Vestirse de mujer

Vilma Coccoz*

Cuando Lacan profirió su célebre “La mujer no existe” provocó un revuelo.[1] Fue necesario explicarse: no dije, aclaró, que las damas no existen, sino que no existe La mujer con mayúsculas, no es posible hacer el conjunto de las mujeres y determinar su esencia.

Aunque el lugar de la mujer sí existe[2], precisa Miller, y permanece esencialmente vacío, siendo colonizado por las distintas figuras en las cuales las féminas pueden alojar su cuerpo y desde donde pueden hacerse ver… y escuchar.  Es la función del semblante, híbrido de palabra e imagen que conviene distinguir del mero rol, porque hace falta una contribución personal, real, para habitarlo, siendo inconscientes las razones de la elección de uno u otro, así como el retoque singular que se añade y lo transforma en creación. Nada sencilla resulta esta operación subjetiva, contrariamente a lo que pregonan los adalides del género performativo. Así lo demuestra la discordancia, el desajuste, la insatisfacción hallados en la prueba de los espejos, o la decepción ante un reconocimiento siempre insuficiente por parte de los demás, aunque provenga del cortejo más aplicado, del amante más solícito.

El ser humano, definido por Lacan como parlêtre[3] está condenado a buscar su ser en las palabras, resiente un déficit sustancial que intentará colmar en el intercambio con los demás y, si bien, ya desde la primera infancia se distingue a los peques por los signos de la diferencia sexual, es en la conclusión de la metamorfosis de la pubertad cuando se es convocado a declararse sexuado.

Desde esa perspectiva los semblantes sexuales son vestidos del ser[4] y tienen una estrecha relación con el deseo del Otro, tal como se configura en las distintas épocas, y es la razón por la cual el atuendo cobra su valor en los discursos, no sólo como signo de la jerarquía social, sino fundamentalmente, en su carácter de prenda y de señuelo.

Es en tanto envolturas que los ropajes adquieren su función privilegiada en la dimensión de la mirada, y por este motivo participan de la función del velo y de la cortina, en la medida en que sugieren un más allá: ¿por qué el velo es más precioso al hombre que la realidad? se pregunta Lacan aludiendo al velo de Maya, como un claro ejemplo del valor de las imágenes, fundamentales en nuestra relación con el mundo, una relación mediatizada por la captura que ofician las imágenes narcisistas.

Al explorar el alcance de dicha captura Lacan subrayó el carácter procustiano de la moda.  En la mitología griega Procustes -literalmente “estirador”- era el encargado de una posada para viajeros solitarios. Por la noche les invitaba a tumbarse en una cama de hierro, mientras dormían los amordazaba y ataba a las cuatro esquinas del lecho. Si la víctima era alta y el cuerpo más largo que la cama, procedía a serrar las partes que sobresalían. Si por el contrario era más pequeño, los descoyuntaba a martillazos hasta estirarlos, de ahí su nombre[5] que se ha convertido en símbolo de conformismo y uniformización.

En todo uso del vestido hay algo que participa de la función del travestismo[6] en cuanto se esconde, no solo las pudenda, porque tan importante es cubrir lo que se tiene como lo que no se tiene. También en el hecho de darse a ver, y al destacar la función del reflexivo, se advierte su diferencia con el acto de mostrar.

En la escena del deseo, como en el baile del famoso relato de Margarite Duras, el vestido negro de la Otra mujer revela su estructura triple, cuando Anne Marie Stretter se marcha con el novio de la protagonista, la envoltura se separa del cuerpo, la imagen se separa de lo real y se desencadena el drama, el arrebato del ser.[7]

Merced a la sutil lógica deducida por Lacan, se llega a distinguir la captura ejercida por la Otra mujer en Lol V. Stein, la heroína, de la intriga histérica.  Gracias a ello, se verifica la dimensión clínica y, por lo tanto, existencial que reviste el semblante, refrendada por una presentación de enfermos en la que, a falta de una identificación donde amarrar su ser, la paciente llega a exclamar: Me gustaría vivir como un vestido.[8]

Trans y Drags

No podemos ignorar el impulso que el travestismo ha ejercido en la extensión del deseo trans. Los testimonios de transexuales son elocuentes en este sentido, enseñan la satisfacción que comporta vestirse de mujer.

Por esta razón, el fenómeno de los Drags Queens merece una consideración especial. Gracias a la precisión de Eric Marty[9] se puede reconocer una diferencia esencial en cuanto a la interpretación de este fenómeno: Judith Buttler destaca el carácter de parodia del género como algo establecido y motivo de la risa. En cambio, la interpretación de Roland Barthes respecto a la creación del travesti oriental, subraya su carácter artístico y responde a la estructura que ha revelado el psicoanálisis en la complejidad de la articulación del cuerpo y los semblantes. Barthes vincula esta teatralización a un elemento que denomina género neutro, de ahí que el travestismo, lejos de sustentarse en una fantasía femenina previa, presenta una interpretación personal, una invención, una figuración singular que hace existir una estampa, una representación, una imagen de La mujer que no existe.

Es importante tenerlo en cuenta a la hora de valorar el impacto que ha ocasionado el fenómeno de los Drag Kids, quienes, siguiendo la estela de sus mayores, se hacen eco de las divas, componen sus maquillajes, peinados y atavíos, sin desdeñar la importancia de la música, de sus canciones, a las que añaden su personal interpretación.

Lamentablemente convertidos en productos de consumo, se corre el riesgo de que su originalidad y autenticidad sean malogradas por las empresas mediáticas que se lucran con su esfuerzo.

Pero para los practicantes de la función simbólica, los analistas, es fundamental reconocer en esta vía sublimatoria, la búsqueda legítima de un vestido del ser y concederle el lugar que merece en nuestro mundo.

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ELP)

Fotografía seleccionada por el editor del blog.


[1] J.Lacan, entrevista en Roma

[2] J.A. Miller, De mujeres y semblantes

[3] Unión del verbo parler (hablar) y être (se

[4] He desarrollado esta temática en el capítulo Los equívocos del amor y del género. En el volumen colectivo El deseo trans, RBA 2022

[5] Fuente: Wikipedia.

[6] J.Lacan, Seminario IV La relación de objeto.

[7] J.Lacan, El arrebato de Lol V.Stein

[8] J.A.Miller, enseñanzas sobre la presentación de enfermos.

[9] E. Marty, Le sexe de modernes.

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