El inconsciente, es la política

Philippe La Sagna*

“El inconsciente, es la política”[1]

Lacan nos dice “El inconsciente, es la política” en la sesión del 10 de mayo de 1967 de su Seminario. Pone frente a esta fórmula la frase de Freud “La anatomía es el destino”. En la misma sesión, sitúa la política como lo que enlaza a los hombres entre ellos. Detrás de ese lazo hay otro lazo para el psicoanálisis, el de los hombres y las mujeres. Se puede decir que el lazo entre sexualidad y política es actualmente una evidencia.

Pero, en este terreno, hemos pasado de la subversión del orden social por el deseo sexual en 1969, a la crisis contemporánea de las identidades de género y de las transidentidades.

El hallazgo de Lacan fue el de decir que, en todo caso, no es el acto sexual el que procura una identidad. Se puede decir también que el enigma de la identidad, del punto de vista del inconsciente, es tanto mayor cuando el sujeto es una mujer: para Freud era un problema saber qué quiere una mujer. Lo que resulta paradójico, es que lo que puede aparecer como una falta aparente de identidad puede muy bien ser buscado actualmente por un sujeto como la posición misma de lo que escapa a la identificación/asignación. Entre otros, para los trans MtF (de hombre a mujer)[2].

Si seguimos a Lacan, el ser humano es insexuable, ¡eso es lo que descubrimos hoy!  Este último puede sentirse así inexcusable o encontrar que son los otros, los que rechazan su vida sexual, los que lo son. Actualmente, lo que está en el centro de lo que se percibe en política, no es el discurso, es la emoción, principalmente la cólera, la rabia o la indignación, es decir, la humillación. Y esta es la que hace lazo común entre los sujetos antes que toda reflexión. Los partidos extremistas se contentan con ello. Es así como la cuestión social tradicional, la económica por ejemplo, parece no estar ya en el centro de los debates. De ahí también el éxito de los profesionales de la emoción como D. Trump y otros, aún peores, en nuestra casa. Lo que desencadena las emociones son imágenes, o ideas simplistas llevadas por imágenes.

Entonces, ¿la emoción es el inconsciente? ¡Por supuesto que no! Pero esto nos permite comprender mejor la tesis que Lacan avanza en la sesión del 30 de mayo de 1967 de su Seminario[3] según la cual “el Otro, es el cuerpo”. Si el inconsciente es el discurso del Otro, el cuerpo viviente ha tomado también el lugar del sujeto: es la biopolítica identificada por Foucault. Los cuerpos vivientes cuentan.

El cuerpo del sujeto hablante es un misterio que solo se atrapa por el lado que hace legible ese misterio, el síntoma. Se trata del síntoma en el sentido del psicoanálisis, es decir, un síntoma leído e interpretado. Es esto lo que Lacan ha podido escribir en 1971: “Que el síntoma instituya el orden del que resulta nuestra política implica, por otro lado, que todo lo que se articula de ese orden sea pasible de interpretación. Por ello tienen mucha razón al colocar al psicoanálisis a la cabeza de la política. Y esto podría no ser del todo tranquilizador para lo que hasta aquí se destacó como política, si el psicoanálisis se demostrase al respecto advertido.”[4]

Se puede decir que el sujeto contemporáneo es tanto un sujeto que teme la interpretación, así como que se deja convencer por todas las pseudo-interpretaciones  ready made.

Teme ser interpretado, ya que teme perder lo que tiene de más real y que piensa captar directamente en su cuerpo, o lo producido por su pensamiento. Ese rechazo llega hasta el punto en que hoy algunas elecciones subjetivas de cambio de sexo y de existencia no deberían ser ya cuestionadas por nadie, según el derecho.

Sin embargo, lo que tiene de más real un sujeto es justamente su síntoma, como ha podido decir Lacan a los americanos en 1975[5].

A condición de interpretarlo. Y en el fondo el inconsciente, si se le permite hacerse lugar con un psicoanalista, es el mejor intérprete del síntoma.

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ECF).

Traducción: Elvira Tabernero.

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

Fuente: https://www.hebdo-blog.fr/linconscient-cest-la-politique/


[1] Encuentran la intervención del autor “El inconsciente, es la política” en Studio Lacan, 4 diciembre 2021. (https://www.youtube.com/watch?v=hnWEzOrRgck)

[2] Marty É. “Le sexe des Modernes”, Paris, Seuil, 2021 p.494

[3] Lacan J., Seminario XIV “La lógica del fantasma” lección

[4] Lacan J.,” Lituraterre”, Otros escritos. Paidos.p.26

[5] Lacan J., “Conferencias y entrevistas en las universidades norte-americanas (Scilicet 6/7. P.41)

