CORONAVIRUS: “Un motor en la repisa, psicoanálisis con niños en cuarentena”

Un motor en la repisa, psicoanálisis con niños en cuarentena

 

Andrea Amendola*

 

Cuando comenzó esta pandemia y con ella el inevitable confinamiento, una de mis mayores preocupaciones fue cómo iba a seguir trabajando en la clínica con niños. Un recuerdo que data de hacen más de 20 años me llevó a una pregunta que le hiciera a Gaby Grinbaum, cuando dudaba de mi deseo por la práctica del psicoanálisis con niños.  Sin vueltas, fiel a su estilo, Gaby me respondió: ¿por qué no?

El efecto retorno de esas interpretaciones inolvidables cobran su valor cada vez, pero de esta lo advierto ahora que lo escribo. Así, hoy también decidida a seguir, me sentía inquieta porque desconocía cómo cada niño, cada familia, podría hacer lugar o no a que continuásemos de otra manera.

En algunos casos complejos, decidí respetar a esos niños que dijeron que no por lo que esa modalidad podía volverse una exigencia a responder desde un lugar no conveniente, dejando entonces abierta la chance de hacer cada sesión cuando fuera posible, sabiendo que en algunos casos el hacer un alto, puede ser también parte necesaria de un recorrido analítico.

Otros niños continuaron como si hubieran dado simplemente un salto a través de la pantalla, enseñándome que mi preocupación sobre el cómo se resolvía haciéndolo, simplemente. Incluso ese cambio de escenario viene siendo generoso en cuanto a efectos analíticos. Llegué así a sentirme un poco más amigable con esta impronta coyuntural.

En las consultas de video llamada, el coronavirus ha pasado a ser en algunos casos un significante amo del cual algunos niños se valen para, haciendo uso de él, continuar el trabajo sobre el síntoma que ya venía en curso. Así una hermana que despierta celos pasa a ser una coronavirus que infecta.  Como dice Lacan, el sujeto “lleva en sí el gusano de la causa que lo hiende”1. El sujeto nace con el muro del lenguaje incrustado en su ser, por eso “los humanos no aprendemos como las máquinas, por el hecho de que no tenemos acceso a base de datos inmensos. En su vida un sujeto humano tiene acceso a muy pocas cosas, a muy pocos datos, y con esto aprendemos cosas extraordinarias”,2 señala tan bellamente Eric Laurent.

Con esos pocos datos es que un psicoanálisis es posible, y en nada claramente eso es poco porque “el psicoanálisis ofrece un lugar vacuolar, un espacio entre paréntesis, donde el paciente tiene la oportunidad, durante un tiempo restringido de ser sujeto”.3

Desde esta perspectiva, fue que gracias a una intervención escolar advertida de la importancia de “proteger a los niños de los lazos familiares”4, fue posible un psicoanálisis por video llamada con un niño.

En nuestra primera entrevista por video este niño de once años que se niega a escribir pero que tiene un recurso a la ficción brillante, me llamó metido en la cama de su madre para hablar de la tristeza que le da estar encerrado. El efecto del encierro no alcanzó la palabra, al contrario, ella se volvió más necesaria que nunca y comenzó a contarle a la analista cosas de las que nunca antes había hablado con nadie. Así, el encierro viró y se volvió un significante que lo puso a hablar a él más allá de su intención de decir.

Desde aquellas cosas que no soporta de sus padres hasta sus invenciones en curso, de las cuales muchas de ellas han sido reconocidas en su colegio por su originalidad. Así, “captando lo que fracasa en el bricolaje con los ideales de la familia”5, el analista se hace soporte de esas invenciones a través de las cuales este niño es convocado a hacer una lectura de ese decir en donde se entreteje su posición de goce: encierro.

Antes de finalizar esa primera sesión este niño me dice: “el invento que más me gusta es nuestro motor, lo tengo acá en la repisa” y me lo muestra. Un motor con ladrillitos de colores es el encargado de que una nave pueda volar. Me recuerda que en el interior el motor está vacío y es justamente con ese vacío que funciona.

Ese motor había sido una invención suya en el consultorio, el “nuestro” en su decir testimonia del valor operativo de la transferencia para este niño en donde más allá de la resonancia que el motor tiene para nosotros en el psicoanálisis, hay en este juego singular un tratamiento de lo pulsional que continúa andando.

El muro no es la pantalla, el muro es el del lenguaje que nos petrifica muchas veces con sus excesos de sentido, por eso “se ve cómo los niños hacen distintos usos de las pantallas” 6 y allí en donde hay efectos  analíticos podemos decir que  hay entonces psicoanálisis.

¿Prefiero el análisis por esta vía? No lo prefiero, pero me adapto porque si hay un sujeto que desea hablarle a un analista estamos convocados entonces a hacer del deseo del analista versiones inéditas que sepan alojar los requerimientos de la época que nos toca vivir. Será fundamental entonces no volvernos por falta de versatilidad nuestro propio muro.

Esto me hace sentir que el deseo del analista no es un concepto adormecido en un libro, es una herramienta que en su uso vive.

“Dar lugar a lo inédito, quizás, sea una de las enseñanzas mayores de las prácticas con niños, no reducirla a lo conocido y, que en cada encuentro el nudo entre transferencia y deseo del analista sea una novedad total”. 7

Si hay un motor al que podemos llamar con este ingenioso pacientito “nuestro” es este invento del que deberemos saber hacer uso cada vez: el psicoanálisis de la orientación lacaniana aún…  en cuarentena, ¿por qué no?

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (EOL)

 

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

 

 

1.Lacan, J., Escritos 2, Bs As, Siglo XXI, 1987, p. 814.

2.Laurent, E. “El niño y su familia”, Buenos Aires, Colecciones Diva, 2018, p. 19.

3.Miller, J. A. “Las contraindicaciones al tratamiento psicoanalítico”, 1997

4.Laurent, E. “El niño y su familia”, Buenos Aires, Colecciones Diva, 2018, p. 79.

5.Ibid, p. 25.

6.Ibid. P 15.

7.Aníbal Leserre, “Psicoanálisis con niños 3”de Irene Kuperwajs, Enseñanzas del psicoanálisis con niños, Buenos Aires, Grama, 2010, p. 66.

 

 

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