Inconsciente y sexualidad: sobre la cuestión trans.

Dolores Castrillo Mirat*

Hay algo que no va en las relaciones entre los sexos. No es una novedad, lo sabemos desde siempre y sin duda lo sufrimos también desde siempre. ¿Pero desde cuando nos quejamos? Es difícil saberlo. Lo que sí sabemos, y eso es una novedad en la historia de la civilización, es de la invención por parte de Freud de un discurso, el discurso psicoanalítico, que inaugura un nuevo tipo de lazo social, el que se teje entre un sujeto y un Otro, que está especialmente diseñado para escuchar, interpretar y tratar esa queja. Esa queja que, más allá de lo que los sujetos puedan expresar conscientemente, se dice fundamentalmente a través de sus síntomas.

Como es sabido, lo que Freud descubre en el corazón del síntoma es la sexualidad. Antes de la invención del psicoanálisis ¿quién habría podido imaginar una relación entre las producciones del inconsciente, los síntomas, y la vida sexual?  En principio no parece que exista ninguna y, por referirme a aquellas primeras mujeres histéricas que fueron tratadas por Freud, una completa heterogeneidad parecería caracterizar un fenómeno como el miedo de Emma a entrar en una tienda o la afonía de Dora y los gajes del sexo y el amor.  

Pero ¿cuál es la causa de este malestar? ¿Por qué la sexualidad hace síntoma? ¿Está afuera la causa cuando la sentimos adentro?  Esta pregunta atraviesa de un extremo a otro la obra de Freud. Al principio, en La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna, Freud hace responsable de los síntomas a la moral victoriana de su época que impone fuertes restricciones a las pulsiones sexuales. El resultado es que estas pulsiones reprimidas retornan bajo la forma de síntomas, es la nerviosidad moderna. Pero al final, en El malestar en la cultura llega a la conclusión de que la perturbación en la sexualidad es inevitable, que hay algo inherente a la pulsión sexual que hace que esta nunca encuentre el objeto que sería el adecuado para proporcionar una satisfacción lograda y que las relaciones entre los sexos están condenadas irremediablemente a fallar, a hacer síntoma.

Hoy ya no vivimos, como en la época de Freud, en una cultura que prohíbe el sexo, al contrario, el discurso del hiper-capitalismo promociona el sexo hasta la saciedad, lo impone casi como un mandato. Y, sin embargo, el malestar entre los sexos no cesa en su insistencia. Es por eso por lo que Lacan formuló el axioma “no hay relación sexual”.  Es la forma en que él tradujo eso que Freud terminó por advertir, que el trastorno entre los sexos es esencial, que no es el destino de ciertos sujetos que serían los enfermos, los nerviosos, sino que es inherente al ser humano en tanto que ser de lenguaje. El lenguaje desnaturaliza el cuerpo, y lo afecta de una pérdida irremediable: la del instinto o, como lo expresa Lacan, la del goce natural de la vida. De ahí que pueda formular el axioma “no hay relación sexual”. Esto no quiere decir que no haya relaciones sexuales, al contrario, de estas hay cuantas se quiera, pero lo que falta es una relación fija e invariable, como esa correspondencia entre un sexo y otro sobre los rieles del instinto que observamos en el animal. Que no hay relación sexual significa que, perdido el instinto, no hay en el inconsciente una cláusula que le diga al hombre qué es ser hombre para una mujer y a la mujer qué es ser mujer para un hombre. En el fondo, el “no hay relación sexual” de Lacan da cuenta del tan malentendido pansexualismo freudiano. Si es cierto que el inconsciente habla siempre de lo mismo, de lo mismo del sexo, es porque hay algo del sexo en el inconsciente que no puede ser dicho. Es porque falta la cláusula que diga que es ser hombre o qué es ser mujer por lo que el inconsciente no cesa de fabricar esas respuestas repetitivas, monótonas, que son los fantasmas y los síntomas.

Por eso hay, como afirma Foucault, una historia de la sexualidad, justamente porque, como no hay relación sexual, hay lugar para las invenciones sociales de la relación sexual en el interior de las cuales el sujeto debe situarse, hay lugar también para que el sujeto haga su invención propia, un poco desplazada respecto de la invención social. 

