Intervención de Josep María Panés realizada en el acto de Zadig en defensa de la democracia el 14/7/23

Josep María Panés*

Empezaré recordando algo obvio: lo que nos convoca hoy aquí no es la celebración de unas elecciones generales. Lo que nos convoca es el carácter excepcional de estas elecciones, por el riesgo cierto de que, formando parte del bloque conservador, la ultraderecha llegue al Gobierno de la Nación.

Las propuestas del bloque progresista van en la línea de mantener y profundizar los avances sociales que han impulsado, desde una perspectiva que, si bien no cuestiona abiertamente los fundamentos de la economía de mercado, apuesta por poner límites a los excesos del capitalismo.

Más allá de lo económico, las políticas sociales dignifican la vida de las personas, dan un valor, un lugar y un sentido a la existencia y al trabajo de cada cual, que puede sentirse, así, respetado y reconocido por el Otro social. 

Para el bloque conservador se trata de volver a aplicar lo que no es más que una versión muy extrema del proyecto neoliberal (reducir impuestos, recortar lo público, privatizar). Y para aplicar esa política el Partido Popular no dudará en incluir a Vox en el Gobierno del Estado.

Pero Vox es el retorno del fascismo. Un retorno que forma parte del despliegue a escala mundial del programa neoliberal, que comporta la promoción de gobiernos autoritarios o explícitamente dictatoriales, mediante los que socavar el Estado de derecho en el que se basa todo régimen democrático. En este contexto y con esta finalidad, el discurso y las prácticas de Vox siguen una estrategia muy clara: inyectar odio en aquello que más conviene preservar: el lazo social, el vínculo simbólico y libidinal que une a todos y que ha de mantenerse en una delicada homeostasis. 

El lazo social nunca está exento de tensiones, no puede estarlo: por él circulan afectos y pasiones, a menudo intensos y tan diversos como la trama de identificaciones que lo sostienen. Y conviene cuidarlo, conviene repararlo cuando ha sufrido algún daño, y alentar las fuerzas y las emociones que contribuyen a hacerlo habitable y cómodo, si no para todos, sí al menos para una mayoría.

Retomando lo dicho por Bru Rovira -ir más allá del análisis de las causas para proponer soluciones- y de lo que expuso Candela Dessal sobre la infiltración del discurso de Vox en un amplio sector de los estudiantes de secundaria y bachillerato- urge que nos apliquemos a encontrar la manera de hablarles a esos jóvenes, fascinados por un discurso que dice dar voz a su rebeldía, pero que solo les ofrece el narcisismo hueco de quien se proclama superior a los demás y el goce miserable de odiar al diferente. 

El lazo social, la inclusión en el Otro -elemento esencial de la subjetividad- se ve amenazado en momentos de crisis y esa amenaza puede propiciar respuestas excluyentes, segregativas. El fascismo apela siempre a ese mecanismo que Freud identificó y describió: el reconocimiento y la aceptación mutuas entre los miembros de un grupo se reforzará si alguien ocupa el lugar del excluido, y encarna así el mal que supuestamente amenazaría al grupo.

Esa es la palanca que Vox acciona una y otra vez: señalar a un otro como diferente, y suponerlo portador de un goce ajeno, insoportable, dañino, al que hay que atacar y eliminar para preservar la unidad de… la patria, los hombres heterosexuales, blancos, católicos… A ese lugar de exclusión van a parar el racializado, el homosexual, el emigrante y, por supuesto, la mujer, cuyo goce suscita en algunos un rechazo en todo idéntico al racismo.

Inyectar odio al diferente, excluir, eso es lo que hacen constantemente estos nostálgicos de la versión más obtusa del patriarcado. La que, como profetizó Lacan, aspira a reinstaurar una versión del padre que, más allá de una ley simbólica dotada de un lado pacificante, sería encarnada por un padre real, un padre que impondría “su” ley, la del Duce o el Caudillo. En ellos sueña, sin duda, el consejero de “cultura” de Vox que nombra así a sus caballos.

Sucede, además, que la próxima legislatura, ese período de como máximo cuatro años, no va a ser como las demás, porque el mundo en el que vivimos -expuesto ya a los efectos de un cambio climático fuera de control- no va a ser como el que hemos conocido. ¿Exageraciones? Por desgracia, las consecuencias anunciadas por los expertos desde hace más cincuenta años se están cumpliendo al pie de la letra, y lo están haciendo mucho antes y a una velocidad mayor de lo previsto. 

Lo que sin duda sucederá en España -un aumento de la sequía y la desertización, nuevas y mayores pérdidas de cosechas, más fenómenos climáticos extremos- hace del todo imprescindible que tengamos un Gobierno progresista, que no solo no niegue el cambio climático -mientras Vox lo niega a gritos, el Partido Popular mira hacia otro lado- sino que

asuma que, siendo sistémico, va a afectar a todos, pero no a todos por igual, y que la responsabilidad del Estado y del Gobierno es la de velar en primer lugar por los más desfavorecidos: por quienes van a sufrir más sus efectos y por los que disponen de menos recursos para mitigarlos.

La coalición progresista que ha gobernado España en los últimos tres años ha hecho mucho para mejorar las condiciones de vida y de trabajo de una gran mayoría de la población. Pero, lamentablemente, en períodos de crisis -recesión, pandemia, una guerra en Europa, cambio climático- no se ganan elecciones haciendo gala de una buena gestión. Con ser muy importante todo lo que se ha hecho, es percibido como algo perteneciente al registro de la demanda y de la satisfacción de la necesidad, algo fundamental en la preservación y el mantenimiento de la vida, pero que -como señaló Lacan- deja fuera la dimensión del deseo, de lo ilusionante, de lo que hace que la vida sea realmente digna de ser vivida. 

La derecha parece haber encontrado ahí un filón, la posibilidad de hilvanar un relato con ciertos significantes que, brillantes como las cuentas de un collar, parecen pertenecer al lenguaje del deseo: libertad, crecimiento, fiesta… La izquierda no quiere engañar con esas baratijas y no alcanza a forjar un proyecto colectivo que suponga una verdadera subversión del presente y la promesa de un futuro mejor para las próximas generaciones. Pero le corresponde la tarea de seguir intentándolo. Y a nosotros nos corresponde un deber doble: como psicoanalistas, contribuir a esclarecer los impasses de la política y, como ciudadanos, evitar que, con la complicidad de la derecha, el fascismo vuelva a gobernar en España.

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ELP).

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

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