Joyce, la letra y el principio femenino

Rik Loose*

Lacan demuestra en su Seminario El Sinthome que el texto joyceano concierne a la letra. Aquí la letra no es un vehículo de la verdad o del deseo ni la base material del significante. Es una letra hecha para el goce y es lo que permite tocar lo real singular del cuerpo, puesto que esta letra es un residuo del discurso que puede bordear el goce. Lo real es la responsabilidad del analista en una época en la que las soluciones edípicas de sentido y verdad ya no son tan predominantes. Hay que hacer algo con respecto a lo real singular del cuerpo y Joyce le mostró el camino a Lacan. En el Seminario, Lacan dice que Joyce no sabía que estaba modelando el sinthome, era un puro artífice, un hombre del saber hacer, un artista [1]. Anteriormente Lacan había dicho que la praxis de Joyce se refería a un decir [2]. Esto es crucial puesto que un decir no es lo dicho. El hecho de un decir ex-iste fuera de cualquier verdad o significado y es un agujero en el lenguaje. El dicho del enunciado contiene un significado y puede ser verdadero o falso.

¿Por qué es esto importante para el psicoanálisis? Apuntamos a lo real de los síntomas y lo hacemos sin recurrir al padre, más allá del significado y la verdad, lo que no quiere decir que estos dos últimos no jueguen un papel. Implica que nos movemos más allá de la verdad y el sentido porque éstos siempre fallan en su objetivo. Si el decir ex-iste al lenguaje, pero se hace, sin embargo, uso de él, se puede apuntar a la letra como aquello donde algo del lenguaje, lalangue, bordea lo real singular. La letra, como ha demostrado Joyce, elude el significado y registra un agujero en el corazón del lenguaje. ¿Podemos decir que esto se relaciona con el lenguaje como material, su moterialidad? Stephen Dedalus estaba hipnotizado por la materialidad del lenguaje, por la letra y, de hecho, también por las voces y su materialidad sonora más que por lo que decían. Dos ejemplos: la primera epifanía [3] y el incidente en Cork cuando Stephen, golpeado por la voz de su padre, sufre una desrealización de la que luego se recupera apaciguando este acontecimiento de cuerpo con una repetición rítmica con la letra y los nombres [4]. Esto muestra que Joyce era extremadamente sensible al goce de la letra. De hecho, para él eran un objeto de goce, mientras que para la mayoría de nosotros este goce permanece oculto dentro de los discursos establecidos, que no eran en absoluto del gusto de Joyce (de ahí su denegación – su herético ¡No! a estos discursos). Sin embargo, este goce implica que hay un aspecto del lenguaje, un goce real, que es no-todo en relación con el significado y la verdad.

Es en este punto donde podemos decir que existe una afinidad entre la relación especial que tiene Joyce con la letra y el principio femenino. A Joyce le gustaba jugar con las letras y parece que aquí tenía mucha libertad, mostrando el particular y precario anclaje de Joyce en la lalengua, lo que resultó en un síntoma no encarnado, es decir, no habiéndose enganchado a lo real. Esto se refleja en el desgarro de su discurso como un intento de volver a las letras sin apelar al Otro; un movimiento que produce y condensa su goce. Este es su síntoma y, como dijo Lacan, «el síntoma puro de lo que es la relación con el lenguaje»[5] A pesar de que el cuerpo de Joyce requiere una regulación con su escritura, hay otras dos implicaciones a considerar: 1. Joyce, al igual que una mujer, está abierto y es sensible a un goce que es Otro; 2. Si su arte-decir era su síntoma, entonces una mujer no podía ser un síntoma para él, de acuerdo con la afirmación de Lacan de que una mujer es un síntoma para otro cuerpo [6] Ella no podía causar un acontecimiento de cuerpo en él, ya que para que un acontecimiento se registre se necesita una incorporación del lenguaje y su material. Joyce no era propenso a entregarse al acontecimiento de cuerpo. Afirma Lacan: «Joyce se toma a sí mismo por una mujer en ocasiones sólo para alcanzar la plenitud como síntoma»[7]. Joyce no podía ser una mujer ya que sólo podía ser un síntoma para sí mismo, Joyce-el-síntoma, y por lo tanto una mujer no podía ser un síntoma para él. No una mujer para Joyce, sino La Mujer, Nora Barnacle, aquella cuya piel dio a Joyce una envoltura para su cuerpo. Lacan dijo: «Ella era absolutamente inútil» y la eligió «en virtud de la más fuerte depreciación»[8] Son afirmaciones aparentemente contradictorias, pero no tanto si se considera que Joyce necesitaba absolutamente a Nora, no como mujer y no como síntoma que pudiera provocar en él un acontecimiento de goce, sino se podría decir más bien como la depreciación de una mujer en cuanto que síntoma para otro cuerpo.

¿Por qué Joyce era tan importante para Lacan? Porque la letra de su escritura bordeaba lo real como límite de una producción infinita de sentido y, por lo tanto, como condición de un fin de análisis. Pero la letra de su escritura es también crucial para comprender que todo ser hablante se ocupa del principio femenino y que un análisis debe apuntar a un significante que tenga la función de una letra, como algo que bordea el agujero del goce femenino, que tiene un efecto feminizador al final de un análisis, empujando así al sujeto a articular la relación con el goce femenino [9]. Ser lacaniano después de Joyce-con-Lacan significa ser un sufridor del lenguaje, pero también lograr cierta libertad con respecto a ello haciendo lugar al deseo.

*Psicoanalista, miembro de la AMP (NLS)

Traducido por Amparo Tomás.

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

Fuente: https://www.thelacanianreviews.com/joyce-the-letter-and-the-feminine-principle/


[1] Lacan, J. (1975-76). El Sinthome, El Seminario de Jacques Lacan, Libro XXIII (ed. J.-A. Miller, trad. Gonzalez, Nora). Buenos Aires, Paidós, 2006. Pag.116

[2] Ibid.

[3] Joyce, J. Poems and Shorter Writings (eds. R. Ellman, et. al.), London: Faber & Faber, 1991, pag. 161.

[4] Joyce, J. Portrait of the Artist as a Young Man, in A James Joyce Reader, London: Penguin Books, 1976, pp. 342-3.

[5] Lacan, J. (1975), ‘Joyce, el síntoma I’ en El Sinthome, El Seminario de Jacques Lacan, Libro XXIII (ed. J.-A. Miller, trad. González, Nora). Buenos Aires, Paidós, 2006. Pág.164

[6] Lacan, J. (1979), Joyce the Symptom, in The Lacanian Review, issue 5, p. 17. 2018.

[7] Lacan, J. (1979). Op. cit. p. 18.

[8] Lacan, J. (1975-76). Op. cit. p. 68.

[9] Monribot, P. (2013). “There is no sexual relation” in Hurly-Burly issue 10, p. 161.

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