Frente al agujero de la no relación sexual las invenciones, aunque siempre singulares en cada sujeto, no dejan de estar conectadas a la subjetividad de la época. Y es así como nuestra época actual admite invenciones que en otros tiempos eran impensables que pudieran ser toleradas socialmente. Admitido ya el matrimonio homosexual, hoy lo que está levantando un auténtico huracán es la cuestión trans. De un lado, asistimos a las reivindicaciones de los colectivos LGTB que una parte de la izquierda se propone recoger en una nueva ley, la denominada “ley trans”. Del otro, los líderes de la ultraderecha erigidos en Padres higienistas se han propuesto, en nombre de la ley natural y de la ley de Dios limpiar el mundo de estos goces sucios y degenerados.

¿Qué podría decirse desde el psicoanálisis? El psicoanálisis sabe que no hay ley natural ni tampoco ley del Padre-Dios que pueda remediar el carácter inevitablemente traumático de la sexualidad humana. En el agujero traumático de la no relación sexual pueden colocarse las más diversas formas de sexualidad, desde la heterosexualidad a la homosexualidad por lo que hace a la elección de objeto sexual y desde la transexualidad al sexo fluido de los Queer en lo que se refiere preferentemente a la cuestión de la identidad.

Lo que hoy se engloba bajo el término bastante  vago  de Trans constituye un abanico de posiciones muy diferentes en cuanto a la identidad sexual : desde lo que a partir de los años 50 con  Benjamin y Stoller se entendía  por transexualismo en el sentido estricto de la palabra, es decir  aquellos sujetos que tienen el sentimiento de pertenecer al sexo contrario de aquel con el que han nacido, pasando por los que no se sienten ni mujeres ni hombres y aspiran a un tercer sexo neutro, hasta los que  apuestan  por romper el binarismo y creen que siempre sería posible transitar de un género a otro.  Lo que tienen en común estas posiciones diferentes es que evidencian de forma muy clara que la sexualidad del ser hablante nada tiene que ver con la sexualidad animal, natural o instintiva.  Como subrayó Freud, en el ser humano existe una hiancia entre el sexo biológico y la subjetivación del sexo a nivel del psiquismo. En El Malestar en la cultura Freud lo decía con estas palabras: “Solemos decir que todo hombre presenta tendencias, necesidades y atributos, tanto masculinos como femeninos, pero sólo la Anatomía mas no la Psicología puede revelar la índole de lo masculino y lo femenino”[1]. Es decir, si en la Anatomía hay macho y hembra en el psiquismo no está inscrito que sea lo masculino y lo femenino. Hay una hiancia entre lo anatómico y lo psíquico. Tenemos aquí, a mi juicio, a un Freud que anticipa la distinción establecida por Stoller, hoy tan cacareada como si fuera una novedad recién descubierta, entre sexo y género, es decir, entre el sexo biológico y el sentimiento de identidad de género, el sentimiento del sujeto de pertenecer o no al mismo género de aquel que correspondería al sexo biológico. En algunos casos esta hiancia llega al extremo de que el sujeto tiene la certeza de pertenecer al sexo opuesto de aquel con que nació biológicamente. Es evidente que desde el psicoanálisis no se puede considerar la transexualidad como una aberración degenerada, ni tampoco -creo- habría que adscribirla necesariamente a una estructura clínica determinada como la psicosis, sino que es una de las posibilidades de situarse ante la hiancia introducida en el cuerpo por el lenguaje. Tampoco se puede negar la necesidad de una legislación que permita a los colectivos LGTB ponerse a resguardo del odio y la presión que se ejerce contra ellos.

