La suposición del género. Todo el mundo es trans

Dalila Arpin*

“Siempre supe que debería haber nacido una niña [. . .] Soñé que alguien me estaba haciendo el amor, un hombre, pero en mis sueños siempre fui una mujer; nunca, nunca, era un hombre a quien otro hombre hacía el amor.[1]

Estas son las palabras del personaje de Roberta Muldoon, exfutbolista estadounidense, convertida en mujer, en El mundo según Garp, de J. Irving. (véase p.407).

Lacan pudo decir en los años 70: “[…]en cuanto a la definición de lo que es ser hombre o mujer, el psicoanálisis nos muestra que es imposible. La sexualidad está, sin ninguna duda, en el centro de todo lo que ocurre en el inconsciente. Pero es central en cuanto que es una falta. Es decir que, en lugar de todo lo que podría escribirse sobre la relación sexual como tal, se sustituyen los callejones sin salida que engendra la función del goce sexual, en tanto que ella aparece como ese punto de espejismo del cual el propio Freud aporta en alguna parte el carácter como de goce absoluto. Y es tan cierto que, precisamente, no lo es en absoluto.”[2]

La trans-identidad, el trans-género

En lenguaje común, transexual se refiere a la persona que, con o sin cirugía, intenta cruzar la barrera de la diferencia sexual para convertirse en un sujeto perteneciente al sexo que no se corresponde con su anatomía de nacimiento. 

«[…] para acceder al otro sexo, hay que pagar realmente el precio, el de la pequeña diferencia, que engañosamente pasa a lo real a través del órgano, debido a lo cual justamente deja de ser tomado por tal y, al mismo tiempo, revela lo que significa ser órgano. Un órgano no es instrumento más que por mediación de esto, en lo que todo instrumento se funda, que es un significante. El transexual no lo quiere [el falo] en calidad de significante y no así en calidad de órgano. […] Su pasión, […] es la locura de querer liberarse de este error, el error común que no ve que el significante es el goce, y que el falo no es más que el significado. El transexual ya no quiere ser significado falo por el discurso sexual, que, lo enuncio, es imposible. Su único yerro es querer forzar a través de la cirugía el discurso sexual que, en cuanto imposible, es el pasaje a lo real”. [3]

Clínica de la transformación: el caso de Inés Rau

Nacida en el cuerpo de un niño, hace 30 años, Inés Rau, modelo y actriz, es la primera   transexual que ha sido “playmate del mes” en 2017 en Playboy.  En sus memorias, “Mujer”,[4] testifica de su historia y, sobre todo, de su transformación en mujer.

Pasó los primeros años de su vida solo   con su madre en una relación fusión. Período que termina cuando su madre rehace su vida con un hombre que no ama al niño. El nacimiento de una hermanita agrava el cuadro. Inés se siente abandonada y marginada. La sensación de abandono es preponderante: “Me sentía solo, rechazado, superfluo. A veces lloraba en la oscuridad, por la noche cuando dormía. La diferencia que llevaba en mí mismo, sin saberlo, sin realmente percibirlo, pero que ya estaba allí, listo para expresarse y florecer, me aisló aún más”.[5]

Ella testifica de hecho que las representaciones masculinas y femeninas son un efecto de discurso: “No tenía hombres que pudieran haber servido como punto de referencia. Rechacé la figura masculina. Inconscientemente, mi pedido al Universo estaba hecho. No sería un hombre, pero los hombres harían cualquier cosa por mí.  A la inversa, las mujeres de mi familia siempre me han parecido admirables”. [6]  «[…] fuerza y coraje siempre han estado del lado de las mujeres… he visto constantemente a los hombres como seres débiles y patéticos”. [7] Si la madre muestra ternura hacia él, el padrastro suelta: “Vas a hacer un marica…”.[8]  La asunción del sexo no se hace sin resto: “a pesar de mi sensibilidad femenina, siempre tuve un lado marimacho”. [9] Ella “adoraba ese lado libre de los chicos” y era “también del tipo luchador”. Básicamente, ella era “como una chica a la que le gusta jugar juegos de niños”. [10]   

En laprimera parte del libro, habla de su historia en masculino, y luego, desde el momento en que comienza a travestirse, en femenino.

