Vacunas sí, vacunas no

Luis-Salvador López Herrero*

Sentado en la plaza del Grano —uno de los rincones más bellos de León, sobre todo cuando está vacío—, no dejo de escuchar voces dispares acerca de las vacunas y, en especial, ésta última que nos incumbe a todos. Los medios de información y las redes «sociales» autistas, en su afán por aportar datos de última hora sobre lo que acontece, han prodigado múltiples ideas que no han hecho más que crear una enorme confusión, o lo que es peor, ciertos juicios de valor en la población, que atentan contra su propio bienestar. Pero éste es el mundo hipermoderno en el que estamos instalados: un espacio donde la pulsión de muerte acecha por todas partes.

Analizando la problemática en la que nos encontramos a propósito de la vacuna Covid y las diferentes respuestas de la población, conviene diferenciar entre creencias, opiniones e información, por una parte, y conocimientos y sabiduría, por otra; porque no son precisamente lo mismo, aunque influyen, como estamos comprobando, en el comportamiento imprevisible de los ciudadanos.

Digamos que las creencias son patrimonio universal de la humanidad, no así los conocimientos, ni mucho menos la sabiduría tan necesaria para la «buena vida». Dicho de otro modo: las creencias están arraigadas democráticamente, aunque difieran en cada sujeto, siendo ellas mismas las que canalizan la lente subjetiva y el modo de afrontar el encuentro con el mundo. Sin embargo, los conocimientos, sean los que fueren (religiosos, filosóficos, científicos, psicoanalíticos…), sólo surgen en algunos sujetos, a partir de la elaboración racional de las creencias.

Luego todo el mundo vive solapadamente de creencias; las fantasías, por ejemplo, son su exponente más fidedigno, desde el pánico a enfermar hasta la omnipotencia que niega tal posibilidad. El problema es que éstas se labran en la parte inconsciente del pensamiento, en lo más íntimo y desconocido del sujeto, generando sin embargo una fuerte capacidad de convicción, que tiende a rechazar, todo aquello que atente contra esta máquina de ilusiones. Para situar un poco lo problemático de este núcleo demasiado humano, digamos que los fanatismos y dogmatismos de cualquier tipo, que siempre tienen recetas simples para problemas complejos, alimentan precisamente las creencias gracias a este punto de fragilidad pasional, que las crea. En este contexto, los conocimientos tratan de poner un freno a las fantasías o creencias mediante la lógica de la razón, tratando de equilibrar esa ilusoria seguridad con una «experiencia racional» que permita acercarse a lo más real del acontecer sin supuestos hechizos. No cabe duda de que la puesta en acto del conocimiento frente a las creencias es ya un acto de valentía, puesto que el sujeto se compromete, en esa experiencia, a cuestionar la caja de seguridad en la que estaba instalado, para acercarse al «horror de la verdad», otorgando así una dignidad inédita a la vida humana.

De este modo nadie está indemne del funcionamiento de las creencias en su mente, aunque algunos se tomen el trabajo de elaborarlas bajo el prisma de una experiencia de racionalidad, en un intento de abordar esa verdad que vela lo imposible. Lo cual pone en juego decididamente la duda ante cualquier convicción, para aproximarse a lo que toda creencia encubre, la ficción, liberando de ese modo un plano de saber mucho más acorde con nuestras posibilidades y límites.

¿Qué ha sucedido entonces con la vacuna covid y las ideas temerosas o aprobatorias de la población frente a ella, inmersas en el paroxismo de las creencias? La confianza (o la fe) hacia algo, ni se crea ni se destruye, porque es inherente en el ser humano, sino que simplemente se transforma en obediencia voluntaria o rebeldía, en función del manejo de una situación por parte de todos aquellos que deberían de haber ejercido la función de autoridad. Y esto es lo que ha acontecido. Porque, ¿qué se puede esperar de una campaña de vacunación en la que todo se ha tenido que hacer precipitadamente, desde las vacunas hasta su puesta en funcionamiento? ¿Cómo no va a haber dudas si los encargados de transmitir la información cambiaban de planes, de un día para otro, en función de la presión mediática? ¿Cómo no desconfiar ante la infinidad de opiniones que circulan por las redes y canales informativos, con más afán sensacionalista que amor por el conocimiento? ¿Cómo no se va a sembrar el desconcierto si durante décadas se ha fomentado el adoctrinamiento o el afán de consumo más impulsivo, evitando crear canales civiles que permitieran el desarrollo de conciencias capaces de afrontar los límites con cierta serenidad?

Luego tenemos lo esperado, aunque aún podamos hacer la contra a todo este maleficio de información y opiniones interesadas, basadas en la negación o el «delirio» más flamante. Para ello disponemos del valor que otorga el conocimiento y su transmisión, a partir de todos aquellos profesionales a quienes se les otorga autoridad. Porque, aunque todo el mundo delira, es cierto, hay delirios que están a favor de la vida y no del sufrimiento y la muerte. Y el campo de las vacunas se precia ahora a ello.

Permítanme por tanto una sugerencia. A partir de este momento, dada la progresiva apertura, todo aquel que, bajo la seducción de las creencias, elija no vacunarse por el posible riesgo de unos efectos infinitamente menos morbosos que la enfermedad, correrá un riesgo de padecer o morir por el virus, mucho mayor. Y, aunque la vida es riesgo, pienso que hay cosas mucho más importantes en este momento, en las que arriesgarse, que no el dilema: «Vacunas sí, vacunas no». Y si tienen alguna duda viajen cuando sea posible a cualquiera de esos países tan desfavorecidos por el bienestar, y miren con calma los rostros de todos esos seres a los que no me cabe ninguna duda las vacunas, con sus efectos secundarios, les hubieran hecho la vida mucho más vivible. Ojalá ellos también puedan tener, entre otras muchas cuestiones, esta opción tan debatida en la actualidad.

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ELP)

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

Fuente: https://www.diariodeleon.es/articulo/tribunas/vacunas-vacunas/202104251147382107535.html

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