Aunque no se me pasa por la cabeza internarme aquí en la enorme complejidad que entraña la cuestión del transexualismo y la de lo trans en sentido amplio, sin embargo, se pueden cuestionar desde el psicoanálisis varios supuestos de la llamada “ley trans” la cual, por el contrario, aborda esto de una forma muy simple, estúpidamente simple, por decirlo con franqueza. Me referiré solo aquí a un punto: el de la llamada autodeterminación de género. Esta ley se basa en un principio según el cual se “transita” voluntariamente  de un género a otro como consecuencia del acto performativo de un yo que dice “yo soy mujer, no hombre” o viceversa. Pero plantear así las cosas, aparte de que -¡oh paradojas de la izquierda¡-  eso despide un cierto tufillo próximo a la ideología neoliberal que  concibe al sujeto como un empresario de sí mismo, supone regresar a tiempos pre freudianos. Supone ignorar la dimensión de desconocimiento y de engaño narcisista que Freud descubrió como siendo inherente a la instancia del yo. El yo no es amo en su propia casa, se cree el dueño de sus dichos y de sus deseos, pero ignora que, en tanto que sujeto, esta sujetado al Otro inconsciente y que es desde allí desde donde habla y desde donde desea. En cuanto a la identidad lo que el psicoanálisis plantea es que el sujeto no tiene identidad sino identificaciones. Las identificaciones del sujeto a algo o a otro dependen del significante. Y estas identificaciones son fundamentalmente inconscientes. “No hay identificación que no suponga una identificación inconsciente y una alienación al Otro lo cual hace imposible la autodeterminación de género.”[2] Olvidar la dimensión del inconsciente conlleva confundir la demanda con el deseo. Una cosa es lo que el yo pide y otra lo que se desea y desde dónde se desea. Y es siempre en tanto Otro y desde el Otro que el sujeto desea. Así por ejemplo, la demanda de un niño de transformarse en una niña puede venir de una identificación inconsciente al deseo de Otro. A este respecto es muy ilustrativo el documental Petite fille recientemente realizado por Sébastien Lifshitz. Este documental pone en escena a una familia, muy en primer plano a una madre y a su hijo Saha, confrontada a la cuestión de lo que hasta hace poco se ha estado llamando “disforia de género” que define el sentimiento de no estar de acuerdo con el sexo biológico atribuido al nacer.

La madre cuenta que es a partir de los tres años cuando Sasha le empezó a decir que cuando creciera se convertiría en una niña. Si en los primeros tiempos de la vida de Saha su madre le contradecía, un día sucedió algo que cambió las cosas. Saha dice una vez más que cuando sea grande será una niña y la madre le contesta: “No Sasha tú nunca serás una niña”. Fue tal el desasosiego y la tristeza que esta sentencia produjo en el niño que hizo que la madre acudiera con Sasha a una psiquiatra especialista en “disforia de género”. Cuando la psiquiatra le pregunta a la madre si tiene algo que decir esta le responde que se siente un poco culpable y añade: “Cuando estaba embarazada de Saha, yo realmente quería tener una hija, me he preguntado siempre si eso no habrá tenido algo que…” Antes de que termine la frase la psiquiatra con voz dulce le interrumpe diciéndole: “no, eso no tiene nada que ver. No se sabe a qué es debida la disforia de género, pero sí se sabe a lo que no es debida”.

Intuitivamente la madre se siente responsable Se interroga en cierto modo sobre el deseo inconsciente entre ella y su hijo. Pero la psiquiatra anula con un corte de mangas toda hipótesis sobre el deseo inconsciente en juego. Tras la buena intención de desculpabilizar a la madre, hay manifiestamente un rechazo del inconsciente. La psiquiatra responde inmediatamente a la demanda del niño y de su madre de cambiar de sexo -una demanda inducida a la vez por la propia oferta de la ciencia y de la medicina-   sin dejar el más mínimo resquicio abierto para que el sujeto pueda interrogarse (de hecho, la madre había abierto una vía) acerca de qué deseo estaba en juego en su pedido de ser una niña. No se tiene otro objetivo que poner en conformidad el sexo biológico con el supuesto sexo psíquico o, mejor dicho, cerebral pues es de eso de lo que en el fondo se trata en la oferta médica. El tratamiento con bloqueadores de pubertad y hormonación, como paso previo al bisturí, es la buena respuesta para que Saha acabe con su sufrimiento.