Ella siempre tiene “la sensación de que este cuerpo no se parece a la persona [que está] en lo interior”.[11] «[…]Tengo un alma femenina en un cuerpo masculino”[12], dice.   Extrae su primer nombre “de una chica sublime de su vecindario” que le abre un universo más allá de sus suburbios. Esta chica reemplazó su nombre de pila magrebí por su banda de amigos.   Murió inmediatamente de un infarto debido a la ingestión de medicamentos para bajar de peso.

Adolescente, Inés ya tenía sus primeros sueños eróticos: “Sueño con un hombre. Este hombre me hace el amor desde el frente [ …] Recibo la verga del hombre dentro de mi cuerpo, al igual que un hombre y una mujer harían el amor. [13]

Trabaja como botones en Les Bains Douches. Después será Pigalle, donde descubre todo un universo sospechoso:  de drag-queens, de madames que lo adoptan como “niña”. Aprende pole-dance,[14]este baile acrobático alrededor de una barra ligera de ropa, en cabarés de Pigalle, vestido de mujer y se pone en el escenario. La danza es un rasgo de identificación con su madre que al mismo tiempo le permitió no pensar.[15]  “Drag mujer sofisticada de noche, marimacho de día” [16] es la fórmula que describe su vida en ese momento. A la edad de 17 años, comenzó su transformación hormonal.

Poco a poco, comienza a considerar salir durante el día, vestido de mujer. Ella conoce a su primer amor, Enzo, que la acepta como ella es, es decir, vestida de niña pero que teniendo todavía su órgano masculino. Seguirá trabajando en Pigalle, luego hará carrera en Ginebra e Ibiza. Ella desea dejar claro que siempre se ha ganado la vida como bailarina y no en la prostitución. Su vida está marcada por acontecimientos extraordinarios y encuentros extravagantes con multimillonarios que siempre son muy amables con ella.

Su objetivo es preciso: ahorrar dinero para hacerse operar en Montreal, en una clínica especializada en transformaciones de género. La primera parte de su “transformación” le procuró un semblante de una mujer y el uso de hormonas cambió el organismo, pero, sin embargo, hay restos que permanecen: el órgano y el nombre masculino en el registro civil.

Comienza con el cambio de sexo para luego obtener el cambio de nombre. “Estoy cansada de estar entre dos géneros”, dijo, “así que este viaje [a Montreal para una cirugía] me trae una nueva promesa: finalmente ser yo misma”. [17]Ella precisa que esta “reasignación” sexual no está motivada por el odio de uno mismo. “Por el contrario, es amor incondicional. Es porque me amo profundamente que he decidido reasignarme. Es un lujo que me ofrezco: el de ser yo, de estar en sintonía con mi alma y mi energía sexual”.[18]

La transformación

Vivió la transformación quirúrgica como un “segundo nacimiento”. [19] Explica la operación en detalle y testifica de todos los estados de ánimo que acompañan a su transformación. Si no tiene ninguna duda sobre el objetivo a alcanzar, sin embargo, la angustia ahí. Llora mucho; es hipersensible. Ella es consciente de que la operación de reasignación la transformará en una mujer, [20]  pero “siempre habrá lo masculino en [ella]”.[21]

Durante la anestesia, tiene un “sueño”: [22] cae en un agujero negro a toda velocidad. Está en medio del océano, tiene frío, tiene miedo. Ella está “agotada, aterrorizada y al límite de sus fuerzas”. Se siente rodeada de tiburones. La ansiedad está en su cenit.  [23] Después, los tiburones se convierten en delfines que la escoltan. La vista de una paloma anuncia la feliz travesía.

