El miedo al extranjero

El miedo al extranjero

Gil Caroz*

Me arriesgaría a decir que nuestra elección de hablar del miedo al extranjero, en Viena, es una suerte de lapsus, un retorno de lo reprimido. El primer reflejo de un psicoanalista sería, más bien evocar la fobia o la angustia. Pero me parece que, en Viena, cierta tradición pone el acento sobre el miedo al extranjero –lo que no quiere decir que no haya también odio allí. Se trata del miedo a aquello que representaba el imperio Otomano, percibido como la dominación por un pueblo de una cultura muy diferente, con hábitos incomprensibles y sobre todo con una cierta violencia, incluso una cierta crueldad.

Por otra parte, miedo y desconfianza se localizan, tanto de un lado como del otro, y tienen su origen en la segunda ocupación otomana de la ciudad de Viena que tuvo lugar en 1683. Su historia parece ser uno de los mitos fundacionales del conflicto cultural entre Occidente y Oriente. Aún hoy, se pueden escuchar en Turquía, en discusiones de café o debates políticos, lamentos por el fracaso de esta ocupación, como la ocasión perdida por Turquía para dominar Europa.

Este miedo u hostilidad es pues, recíproca. Esta reciprocidad une la primera teoría psicoanalítica concerniente a la angustia que el otro puede suscitar y que se organiza alrededor del concepto freudiano de la inquietante extranjeridad, lo Unheimliche. Lo que veo en el extranjero y me da miedo es aquello que me es más familiar. En esta topología particular, el exterior y el interior, lo más extranjero y lo más íntimo, se unen. La mancha negra que veo en el otro y me da miedo, está en mí. Es mi propia “maldad” la que veo en el otro. Este fenómeno es descripto por Freud, no sin humor, en una nota a pie de página del texto epónimo. Viajando en un tren, se levanta para ir al toilette, cuando ve aparecer delante suyo, a un viejo feo que lo asusta. Necesita algunos segundos para recobrar el espíritu y constatar que ese viejo no es otro que él mismo, reflejado en la puerta cubierta con un espejo. (1)

Esta relación en espejo, esta reciprocidad encierra un mensaje: “ahí donde tú tienes miedo del otro, ahí donde lo odias, mírate en el espejo. ¿Acaso aquello que odias en el otro, no está en tu imagen?” Pero el psicoanálisis no es un cuento de hadas. Es una ciencia del amor que, en tanto tal, elabora todo un saber sobre el odio, como siendo un afecto mucho más auténtico y lúcido que el amor. Conocemos la crítica freudiana en relación al precepto religioso “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, que él designa como el “mayor título de orgullo” (2) del cristianismo. Freud subraya que “después que el apóstol Pablo hizo del amor universal por los hombres el fundamento de su comunidad cristiana, una consecuencia inevitable fue la intolerancia más extrema del cristianismo hacia quienes permanecían fuera…” (3). Así, el odio no se reduce jamás a cero, simplemente encuentra otra localización. El amor entre los miembros de una comunidad reunidos alrededor de un ideal se paga siempre con un odio hacia lo exterior.

Conocemos también la crítica encubierta que Freud dirige a Einstein cuando éste le pregunta “¿Por qué la guerra?”. Leyéndolo bien, creemos que lo que Freud le responde es que, seguramente, el hecho de que haya guerras es desafortunado, pero lo que es aún más desafortunado, es que haya personas que formulan esta pregunta, como si esa dimensión de lo humano les fuera extranjera. Es pues una pregunta marcada por un no querer saber nada sobre lo humano, particularmente sobre la pulsión de muerte o sobre la agresividad. La tesis psicoanalítica diría que tratándose de un conflicto, cuanto más se desconoce la propia tendencia a la guerra, mayor es el peligro de guerra. De alguna manera, para que haya alguna chance para la paz o para aquello que a los políticos les gusta llamar hoy el “vivir juntos”, es necesario saber de aquello que nos separa de manera irreductible a los unos de los otros.