Una respuesta a “El inconsciente, es la política

  1. Otro sentido diferente de “el inconsciente es la política“ sería el que nos llega desde la interpelada. El que ella nos devuelve arrojándonoslo a la cara.
    El inconsciente es la política, en este otro sentido, me recuerda aquella canción de Tom Waits “The piano has been drinking, (not me)” -con ese paréntesis incluido, tal cual, en el título que, aspirando a representar por su mediación parental el inconsciente mismo del piano, tiene sin embargo que ser puntuado inmediatamente en la letra, con un desternillante “Is not my responsibility”
    Sería entonces ella, la política, (y no los políticos, ni las gentes) la que “hace el inconsciente”. La que hace cosas inconscientes al más alto nivel de las instituciones a ella dedicadas (tal como un templo se dedica a una deidad femenina)
    Y me pregunto si, entre todas las diosas alguna vez representadas por la historia del arte (diosa ella misma), diké, niké, tyché, etc., se halla también una politiké, y como resolvió el artista la cuestión de la representación de ese su “hacerse la inconsciente” o su simple hacer que a posteriori es declarado una inconsciencia, una locura.
    La total inconsciencia y el dejarse llevar por la locura, sería entonces el signo equivalente a la venda que reclama la vista de todo acto de justicia para no caer en la venganza, o simplemente para vestirse con ella de inocencia, como el piano de Tom.
    Y éste sentido de la frase que me es devuelto desde la diosa interpelada, se me presenta justo ahora y no en otro momento distinto al del inminente inicio de la guerra civil en Rusia.
    La política ha estado bebiendo (Vodka, en este caso), it’s not my responsibility. Dicho así, además, en una lengua que no es su lengua materna (que, como todo el mundo sabe, es el francés), pero que ha adoptado como propia y que ya casi es capaz de pronunciar correctamente con ese mismo acento yanqui decadente de la canción.
    La Diosa política anda entonces todita borracha estos días.
    La inconsciente es la política. No los europeos, que ya hacía más de medio siglo que no la veíamos por nuestros dominios, a esta diosa, durmiendo el dulce sueño de la pax americana que, tras la caída del muro, ya habíamos declarada eterna en nuestro fuero interno.
    Y que nos pilla a contrapié, pues que nuestro más alto representante oficial es un tal Borrell, de cuyo nombre no quiero acordarme, pero cuyas declaraciones de hace un rato (hoy es 21 de febrero) me han parecido una excelente profecía psicoanalíticamente analizable:
    El Sr. Borrell ha iniciado su discurso (en ese inglés tan rechinante que tiene este piano) diciendo poco menos que la agresión rusa era una completa locura y un desatino de los que nosotros, la vieja Europa y la nueva Europa unida, no nos hacíamos responsables. Nosotros no tenemos nada que ver en ello. Aunque mi país, de momento, ha enviado dos fragatas repletas de conscientes soldados por si falla la inconsciencia, perdón, la política.
    Según palabras textuales del Sr. Borrell, la única causa de la actual situación es que “Rusia está derivando hacia un estado autoritario y se está alejando de Europa” (como si alguna vez se hubiera acercado a ella)
    Pero a continuación ha llegado el lapsus lingüístico de esa lengua inglesa que el Sr. Borrell pasea por el mundo para vergüenza del sistema educativo español. Cuando debía decir que impondrían sanciones si el Sr. Putin invadía Ucrania, confundió el would con el should, y en lugar de decir “if he would attack” dijo “if he should attack”.
    El inconsciente es la política. Y el inconsciente de su máximo representante europeo declara lo que no debía decir: que el Sr. Putin “debía” (should) attack. Que no ha tenido más remedio. Y que menos mal que lo ha hecho ahora, cuando a la OTAN no le ha dado tiempo a incorporar a Ucrania, pues en tal caso ahora estaríamos en plena tercera (y última) guerra mundial.
    Como supongo que Zadig condenará el ataque ruso que se avecina, quisiera plantear el debate de si Zadig puede ser simplemente antifascista en un tiempo en que esa palabra se ha vaciado de sentido mediante el uso ultrarepetido.
    La UE, que dispone de la credibilidad de su estado de derecho, se ha convertido en el objeto de deseo de aquellos a los que les falta la cultura democrática necesaria para estar a su altura. Lo que les falta es precisamente la falta. El capitalismo aún no ha destruido del todo sus antiguas relaciones civiles para adaptarlas al mercado de trabajo. Los 80 años de comunismo las conservaron en lugar de eliminarlas como hubieran deseado.
    Algunos de ellos ya lograron entrar en el club europeo y ahora se enfrentan a la amenaza de sanciones y retirada de fondos post COVID debido a la misma deriva autoritaria que el Sr. Borrell acaba de descubrir en el Kremlin.
    El inconsciente es la política, significa entonces que el actual objeto de deseo de los Ucranianos, sería algo así como un sileno invertido: luce su agalma exteriormente como promesa de paz y prosperidad, pero encierra en su interior la fealdad de su verdad. Porque si Ucrania entrase en la UE, rápidamente sufriría la misma transformación ideológica que sus ex-parientes soviéticos. Se enfrentaría a la inherente destrucción de la familia tradicional que acompaña a nuestro estado de derecho occidental pret a porter. Verían horrorizados como sus hijos empiezan a faltar al respeto a sus mayores y se desentienden de su solidaridad familiar. En pocos años veríamos como sus parlamentos son dominados por mayorías absolutas de ultraderecha defensoras de unos valores tradicionales a los que inconscientemente (sin saberlo) han aceptado condenar al olvido al devorar el objeto deseado.
    Creo que Zadig se encuentra ante una contradicción que humildemente quisiera poner de manifiesto con el simple ánimo de resolver la duda que me inmoviliza ante nuestra movida

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