Kepa Torrealdai*
Fue allá por 1812 cuando los hermanos Grimm publicaron por primera vez en su colección de cuentos de hadas, la historia del lobo y los 7 cabritillos con el título original «Der Wolf und die sieben jungen Geißlein».
Se trata de una historieta de la tradición oral popular que tiene su origen probablemente en el primer siglo.
La historia cuenta cómo la madre advierte a sus siete cabritillos del riesgo de que aparezca el lobo en su ausencia y de que bajo ningún concepto deberían abrirle la puerta. Y que reconocerán a su madre por la blancura de sus patas y su dulce voz.
Sabemos cómo transcurre la historia, los cabritillos asumen que la blancura de la pata y la dulzura de la voz como signos inequívocos de la presencia maternal. Se trata de tomar el signo como muestra de verdad.
Sucede muchas veces, también en medicina, cuando uno, fascinado por un signo se precipita en un diagnóstico. Cuando capturado por una imagen, da visos de verdad a una propuesta.
Algo así está sucediendo a escala planetaria. Está sucediendo una cierta fascinación por algunos signos que toman efecto de verdad. Los estandartes de la ultraderecha se han blanqueado de tal manera, que ya han perdido la capacidad de activar las alarmas de la sociedad. Desde Estados Unidos, pasando por Brasil y atravesando Europa el proceso de blanqueamiento del fascismo lo ha impregnado todo. La pata enharinada del lobo y la voz dulcificada resuena como una posible salida a los malestares de la civilización.
Igualdad, Unidad, Libertad, Salud, Prosperidad, Seguridad y Defensa son algunos de los títulos que se enumeran en su programa. Suenan realmente bien si no supiéramos que en verdad se articulan a un reverso oscuro que pensábamos imposible de retornar. El retorno del fascismo y del autoritarismo enmascarado en arengas que vienen con las mejores intenciones. En este programa que clama la Libertad y el Bien como valores absolutos, quedan encubiertas modalidades de otra época como la derogación de derechos sociales, la censura y el control sobre las producciones artísticas, la discriminación de las minorías sexuales o el negacionismo más rancio de la violencia contra la mujer o el cambio climático…
Esta es la verdadera cara de la ultraderecha. Esa facción que sabe cuál es el Bien para la sociedad, cual es la manera de manejar a una mujer, o cual es la buena elección de objeto sexual.
Se trata de una especie de nostalgia de una dictadura que algunos no podemos olvidar, porque están todavía candentes los testimonios de los familiares que la sufrieron. Marca imborrable para cierta parte de la sociedad, por mucha tierra que se haya echado sobre las cunetas.
Entonces, aprendamos del cuento popular, no nos dejemos engañar por la dulzura de la voz ni por la blancura de sus intenciones, porque seguramente, una vez el lobo haya entrado, la historia no acabe tan bien…
*Psicoanalista. Socio de la sede de Bilbao de la ELP.
Fotografía seleccionada por el autor.
