5 cosas que nos ha enseñado la pandemia

José R, Ubieto*

Esta sindemia va más allá de una emergencia médica y es también reveladora de otros problemas existentes en nuestra sociedad: desigualdades, brecha digital, olvido en el cuidado de personas vulnerables, falta de recursos sanitarios. Necesitará, pues, otra vacuna más efectiva que la médica y no vendrá de la mano de especialistas sanitarios. Nos ha confrontado con algo que Lacan designó como el horror al saber, ese empuje a ignorar lo que preferimos desconocer: la precariedad social, la degradación del cuerpo o la muerte. Por eso, para limitar esa pasión por la ignorancia, conviene aprender algo de lo sucedido. Sin ánimo de exhaustividad, quisiera compartir algunas reflexiones que amplío en mi libro “El mundo pos-COVID. Entre la presencia y lo virtual”.

Todavía habitamos un cuerpo

El transhumanismo postula que el ser humano conseguirá ir eliminando los aspectos nocivos que le condicionan hasta que se produzca un cambio en la misma naturaleza o condición humana, que ya no será la misma. Para ello, la tecnología es clave y están convencidos que, gracias a ella, el envejecimiento podría detenerse e incluso revertirse. La pandemia nos ha devuelto, por el contrario, a la realidad de tener un cuerpo –no reducible a su avatar digital- vulnerable a elementos externos y a su propia degradación natural. Por ello, debiéramos tomar nota, para el futuro pos-COVID, del valor de la sanidad como bien público.

No es mundo para “viejos”

Un elevado porcentaje (50%) de los fallecidos han sido personas mayores alojadas en residencias. Hemos descubierto las condiciones de precariedad en la que se encontraban, al igual que sus trabajadores. Una sociedad que no acepta la muerte difícilmente podrá disfrutar de la vida. Es una paradoja que acojamos de buen grado la belleza sublimatoria del arte creado por personas mayores y al tiempo decidimos, en nombre de variables tan relativas como la calidad de vida o el valor social, que podemos “invertir” menos en proteger su desamparo. La razón, seguramente, no es otra que la mancha que aparece en su rostro cuando los miramos, esa mancha que, como en el cuadro de Holbein “Los embajadores”, oculta mediante una anamorfosis la calavera como encarnación de la muerte. Preferimos no saber de la muerte y nos anestesiamos para ello.

Lo esencial en nuestras vidas

Cuando una crisis importante nos toca de cerca descubrimos las poleas y maquinaria invisible que hacía girar aquello que resulta esencial en nuestras vidas. Esta vez han sido los sanitarios, los transportistas, los agricultores y ganaderos, los riders, los trabajadores del sector alimentación, los policías, los servicios sociales. Muchos de ellos comparten una situación de precariedad laboral, otros de una presión asistencial y un descuido grave en el cuidado -por parte de sus responsables- de esa función esencial que ejercen. La paradoja, es que ellos y ellas se exponen en mayor medida, por la necesidad de poner el cuerpo como rasgo de su esencialidad, a contagiarse.

La pandemia nos está enseñando que esa condición de esencial descuidado no cambiará sustancialmente en el futuro pos-COVID: la presencia será un lujo. Muchos tendrán que contentarse con los aplausos, los minutos de gloria que los medios les dedicaron y la “empatía” de las empresas líderes. Pero la pregunta es si lo esencial en nuestras vidas es esa empatía forzada (“Todo irá bien”, “Juntos saldremos”) o el reconocimiento pleno de esos flujos invisibles que se ocupan de lo que haría posible una vida digna. Y, para ello, parece que la entropía capitalista no es muy útil, necesita que el Estado aparezca para proteger a sus ciudadanos y mutualizar el riesgo. Es la constatación que hacemos en cada crisis grave (2008), sin que por ello los mecanismos de regulación, propios de lo público, avancen lo suficiente.

El odio (y sus burbujas) está en la base del lazo social y de su polarización

Más que el amor, lo que nos une es el odio. La repetición de las fracturas y segregaciones, animada por algunos dirigentes, es la ley constitutiva de los lazos sociales y el fundamento de esas burbujas de odio animadas por lo digital (cámara de eco y filtros burbuja). La polarización social y política en la que vivimos es una consecuencia de ello y no parece que la pandemia vaya a suturarla. Ha encontrado en el odio su fórmula principal para negar nuestra propia fragilidad. No se niega la existencia del virus, se niega lo que ese virus, en contacto con el cuerpo, muestra: que nacemos en el desamparo original y que, sólo haciéndonos cargo de él, y en el lazo con el otro, podemos sobrevivir. Negar esa evidencia es un verdadero fraude, sobre todo para uno mismo.

El valor de la presencia

Concluimos con buenas noticias. El odio de sí mismo no se cura solo, alimenta el miedo que nutre las políticas segregativas, dibujando ese paisaje idílico (e imposible) de armonía e higiene social, tan caro al neofascismo actual. El odio de sí mismo requiere un trabajo de cada uno para subjetivarlo y darle otro destino menos destructivo, más sublimatorio. Por eso, saber algo más de nosotros, de lo que nos agita e inquieta, conectar con nuestra manera -siempre singular- de ser frágiles, puede funcionar como vacuna frente al odio que destilamos. Encontrar una fórmula que nos permita pasar de la paranoia, que apunta al otro, a cierta asunción de la pérdida inevitable, de la cual hacer surgir otra cosa, con el otro.

Una de las primeras respuestas a esa constatación brutal de lo vulnerable fue, sin duda, el alud de iniciativas de cooperación: en la investigación sobre el virus y las vacunas; en la colaboración ciudadana para auxiliar a los más vulnerables; en las redes sociales como instrumento de participación social colaborativa. Se hizo patente que nos necesitamos unos a otros porque sólo juntos tendremos opciones de salida. Es allí donde la presencia -sin ignorar lo virtual -cobra todo su valor.

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ELP)

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

Fuente: https://catalunyaplural.cat/es/5-cosas-que-nos-ha-ensenado-la-pandemia/

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