El síntoma Trump

Gustavo Dessal*

“Terrorismo doméstico”, escribió Hillary Clinton en su cuenta de Twitter refiriéndose a las hordas que Trump envió al Capitolio el miércoles pasado. De todo lo que he leído al respecto, ese diagnóstico me parece dar en el clavo. El terrorismo se puede practicar de muchas maneras, con chalecos bombas, mochilas activadas por una llamada de móvil, o tiros en la nuca. Pero también hay modos indirectos, como la manifestación de supremacistas blancos en Charlottesville en 2017 defendida por el Presidente Trump, cuando un fanático arrolló con su coche a varias personas y mató a una mujer. O el lento exterminio de la población negra llevado a cabo por la policía de ese país. Desde su toma de poder, Trump y sus secuaces han ejercido el terror en sus distintas declinaciones. No es una originalidad, y tampoco un patrimonio de la derecha. La complicidad del Partido Republicano en el ataque al Capitolio es absoluta. Algunos de sus miembros han sido cómplices activos, otros pasivos, pero todos culpables de que un psicópata llevase el país hacia una degradación de la que no se sabe si podrá recuperarse. Hasta la banca Morgan, no precisamente una institución humanitaria, ha solicitado al vicepresidente Mike Pence que ejerza un artículo de la 25ª Enmienda para destituir de inmediato a Trump. Los americanos que conservan un mínimo de decencia miran espantados el derrumbamiento de su país, asaltado por el populacho salvaje, mientras la prensa internacional recoge la impresión de unos Estados Unidos cuya imagen ya vale menos que una baratija de Ali Express. Hasta Mark Zuckerberg, otro cómplice fundamental junto con Twitter y algunas cadenas de televisión, ha cerrado la cuenta de Trump. Es tarde para reparar el daño que el terror ha hecho en esa nación. El terror que ha perseguido a periodistas, a la población negra, a cualquiera que se atreviese a cuestionar los intereses mafiosos del Presidente, su familia y sus amigos. El colmo de su narcisismo degenerado es uno de sus últimos tweets, en los que luego de haber indultado a un buen número de sus colaboradores procesados por graves delitos, asegura que tiene la potestad de indultarse a sí mismo y que está contemplando la idea. Sería extraordinario. El último acto de un farsante al que el Partido Republicano ha permitido destruir la sociedad y acelerar la muerte por COVID de 365.000 personas. Otra variante indirecta del terror. Mientras escribo esto, leo que se han encontrado bombas en dos edificios próximos al Capitolio que pudieron ser desactivadas a tiempo. Harta de circunloquios y medias palabras, Hillary Clinton fue directa al grano y puso el nombre al asunto: Trump representa un terrorismo de estado en el seno mismo de una democracia, amparado incluso por esa democracia.

El papel de gran parte de los medios (y en particular las redes sociales) en la propagación del terror ha sido de tal magnitud que alguien como Farhad Manjoo, columnista del New York Times y una de las voces más autorizadas en temas de tecnología, ha llegado a afirmar el jueves pasado que a la vista de todo lo ocurrido tal vez habría sido mejor que Internet no se hubiese inventado. Los medios han permitido y alimentado la circulación imparable de toda clase de infamias, ataques a la convivencia, incitaciones al odio racial y una erosión constante de los principios democráticos.

Los medios de prensa, televisión y redes sociales han actuado como cajas de resonancia de las efusiones diarreicas del Síntoma Trump. Donald Trump es mucho más que un maníaco depravado que ha logrado implantar el terror apoyado por grupos de asalto salidos de la chusma. Trump es uno de los síntomas que el capitalismo puede adoptar cuando las circunstancias lo permiten y conviene a sus intereses. En el siglo pasado fue el síntoma Hitler. Eric Vuillard, en su novela “El orden del día”, retrató el papel de los grandes capitales en el ascenso de Hitler y la construcción del Tercer Reich. 

La estrategia propagandística establecida por Goebbels ha inspirado a Trump. Por ejemplo, el “Principio de Vulgarización”, según el cual “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”. También el Principio de Orquestación”, que indica: “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas”. Steve Bannon, asesor inicial de Trump, que actualmente desde España trata de articular una agrupación de partidos europeos de ultraderecha, ha adaptado los principios de Goebbels a las redes sociales. Trump pasará, pero no así su legado envenenado. El trumpismo ha creado escuela. Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, es la siniestra muñeca del ventrílocuo Miguel Ángel Rodríguez, otro discípulo de Goebbels y antiguo asesor del presidente Aznar. Ayuso mueve la boquita y hasta parece que es ella la que habla el lenguaje de la política trumpista-trampista. La originalidad de Trump y sus asesores ha sido la astucia para servirse de las instituciones democráticas de su país y crear una red de terrorismo interior que tiene ya sus émulos en Brasil, y que se irá extendiendo por otras regiones. El “terrorismo doméstico” es la nueva política que viene con el retorno del péndulo. Primero fue necesario que todo se disolviera como un terrón de azúcar en un vaso de agua. La ética, la idea de comunidad, la compasión, el amor, el cuidado del semejante. Una vez logrado ese primer paso, se vuelve a formatear el tejido social conforme al credo neoliberal: la tiranía disfrazada de derecho a la libertad, incluso el derecho a esparcir el COVID como a cada uno le dé la gana. La mascarilla convertida en bozal fue un hallazgo propagandístico extraordinario. Miles de cabezas funcionando a la vez para fabricar mensajes que luego son replicados mediante millones de bots. ¡Ah, las maravillas que Goebbels habría hecho con tan solo la décima parte de las tecnologías actuales!

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ELP)

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

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