Una sexualidad sin centro

Marco Focchi*

Freud consideraba que ha habido tres grandes revoluciones que han provocado que, progresivamente, el hombre pierda su centralidad. La primera, la copernicana, es la que nos interesa a los efectos que queremos hoy. Con gran prudencia, Copérnico argumentó que el sistema heliocéntrico, en el que el sol era el centro del universo, era solo una simplificación de los cálculos y no llegó a comprometerse sobre el estado de la cuestión. De hecho, no llegó a ser víctima de la ira de la Iglesia. Los efectos concretos de la revolución copernicana dan comienzo más bien con Giordano Bruno, quien, de manera inmediata, advierte las consecuencias de la revolución científica de su tiempo. Su libro “Sobre el infinito universo y los mundos” representa la extraordinaria fantasmagoría de un universo sin puntos privilegiados, poblado por sistemas solares similares al nuestro, en los que ninguna estrella es el centro del espacio infinito. Bruno se comprometió más que Copérnico y acabó en la hoguera de Campo dei Fiori.

Decir que el falocentrismo derridiano tiene su punto de partida en Giordano Bruno tal vez sea un poco exagerado, pero no hay duda de que, sin el gran cuestionamiento bruniano a la noción de centro, ni el falo, ni el logos habrían tenido posibilidad alguna de ser degradados del rango primario que los eventos humanos durante un largo periodo les destinaron.

Conocemos la historia en su versión clásica: el acceso a la posesión del falo introduce la norma del deseo, al menos el masculino. Sin embargo, esta norma fue deconstruida por Lacan: del Nombre-del-Padre a la père-versión, se esfuma la idea de una normalidad del deseo, se abre el horizonte de los modos de goce, se plantea un goce femenino, más allá del falo; en definitiva, existe toda una gama de conceptos en torno a la sexualidad que desestabilizan el equilibrio que siempre se ha mantenido en el mundo patriarcal.

La teoría de género de Judith Butler pide un paso más: quiere trasladar el universo bruniano al ámbito de la sexualidad, quiere abrir el binario hombre-mujer a las infinitas posibilidades de prácticas sexuales que escapan a las identificaciones sociales normalizadas, que se escabullen entre la fisuras de la máquina distribuidora de roles, quiere aprovechar los escollos que ésta encuentra para crear líneas de escape a la norma capaces de inventar posibilidades inéditas.

Podríamos preguntarnos: ¿no teníamos ya el término perversión para ello? Evidentemente no, porque la perversión implica una estricta referencia a la norma de la que se desvía. Además, el término perversión, que en tiempos de Freud y en el léxico psicoanalítico de esa época era común y de uso corriente, ha abandonado el glosario actual porque no es políticamente correcto. Tanto es así que el DSM lo sustituyó por el término parafilia, que significa una forma de amar colateral, marginal. Esta definición, sin embargo, implica que si hay una marginalidad, también una línea básica, un mainstream del amor que constituye el modelo de normalidad.

Como la perversión, la parafilia presupone en el fondo una norma de la que se parte. No tiene las mismas resonancias morales, pero no cambia el panorama lógico.

¿Qué podemos decir sobre el género? Si se produce escapando del mandato social que asigna roles, no presupone en sí mismo una norma de la cual escapar? ¿No convierte la norma en la condición de su propia constitución?

En cualquier caso, si la perversión ya no es un significante socialmente activo, el género ha entrado en las profundidades del gusto y se ha impuesto poco a poco. El género es ahora un significante amo que produce efectos en la vida de las personas, en sus elecciones, en su forma de pensar. La clínica psicoanalítica es un observatorio favorecido especialmente en este sentido.