Cuando hablamos del miedo al extranjero no podemos, sin embargo, quedarnos en esto. Existen otros niveles. Últimamente he visitado a un grupo de psicoanalistas en Londres. Cuál no fue mi sorpresa cuando el empleado de aduana me tendió su mano cubierta por un guante plástico para tomar mi pasaporte. El mismo tipo de guante que usan los médicos en sus intervenciones sobre el cuerpo enfermo. No sé si él llevaba guantes porque tenía miedo de que yo le transmitiera una enfermedad o porque tenía miedo de transmitirme a mí las suyas. Pero en ese momento me acordé de un testimonio que había escuchado una semana antes, en ocasión de un Congreso europeo de psicoanalistas en Bruselas, de boca de un médico italiano de la isla de Lampedusa, a 200 km de la costa norte de África. Este médico recibe a los inmigrantes que llegan a la isla huyendo de lo insoportable en su país de origen, en condiciones de riesgo extremo, amontonados como una masa de cuerpos en los barcos explotados por gente, que les hace pagar caro este viaje por mar. El doctor Bartolo subrayaba que él y su equipo no llevaban ninguna máscara de protección contra las “enfermedades” de los migrantes, pues un migrante no es un enfermo. Esto contrasta con otros equipos como el de la policía y los equipos sanitarios europeos, presentes también en el muelle para recibir a los inmigrantes, pero cubiertos de la cabeza a los pies con un traje impermeable para protegerse.

El psicoanalista no puede evitar reconocer en este higienismo un síntoma obsesivo de los más corrientes, el del aislamiento, que se traduce como “no tocar”, del miedo de un peligro, de contraer enfermedades, microbios, etc. Si el obsesivo es un gran “odiador”, que se presenta como un gran enamorado, es también un especialista en un mecanismo de defensa que Freud llama “aislamiento”. Se trata del aislamiento de sus pensamientos a fin de que ellos no lo reenvíen, por asociación, a los acontecimientos traumáticos. Pero se trata también de un aislamiento del cuerpo, al que Freud llama “el tabú del contacto”.

Esta evitación del contacto que es el higienismo obsesivo es una tentativa de defenderse de las propias pulsiones agresivas y sexuales hacia el otro. No es pues muy malvado. Es incluso un regulador de la pulsión. Es evidentemente muy distinto cuando se considera que la Nación es un cuerpo y que una minoría en el seno de ella es un cáncer al que es necesario eliminar. Sabemos que este criterio médico de la política, esta biopolítica, puede conducir, condujo en el pasado y conduce siempre, no a una evitación del contacto, sino más bien a lo contrario a un aislamiento y rápidamente a una erradicación del extranjero, bajo el recubrimiento de una desinfección del cuerpo de la Nación. El higienismo hitleriano es delirante, no hay que confundirlo con una obsesión. De esto se deduce toda la desconfianza que debemos tener cuando el estado se ocupa de la salud pública. Cuando se ocupa demasiado de nuestra salud, termina por ocuparse también de nuestra muerte. Es el caso actual en Bélgica, donde se propone la eutanasia para los enfermos mentales- una de las encarnaciones de lo que llamamos “lo extranjero”.

El psicoanálisis no condena el miedo al otro en tanto tal. Esto forma parte de lo humano y de sus patologías que provienen del hecho de que es un animal que habla. En tanto hablamos, tenemos fantasmas, síntomas. En tanto hablamos, deliramos. Pero no alcanza con decirse que el miedo o el odio al otro no son más que fantasmas que dependen de la neurosis o la psicosis de cada uno de nosotros. El psicoanálisis no es una práctica de negación de lo real. La cuestión es saber cuál es el real en juego en este miedo al extranjero.

Existe la dimensión del miedo de mi propia “maldad” que identifico en el otro. Existe también el miedo sintomático del higienismo obsesivo, que es finalmente una medida contra la pulsión violenta. Las cosas se complican cuando la maldad del Otro, esa mancha negra en el otro, se realiza. No estamos entonces en la dimensión del odio y del amor. No estamos más frente a un síntoma psíquico. Ahora estamos frente a lo más cercano a aquello que en psicoanálisis llamamos la pulsión en estado puro. Los fantasmas y los síntomas psíquicos son Ersatz en relación a la pulsión. Cuando, por ejemplo, en lugar de enfrentarme al otro, desarrollo una fobia respecto a él. En una intervención reciente sobre los “Niños violentos” (4), Jacques-Alain Miller indicaba que la violencia se produce justamente cuando allí no hay Ersatz del goce –término lacaniano para nombrar la pulsión de muerte.

