Hace falta la responsabilidad de la gente

Hace falta la responsabilidad de la gente

Rosa Godínez*

En psicoanálisis el estatuto de la política quedaría reducido a la ética. Lacan sitúa la acción analítica a partir del deseo del analista y de la ética misma en la que se sostiene la experiencia analítica.  En los acontecimientos Catalunya, y más allá en el plano de la política, bien valdría la pena que los políticos se dejasen orientar por esta confluencia necesaria entre política y ética.

Ha sido necesario dejar un tiempo para escribir estas letras.  Así decían los mayores de mi infancia, emigrados de su tierra, de la España de la posguerra (apaleada por la  barbarie y la pobreza) cuando querían que los niños, que aprendíamos a leer y escribir en la escuela escribiéramos unas letras, una carta, a los familiares que habían decidido quedarse en el campo, en los cortijos…. de la árida y caliente tierra murciana.

En realidad, la tierra de lo familiar, tan cercana y tan extranjera a la vez… La experiencia analítica sirve para construir siempre un territorio propio, nunca el mismo, haciendo nuevos usos de él, más allá de su linde geográfico.  Cierto es, no obstante, que el sitio cuenta por las raíces que el ser humano echa y por los afectos que crea en él.

En Catalunya (lugar de nacimiento, de trabajo, de vida) hemos asistido recientemente a un escenario de convulsión política y social que se ha ido gestando, si tomamos el corte del tiempo reciente, en estos años de “crisis” en los que los trabajadores y las familias han padecido un empobrecimiento creciente. Estamos ya en la otra parte, después del declive de la época del bienestar, recogiendo las consecuencias de la caída económica y del desencanto generalizado de las personas.  En una tertulia radiofónica reciente, se decía que la gente “necesita desesperadamente algo que les haga recuperar el centro de sus vidas”.

En medio de esta atmósfera, nos topamos de bruces con lo que Freud vaticinó hace ya mucho tiempo. En 1908 señala que “la vida moderna acarrea un incremento de nerviosidad”.  Hay una hostilidad en la cultura producida por la presión que ella ejerce, por la renuncia de lo pulsional que exige, decía. Y es que “el desvalimiento y el desconcierto del género humano son irremediables”. En 1929 en “El malestar en la cultura”, plantea que hay una analogía entre la vía evolutiva del individuo, la psicología individual y la social, dada la participación del superyó.  El superyó cultural plantea severas exigencias ideales cuyo incumplimiento es castigado mediante “una angustia de la conciencia moral”.

En Lacan, el superyó no es sólo lo que exige que se renuncie al goce, sino también el lugar donde el goce se acumula. Y se acumula en el mismo sitio donde se requiere su sacrificio, dice J.-A. Miller en su curso “Los divinos detalles”. Tánatos es el antiprograma que se encarna como un empuje hacia la destrucción y las hostilidades, que no apunta a construir una gran unidad, sino por el contrario a destruirla, añade. Para una reflexión psicoanalítica sobre la política, el punto de partida es la identificación que Freud pensó entre el sujeto y lo colectivo.  La pregunta fundamental es ¿cómo se produce lo mismo, ¿cómo se pueden poner en serie los mismos?  Muchas concentraciones y movidas ciudadanas actuales han dado buena cuenta de este interrogante.

En este tiempo de promesas partidistas en boca de políticos, defensores de ideales suficientemente envueltos para el consumo de sus seguidores, se han desatado los afectos y las pasiones a puntos insospechados.  Esto es, al extremo de que la palabra parecía no servir, pues estaba ya todo dicho. Era el momento de la acción colectiva. Vistas las estrategias y tácticas de los políticos (que no de la política), asistimos a la puesta en escena de un acontecimiento social que ha involucrado los cuerpos en bloque. El decir particular se camufla en un dicho unívoco. Efecto del cuerpo movilizado, cuerpo exaltado, que en las manifestaciones colectivas -preñadas de lo mismo– pareciera que se tratase del mismo eco en un mismo cuerpo.  Sin embargo, el psicoanálisis enseña que en el colectivo humano “no todos hablan la misma lengua” (hecho que se evidencia en el momento político actual) y que, cada uno habla a partir de tener un cuerpo, el suyo, con sus resonancias propias y únicas que pueden hacer o no acontecimiento de cuerpo.