Hasta hace unos diez años, las personas que frecuentaban mi consulta eran hombres, mujeres, homosexuales… Quiero decir que cada uno tenía su propia orientación, fuera buena o no para el sujeto que devenía portador. Estaba el hombre que no se sentía hombre porque tenía dificultad para la erección, o porque no podía imponerse sobre otros, o porque su esposa lo tenia bajo su tacón. Estaba la mujer que se sentía como un trapo y que, como Dora frente a la Madonna de Rafael en Dresde, pasaba horas hablando con admiración sobre lo que ella consideraba un modelo inalcanzable de feminidad. Estaba el homosexual que no se atrevía a salir del armario, y que vivía su propia inclinación como un conflicto, pero que no tenía intención de cambiarlo, solo procuraba no sufrirlo. O estaba el homosexual realizado, que no tenía ninguna dificultad con su orientación sexual y sí otras problemáticas diferentes. Hablamos de los homosexuales en análisis en ese momento en Niza, en la Conferencia franco-italiana celebrada los días 22 y 23 de marzo de 2003 con el título Des gays en analyse. Sobre esto teníamos las ideas claras: un homosexual no viene a análisis para librarse de la homosexualidad, pero puede venir por otras mil razones. Se hablaba por ese entonces de queers y estudios de género, Éric Laurent se había referido a ellos extensamente, pero no podríamos decir que fueran una realidad clínica para nosotros. Las propias siglas LGTB habían comenzado a circular en Italia no antes del 2000, año en el que, a instancias de Franco Grillini, presidente de la asociación Arcigay, se organizó en Roma el Europride por el orgullo gay.

En definitiva, todos eran temas en el aire que aún no habían entrado en la realidad de nuestra clínica.

Unos años más tarde, en 2010, llega a mi escritorio, a través de un amigo casado con una feminista apasionada y por tanto muy familiarizado con esos temas, un libro titulado: El cuerpo sin cualidad, archipiélago queer, de Fabrizia Di Stefano, socióloga transexual, atenta lectora de Lacan. Recientemente se había producido el escándalo de Piero Marrazzo, presidente de la región de Lazio, sorprendido yendo con un coche oficial a encontrarse con un transexual. La prensa había levantado un escándalo, había hablado de ello durante semanas, Marrazzo había tenido que dimitir y Fabrizia Di Stefano concedió una inteligente entrevista llena de referencias a Lacan. Desde su perspectiva, el concepto queer surge como transversal a lo que considera dos categorías cofundadoras del discurso sexual moderno: la heterosexualidad y la homosexualidad. El queer se convierte entonces en el heterón radical, irreductiblemente nómada, que desarrolla una neoheterosexualidad rizomática, no normada y no normativa, o por el contrario una neo-homosexualidad basada en la deconstrucción de la idea de género. Con todas las resonancias deleuzianas de su prosa, Fabrizia Di Stefano evidentemente usa queer como punta de lanza para perforar el género.

Sin embargo, fue en esos años cuando algo comenzó a cambiar en la recepción social de estos términos. Las referencias al queer y al género ya no fueron solo una cuestión de debates intelectuales y políticos sino que comienzan a entrar en la cabeza de las personas y de aquí pasan a nuestras consultas.

De hecho, en los últimos años se han multiplicado los pacientes que se declaran bisexuales, o que llevan una vida sexual nómada e indiferente al sexo biológico de la pareja, o que cambian de orientación incluso después de una larga relación.

En el centro clínico del Instituto Freudiano encontré un día a un hombre que vino a hablar conmigo porque lo dejó su esposa después de varios años de matrimonio. Fue un matrimonio sin conflictos y duradero, vivido en perfecta armonía. Había conocido a su esposa en la escuela secundaria y, como en su familia de origen había sufrido las penurias de su pareja paterna, quería una unión segura, sólida, no perturbada por las dudas y los deseos divergentes. El erotismo con su esposa no fue fastuoso, pero el entendimiento sentimental fue excelente, sin brechas. Hasta el día en que su esposa le dice que lo deja porque se ha enamorado de su mejor amiga y se da cuenta de que es lesbiana.

Por lo tanto, comenzamos a dejar de sentirnos atrapados por una orientación sexual en particular. Un día, un paciente que sufría de homofobia severa se aterra en una sesión porque había escuchado en la televisión a un actor famoso afirmar que se había percatado de que las mujeres no le atraían y que había desarrollado deseos homosexuales. “¿Crees que me podría pasar a mí también?”, me pregunta profundamente angustiado.

Un paciente que ha vivido durante varios años con una mujer comienza a sentir que el deseo por su pareja disminuye. Al mismo tiempo comienza a ver a los hombres con otros ojos, hasta que deja a su pareja y se va a vivir con un joven estudiante de ingeniería con quien tiene una satisfactoria comprensión erótica.

Otra paciente, en el umbral de la adolescencia, siente que no puede ubicarse. Se mantiene alejada de los hombres, pero no puede identificarse con lo que hacen sus compañeras. Se siente como en una zona neutral, suspendida, y esta suspensión permanece hasta que viene a verme. Ahora vive con una mujer, incluso sin haber tomado internamente una dirección que la aleje de su neutralidad protectora.

