Catalunya: Uno de los síntomas del rechazo a plantearse los límites simbólicos de las democracias en este mundo globalizado.

Catalunya: Uno de los síntomas del rechazo a plantearse los límites simbólicos de las democracias en este mundo globalizado

 

 Elizabeth Escayola Freixa*

 

Ayer me limité a lanzar una pregunta:  sobre si la pertenencia a la ELP (1) Catalunya conlleva la pertenencia a la ELP España. Ya se la respuesta. Los estatutos no contemplan otra posibilidad.

Pero quizás es necesario ahora que explique el por qué de mi pregunta.

Yo me he tomado la posible independencia de Catalunya de España en serio. Y con eso quiero decir que antes de decidirme a apoyar esa causa me pregunté si estaba dispuesta o no a asumir las consecuencias. Revisé una a una con la información que  me fue siendo asequible cuales podían ser. Fui a los bancos, hablé con abogados, escuche a partidarios unionistas, leí. Y expliqué lo más que pude a amigos y colegas del resto de España y a los de fuera por qué me quería ir de esta España.

Aclaro en primer lugar que no soy nacionalista, nunca lo he sido, pero lo que sí quiero ser es coherente con mis principales nortes de existencia: amor, deseo, libertad y  ley. En este orden.

Por eso cuando desde distintos ámbitos o desde distintas personas se me respondía con el argumento de:  “la ley es la ley y este proceso ha tomado un camino fuera de la ley”,  me pregunté: Yo, como persona, como ciudadana, ¿qué derecho tengo a saltármela? Hubo una frase que se estudia en derecho que dice así. El derecho es lo que está bien hecho. La ley es lo que manda el rey. Y así pude seguir porque estoy en mi derecho de saltarme la ley cuando la considero injusta. La ética por encima de la ley de esta España.

Hubo quien me dijo, pero tu eres psicoanalista, ¿qué más da quién mande? ¿Quieres otro amo?

No se trata de eso, respondí. Quiero estar en un país donde se preserven las libertades de lo que yo creía que era una democracia. Y así fui estudiando, preguntándome, hablando, pensando… Y seguí un curso hace unas semanas de literatura greco romana…. Donde se ve cómo incluso los dioses cambian de nombre según quién impera. Os habéis preguntado cómo se pasó de Afrodita a Eros? De una sociedad matriarcal a una patriarcal….

Y después estudiando las primeras repúblicas de la historia me encontré, me explicaron el caso de la isla de Melos (416 AC). Era durante las confrontaciones de Esparta y Atenas. Melos quiso ser neutral, no quería depender ni de Esparta ni rendir tributos y ser dominada por Atenas. Por eso se sublevó. ¿Qué pasó entonces? Que Atenas sacó sus armas contra el cuerpo y la arrasó.

Así que al escuchar esta historia pregunté: el limite de la democracia es el ataque al cuerpo? Sí – me respondió el catedrático. Y entendí. Entendí por qué el No al referéndum pactado. Entendí y me pronuncié.

Entiendo que aunque defienda la democracia no estoy dispuesta a seguir sus leyes cuando éstas impiden que si una parte de la población quiere algo distinto,  no se le permita votar. Por eso encuentro legítimo, ético, digno que se rebele. Porque yo sí, creo que el uno de octubre, yo, por lo menos, me pronuncie en contra de la ley que rige en España.

Por otro lado, mi disgusto es para con todos aquellos españoles que durante más de una año y medio han estado callados cuando pedíamos un referéndum pactado. Porque ¿qué plataforma ciudadana se organizó para apoyarnos? ¿Qué grupo de intelectuales, de artistas, de sindicatos.  ¿Quién se levantó, quién se preguntó sobre lo que pedíamos?

Yo estaba dispuesta a perder lo que anhelo si más de la mitad de la población hubiera votado, en un referéndum pactado,  el unionismo. Me parecía una pérdida democrática, y sobre todo digna. Pero ahora con el 155 no. Y nunca aceptaré una derrota indigna. Me podrán callar la boca, me podrán imponer sus leyes pero nunca nadie podrá destruir lo que pienso.

Es de agradecer todos los levantamientos y manifestaciones en España que protestaron por el uno de octubre. Pero faltaba algo más, antes, antes de llegar al cuerpo. La palabra.

Y es que para mí el uno de octubre no es lo único  grave. Para mí es también grave que no se piense a Catalunya como un síntoma de algo más profundo. Un síntoma de que estamos gobernados por quienes aplastan en nombre de la ley las voluntades de un pueblo, por quienes ni se preguntan por qué algunos nos queremos ir de España. Por quienes no permiten que si nos quedamos es porque una mayoría de catalanes así lo decida en urnas plebiscitarias.

Los partidos hacen su función pero… ¿y los ciudadanos? ¿Qué Europa queremos? No defiendo las nacionalidades pero sí las voluntades de los pueblos y la apuesta por la organización de sociedades más pequeñas y con autogobierno. Porque mientras tanto ¿quién manda en este mundo globalizado? El casino de la especulación. ¡ Ni tan siquiera tenemos derecho a saber dónde va nuestro dinero cuando hacemos un fondo!

Propondría plataformas de ciudadanos no partidistas ni de sus ideologías profesionales ni en defensa de un partido político. Ciudadanos en defensa de lo que desean para su sociedad.

Y recuerdo que esta carta no es un pedido a la ELP, sino sólo una explicación del por qué de mi pregunta.

Democracia para los de dentro y… ¿ para los de fuera? Qué hace USA con Latino América, con Méjico? Qué hace Europa con los refugiados?

¿De verdad queremos esto? Yo no. Y si a Catalunya le niegan la posibilidad de votar en un referéndum plebiscitario qué no harán con los que aún les interesan menos.

En mi defensa por la posibilidad de una Catalunya independiente no se juega sólo la separación de un territorio, se juega mi ética. Cómo me voy a quedar en un país si no sé si la mayoría quiere que nos quedemos en España? ¿Cómo? A la fuerza?

Pues quizás me vaya preparando para cruzar montes arriba los Pirineos.

Hay algo hermoso, sin embargo ,en todo este proceso. He visto, he sentido tantas cosas… El peso de las identificaciones, la angustia de las separaciones, las caídas  en el pesimismo, las tentaciones del goce, la pulsión de muerte y  la de vida,  la exaltación, el júbilo, la poesía, la historia.  Se tejía dentro de mí un espacio nuevo, una experiencia. Las voces de los locutores se mezclaban con las de los amigos, las letras de los WhatsApp, eran seguidas de emociones, mis  pensamientos se entrelazaban con lo escuchado, con lo leído y me sacudían una y otra vez con preguntas. Mientras, unos hilos casi invisibles tejían… Cosían muy suavemente los lazos con los amigos, con los que no lo son tanto, y dibujaban el rastro de las voces, las huellas de los silencios, la marca de las desavenencias … los diques de lo inaceptable, el trazo grueso de la tolerancia los huecos de las preguntas…, el color de la respuesta.

Y cuando una voz amiga te relanzaba al deseo, o te arrancaba de la angustia…. Entonces era para ponerse el tapiz y bailar con él de alegría. Y es que cuando algo, algo claro y auténtico, libre y respetuoso permite que los hilos no se rompan la aguja invisible sigue tejiendo para marcar en el tapiz sombras al lado de colores y de negros y de blancos y de grises. Un tapiz de lo humano. ¿O es que no podemos darnos la mano desde países distintos?

Barcelona, jueves 30 de octubre de 2017.

*Psicoanalista, miembro de la AMP (ELP).

(1) Escuela Lacaniana de Psicoanálisis.

 

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