El postoperatorio es difícil. La hinchazón de la zona transformada la asusta y llama a su madre todos los días. Durante dos días, que vive como una eternidad, Inés se arrepiente y se pregunta sobre su decisión que ahora es irreversible. Recuerda su fascinación por los castratos y sus voces angelicales. Las molestias pasadas, ahora puede disfrutar mirándose al espejo. Llega a hablar de su operación en los siguientes términos: “Es un poco como si con un golpe de varita mágica hubiéramos transformado mi pene y lo hubiéramos reposicionado en el lugar del clítoris”.[24]

¿Su principal angustia? Perder el placer sexual.  Se le dijo que el orgasmo no está garantizado para ninguna mujer transexual. Durante la primera parte de su transformación, tiene un intenso placer sexual, con eyaculaciones. Después de la operación, ella se vuelve otra para sí misma: “Yo vuelo lejos, estoy libre, estoy fuera de mí.” Sin embargo, el placer tarda en llegar. Finalmente, lo alcanza pero por los mismos medios que antes de la operación, es decir, por fricción.  [25]En sus propias palabras: “[…] tal vez esa parte masculina todavía está en mí en alguna parte. ¿Entonces, puede ser que gozando ese día gocé con mis dos sexos? »[26]

Después de la operación, ella tiene exclusivamente una vida como mujer, durante la cual vive una larga historia con un multimillonario al que sólo revela su “transidentidad” al final, cuando es llamada para hacerse fotos en Playboy como modelo “trans”.  Puesto que esta vida de mujer sin rastros de hombre -su transformación es muy exitosa- no le satisface mucho. Siempre hay en ella una cierta inadecuación, alguna incomodidad en tanto que mujer nacida en el cuerpo de un hombre, que la cirugía no regula. “Sí, mi secreto me pesa, me pesa psicológica y espiritualmente. Estoy desgarrada. Me gustaría revelarlo todo, contarle todo a todos. […] Quiero hacerme este regalo: que me amen o me aprecien en toda mi complejidad y no por la mitad”. [27]

Sólo después de hacerse pasar por modelo trans es que encuentra una identificación que le conviene.   La transición se convierte en un activo en el mundo de la imagen y de la belleza. Ella interpreta su época y se hace síntoma de su tiempo. En una serie de fotos alfabéticas, en Playboy, posa bajo la letra “E” como una evolución. Se convierte en un icono del siglo XXI. siglo: la belleza femenina andrógina y decide asumir su deseo a costa de perder la relación con el millonario. Al convertirse en la primera playmate de la historia, tiene la intención de beneficiar a los demás:  “[…] aquellos que tienen miedo de su transidentidad, se sienten incómodos con sus cuerpos o no se aceptan a sí mismos como son. Mi historia sin duda les dará la fuerza para seguir adelante y para ir al final de sí mismos, sin tener miedo de la mirada de los demás”. [28]

Ella hizo de su desgracia, sinthome: “Haré de mi transidentidad una fuerza y se convertirá en un símbolo.” Ella [29]se “sublima” haciendo de su caso un paradigma de la transidentidad.

Es su propia obra y, en este sentido, se puede decir, como lo hace Pierre-Gilles Guéguen por Norrie May Wellby, que Inés Rau hizo una obra joyceana: “Me permití ser quien siempre he sido”, en sus propias palabras. A la cirugía, ha seguido, naturalmente, el cambio de nombre ante el registro civil. De su nombre anterior, en cambio, no hay ningún resto.

¿Cuál es el secreto de esta transformación tan exitosa?

No sabemos si ha encontrado un analista que le haya permitido una mejor aceptación de sí misma. Pero podemos destacar el papel de sus parientes, que fueron muy solidarios cuando Inés les confió su orientación y su proyecto. A pesar de los sufrimientos de la infancia y la adolescencia, fue capaz de reconectarse con ellos y ganó la aceptación no sólo de su madre, su abuela y su hermana, sino también del padrastro.  Ella tiene el valor de cuestionar el deseo que la ha dado a luz: ¿es porque mi madre quería tener una niña que me siento como una mujer desde el principio?

