe de los nuevos tiempos por haber derrocado el antiguo patriarcado y sus odiosos estereotipos, con el fin de abrir a la humanidad el camino radiante de la autonomía de género. El no–Trans, en cambio, aparece como un trans vergonzoso, inhibido o neurótico, negando por cobardía, estupidez y transfobia, el devenir-trans que sería la vocación de todo ser humano. Navegando sobre la euforia demográfica generada por el crecimiento exponencial del número de trans, de los cuales hemos visto anteriormente la realidad efectiva, los líderes del movimiento de emancipación trans ahora tienden a emitir enunciados que a veces toman el giro de lo que se podría calificar de supremacismo trans.  

Un Bemol

Digo la palabra que herirá: es de la Schwärmerei. La palabra es kantiana. Es un intraducible. Se traduce de diversas formas en francés: entusiasmo o exaltación del espíritu, fanatismo, divagación, extravagancia, iluminismo. Bajemos a tierra. Tal vez los siguientes datos sean más admisibles por los líderes trans cuando emanan de uno/una de los suyos(as) y no de un(a) psiquiatra o de un(a) profesor(a) de psicopatología. Leamos por ejemplo lo que escribió Claire L. (MtoF) en su blog de mobilisnoo.org en 2018: “Si sentimos la necesidad de contar a las personas trans, es ante todo porque esta población tiene más riesgo de suicidio que el resto de la población, y que los tratamientos medicamentosos especiales, y, en ciertos casos quirúrgicos, son necesarios.” Precisa: “Comparado con adultos cisgénero, los adultos transgénero son tres veces más propensos a pensar en el suicidio, y es casi seis veces más probable que ya hayan intentado suicidarse.” Finalmente, preocupada por la buena gestión de la salud pública, preconiza “evaluar con un margen de maniobra adecuado el número de personas afectadas. Esta volumetría {permitiría} también adoptar las medidas administrativas adecuadas para poder gestionar, en plazos razonables, los cambios de estado civil necesarios para una vida normal de las personas transgénero.” Recordatorio favorable de que no todo es color de rosa en el país de los trans, y que antes de ser militantes de la causa trans, simplemente son personas más frágiles que otras, más amenazadas y que sufren más.

La captura de las histéricas

Los trans, ¿cómo los practicantes que proceden de Freud, se negarían a escucharlos cuando estos manifiestan su deseo? lo que no siempre sucede. Es bien sabido que Freud en su tiempo supo escuchar a las mujeres histéricas a quienes los médicos más atentos consideraban simuladoras y comediantes. Charcot las exhibía en la escena de su servicio en la Salpêtrière. Freud fue testigo de esto porque se formó con él desde octubre de 1885 hasta febrero de 1886. En la pequeña calle Le Goff, en el barrio Latino, donde Sartre, el tesoro[12] de las palabras, debió pasar su infancia hasta los doce años, una placa colocada en el Hotel Brasil recuerda la estancia que hizo el joven becario austríaco.

De regreso a su hogar, Freud no se hizo el émulo de Charcot, no abrió un teatro de histeria vienés. A estas mujeres – a algunos hombres también, no menos histéricos – los recibió en su pequeño consultorio que ahora es un lugar de memoria, y comenzó a escucharlos a uno por uno. El joven André Breton, en 1921, cuando llegó estremecido al encuentro del descubridor del inconsciente, quedó terriblemente desilusionado al descubrir “una casa de apariencia mediocre”, pacientes “de la clase más vulgar”, y un practicante cuya modesta figura de “burgués pulcro” no tenía nada de dionisíaco (ver Lacan, Escritos, p. 622). Seamos justos: treinta años más tarde, Breton reniega lastimosamente del relato que había hecho de su visita, cuya ceguera atribuyó a “un lamentable sacrificio al espíritu dadaísta”. 

