Inquietante anticristianismo

Javier Peteiro*

Había un cura allí. En el cementerio de la Almudena. ¿Qué diría? ¿Hablaría sobre la defensa de “valores eternos”, contra el marxismo, el judaísmo, el demonio y la carne?

El acto recientemente celebrado en Madrid, del que se han hecho eco los medios de comunicación, y en el que hubo una proclamación antisemita, es sorprendente e inquietante, a la vez que parece sostenerse en ese creciente afán de pureza que implica la segregación de un Otro colectivo. Yo no soy judío, ni gitano, ni negro, ni… lo que sea. Soy puro hasta que vengan a por mí y no se queden con los otros.

Sorprende el anacronismo. Es muy probable que la mayoría de los jóvenes (y viejos) que aparecen tan gallardos en la foto difundida por “El País” no tengan ni idea de lo que llevó a un cuñadísimo a crear la División Azul.

Es inquietante esa expresión de odio al judío, así, en singular, como subrayando que cada judío es, por naturaleza, odioso y culpable de lo que tal odio genere, como tristemente ocurrió en un grado inconcebible bajo el régimen nazi.

Y, sin embargo, lo que son las cosas, hasta es probable que algunos de los que hicieron en Madrid con tanta gallardía el saludo fascista lleven sangre judía en sus venas. De hecho, eso ya ocurrió en Alemania hace algunos años (unos noventa), cuando unos cuantos jóvenes fueron descartados del ingreso en las Hitlerjugend. Quién se lo iba a decir a alguno, tan rubio, joven, fuerte y entregado a la causa, pero con una bisabuela judía. Ahora, que estamos en época moderna, de genes y esas cosas, un plausible estudio de ADN mitocondrial (los judíos lo son por ascendencia materna) quizá permitiría orientar sobre la “pureza” de sangre de alguien. Habría sorpresas, porque España fue Sefarad, aunque lo hayamos olvidado.

Norman Cohn, a la vez que desbarataba el mito de la conspiración judía universal, con los dichosos “Protocolos” y demás bobadas a las que seguirán apelando unos pocos iluminados, ya nos había familiarizado con eso, con lo familiar, que ha sido demoníaco en Europa (de la compulsión a la repetición ya nos advirtió Freud).

Se trata de odiar, a saber por qué, y, para ello, se necesita a un otro. Ahora, de nuevo, el judío. No es nuevo. Nada une tanto como el odio. Lo muestra la Historia. Y cuando ese odio pudo organizarse políticamente llevó a todo tipo de vejaciones, llegando a la industrialización y gestión burocrática de muertes masivas. Eso sí, tampoco fue gratis del todo; la ciencia “aria” se quedó sin científicos judíos… y Alemania perdió la guerra. Fue solo un factor, pero un tanto importante para mostrar que odiar es malo no sólo para el odiado, también para el que odia.

En realidad, ¿a quién le importa si un compañero de trabajo, por ejemplo, es o no judío? Si lo fuera, qué más da; es de una nación de origen o acogida, será ateo o creyente, médico o sastre. Quienes asustan de verdad son los virus y los vándalos, esos que reclaman estos días, quemando lo que pueden, la libertad de un imbécil juzgado y condenado.

Cualquier manifestación segregacionista, atenta contra el ser humano, ofende a la inteligencia y, sobre todo, a la ética. Y eso, con independencia de que uno sea ateo o no

Pero miremos también a la religión, ya que algunos tenemos esa mirada. Ser antisemita equivale a ser anticristiano porque el cristianismo se centra en Jesús de Nazaret, judío. Jesús nació judío, vivió como judío, sólo predicó a judíos y murió como judío blasfemo, con un INRI romano sarcástico en su cruz. Un Cristo judío no era, en su momento, antes de la llegada de los mitos paganos con acordes wagnerianos, políticamente correcto en el nazismo. Cristo no podía ser cristiano, no podía ser judío, sino ario, como profundos estudios trataron de demostrar, entre ellos el de H.S.Chamberlain en “Die Griundlagen des Neunzehnten Jahrhunderts”, obra citada por Richard Noll en su libro “Jung.El Cristo ario”. Ah, Jung, otro que tal bailó en su tiempo. Y la verdad es que quedaba bien. Cuánta complicidad eclesiástica con el nazismo (El Vaticano, por un lado, los protestantes, por otro…). Eso sí, hubo excepciones individuales (Kolbe es un buen ejemplo entre muchos) y colectivas, como la “Bekennende Kirche”.

Los jinetes apocalípticos cabalgan juntos. Tenemos una peste, muerte, colas del hambre. Sólo nos faltaban los alumbrados por la luz guerrera, en las calles o en los cementerios.

* Doctor en medicina, jefe de la sección de bioquímica del Complejo Hospitalario Universitario A Coruña y escritor.

Fotografía seleccionada por el editor del blog. (Cuatro Jinetes del Apocalipsis, por Viktor Vasnetsov (1887)

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