Otro descubrimiento para deshacerse del Inconsciente

Rosa López*

Estaba conforme con su vida. Le complacía la belleza y el orden que reinaba en su casa, así como el camino para llegar a su trabajo que recorría la zona más hermosa de la ciudad. Tras una infancia llena de desgracias logró construirse su pequeño mundo. Un mundo amable basado en una confianza ciega y asegurado por la mansa locura de compartir con los otros un sentido establecido.

Este montaje, tan humano, se desinfló como un globo cuando sufrió un inesperado “ataque de pánico” (según el diagnóstico de moda). Toda forma quedó disuelta, lo familiar se tornó extraño, su propia identidad se deshizo dejándola sin límites y su existencia perdió todo sentido. Supuso que se trataba de una “desorganización” temporal, tras la cual retornaría al estado de organización anterior. Pero la angustia, único afecto que no engaña, solo fue la señal que anunciaba el desanudamiento de ese frágil trípode sobre el que sostenía su mundo. Un mundo que construyó huyendo del destino familiar y haciendo uso de todos sus recursos. Sabía que la única salida de este extraño y a la vez reconocido horror, consistía en recuperar el mundo de ayer, pues no tenía capacidad para inventar otro.

Sola, frente la presencia de lo real sin ningún tipo de envoltura formal, sintió que no era más que un montón de carne amorfa y que para volver a convertirse en un cuerpo era necesario cortarla en pedazos discretos, distribuidos día a día según la libido fuera retornando a cada uno. Ella nunca pudo soportar el día a día pues su mayor miedo era vivir sin sistema, abierta a lo que vaya sucediendo. Si ahora lo conseguía ya no estaría más en la perdición y la locura, sino en la recuperación de un mundo humanizado. Pero no lo conseguía.  Estaba tan aterrada que solo podía continuar respirando si imaginaba que alguien le tendía la mano. Lo buscó.

Por primera vez pidió una cita psiquiátrica. Un acto que había evitado durante toda su vida, pues intuía que era mejor no saber nada de ese Otro enloquecido que habitaba en sí misma. Siempre fue cobarde para hallarse en la estructura.

La doctora la escuchó durante un tiempo breve. En otro momento de su larga carrera no habría dudado: un desencadenamiento psicótico en una persona que, por su deseo de entender y su capacidad de hablar, era buena candidata para una psicoterapia, además de prescribirle la medicación oportuna. Pero esa semana había corrido por el planeta la noticia de que, en la Universidad de Oxford, un equipo de científicos dirigidos por el doctor Paul Harrison habían encontrado la razón del aumento de casos que desbordaban el sistema de Salud Mental. Se trata de una secuela “neurológico-psiquiátrica” del Covid que, en algunos casos, aparece entre los seis meses y los dos años posteriores al contagio. Los procesos inflamatorios producidos por la enfermedad y la hipótesis de que puede quedar en el organismo un reservorio del virus parecen explicar la causa.

Ella estaba esperando las palabras del psiquiatra, pero no imaginaba la pregunta que este le dirigió

“¿Ha sufrido algún contagio por Covid?”

“Sí, lo pasé hace cinco meses, pero apenas fue como un resfriado del que me recuperé sin problemas”.

“Bien, vamos a hacerle un estudio neurológico para evaluar posibles secuelas”.

“¿Usted cree que eso explica la catástrofe por la que estoy pasando?”

“Probablemente”.

“Pero……”

La psiquiatra ya le había extendido su mano. No era la mano a la que esperaba agarrase para impedir que su caída fuera definitiva, solo era una mano portadora de los volantes que indicaban las pruebas que debía realizarse en el departamento de Neurología.

He inventado este relato como reacción a la propuesta “científica” del artículo de la Universidad de Oxford publicado en la revista The “Lancet Psyquiatry”[1], que está siendo divulgado por todos los medios de comunicación.

En una sociedad atiborrada de falsas respuestas, sociológicas, psicológicas y científicas, los sujetos han dejado de pensar las paradojas que los llevarían a formularse las buenas preguntas. Estas investigaciones que parecieran descubrir algo nuevo no hacen más que retornar al oscurantismo de siempre. Al volver a referir la causa de las enfermedades mentales a problemas orgánicos, genéticos o víricos, se produce un estrago sobre la subjetividad. La clínica se aplana, ya no es necesario escuchar al paciente porque la causa es orgánica y, de este modo, se le exime de toda responsabilidad, es decir de que llegué a descubrir su propia respuesta. Craso error, pues no hace más que aumentar la pasión por la ignorancia, para finalmente abandonar al sujeto a su desamparo.

*Psicoanalista- Miembro de la AMP (ELP)

Fotografía seleccionada por el editor del blog.


[1] https://www.thelancet.com/journals/lanpsy/article/PIIS2215-0366(21)00084-5/fulltext

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