Una joven que viene a verme porque no puede reprimir el enojo que siente, y cuya madre es el detonante, se acaba de separar de su esposo y de inmediato me dice que es bisexual y que no tiene predilecciones respecto del próximo partenaire.

En definitiva, en el momento en el que la perversión desaparece del panorama de los significantes socialmente utilizables, el género, el queer, el nomadismo sexual, la libertad de elección en materia erótica han despegado, se han impuesto, han creado nuevos surcos en los que las personas entran y en los que transcurren sus vidas.

Yo diría que no es difícil comprobar que se trata de refugios, vías de escape, la posibilidad de una isla como diría Houellebecq, lugares imaginarios en los que encontrar refugio a los exiliados de las relaciones sexuales. Hay una mujer que vive con una mujer porque esto la tranquiliza del miedo a la violencia machista. Está el que, flotando como un parapente sin aterrizar en ninguna parte, difiere indefinidamente el coste de la elección sexual. Está el hombre que, atormentado por la homosexualidad inconsciente, se retira al bastión homofóbico y mira extasiado a la mujer del deseo recibir el falo del otro hombre y actuar como pantalla o mediación del objeto reprimido de sus deseos. Está el niño que tuvo relaciones homosexuales con su hermano a una edad temprana, y que solo puede excitarse si se imagina a sí mismo como la mujer con la que está en la cama mientras recibe el falo de otro hombre. Por un lado son fantasmas clásicos, pero desprovistos de un imaginario social que los convierte en estilos de vida, o barricadas en el transcurso de la vida.

No es necesario buscar la teatralización del sexo que se convierte en política, reivindicación, aspiración, militancia para comprobar lo que aparece de manera menos exhibida pero más laberíntica en nuestra clínica: el nomadismo de la identidad sexual como máscara o como intento de resolver la ausencia de la relación sexual. La aparente infinidad de caminos es la cosmética del estrecho pasaje que todos tenemos que atravesar, el de la ausencia de relación sexual.

Creo que hay dos niveles en los que plantear la cuestión del género. Uno es el de los derechos civiles. Los disturbios de Stonewall de 1969 son el comienzo del movimiento para reconocer los derechos de los homosexuales. Este debe ser un camino sin retorno y extensible a toda la variedad LGBT con adiciones posteriores, LGBTQ, LGBTQI, etc. Evidentemente, es una lista continuamente abierta.

Freud siempre fue lúcido: cuando Ernest Jones recibió de la Asociación psicoanalítica holandesa la solicitud de afiliación de un médico conocido por su manifiesta actividad homosexual y en la duda dirigió la solicitud a Freud, la respuesta de Freud fue clara: la homosexualidad debe ser considerada un factor neutral para la evaluación de candidatos. Sabemos que la IPA fue entonces en una dirección diferente y que, en particular, destacados analistas como Anna Freud y Edmund Bergler consideraron la homosexualidad como una patología que podría y debería curarse. La prohibición de candidatos homosexuales en la IPA se mantuvo hasta el coming out  de algunos analistas homosexuales que tuvieron que ocultar su orientación para convertirse en miembros, Ralph Roughton entre ellos.

En el plano clínico, en cambio, podemos reconocer los diferentes disfraces imaginarios, el enmascaramiento de la ausencia de la relación sexual, y creo que el criterio que Lacan establece en sus conferencias americanas debe aplicarse a nosotros: el análisis termina donde el paciente encuentra su propia satisfacción. A diferencia de Anna Freud y Bergler, no queremos curar a los homosexuales de la homosexualidad y no queremos desviar ampliamente las variedades LGTB de sus formas específicas de satisfacerse a sí mismos. La práctica del psicoanálisis, sin embargo, va en contra de la práctica de las identificaciones, y se trata de sacudir los significantes en los que estas identificaciones colectivizan un goce que es en sí mismo refractario a cualquier universalización. El equilibrio que hay que encontrar es el que nos permita no caer en la ilusión de que un derecho social es un derecho al goce, porque el goce, nos recuerda Lacan, no es una cuestión planteada en el plano de la justicia distributiva.

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (SLP).

Traducido por Diego Ortega Mendive.

Fotografía seleccionada por el editor del blog. (Giordano Bruno. Estatua en Campo dei Fiore)

Fuente: https://www.slp-cf.it/rete-lacan-n30-9-maggio-2021/#art_3

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