Sucede entonces que podemos encontrarnos confrontados a una manifestación real de la pulsión de muerte, a un otro que no solo nos da miedo sino que nos angustia y produce así un efecto real en nuestro cuerpo. Pienso en la propaganda Daesh, en tanto es posible por el desarrollo técnico contemporáneo que Freud no conoció. El efecto de ver el video de una decapitación, tiene por cierto efecto sobre nuestras ideas y nuestras opiniones. Estos videos producen sin duda un miedo de esto extranjero capaz de tal atrocidad. Pero estas ideas y opiniones, este miedo, son una construcción secundaria en relación al efecto real de angustia que estas imágenes provocan, no solo sobre nuestro psiquismo, sino directamente sobre nuestro cuerpo. El psiquismo es un filtro del discurso, pero la visión de lo insoportable deja, sin mediación, una marca en el cuerpo. El trauma que provocan estas imágenes, cuyo impacto excede el momento de su visión, no es un mensaje, es, como la angustia, el signo de un peligro real que no engaña.

Hoy no estamos en los tiempos en que el imperio Otomano venía a enfrentarse a Occidente a las puertas de Viena. La frontera entre “nosotros” y “ellos” ya no está delineada de modo tan claro. Esta repartición geográfica de las naciones pertenece al pasado. Este “mundo de ayer” –para retomar la fórmula de un autor vienés- obedece a la lógica de las masas tal como Freud la formuló y cuyos paradigmas son el Ejército y la Iglesia: el amor por los nuestros, el odio hacia aquellos que están en el exterior de nuestro colectivo.

Debemos pues, apoyándonos en la doctrina lacaniana, pensar los colectivos de otro modo: con fronteras frágiles y un punto de fuga, como los conjuntos abiertos de la teoría matemática. Una vez que se reconoce que la frontera que separa el “nosotros” y “el otro” es porosa, aparece el relieve de las singularidades radicales de cada uno. Es decir que, sobre el mismo territorio, viven masas de personas a las que nada une, que no tiene nada en común, que no se pueden colectivizar, que incluso, en ocasiones son enemigos los unos delos otros. Una vez que se reconoce esto, es decir, que el enemigo está en el interior, o aún que el modo de goce de cada uno es profundamente singular e inconciliable con el modo de goce de otro, tenemos más chance de construir una sociedad un poco más pacífica. En efecto, como lo decía Itzhak Rabin, es con el enemigo que se hace la paz.

No se trata pues de colectivizar lo incolectivizable. Eso lleva a lo peor. A fin de evitar contarse cuentos de hadas, se trata de hacer distinciones entre los casos en que el miedo y el odio son discursivos, Ersatz, y aquellos en que el otro no encuentra sustitución a su violencia. Cuando el otro no sintomatiza su violencia, que amenaza las integridades de los cuerpos, no estamos más en la zona del amor y el odio. El peligro es entonces real y no nos queda otra elección que combatir esta amenaza (5).

Intervención pronunciada en el Fórum Zadig-Viena sobre “El miedo al extranjero –discurso o segregación”, el 9 de septiembre 2017 en Viena, bajo la dirección de Avi Rybnicki y Gil Caroz.

*Psicoanalista, miembro de la AMP (ECF).

Traducción: Alejandra Loray

Revisión de la traducción: Virginia Notenson

(1) Freud, S., “Lo Ominoso”, O.C. Vol. XVII, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1990, 2da reimpresión., pág. 257.

(2) Freud, S., “El malestar en la cultura”, O.C. Vol. XXI, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1990, 2da reimpresión, pág. 106.

(3) Ibíd., pág. 111.

(4) Miller, J.-A., « Enfants violents », intervention de clôture de la 4e journée de l’institut de l’Enfant, à paraître in L. Dupont & D. Roy [s/dir.], Après l’enfance, Navarin, coll. La petit Girafe, 2017.

(5) Cf. Miller. J.-A., « En dirección a la adolescencia », https://es.scribd.com/document/349773519/

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