Los jóvenes se movilizan por el cambio climático. ¿Y los adultos?

Josep María Panés*

A estas alturas del mes de septiembre pocas personas saben que Fridays for Future (FfF) -la organización surgida del impulso de Greta Thunberg- ha convocado una nueva jornada   internacional de acción por el clima para el próximo día 25, secundada por cientos de organizaciones ecologistas de todo el mundo.

Esta escasa presencia en los medios de una convocatoria tan importante -la anterior, en septiembre de 2019, tuvo una enorme repercusión- plantea algunos interrogantes. Quizás la organización y la propia Greta Thunberg se han sometido en los últimos meses a una enorme sobreexposición mediática, y ahora sus actividades han perdido parte del atractivo y del interés que suscitaron. O quizás el tsunami generado por la pandemia -sanitario, social, y también informativo- ha relegado a un segundo plano cualquier otra problemática. Sin duda alguna, estos factores pueden haber influido en el fenómeno al que hago referencia, pero opino que no son los únicos y quizás no los más determinantes. 

Creo que el discurso de Greta Thunberg en la cumbre del clima de la ONU -y me refiero más que a lo que dijo a cómo lo dijo, a la dimensión subjetiva que se puso de manifiesto más allá de la contundencia de sus palabras- fueron ya un indicio de que algo en su trayectoria, en la fuerza con la que había sostenido su argumentación y su liderazgo, entraba en crisis. 

Supimos recientemente que Greta Thunberg y otras líderes de FfF se habían reunido con Ángela Merkel en un encuentro que tuvo un gran alcance mediático, pero poco después vimos a una Greta Thunberg que -más delgada y de aspecto más frágil- retomaba el curso escolar como una estudiante más de secundaria, cerrando así un largo paréntesis de excepcionalidad. Ello no implica, por supuesto, que vaya a abandonar sus actividades como la líder indiscutible de FfF que sigue siendo, pero quizás es otro de los indicadores de que algo en el movimiento que ella inició y en la absoluta implicación personal con la que lo ha sostenido está entrando en una fase diferente.

Mi interpretación se sitúa a caballo entre lo subjetivo y lo colectivo o político: creo que este efecto de desaceleración o incluso de cierta crisis que afecta a FfF, a la propia Greta Thunberg y quizás a otras de sus jóvenes líderes es consecuencia de la falta de respuesta que el movimiento ha obtenido por parte de las generaciones adultas.

En sus convocatorias más exitosas en ciudades de todo el mundo, FfF ha llegado a movilizar a millones de jóvenes, que se han manifestado después de abrir los ojos a las gravísimas amenazas que comporta el cambio climático. Pero, más allá del desdén de los negacionistas, estas movilizaciones extraordinarias han suscitado una mezcla de simpatía, admiración y reconocimiento, pero no han encontrado una respuesta activa y participativa por parte de las generaciones adultas (incluyendo aquí a hombres y mujeres de cualquier edad, por encima de, digamos, los dieciocho años).

Es sabido que los jóvenes siempre han tenido un gran protagonismo en los movimientos sociales y en las protestas que han propiciado cambios políticos y sociales. De hecho, muy a menudo los jóvenes han sido el verdadero motor de esos cambios, pero en el caso del cambio climático creo que se trata de un fenómeno diferente. En primer lugar porque lo que está en juego es la mayor amenaza y el mayor reto al que se ha enfrentado jamás la civilización en su conjunto. Y en segundo lugar, porque el hecho de que hayan tenido que ser los más jóvenes -Greta Thunberg y las otras líderes de FfF eran casi unas niñas cuando se embarcaron en esta lucha- los que hayan irrumpido en la escena social con su grito de alarma, es una anomalía histórica sin precedentes. Lo han hecho, además, en primera persona, asumiendo riesgos y “poniendo el cuerpo“, algo que va mucho más allá del gesto, valioso pero anónimo, de votar a un partido verde o de asistir a una conferencia o a una manifestación.

Por supuesto que el cambio climático está presente desde hace décadas en la agenda política de partidos y gobiernos, y es la preocupación central y el objeto del trabajo de toda clase de expertos, en administraciones, universidades y organizaciones ecologistas de todo el mundo. Pero hasta la llegada de FfF no se había producido nada parecido a lo que todos aquellos -políticos, gestores, activistas, científicos- reclamaban: un alto grado de conciencia y de movilización social, acorde con la gravedad del problema.

La huelga por el clima, las grandes manifestaciones, el indudable carisma de Greta Thunberg, han suscitado una enorme cobertura mediática, y en los momentos de mayor impacto su mensaje ha alcanzado una difusión planetaria. Pero no ha llegado a producir -y este es el punto al que insisto en darle una mayor relevancia- una verdadera respuesta social. La generación de sus padres, la de sus abuelos -incluso la de sus hermanos mayores- no han encontrado la manera de convertir su recepción del mensaje en una acción efectiva, en una implicación personal que suponga la asunción de una responsabilidad real y, por tanto, de un cierto riesgo. Este paso que no han llegado a dar produce un estado de espera, una suspensión del acto que, a mi juicio, tiene efectos tanto a nivel colectivo como individual.

