Sueños y Real en tiempos de pandemia

Rosa López*

En 1974, durante la conferencia “La Tercera” Lacan hace la siguiente confesión:Tal como Freud, tengo el derecho de participarles mis sueños; contrariamente a los de Freud, no están inspirados por el deseo de dormir, a mí me mueve más bien el deseo de despertar. Pero, en fin, es (algo) particular”[1]

De esta cita en la que Lacan confiesa su particular posición ante el sueño se ha derivado una orientación clínica destinada a despertar al analizante, pero es necesario calibrar el modo, la ocasión y los límites con que se aplica esta orientación que no debería ser tomada como un precepto ni un ideal. No olvidemos que el propio Lacan dijo que el despertar absoluto conduce a la muerte y también es Lacan quien al final de su enseñanza borra toda jerarquía entre el deseo de dormir y el deseo de despertar.

1. No querer despertar

Parece lógico no querer despertar de esos sueños en los que se realiza el deseo inconsciente ligado al placer. Lo paradójico es no querer despertar de una pesadilla que angustia.  El ejemplo de esto último nos lo ofrece la célebre anécdota de Robert Louis Stevenson, contemporáneo de Freud, quien una noche tuvo un sueño de terror. Su cuerpo temblaba preso de una fuerte agitación y la esposa, guiándose por el sentido común, le despertó.  Stevenson se incorporó de un salto y con una cara de pavor, pero también de goce, le recriminó a su mujer que hubiera interrumpido “ese dulce sueño de terror”. Oxímoron que evoca el “fuego frio” con el que Lacan caracteriza lo real en el Seminario 23, a diferencia del fuego que quema que solo es “un disfraz de lo real”[2] . Para retener la experiencia vivida en la pesadilla Stevenson escribió sin descanso durante tres días dando lugar a una de las novelas más reveladora de la división del sujeto, de la existencia del inconsciente, del desdoblamiento de lo imaginario y del empuje de lo pulsional: El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde (1886) vio la luz cuatro años antes de la Interpretación de los sueños.

El ejemplo nos indica que el sueño puede servir a varios amos la vez: metaforiza lo simbólico, preserva el dormir de lo imaginario y pone en juego un fragmento de lo real. Por todo ello sigue siendo un instrumento fundamental en el curso del análisis y decisivo en su final.

Lacan quedó muy impresionado por la genialidad de Freud al descubrir que en el ser humano hay un “deseo de dormir” independiente de la necesidad biológica.

En ocasiones se trata del deseo de seguir soñando para no despertar a esos sueños” negros”[3] que son los pensamientos de la vigilia. ¿Quién querría salir del sueño cuando la realidad a la que ha de incorporarse es una pesadilla? Durante el confinamiento domiciliario un analizante comenta que nunca había dormido tanto. Se refugiaba en los sueños que le permitían conocer gente y tener alguna aventura erótica. Despertaba feliz y el grito se producía un instante después al comprobar las circunstancias de la realidad, inversión de la pesadilla en la que el grito precede al despertar. El ejemplo muestra cómo los sueños cumplen una función defensiva respetable, siempre y cuando el deseo de dormir no se apodere del resto de la existencia. No obstante, como cualquier otro deseo, es imposible de satisfacer. Ningún parlêtre, aun utilizando los narcóticos más potentes, puede hacer como “los cerdos que no paran de dormir siguiendo el principio del placer como mínimo de goce”[4] porque siempre estará el síntoma para impedirlo. Tan imposible es el despertar total como el dormir absoluto.

2. La pandemia

La pandemia ha introducido en nuestras vidas un enorme desconcierto cuando no un verdadero estrago. Las desgracias se multiplican, la muerte gravita como una amenaza o se realiza como un hecho. El temor al contagio cobra la forma de lo siniestro pues nada nos garantiza que el peligro no esté en el interior de la propia casa o venga de la mano de los seres más queridos, los más inocentes incluso. Es probable que este acontecimiento que ha trastocado todos los fundamentos introduzca cambios en el modo en que pensamos el mundo y a nosotros mismos, pero aún no podemos vaticinar cómo serán, incluso si se producirán. Lo que sí comprobamos es que el virus es una realidad tan inconcebible que algunos la rechazan con la misma fuerza con la que forcluyeron la castración. Otros reniegan de lo que ven y se suman a las teorías delirantes sin ser clínicamente psicóticos.  Finalmente están los que aceptan la realidad y tratan de actuar en consecuencia, pero acaban cometiendo lapsus que denotan lo reprimido. A fin de cuentas, nos enfrentamos a una increencia universal: “nadie cree en su propia muerte”[5]

3. La clínica de los afectados

La Covid no es lo real lacaniano, es una cruel realidad que pasa a la subjetividad por vía de lo imaginario y puede entrar en resonancia con el real de un parlêtre determinado que tendrá que responder después poniendo en juego sus defensas. Cuando el virus enferma un cuerpo las defensas del sujeto son decisivas.  Quiero destacar, en este sentido, el valor clínico del testimonio de Jean Daniel Matet[6] sobre su experiencia como enfermo en cuidados intensivos. Para no quedar reducido a un cuerpo en manos de la técnica medica el sujeto trata de sostenerse por todos los medios, enfrentándose a la perplejidad producida por lo real mediante una neo-construcción delirante, que diferencia claramente de la pesadilla, y le sirve para recomponer el orden del sentido.