De este lugar que no parecía muy impresionante es de donde iba a partir un movimiento, que poco a poco ganó el conjunto de Occidente y cambió de arriba a abajo las costumbres de nuestras sociedades. De hecho, es la introducción de un nuevo personaje inédito en la comedia humana, el psicoanalista, todo lo contrario al “Amo” del que la foto de Charcot da una representación caricaturesca – pensamos en un cuadro del museo de Bouville en La Náusea – el psicoanalista y su práctica de la escucha – que no tiene nada en común con la practica judicial o la práctica religiosa de la confesión, a pesar del Foucault de La voluntad de saber – a quien se debe la desaparición en toda la superficie del globo de estas grandes “epidemias histéricas”, como las llamaban los psiquiatras, y que se difundieron en el siglo XIX. Una de ellas, en 1857, la famosa posesión demoníaca de Morzine, pequeño pueblo saboyano, fue objeto de una tesis que dirigí en el Departamento de Psicoanálisis en Paris VIII.  Sin embargo, no había en tiempos de Freud, grupos militantes ni lobbys dedicados a la emancipación de las histéricas, a su empowerment. Estas mujeres venían cada una por su propia voluntad, por su propia cuenta, y el las acogía una por una, cara a cara, y luego las invitaba a hacer diván. ¡No era precisamente un “Levántense! ¡Los condenados de la Tierra! ¡Levántense! ¡Los condenados al hambre! fenómenos que caracterizan a los grupos o a las multitudes, las “masas” como decía Gustave Le Bon, que no vino a entrometerse entonces. Esto no significa, sin embargo, que Freud pensara que estos fenómenos fueran más allá del campo que había abierto. Debía estructurarlos en términos metapsicológicos en su Psicología de las masas de 1921, que Lacan nos enseñó a leer en 1964, en su Seminario Los Cuatro Conceptos fundamentales del psicoanálisis

Posteriormente, gracias a los hechos de mayo del 68, Lacan ofreció un nuevo pasaje con su invención del discurso del Amo como reverso del psicoanálisis, de donde parte su idea de que “el inconsciente es la política”, fórmula muy esclarecedora y poco entendida.

Lacan hace el elogio de Freud, que supo mostrarse “dócil a la histérica”. ¿Me gustaría también poder felicitar al practicante de hacerse “dócil a lo trans” ¿Es éste el caso? 

Continuará…

Este artículo que aparece sólo en La Règle du jeu, abre también una entrega de Lacan Quotidien de más de 100 páginas, que llevará por título: “2021 año Trans“. Este número excepcional, 928, estará disponible lo antes posible en el sitio: lacanquotidien.fr

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ECF).

Traducción: Jorge Castillo, Cinthya Estrada, Carolina Vignoli, Maitena de Zabaleta

Revisión: Nicolás Bousoño, Alejandra Loray, Susana Schaer

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

Publicado en http://www.eol.org.ar/biblioteca/lacancotidiano/LC-cero-928.pdf


[1] Décoloniaux [N. de T.]

[2] “¿éramos todos no autores, autoras o autrices, sino avestruces?” Juego de palabras entreautrices (autoras) autruches (avestruces) [N. de T.]

[3] Cfr. Lacan, J., “Pues también de aquí salió a menudo a mandar al carajo a la justicia distributiva”, “Televisión”, Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 546.

[4] Referencia a la frase escrita por Saint-Just pocos días antes de su muerte: “Desprecio el polvo que me compone y que les habla; ¡podrán perseguir y matar a este polvo! Pero yo desafío a que me arranquen esta vida independiente que me he dado en los siglos y en los cielos”. [N. de T.]

[5] En inglés en el original. [N. de T.]

[6] Zimmerwald es un pequeño pueblo de Suiza donde en septiembre de 1915 se reunieron socialistas de toda Europa que se oponían a la guerra Mundial en curso. Fue considerado el lugar donde nació la Revolución Rusa de 1917. [N. de T.]

[7] Puede traducirse como dandinean, [N.de T.]

[8] Expresión utilizada para indicar un lugar donde reina el desorden. [N. de T.]

[9] Fam. Curso preparatorio a la Escuela Normal Superior de Letras. [N. de T.]

[10] Décoloniaux [N. de T.]  

[11] En español en el original. [N de T.]

[12] Poulou apodo familiar de Sartreen su infancia. 

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