Ella ilustra, igualmente, las palabras de Lacan en la presentación de un travesti: cuando un sujeto está decidido a hacerse operar, ningún análisis lo desalentará. Pero, sobre todo, testifica del hecho de que la verdadera transformación no tiene lugar sólo en el cuerpo y en la imagen. Debe tener un eco en el inconsciente del sujeto. Después de la operación, fue necesario para Inés realizar un trabajo de aceptación y hacer un hallazgo: convertirse en un icono trans de su tiempo, con una proyección en el vínculo social (hacer este paso para ella y para los demás, permanecer en los anales como ejemplo). Esto demuestra que si se solicita la operación para reparar un error de la naturaleza, como dicen los sujetos interesados, el sujeto todavía tiene que hacer su parte. La química (cambio hormonal) y la cirugía (“el pasaje a lo real”, según Lacan) no tienen la última palabra. Vuelve al sujeto la tarea de hacer un nuevo nudo para poder vivir mejor su “transidentidad” en su nuevo cuerpo.

En el fondo, Inés Rau sabe algo fundamental: cuando quieres devenir mujer (y esta no es la exclusividad de los trans, ni de los homos, sino de todo ser parlante que se sitúe en el lado femenino de la sexuación) nunca puedes devenir “toda mujer”. Que devenir mujer es devenir “no-toda”, lo que en su caso se refleja en la nueva nominación que encuentra: mujer y transexual.  Es una identidad no-toda, lo que permite que este ser no se encierre en una identidad única.  

Desde una perspectiva borromea, su transformación es: imaginaria (forjando la imagen de una mujer), simbólico (dándose el nombre de una niña) y real (la operación quirúrgica).  Sin olvidar el anillo del sinthome que anuda los otros tres: “icono trans”, que viene a sostener el nuevo nudo.

Este caso verifica la tesis de Lacan- recordada por M.H. Brousse en su texto de orientación “El agujero negro de la diferencia sexual” – las minorías son responsables de los cambios en las formas de gozar de los seres hablantes.

La clínica del pasaje entre las consistencias que inaugura la perspectiva borromeana nos lleva, no a interpretar las mutaciones de los modos de gozar del lado del sentido, generado por el binario significante, sino a localizar el agujero dentro del vacío. Todos estamos en tránsito entre las consistencias. Todos somos “trans”.

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ECF)

Fotografía seleccionada por el editor del blog. (Inés Rau)

Traducción: Joaquín Caretti.


[1] Irving, J., El mundo según Garp, París, Seuil, 1980, P. 407.

[2]Lacan, J., Hablo a las paredes, Paris, Seuil, 2011, págs. 34-35.

[3] Lacan, J., El Seminario, libro XIX, “… o peor”, 17.

[4] Rau, yo., Mujer, París, Flammarion, 2018.

[5] Ibíd.

[6] Ibid., p. 20.

[7] Ibíd., p. 21.

[8] Ibíd., p. 22.

[9] Ibíd., p. 23.

[10] Ibíd.

[11] Ibid., p. 28.

[12] Ibíd.

[13] Girard, Q., “Du genre épanouie”, en Libération, 11/23/2018, p. 30.

[14] Rau, yo., Op. Cit., p. 74.

[15] Rau, yo., Op. Cit., p. 52.

[16] Ibid., p. 72.

[17] Ibid., p. 155.

[18] Ibid., p. 157.

[19] Ibid., p. 160

[20] Ibíd.

[21] Ibid., p. 172.

[22] Ibid., p. 175.

[23] Ibid., p. 176.

[24] Ibid., p. 182.

[25] Ibid., p. 219.

[26] Ibid., p. 226.

[27] Ibid., p. 319.

[28] Ibid., p. 325.

[29] Ibid., p. 326.

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