Volviendo a los sueños, el impacto del coronavirus constituye el resto diurno a partir del cual el inconsciente hace su trabajo. Tal como dice Lacan en el Seminario 11 “es con ayuda de la realidad”, en este caso, la Covid, que en el sueño se repite algo “más fatal”, a saber: el propio goce ignorado[7]

Relataré dos breves ejemplos en los que se presentifica lo real ligado a las consecuencias de la pandemia:

Caso A

En el peor momento del confinamiento, un joven pierde a su padre por un contagio intrahospitalario de Covid mientras estaba internado por otra enfermedad. Aun siendo su único familiar no le permitieron verlo y le enviaron los restos incinerados mediante un servicio de entrega a domicilio. La indignación y la rabia dominan sus sentimientos conscientes mientras que en los sueños surge lo real y la culpa. Un primer sueño le muestra la imagen atroz de su padre con las vísceras fuera “como un desbordamiento”. Entonces, despierta sobresaltado y cuando vuelve a dormirse sueña que golpea a su adorado perro hasta reventarlo. El primer sueño, parecido a una alucinación, ofrece una imagen que llega lo más lejos posible hasta lo real allí donde lo simbólico está ausente, momento en el que surge la angustia que despierta. En el segundo emerge la culpa, índice de su propio goce ignorado. Este ejemplo nos deja la interrogación de si la pesadilla actúa como una defensa ante lo irreversible de la pura pérdida o, por el contrario, solo sirve para movilizar ese “algo más fatal” que comanda la repetición del goce

Caso B

Ante el colapso de los servicios sanitarios la paciente B sufrió el COVID sin asistencia y en la soledad de su apartamento. De los días que pasó en la cama solo le queda la huella, más que el recuerdo, de haber experimentado las alucinaciones hipnagógicas propias del estado entre la vigilia y el sueño, sobre todo la sensación del cuerpo cayendo en un vacío sin fondo. A diferencia de J. D. Matet este parlêtre no contó con el auxilio de la máquina ficcional. Al levantarse, con diez kilos menos y la piel despegada del cuerpo, necesitó plasmar en dibujos estremecedores lo real del pánico, el desamparo y la caída. Testimonio gráfico que enseña en la sesión mientras que sus palabras giran en torno a otras preocupaciones. Volviendo al seminario XI podríamos decir que la imagen de pesadilla del paciente A y las ilustraciones de la paciente B guardan el parentesco de transmitir algo que se aproxima a lo real y que convoca la mirada: “Eso muestra”

En la pesadilla no es tanto una verdad reprimida que se revela como un real que se presentifica. Ese real insoportable que irrumpe fugazmente causando el estupor del sujeto tiene el destino transferencial de mostrarse al analista. Es otra manera de hacer con el horror de la pesadilla, distinta a lo que hicieron los góticos y románticos poniéndola de moda en sus creaciones. La pesadilla no conoce modas, es tan actual como antigua porque lo que está en juego es el fundamento de la angustia: “el hecho de existir como cuerpo”[8].  

El sueño de terror hunde sus raíces en el encuentro reciente con un goce que ha excedido la capacidad de elaboración onírica. La imagen del padre eviscerado del paciente A no dice nada a nadie, solo muestra una visión atroz de lo que no pudo ser visto. Las ilustraciones patéticas de la paciente B muestran las confusas sensaciones vividas que no logran pasar a la palabra.

El límite que separa el sueño de la alucinación no siempre es preciso y nos obliga a un esfuerzo de sutileza clínica.

Freud señaló que la pesadilla puede asociarse con la locura, y en cierto modo guarda un parentesco con el fenómeno elemental. La diferencia clínica se comprueba a la salida de la misma. El neurótico es aquel que al despertar a ese otro sueño que es la vigilia juzga la pesadilla resignado y hasta sonriente porque puede reconstruir la representación de su mundo y de sí mismo, volviendo a velar lo real.

La psicosis, sin embargo, nos da una idea del peligro que supone aproximarse al despertar absoluto cuando desaparecen los sueños porque un mundo sin sueños es lo más atroz que pueda imaginarse, ya no hay ni semblantes ni síntomas. Por no haber no hay ni mundo, ni sujeto, solo lo real de un cuerpo sin compañía alguna. Un cuerpo permanentemente despierto no consigue desconectarse del goce que lo agita y lo destruye.

Evidentemente no es este el despertar que cabe esperar en un análisis sino aquel que, como “un breve relámpago de lucidez”, surge en el instante en que se produce el atravesamiento del fantasma y la consecuente mutación del sujeto. Pero, la última respuesta de Lacan va más allá de los franqueamientos cuando concluye que “de la enfermedad mental que es el inconsciente no se despierta nunca” incluso va más allá del inconsciente y de la clínica del despertar hasta arribar a lo incurable del síntoma con el que hay que saber arreglárselas. Con todo, el lenguaje seguirá copulando con el cuerpo y produciendo sus necesarias ficciones, seguiremos soñando y durmiendo.

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ELP)

Ponencia en el Seminario Internacional de otoño de la ELP (Noviembre de 2020)

Fotografía seleccionada por el editor del blog. (Fuego frío)


[1] Publicado por vez primera en las Lettres de l’École freudienne, 1975, nº 16, pp. 177-203.

[2] J. Lacan. Seminario 23. Paidós. Buenos Aires, pág. 119.

[3] J. Lacan. Los no incautos yerran

[4] J. Lacan. Los no incautos yerra.

[5] S. Freud. “Sobre la guerra y la muerte”, 1915

[6] Jean Daniel Matet. Lacan Quotidien 880. https://elp.org.es/author/jean-daniel-matet/

[7] J. Lacan. Seminario XI. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. P. 67.

[8] J. Lacan. El Seminario, Libro 10, La Angustia “el reconocimiento de nuestra propia forma (…) es en sí mismo limitado, porque deja escapar algo de aquel investimento primitivo de nuestro ser resultante del hecho de existir como cuerpo” (Paidós. P. 72)

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