Wokeness en boga

Christian Kohner-Kahler*

Hace tres años, en Viena, nos encontramos por primera vez con los efectos de un discurso nuevo y fresco. De una forma imprevista y cercana. Durante el segundo Foro Zadig de Viena «Wir alle sind Exilanten» (“Todos somos exiliados”), organizado por la Iniciativa de Viena, surgieron repentinamente fuertes protestas de algunos estudiantes de la Universidad de Artes Aplicadas de Viena, que con sus ruidosas acusaciones de que la selección de los ponentes era racista, discriminatoria y misógina, trataron de impedir que continuaran. Probablemente ninguno de nosotros había oído hablar del nuevo significante wokeness en ese momento, mientras se intentaba quitarnos el derecho de hablar en público. Medio año después, el mismo grupo de estudiantes interrumpió una conferencia de la feminista Alice Schwarzer. La acusación era esta vez que sus posiciones eran islamófobas. Las primeras grandes oleadas de prohibición del discurso, establecidas desde hace tiempo en las universidades estadounidenses, habían llegado así a la pequeña Austria. Mientras tanto, tres años después, esta nueva moral nos amonesta fuerte y constantemente, incluso las puertas de nuestras prácticas psicoanalíticas ya no pueden detenerla, por ejemplo, cuando los pacientes quieren prohibir a sus analistas qué palabras pueden utilizar o no.

¿Qué nos está pasando? ¿Estamos asistiendo a un nuevo discurso orwelliano, pero con la diferencia crucial de que la novela 1984 de George Orwell estaba dirigida contra un régimen totalitario ficticio? La nueva «policía del discurso» no es en absoluto «de derechas» en la forma en que se ve a sí misma; por el contrario, sus representantes se ven decididamente como política «de izquierdas».

Sin embargo, hoy en día existe la base de una ética política que distingue a las democracias modernas de los regímenes totalitarios: esta ética sigue basándose en el artículo 1 de los derechos humanos universales, según el cual todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. El artículo 1 es un axioma ético-político, constituye el muro de protección formal contra cualquier intento de segregación y exclusión. Este era precisamente el tema del foro, porque como analistas sabemos que la apropiación del mundo sólo se fundamenta en su distinción primitiva en «bueno» o «malo», en «tragarlo» o «escupirlo». Asimismo, gracias a Freud, sabemos que el odio es más antiguo que el amor [1], pues la naturaleza del ser humano es estructuralmente «racista».

En consecuencia, el discurso analítico, en su práctica como cura, trabaja constantemente hacia la «desidentificación», hacia la ruptura de las certezas imaginarias. Éric Laurent, en sus Principios Rectores del Acto Psicoanalítico, ha subrayado que la sesión psicoanalítica es precisamente el lugar en el que pueden aflojarse las identificaciones más fuertes que fijan al sujeto, en la medida en que el psicoanalista permite reexaminar radicalmente los fundamentos de la identidad [2] De esta manera, el lazo social puede anudarse de otra manera, no tomando la cohesión de la propia comunidad social por medio de la exclusión de los demás.

Pero, como he mencionado anteriormente, el vínculo social de la cultura europea-occidental está sufriendo actualmente pequeñas grietas, que ya no son sólo el resultado de las agitaciones de los partidos de la derecha. Más bien, estas grietas son promovidas precisamente por una comunidad que se identifica como un contexto específico de «izquierdas». En Austria, se reúne principalmente en las aulas de las universidades de arte. Desde hace años, sus juegos de lenguaje promueven un desarrollo que no puede calificarse más que de reaccionario, porque su esencia es la renovada concentración y defensa de algo «especial». Este «especial», sin embargo, no tiene nada en común con el singular al que se adhiere una ética psicoanalítica. Un singular que Jacques Alain-Miller calificó de «insostenible», por lo que busca refugio precisamente en lo particular [3].

Hoy, este «particular» vuelve a llamarse «identidad». El discurso académico y su política acentúan lo aparentemente propio cuestionando un Otro. Sin embargo, este Otro no se encuentra en territorio enemigo; es mucho más probable que se encuentre en el despacho vecino, quizá en la sala de conferencias, justo una fila por delante de mí.

Este Otro, aparentemente tan cercano a mí, se convierte en un enemigo en cuanto puedo reconocer, por ejemplo, que se adorna de forma inmoral con los signos de las culturas extranjeras, en la medida en que se apropia de ellos, utilizando los signos étnicos como accesorios de moda, eligiendo palabras que no son propias, presumiendo de traducir la literatura de las culturas extranjeras sin poder llamar a algo de lo «particular» de esta área cultural del lenguaje propio, etc.

Wokeness está de moda, por lo que se presta una atención meticulosa a la limpieza del vocabulario lingüístico de sus impurezas. A la vez que se exige esta nueva «pureza», se produce un constante endurecimiento de los límites dentro de los cuales la cultura puede o no expresarse. La identidad y la autenticidad se convierten en la vara de medir de una vida supuestamente más justa, una vida mejor, aunque sólo unos pocos acaben encontrando algo de esto mejor en sus platos por la noche. Un medio educado y acomodado da lugar a nuevas versiones de la prohibición y el ostracismo con su moral identitaria, mientras su intención es respetar y proteger lo sensible y vulnerable de las personas.

Cuando en lugar de un debate acalorado sobre el mejor argumento, se decreta el silencio, cuando en lugar de cuestionar su trabajo de forma diferenciada des-invita a los artistas a defender el «correcto sentimiento moral», se entra, se quiera o no, en un terreno políticamente peligroso, pues no olvidemos: una vez que la moral entra en nuestras habitaciones, la crueldad ya está en el umbral.

En consecuencia, la protección de lo étnico debe distinguirse nítidamente de su sobrevaloración, como podemos ver en el ejemplo de la acusación de «apropiación» por parte de la cultura de la cancelación. Pero mientras que la protección, por ejemplo, en caso de persecución, sigue la lógica de los derechos humanos, el énfasis en lo particular va en contra de ella, en la medida en que contradice el principio fundamental de la igualdad, incendiando así constantemente el marco democrático. En el resplandor de este fuego, ya no se puede ver, o ya no se quiere ver, que el recurso a lo particular, a lo idéntico, no es más que partes de una mecha devastadora cuya conexión con lo eugenésico y lo étnico sigue existiendo.

*Psicoanalista. Miembro de Neues Lacansches Feld Austria y Neue Wiener Gruppe – Lacanschule.

Traducción de Amparo Tomás.

Fuente: https://www.thelacanianreviews.com/wokeness-en-vogue/

[1] Freud, S., ‘Pulsiones y destinos de la pulsión’. Amorrortu editores. Volumen XIV. Buenos Aires, 1992, pág.133.

[2] https://nucep.com/wp-content/uploads/2012/10/eric_laurent.pdf

[3] Miller, J-A., The Unconscious and the Sinthome, in: Event/Horizon, London 2011, 45.

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