Los efectos a nivel colectivo me parecen indudables: el cambio climático, en el contexto de las graves problemáticas medioambientales de las que forma parte, no llega a constituirse como la prioridad absoluta de gobiernos y sociedades, especialmente en el momento actual, marcado por esa otra prioridad absoluta -pero transitoria- que supone la respuesta al coronavirus.

Los efectos a nivel subjetivo son probablemente menos evidentes pero igualmente ciertos y preocupantes. La inquietud por el avance del cambio climático es sentida por la inmensa mayoría de la población, pero de una manera que no se traduce en algún tipo de acción efectiva. Hay algo paralizante, desalentador, en el malestar que producen las noticias -cada vez más frecuentes y más preocupantes- sobre los efectos del cambio climático: los incendios devastadores, los grandes ciclones, las sequías y las lluvias torrenciales… Nadie puede sustraerse a la evidencia y a la certeza de su avance, pero la angustia que experimentamos ante esa amenaza tan real y tan excesiva no encuentra una manera efectiva de resolverse. Se habla, y mucho, del cambio climático -en todas partes y en toda clase de conversaciones- pero siempre acaba surgiendo un sentimiento difuso de impotencia y, quizás, de mala conciencia: a partir de ese punto, solo cabe mirar hacia otro lado, cambiar de tema o sumergirse en alguna de las mil cosas de lo cotidiano. 

Nadie, por si solo, ha causado este inmenso daño pero todos participamos en este proceso global y en sus consecuencias medioambientales. Cada cual puede afirmar que no es responsable de nada, que no inventó este sistema ni quiso que las cosas fueran así, que simplemente se sumó -como todos, como cualquiera- a una maquinaria que ya estaba en marcha, y que nadie parece controlar, pero que trabaja y hace trabajar incesantemente para obtener un plus sin límite: más objetos, más consumo, más contaminación, más calentamiento global… Paradójicamente, nadie puede ser del todo ajeno a este funcionamiento colectivo porque su lógica -insensata- es la misma que la de la pulsión, inscrita en lo más real del ser individual, al que también puede empujar a una exigencia de satisfacción sin otro límite que el de la vida del sujeto. 

¿Es posible salir de este impasse, mezcla de inercias, comodidad, culpa, incertidumbres? ¿Es posible asumir una realidad profundamente incomoda, dejar de ignorarla y decidirnos a actuar? Como decía antes, creo que no hacerlo y seguir en la duda y la postergación del acto tiene unos efectos devastadores, también a nivel subjetivo, personal. Y, a la inversa, creo que salir de la pasividad, optar por alguna manera -la que sea- de ejercer una acción efectiva, con una incidencia social que, por mínima que sea, conecte con la realidad de la lucha contra el cambio climático, puede tener un efecto vivificante y, en cierta forma, liberador. No exagero: asumir una responsabilidad, hacerse cargo de un deber, pagar el precio por la vida que a cada cual le ha tocado vivir, siempre tiene esos efectos tan positivos. 

Ignoro cuáles puedan ser las vías que otros encuentren para concretar esa respuesta, pero creo que han de pasar forzosamente por asumir cambios en la vida cotidiana que comporten un cierto grado de renuncia, de pérdida. Y también por ejercer un activismo decidido, a la medida de las posibilidades de cada cual, pero que contribuya a concienciar sobre los riesgos del cambio climático y que exija de la clase política un nivel mucho mayor de implicación y de corresponsabilidad. De la misma manera en que muchos de los que hoy son adultos dedicaron una parte valiosa de su tiempo y sus energías, asumiendo riesgos y renuncias, a la lucha política -contra el franquismo y, en otros lugares, contra tantas otras dictaduras- se trata de que ahora puedan hacer suya esta causa y renovar su compromiso con el futuro.

El cambio climático es un fenómeno de un orden y una magnitud sin precedentes, ante el cual el aldabonazo de FfF pareció capaz de suscitar, por fin, una respuesta social mayoritaria. Si esta respuesta no se produce, si un porcentaje significativo de los adultos del mundo no escuchan este llamado y no dan un paso al frente, asumiendo algún tipo de responsabilidad real, los miembros de la generación de la que ha nacido y que ha dado un apoyo decidido a FfF sabrán que están definitivamente solos ante un futuro plagado de graves amenazas. 

*Psicoanalista. Miembro de la ELP y la AMP.

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

Fuente: https://catalunyaplural.cat/es/los-jovenes-se-movilizan-por-el-cambio-climatico/

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