Una acción que enlaza con lo real

Carmen Cuñat*

La articulación entre la política y el psicoanálisis, para mi ha consistido en un work in progress, no ha venido dada. A parte de ser sensible a las propuestas de lo que se entendía como una posición de izquierdas, nunca milité en un partido político. A decir verdad, he conocido la militancia en el campo freudiano y no dudo en decir ahora que el campo freudiano ha sido y es mi partido político, ¿esto es quizás una herejía?

La elección de inscribirme en el campo freudiano viene de lejos. Antes incluso de que conociera su existencia. Tuve la ocasión de escuchar a Lacan en mis primeros años de universidad, y eso dejó huella. En ese momento, estuve en presencia de un acto que tuvo sin duda un efecto de causa en esa elección. Fue cuando Lacan, en mitad de una conferencia,[1] tuvo que responder a las imprecaciones, de un estudiante que alzaba la bandera del movimiento libertario. Todo el auditorio estaba pendiente de lo que iba a hacer Lacan con eso. Si duda ya solo con su presencia, evitó que las autoridades universitarias llamaran a los servicios del orden. Sin más, Lacan se puso a conversar con el estudiante. Después de un primer momento de sorpresa el tipo insistió, hasta que se vio desarmado por la perseverancia de Lacan en no responder a su agresión y sin embargo darle la posibilidad de explicarse.

Leer este volumen, que retrata bien un momento álgido de la historia del campo freudiano de este último tiempo, me ha traído a la memoria otros momentos de elección. En efecto, para mi estar en el campo freudiano ha sido una experiencia de elecciones sucesivas y de sobresaltos, sin mucho tiempo para volver a dormir.  

Al inicio estaba la elección entre la IPA y Lacan, eso no fue difícil, luego la disolución de la EFP, que me pilló un poco de lejos pero siempre me pregunté qué hubiera hecho yo en ese momento. Luego vino J.-A. Miller que nos sorprendió lanzándonos a la política institucional sin avisar, cuando esperábamos que se remitiera estrictamente a una enseñanza doctrinal. Asistimos entonces a las vicisitudes de los grupos de estudio que desembocaron en la creación de la EEP y poco más tarde de la AMP. La fundación de la ELP estuvo precedida por la crisis del 98, momento sin duda de elección y donde se puso de manifiesto la perdida que conlleva toda elección. Una vez fundada la ELP, fundación en la que participe de cerca, al poco tiempo me atreví a presentarme a la presidencia, quería que las cosas se hicieran de una cierta manera y no de otra, propuse incluso un breve programa, cosa que fue leída por algunos como “una inmixión de la política en la Escuela” Perdí las elecciones esa primera vez y, aunque no solo, fue quizás por no enterarme bien de cómo funcionaba la mecánica de las votaciones. J.-A. Miller me señalaría amablemente en ese momento, que la próxima vez que quisiera presentarme intentara enterarme un poco mejor. No me avergüenzo de ello. Tampoco esto me llevó al desengaño. Creo que en una posición política que se articula con la ética del psicoanálisis no caben los desengañados. Es más bien del lado del incauto donde habría que situarse. Luego supe que Lacan también había perdido su primera votación de la Proposición del Pase por no tener en cuenta suficientemente a la masa de votantes. Todo eso me sirvió para empezar a entender que en la institución analítica también se trataba de política, de estrategia y de táctica y no solo en el campo de la clínica, tal como podría entenderlo a partir de la mención que hace Lacan en “La Dirección de la cura”.[2]

Una vez asentados en la Escuela, J.-A. Miller nos llevó poco a poco a hacer una apuesta por intentar incidir en el campo de la salud mental proponiendo un dispositivo ad-hoc que tuviera en cuenta las enseñanzas del psicoanálisis. Se trataba de los Cpct, y ahí hubo que hacer también una elección: participar o no en la experiencia y, poco después, una cesión, es decir, terminar la experiencia cuando advertimos que las condiciones de posibilidad no se daban. Mas recientemente la apuesta fue más fuerte, J.-A. Miller empieza a ver la posibilidad de hacer existir el psicoanálisis en el campo político. Lanza en un primer momento Zadig. Creo que esta propuesta se presenta aún como una vía de abordar la política sin comprometer a la Escuela.