Dos ejemplos, a raíz de la situación última en Catalunya, quizá dan muestra de una singularidad que contraria este “lo mismo” en juego:

En la huelga (no laboral), la segunda acción de “parada de país”, me interesó cuando los periodistas pedían la opinión a los conductores, camioneros, etc…que se vieron forzados a parar por la manifestación libre de la gente.  Entre los enervados y molestos, destacaba un hombre joven que dijo que él entendía “a las dos partes”, a los que defendían parar el trabajo y a los que elegían trabajar ese día (por no estar de acuerdo con la naturaleza de la huelga, o forzados por la necesidad…). Como en los tres tiempos que marca Lacan para la pulsión: mirar, ser mirado, hacerse mirar (algo que está presente en toda acción política y ciudadana, extiéndase a hablar, escuchar, martirizar…) siempre se trata de una operación activa, aunque uno decida no decir o no hacer nada. La declaración de este hombre no fue pasiva “entendiendo las dos partes en juego”.  Una posición sabia para saber hacer con la espera forzada aquel día antes de poder avanzar en la carretera.

El otro ejemplo en tanto viene de un decir infantil contiene eso que no existe en el mundo: la inocencia. Aunque los niños son especialmente activos en sus investigaciones sexuales: el niño como un perverso polimorfo, según Freud. Se trata de una niña de 9 años que preguntaba a sus padres, partidarios de la independencia de Catalunya: “per què Europa no ens ajuda” (“por qué Europa no nos ayuda”). En el lapso de tiempo en que la madre pensaba su respuesta (en los intervalos pueden ocurrir cosas muy interesantes) la niña explica la suya propia: Una maestra les dijo que esto de Catalunya i Espanya era como el “69”, “lo mismo pero colocado al revés”. La cría cree que esto significa que “uno se ha de colocar en el lugar del otro”. “Entonces (concluye) mejor que Europa no se meta”. Para ella la cuestión se resuelve mejor entre dos, que entre tres. Sin saberlo, intuye que un trio es complicado, desconociendo la función simbólica del tercero que puede mediar cuando el imaginario se desborda en el par a—a´. La niña ha captado el orden del goce que hay.  Aunque no sabe cómo resolver semejante cosa. Y para eso, se requiere que algo o alguien ocupe un lugar de orientación. En el caso, su madre que está en análisis le dice que esta situación es muy compleja para todos, niños y mayores. Y sobre todo que no hay “los buenos y los malos”.  Que, más bien, hay causas, razones ligadas a la historia, sentimientos contradictorios, pasiones… En estas palabras, hay una transmisión de que hay algo de irresoluble en la vida, que el canto de la esperanza y la ilusión, más propia de la religión que de la política (bien orientada), no contempla.

Hace falta, pues, la responsabilidad de la gente, de los ciudadanos, uno a uno, incluso aún más si los políticos de turno no saben o no quieren asumir la suya propia. Dice Naomi Klein, en su libro “Decir No no basta” que “el gran triunfo del neoliberalismo es convencernos que sin ellos no hay alternativa, que sin ellos hay el caos”.

Pensamos que tenemos un cuerpo, pero también es cierto que él nos tiene, indicó M.-H. Brousse en las recientes XVI Jornadas de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) que trataron sobre la identificación y las identidades. La identidad en psicoanálisis, a pesar de que no existe, sería finalmente la del síntoma. Es muy diferente la identidad desde el discurso del amo: “yo soy él/ella, esto, aquello”, que la identidad leída desde el discurso analítico que apunta a un lugar, a un estar allí, lo cual no es sin el goce en juego. Nos puede dar una cierta distancia frente a las “pasiones políticas”. El “soy” contrasta con el “estoy”, en tanto uno se sitúa “estando en un lugar” a partir de lo que tiene, no a partir de lo que es. El psicoanálisis nos enseña la diferencia entre verdad(verité) y varidad(varité).  Es interesante abrirnos a la dimensión de la verdad como variable, esa “varidad” que nos permite pasar de una verdad a otra y no hacernos objeto de una verdad única en tanto creencia delirante.

En los últimos momentos complicados en la política amplia, más allá de Catalunya, la que afecta el mundo de las personas, el trabajo, la vivienda, la educación, la salud, la cultura…, diría que nos conviene estar un poco despistados en el sentido de estar atendiendo a lo uno y a lo diverso. Entiendo así la proposición de J.-A. Miller: “hacerse incauto de lo real es montar un discurso en que los semblantes atrapen un real, un real en el que creer sin comulgar con él”.  Una perspectiva clínica aunque política también.

Contrariar ahora el retorno de “volver a la normalidad”, uno de los eslóganes últimos, pasa por calibrar también nuestras elecciones que, si bien en la vida personal son centrales, en una democracia (si hay ese deseo) pueden ser decisivas.

*Psicoanalista, miembro de la AMP (ELP).

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