“¿Se acaba? Hagan sus apuestas. Pero no olviden que ha demostrado tener mil vidas…”

Gustavo Dessal*

En los años 90 Margaret Thatcher afirmó que su modelo económico, el que dio luz verde al neoliberalismo sin límites, no tenía alternativa alguna.  Tony Blair, en 2005, afirmó que la globalización era tan indiscutible como que el otoño venía después del verano. Muchas cosas han pasado desde entonces. La crisis financiera de 2008 -y todas las que siguieron- debieron combatirse con medidas en realidad contrarias al pensamiento neoliberal, que curiosamente guarda nexos filosóficos con la concepción de la naturaleza.

Se da por supuesto que, librada a sus propias leyes (y si se pudiese eliminar el factor humano) hay en ella un saber en lo real. Un saber que ha conseguido desde los orígenes de la vida mantener un equilibrio que se autoregula. No se trata de una maquinaria perfecta, pero posee mecanismos asombrosos, capaces de salir al encuentro de los accidentes y crear las condiciones para repararlos. Si la era actual ha sido bautizada como el período antropocénico, es porque la intervención del ser humano en el ciclo natural, que desde luego solo puede dejarse de lado en un ejercicio de imaginación, ha alcanzado un extremo nunca antes conocido.

El neoliberalismo fue -y sigue siendo- una mitología basada en la confianza de que el mercado también posee un saber intrínseco autorregulador, como si se tratase de una inteligencia que opera por sí misma y en la que los sujetos no intervienen: solo deben confiar en que ese saber actuará en los momentos precisos. Todo el mundo sabe, incluso los defensores a ultranza de este modelo económico, que tal saber no solo no existe, sino que con más frecuencia de lo esperable es preciso recurrir a medidas extremas para impedir o al menos atenuar el colapso definitivo de la economía mundial. La crisis de 2020 provocada por el COVID19 ha puesto de relieve una serie de cuestiones muy interesantes, y que confluyen en una pregunta muy sencilla. ¿El neoliberalismo habrá de ser derrotado, o al menos gravemente herido, por luchas ideológicas contrarias, o comienza a sufrir las consecuencias de su propia tendencia suicida? Los economistas ya han advertido que se inicia un período histórico sorprendente: el pasaje de la superabundancia de los objetos a un desabastecimiento como el del papel higiénico a principios de 2020, solo que extendido a todos o casi todos los bienes de consumo que dependen de materias primas cuyo costo de extracción y explotación supera los beneficios.

Leo que la industria del libro, por ejemplo, se verá amenazada por la falta de papel y que el libro electrónico tampoco será la solución, puesto que sus dispositivos de lectura se fabrican con materiales que comienzan a escasear, o que son excesivamente caros de extraer. El relato del neoliberalismo empieza a padecer una suerte de “pos-posmodernidad”. Otro orden discursivo que amenaza con desmoronarse. El truco de la despolitización de la economía, la estrategia basada en naturalizar las leyes del mercado, no ha perdido aun toda su eficacia, pero la diferencia con las crisis anteriores es que la herida mortal causada en el planeta pone en estado de alarma incluso a las grandes multinacionales, que ven peligrar su capacidad para fabricar sus productos. El fantasma de un goce sin límites (sin límites para una elite) abrió una brecha social que no se conocía desde la era feudal. Otro relato fantástico, el de que la superabundancia de riqueza en la punta de la pirámide se desborda beneficiando en su derramamiento a las capas inferiores, ya no es tan sencillo de predicar. Los de abajo estiran la mano, miran hacia arriba, y empiezan a preguntarse a qué se debe que no cae nada. Hasta ahora seguían siendo fieles creyentes, porque ya conocemos que ser esclavos es una extraña modalidad de satisfacción. Más aún, la identificación a prototipos ideales puede proporcionarles a muchos sujetos la ilusión de que para ellos también existe una promesa de goce. Que alguien lo posea es un modo de participar en la creencia de que hay un sueño que a todos nos será concedido. De allí la popular afición de los que poco o nada tienen y se regocijan espiando con fruición la obscenidad de algunos ricos y famosos.

Lacan no creía en la revolución. Se inclinó por pensar que el capitalismo acabaría reventando debido a su propia lógica interna, que no es ni más ni menos que la impugnación del principio de imposibilidad. Algo de su intuición parece dibujarse, aunque todavía estamos lejos de saber cómo morirá la hidra. La voluntad política de poner remedio a la desigualdad, la destrucción y la vocación suicida del neoliberalismo acaba siempre disolviéndose en la corrosión de la burocracia. Cientos de aviones surcan el cielo para que la OMS o el FMI organicen foros de expertos que habrán de discutir sobre acuerdos para reducir la huella de carbono. Mientras tanto, las leyes del mercado emplean todos los subterfugios legales y semilegales para que nada concluya, y que las pérdidas se socialicen mientras las ganancias conservan su jerarquía privada.

Pero ahora, en el fondo de la pandemia que aún no ha concluido y que podría ser tan solo el preludio de la próxima, la vieja profecía de Lacan cobra vigor. Tal vez la versión más feroz del capitalismo no muera por la acción de fuerzas que se le oponen, sino porque su dinámica contiene un factor letal que puede deslizarse hacia su propia eliminación. Morirá matando, sin duda, pero tal vez algún día el último acto de su larga obra culmine en una muerte por inanición.

En su última comparecencia ante una comisión de investigación en el Senado, Mark Zuckerberg informó de que la compañía Facebook había tomado las medidas necesarias para que los contenidos de odio fuesen eliminados en casi un noventa por ciento. Fuentes internas de la empresa han revelado a la prensa que esos datos son absolutamente falsos, y que el seguimiento y erradicación de esos contenidos ni siquiera alcanza un dos por ciento. Más allá de la discrepancia entre cifras y porcentajes, lo cierto es que el odio parece expandirse con una intensidad que no es inédita, pero cuenta con el poder exponencial de las redes sociales. El “hater”, (un neologismo que nuestra lengua castellana no logra expresar del todo bien si decimos “odiador”) sí es un síntoma nuevo, de allí que un significante que se suma al léxico de la lengua inglesa deba añadirse. El “hater” es un síntoma de la descomposición de un sistema social, político y económico caracterizado por una crueldad despiadada, pero que a la vez actúa dentro del marco constitucional. Es la perversidad de esa incongruencia lo que quizás contribuya al estallido final.

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ELP)

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

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