CORONAVIRUS: “El discurso de la pandemia”

El discurso de la pandemia

 

Ricardo Schapira*

 

“Este virus lo paramos unidos”, reza el anuncio gubernamental que se repite por radio, televisión, prensa e internet.

“Quédate en casa”, es el eslogan que monopoliza los diversos anuncios publicitarios de las grandes empresas.

El discurso unánime en este insólito tiempo de pandemia nos homogeneiza.

Todos somos peligrosos, todos somos héroes salvadores: los sanitarios “en primera línea de combate”, el resto de ciudadanos confinados en sus casas evitando la propagación.

Estamos viviendo “a nivel planetario, una experiencia de lo real en lo colectivo como sujeto de lo individual en distintos registros de lo real” nos dice Miquel Bassols en un texto publicado recientemente[1], retomando una definición de Lacan de lo colectivo como “sujeto de lo individual”[2].

En esta catástrofe sanitaria, inédita y global, lo real ha desbordado nuestras vidas, y la respuesta colectiva es lo que se me ocurre nombrar discurso de la Pandemia, o tal vez discurso del Coronavirus, si se lo quiere definir por su agente.

¿Podríamos formalizar el “discurso de la pandemia” haciendo uso de las fórmulas que Lacan nos legó?  Me permito el ejercicio de hacerlo, me sirve para pensar este momento trágico que atravesamos como sociedad.

Me figuro este hipotético discurso como una variante del discurso del amo ubicando al Coronavirus en tanto S1 en el lugar de agente, una ciencia impotente y agujereada en el lugar del Otro, la comunidad “barrada” (incluso la Humanidad amenazada) en el lugar de la verdad, y cayendo al lugar del producto a los más a-fectados por el virus: enfermos de COVID-19 y víctimas mortales desbordando los servicios sanitarios, generando cifras de pérdidas que no se cesa de contabilizar.

“La referencia de un discurso es lo que manifiesta querer dominar” dice Lacan en el Seminario 17[3]. Hasta nuevo aviso este Coronavirus nos domina, y el discurso que ahora impera nos permite hacerle frente.

Somos tomados por este discurso dominante, y puestos al trabajo por el escurridizo virus. Por supuesto que de un modo variable, contingente y no totalizador.

En el lugar del saber, cual esclavos, no sólo están los científicos investigando en sus laboratorios, porque para paliar la urgencia de este momento incierto, se suman desde todas partes, por ejemplo, quienes producen mascarillas de los modos más inverosímiles y los que elucubran teorías de todo tipo para intentar explicar el fenómeno que nos está aconteciendo. Pero, por encima de todo, la respuesta provisional que se impone como saber hacer frente al virus es el confinamiento.

La relación con el goce del Otro también está variando.

Se observa con cierto asombro que la gente ahora es más amable, pareciera haber más tolerancia y solidaridad entre los vecinos.

Dice Jacques-Alain Miller: “Se quiere reconocer en el Otro al prójimo, pero siempre y cuando no sea nuestro vecino. Se lo quiere amar como a uno mismo, pero sobre todo cuando está lejos, cuando está separado.”[4]

Con el confinamiento, todos separados y cada uno en su casa, pareciera que el imposible mandamiento “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, de modo contingente, cesa de no escribirse.

Si el racismo es el odio al goce del Otro, en estos tiempos de pandemia, los “diferentes”, por su origen, religión o estilo de vida, ya no resultan tan amenazantes.

El virus, como amo absoluto, es lo más amenazante que nos está ocurriendo.

En el lugar del Otro, estamos todos concernidos. Y en el lugar de la verdad, en tanto comunidad, estamos barrados por el mismo mal.

No es posible segregar sólo a quien padece el virus, porque todos somos posibles portadores del mismo. El Coronavirus es un real que nos colectiviza, es a la vez íntimo y exterior, de todos y de nadie, pura extimidad. Un real que impacta en nuestros cuerpos, y en el cuerpo social.

El futuro que nos depara es incierto, pero también apasionante.

Resulta interesante pensar los efectos que el discurso dominante está produciendo, pero también los que pudiera producir en el futuro, cuando ya no rija nuestras vidas.

Hay cierto acuerdo en que este traumático acontecimiento que estamos viviendo marcará un antes y un después, un punto de inflexión en la historia de la humanidad.

La incógnita que está en el aire, y es motivo de muchas reflexiones, es qué vendrá después, cuando la amenaza del virus desaparezca, termine el confinamiento y podamos volver a salir, a acercarnos y mezclarnos entre nosotros nuevamente.

La devastación económica que nos dejará la pandemia, ¿quién la va a pagar? ¿los de siempre? ¿o podrá ser una oportunidad para construir una sociedad más justa?

El “entre todos” de la lucha contra la pandemia ¿se desvanecerá o conservaremos algo de la sensibilidad social que ahora nos embarga?

¿Será capaz la humanidad de reinventarse y desviarse así del rumbo que le conduce presumiblemente a su autodestrucción?

Si, como ha dicho Heidegger, en el peligro crece lo que nos salva, podría ser alentador que se preservara algo del lazo social solidario que la experiencia de la pandemia suscitó.

 

*Socio de la sede de Madrid de la ELP

 

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

 

[1] Miquel Bassols, La ley de la naturaleza y lo real sin ley, publicado por la ELP, Comunicación ELP, 24 de Marzo de 2020.

[2] Jacques Lacan, Escritos. Ed. Siglo XXI, Mexico 1966, p. 203.

[3] Jacques Lacan, Seminario 17, “El reverso del Psicoanálisis”. Ed. Paidós, Buenos Aires 1992, p.73.

[4] Jacques-Alain Miller, Extimidad. Los cursos psicoanalíticos de Jacques-Alain Miller. Ed. Paidós, Buenos Aires 2010, p. 53-54

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