En cualquier caso, la elección de hacer confianza un poco a ciegas a una orientación se hizo necesaria en varios momentos. Sin duda la transferencia juega un papel importante, pero ¿es lo único que permitiría consentir a los golpes de timón que se han producido de tanto en tanto en esa orientación? ¿Es posible encontrar una lógica del acto?

Me ha interesado particularmente una aclaración de J.-A. Miller a propósito de las elecciones en Francia. Hasta el 2017 las elecciones presidenciales en Francia estaban estructuradas por un imposible, la extrema derecha no podía ganar, “ahora salían de ese régimen para entrar en la contingencia y cuando se está en la estructura de la contingencia entonces cualquier cosa puede ocurrir” [3]

Estuve atenta a las elecciones del 2003, cuando Jean-Marie Le Pen llegó a la segunda vuelta de las presidenciales. Le preguntaba a Miller que qué iban a hacer los colegas en Francia. “¡Tendrían que votar irremediablemente a Chirac!”, le dije.  Pero creo que su idea en ese momento, como analista, era más bien quedarse al margen. Luego vinieron las siguientes. La hija, Marine Le Pen, empezaba a exhibir su semblante desdemonizado. En el 2013 echó a su padre del partido. A la tercera, en 2017, no solo era posible que la extrema derecha podía ganar las elecciones, sino que teniendo en cuenta la contingencia, y esto es lo que aportaría una lectura desde el psicoanálisis, podrían darse las condiciones azarosas para que ese hecho cesara de no inscribirse.  Este es el momento en el que J.-A. Miller ve la posibilidad de hacer existir el psicoanálisis en el campo político, “caminar bajo la bandera del psicoanálisis y conservar nuestra autonomía”. Ni Freud ni Lacan hicieron nada similar pero ahora él lo hace, añade, porque puede contar con la Escuela de la Causa freudiana.[4]

Entonces, se trata de un acto que se sostiene en tres pies: Primero, estar al tanto de todo discurso que pretenda silenciar al psicoanálisis; segundo, contar con el apoyo firme de una “una fuerza material”, la ECF en este caso, pues la política no es cosa de uno solo, y tercero, estar dispuestos a responder guiados por la contingencia, aunque eso suponga tener que ser heréticos con lo establecido anteriormente. A mi parecer, la articulación del psicoanálisis y la política tiene la estructura de un “trauma permanente”, como bien dice Anaëlle Lebovitz-Quenehen,[5] pues nos pone frente a una “elección forzada”. Permanentemente hay que tomar partido, sabiendo que “si no eliges se pierde todo. “

Para concluir: “Para mí, dice Miller, el respeto en política es hacia aquel cuya acción enlaza con lo real”.[6] Es decir, lo real hace acto de presencia por medio de la contingencia y la respuesta solo puede estar a la altura de este real, pues, como decía Freud, el león solo salta una vez. Sin embargo, ahora la apuesta es cómo encontrar un bien decir para que lo que tenemos para proponer en el campo político desde el discurso analítico no caiga en el silencio. 

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ELP)

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

Texto presentado en la segunda conversación sobre el libro de Jacques-Alain Miller “Polémica política” el 30 de junio de 2021, organizada por Andrés Borderías y Joaquín Caretti bajo el auspicio de la sede de Madrid de la ELP.


[1] Lovaina (Bélgica)1972

[2] Lacan, J.,” La dirección de la cura…”, Escritos 2, Siglo XXI Editores, p.569

[3] Miller J.-A., Polémica Política, Editorial Gredos, Barcelona, 2021, p.434 y siguientes.

[4] Ibid, p.414

[5] Ibid, p.60

[6] Ibid, p. 293

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