¿Pero se puede estar tan seguro de que esa es la buena respuesta? No sabemos que hubiera respondido Saha si se le hubiera dado la ocasión de interrogarse acerca de su pedido de ser una niña. No sabemos si detrás de su demanda de ser una niña había una identificación al deseo del Otro materno, si se trataba de una creencia pasajera de ser el objeto que colmaría el deseo de su madre -lo que en psicoanálisis se conceptualiza como la creencia de ser el falo imaginario de la madre-, o si se trataba de una certeza inamovible. Es fundamental tener en cuenta que hay una diferencia entre demanda y deseo, así como entre certeza y creencia. Hay tantas niñas que gustan de vestirse de hombre y jugar a juegos de niños y tantos niños que rechazan los juegos masculinos y prefieren jugar con muñecas y vestirse de niñas… sin que eso necesariamente devenga de mayores en la certeza de querer transitar hacia el sexo opuesto de aquel con el que se ha nacido. El tiempo de crecer, el tiempo de comprender y el de elegir es tan esencial… Este es el tiempo del que se le privó a Saha respondiendo rápidamente a su pedido con bloqueadores de pubertad y hormonación. Pero el tiempo de comprender necesita de un Otro que pueda escuchar como conviene a un sujeto, posibilidad que la ley trans elimina so pretexto de la despatologización. Vivimos en la época en que el Otro del sujeto supuesto saber se ha hecho añicos y esto, a lo que el propio psicoanálisis también ha contribuido, no es sin consecuencias. Es fundamental mantener la diferencia entre la demanda y el deseo y entre la certeza y la creencia, que no es equiparable a la primera, pero ambas permiten abrir un tiempo precioso para que el sujeto pueda desplegar su malestar en palabras y encontrar su solución singular que no siempre coincide con la solución universal propuesta por la medicina.  

Abrir este espacio de tiempo es esencial en los niños, pero también en los adultos. Hay algunos sujetos que están poseídos por una extraña, absoluta y no menos enigmática certeza de pertenecer al sexo contrario de aquel con el que han nacido, pero aparte de que no siempre es fácil distinguir esta certeza de una creencia firme, esto no implica aunque hay casos en que la cirugía puede proporcionar un alivio importante, hay también aquellos que hicieron la transición por la vía del bisturí, pero que lamentan hoy no haber tenido la oportunidad de haber elegido otras vías.

Les leeré para finalizar unas breves líneas del revelador testimonio que en su libro A la conquista del cuerpo equivocado nos deja Miquel Misé  un transexual  que hizo la transición de mujer a hombre : 

“Siento la extraña sensación de que me han robado el cuerpo. De hecho, siento que nos lo han robado a las personas trans en general. (…) Me refiero a que para explicar nuestro malestar se nos ha dicho que no deberíamos haber nacido en este cuerpo pero que podemos lograr el adecuado con tratamientos hormonales y algunas intervenciones quirúrgicas. He sentido muchas veces que me estaban desvalijando el cuerpo y desde hace un tiempo, he sentido también que quería recuperar lo que pudiera de él si es que aún estaba a tiempo. Ese cuerpo que tanto había odiado, querría conquistarlo de nuevo, abrazarlo muy fuerte y decirle  que sentía haberlo abandonado. (…) Cuando inicié mi tratamiento no me hablaron de otras posibilidades más allá del tratamiento médico para modificar aquel cuerpo equivocado, por eso siento que me robaron algo de mi cuerpo, que me arrebataron la posibilidad de vivirlo de otro modo” [3]

Hay una certeza que es importante discutir, decía C. Millot en su ensayo sobre el transexualismo: “la de que el remedio al malestar de los transexuales no pueda consistir mas que en el cambio de sexo”[4]. Este testimonio de Miquel Mise y otros varios vienen a confirmar la necesidad de discutir esta certeza. No hay duda del avance que supone el derecho adquirido de las personas trans a la modificación corporal, y el psicoanálisis en absoluto podría oponerse a ello, ni desdeñar el alivio de sufrimiento que puede producir  la operación en algunos sujetos, pero como dice Miquel Mise con la lucidez que le caracteriza “centrar toda la reivindicación política trans en ese derecho nos aleja de la pregunta que bajo mi punto de vista es más relevante : ¿Cuál es el origen del malestar que sentimos las personas trans y como se puede  combatir?” Hay que retener la palabra “malestar”. En contraste con el espectáculo festivo, multicolor y carnavalesco con que los colectivos LGTB guiados por sus líderes, presentan sus reivindicaciones, en una suerte de utopía sexual, escuchamos aquí, en singular, a un sujeto que testimonia de su sufrimiento y que no considera en modo alguno que la reivindicación política pueda zanjar la cuestión del malestar que le afecta. 

