La disputa en torno al feminismo

La disputa en torno al feminismo

 

Javier Franzé*

 

Dos novedades relativas marcaron el 8M de este año. Por un lado, el enorme crecimiento de la movilización en las calles, que casi duplicó la ya masiva de 2018. Por otro, el hecho de que la derecha haya salido a disputar el significado de feminismo, que se expresó en la postulación de un feminismo liberal alternativo al hegemónico, en palabras de Ciudadanos, al que luego se sumaron el Partido Popular y Vox con sus respectivos discursos.

Una de las respuestas a esta disputa ha sido negar el carácter feminista de esas posiciones del autopostulado feminismo alternativo.

Hay dos niveles del discurso político: el de la lucha política cotidiana encarnada por movimientos, partidos y actores organizados en general, y el de la teoría o ciencia políticas. Si el nivel de la lucha política tiene como objetivo movilizar y construir voluntades, el de la teoría o ciencia política busca más bien explicar, dar cuenta de los procesos políticos. Desde luego esta no es una distinción pura: hay lucha política en la academia y hay ciencia política en la lucha política.

En el nivel de la lucha política cotidiana todos los actores buscan presentarse como los únicos representantes legítimos de la causa que enarbolan, en este caso el feminismo. Esta posición resulta bastante menos legítima en el campo teórico a la hora de definir conceptos —como el de feminismo—, porque supuestamente se acepta de entrada la pluralidad de interpretaciones.

Conviene distinguir entonces qué efecto tiene en cada uno de estos niveles discursivos esa negación del carácter feminista del feminismo alternativo.

Veamos el de la lucha política. En esta coyuntura histórica, en la cual la derecha y la extrema derecha buscan autocolocarse en el lugar de anti-sistema, de víctimas de un orden político-cultural supuestamente dominado por la agenda progresista, que habrían logrado imponer lo políticamente correcto, creo que negar el carácter feminista de otros discursos no resulta políticamente fértil. Sencillamente porque es la respuesta que la derecha y la extrema derecha quieren que el progresismo adopte, para confirmar su carácter totalitario, su esencial identidad comunista, hasta ahora tácticamente cubierta con piel de cordero.

Visto desde otro lado, cabría pensar por el contrario que la confrontación, el antagonismo con otras versiones del feminismo, ha beneficiado políticamente al feminismo del 8M. No casualmente la movilización de 2019 ha casi duplicado a la de 2018. Entre una y otra tuvo lugar la escalada de Vox. La existencia de este discurso nítido de ultraderecha ha intensificado el antagonismo, del cual ha surgido una movilización mayor. La pugna por el significante feminismo no parece haber debilitado al movimiento del 8M, sino más bien todo lo contrario. Sobre todo, cabe añadir, porque un mérito del 8M es su carácter transversal, abierto, en el que caben muchos modos de vivir y sentir el feminismo.

Pero esta posición abierta a la controversia y al antagonismo debe ser defendida no sólo porque ha resultado exitosa, sino porque en el nivel teórico es más coherente con una perspectiva democrática radical e igualitaria. En efecto, la realidad es una construcción política —no hace falta decir que el feminismo lo sabe de sobra— precisamente porque no hay ninguna voz que pueda reclamar la posesión de una verdad que cancele todo debate. Esto obliga a los contendientes a postular su interpretación, lo cual implica la contraposición con otros.

Así como no hay una democracia, tal como el discurso liberal hegemónico propone identificándola con el consenso, ni una economía, como pretende el neoliberalismo al asimilarla al libre mercado, tampoco puede epistemológicamente afirmarse que haya un único feminismo, sino que éste —como todo concepto político y teórico— está abierto a la lucha de interpretaciones. ¿Esto significa entonces que todas esas interpretaciones son igualmente deseables, que al no ser ninguna objetivamente verdadera no podemos elegir defender una en concreto sobre las otras? En absoluto, al contrario. Sólo resultarán igualmente legítimas para nosotros como perspectiva, no como solución.

Si se intenta delimitar de antemano cuál puede entrar en la discusión y cuál no, se despolitiza el debate, pues se da por sentado que hay una que tiene objetivamente más verdad que otras. Politizar lo despolitizado, como bien sabe el feminismo, es la condición de toda búsqueda de más democracia e igualdad.

*Javier Franzé es profesor de Teoría Política en la Universidad Complutense de Madrid

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

Publicado en: https://www.infolibre.es/noticias/opinion/plaza_publica/2019/03/19/la_disputa_torno_feminismo_93023_2003.html

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