En el nuevo proyecto de ley, que de momento ha quedado aplazado, se reconoce a las personas trans el derecho al cambio de nombre en el registro civil, lo que sin duda reviste gran importancia para los transexuales, y para ella no es requerido ni la transición quirúrgica ni ningún informe psicológico. Ahora bien, pretender en nombre de una des-patologización malamente y frívolamente entendida, que a las personas trans no les pasa nada, y que basta con que la sociedad reconozca en el registro civil el nuevo cambio de género  para solucionar su malestar, es cerrar en falso  la  pregunta por el origen de ese malestar que, no todos pero sí algunos sujetos trans, pueden hacerse. Reconocer que más allá de las presiones de origen social, de la transfobia y de la exclusión, que sin duda aumentan enormemente el sufrimiento de las personas trans, hay además un fuerte malestar subjetivo que debería ser escuchado como conviene por un Otro, – y digo como conviene, porque no basta con una simple escucha del tipo “usted dice que quiere esto, yo se lo doy”- no es patologizar a los transexuales. Se puede suponer eso sí, dado, por ejemplo,  el mayor riesgo de suicidio entre los transexuales, que simplemente son personas más frágiles, más amenazadas y que sufren más que otras.

Pero en todo caso, el malestar con el sexo biológico con el que uno ha nacido no es una experiencia minoritaria reservada a las personas trans, sino más bien lo contrario. Ningún ser hablante puede saber qué es ser hombre o mujer.  Ni siquiera los transexuales, que tal vez son los únicos que se jactan de tener una identidad sexual monolítica, exenta de dudas y preguntas [5], tienen una certeza absolutamente inquebrantable en todos los casos, aquí sería esencial tener presentes las diferencias entre el transexualismo masculino, el femenino y el transgénero. Pero sobre todo, hay que tener en cuenta que si la respuesta del Otro de la Ciencia no les indujese a ello, no siempre las personas trans extraerían la consecuencia de que el único remedio sea la intervención quirúrgica para cambiarse al sexo supuestamente verdadero. Retrasar decisiones que pueden ser irreversibles no es solo una regla de máxima prudencia, es algo imprescindible en tanto es verdad que aquello que huye de las palabras se experimenta dolorosamente. Freud inventó un dispositivo en el que aquellas mujeres histéricas rechazadas por la medicina como meras simuladoras tuvieron la oportunidad de poner en palabras su malestar y su pregunta acerca de qué es ser una mujer. Pese a quienes se empeñan en acabar con él, en  nombre de una des-patologización que curiosamente  no le hace ascos al bisturí, el dispositivo inventado por Freud sigue aún vivo  para prestar su escucha, uno por uno, a aquellos sujetos -trans o no- que se preguntan por la causa de su malestar, y no se conforman con las soluciones  universales,  pretendidamente válidas para todos, que les propone la   medicina, la ciencia y los discursos bien intencionados de algunos partidos políticos. Frente al agujero traumático de la falta de referentes para situarse como hombre o mujer en el inconsciente la escucha analítica, puede permitir que cada sujeto componga con este imposible su invención singular que le haga la vida más llevadera y -pese a lo que de incurable hay en la sexualidad del ser hablante- más deseable de ser vivida.      

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ELP)

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

Conferencia dictada en el espacio “Vigencia del psicoanálisis hoy” del Instituto del Campo Freudiano (NUCEP) en junio de 2021.


[1] Freud, S: El Malestar en la cultura. O.C , Madrid, Biblioteca Nueva, 1973 Vol. III p. 3043

[2] Carbonell, Neus : “La parodia de los sexos”. Lacan Quotidien nº 925

[3] Missé, Miquel : “A la conquista del cuerpo equivocado”  ed Kindel , 1, 6

[4] Millot, C: Exsexo .Ensayo sobre el transexualismo”. Barcelona, Paradiso , 1983 p. 129

[5] Véase a este respecto: C.Millot , op. cit p. 129

2 respuestas a “Inconsciente y sexualidad: sobre la cuestión trans.

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