Feminismo y Transactivismo, ¿en la misma lucha?

María Paz Rodríguez Diéguez*

Vine a vivir a Francia en 2008 en busca de una formación psicoanalítica y feminista, dos disciplinas que no encontré en la universidad durante mis estudios de psicología en España. Encontré mi templo en la Université Paris VIII, la única en el mundo que reúne un departamento de psicoanálisis, fundado por Jacques Lacan, y otro de estudios femeninos, pionero en Europa y creado por la escritora Hélène Cixous. 

El contexto histórico que permitió tal milagro fue Mayo del 68, que acarreó, entre otras consecuencias, el nacimiento de la Université de Vincennes[1].

Sin tener conciencia de ello en un primer momento, se podría decir que vine a Francia para poder aceptar haber nacido hembra. El psicoanálisis, y sobre todo la experiencia analítica personal, me han permitido varias cosas esenciales en mi vida: lo primordial, reconciliarme con mi madre, poder ir más allá del estrago, y por otro lado –y no menos importante–, tener el cuerpo que poseo, valorarlo y dejar de odiarlo. El feminismo me permitió vivir plenamente mi sexualidad sin juzgarme, y descubrir que hay una serie de derechos fundamentales que las mujeres corremos el riesgo de perder en todo momento, y es por esa razón que no hay que ceder ni un ápice.

Nacer hembra significa que de entrada te van a repartir unas cartas con las que apostar al póker, pero sabes que o se cambian las reglas del juego, o jamás podrás obtener una escalera real. En definitiva, no tienes nada que perder, pero tampoco gran cosa por ganar.

Nacer niña implicaba que “debes ayudar” a tu mamá con las tareas del hogar. Nunca olvidaré a los payasos de la tele y su emblemática canción “Lunes antes de almorzar, una niña fue a jugar, pero no pudo jugar porque tenía que planchar”. El resto ya lo conocéis, ese superyó franquista “Así planchaba, así, así…”, que os puedo asegurar que a pesar de los años de análisis aún me persigue cuando me toca coger una plancha.

Ser niña significa no poder volver sola a casa por miedo a ser violada o matada. Hubo un caso en Granada que marcó a toda una generación. Se trata del “violador de la Alhambra”, y su víctima más mediática fue una niña de mi colegio. Tenía demasiadas cosas en común como para no identificarme con ella: la misma “seño”, los juegos en el patio de recreo, el mismo uniforme, vivíamos en la misma plaza… y ese hombre que hoy día se pasea a sus anchas por las calles de la ciudad[2] la mató con tan solo nueve años. Aixa,  a ti tampoco te olvido.

El psicoanálisis me ayudó a liberar una palabra hasta aquel momento reprimida, no escuchada en ninguna otra parte, permitiéndome desidentificarme de ciertos significantes amo que habían marcado mi existencia. Libre de identificaciones, el analizante es capaz de dirigirse sin miedo hacia su deseo, darle un lugar y asumirlo. Recuerdo una de las sesiones con mi analista en la que terminé exclamando extrañada “Pero entonces… ¿el psicoanálisis es un dispositivo feminista?”, a lo que él respondió enérgicamente “Mais, oui!”, replica que me hizo reír mucho.

Como podréis constatar, el recorrido que atraviesa una mujer para llegar a habitar el cuerpo en el que nació es arduo, y en mi caso pasó por un exilio, pero sobre todo por el análisis.

Desde hace unos años, constato con pavor que el llamado movimiento transactivista quisiera silenciar aspectos fundamentales de la condición femenina. Y no hablo del postizo femenino, de la mascarada que este movimiento encarna con tanto desparpajo, sino de lo que el psicoanálisis nos enseña, que para una mujer no se trata de lo que se tiene, sino de lo que no se tiene (es decir, de su falta en ser[3]).

He dejado de lado el círculo en el que militaba por la existencia de tabúes y debates que no PODEMOS tener. No-se-puede hablar de cosas tan elementales como tener la regla, el embarazo, el parto y la violencia obstétrica que a veces conlleva, o la maternidad, para no herir los sentimientos más sensibles de las “mujeres trans” que no tienen vulva, y que por cierto no consideran una condición necesaria para SER mujer (ya que no se trata de un “creo que soy mujer” neurótico, sino de una certeza). No-se-puede hablar tranquilamente con la policía del lenguaje inclusivo, ya que vienen a ponernos la multa al más mínimo “todas” que se te escapa, porque POR DIOS, cómo se te ocurre no decir todes, que es mucho más progre y acertado para representar a las mujeres trans. Y como te dé por decir que este lenguaje no te representa y que para ti no tiene sentido borrar a las mujeres…. Prepárate que llega la inqueersición a tratarte poco menos de tránsfoba, cuando no de hereje.

Hace poco vimos en Twitter cómo la procesión del coño insumiso fue denunciada no sólo por la asociación de abogados cristianos, sino que se unieron a este agravio los colectivos islámicos y queer[4]. El dogma trans arrasa con todo lo que reenvíe a la vagina, porque consideran que eso las oprime por no sentirse representadas. Pero el hecho de no pertenecer a un grupo no es sinónimo de opresión, y digo esto en respuesta al último video de Irantzu Varela, la representante máxima del Tornillo, el micro espacio feminista de la Tuerka[5]. En él habla de la Ley Trans, y se burla de las feministas españolas como un vulgar machirulo, denominándonos privilegiadas y de manera peyorativa CIS, como si hubiese una voluntad por nuestra parte de excluir a los transexuales. La youtuber parece haber vendido su alma al establishment, y nos hace un flaco favor con su ironía. Al igual que Paul Preciado, el transactivista queer que se define así mismo como el “monstruo anti-sistema”[6], acaba de venderse a Gucci (quizás necesitaba el dinero para su apartamento en Urano).

Para finalizar y responder a la pregunta que abría mi reflexión diré que NO, no compartimos la misma lucha las mujeres y los transexuales, y diré que NO, no van a conseguir hacernos callar, porque tenemos muchas cosas que decir sobre la ley trans, y que además seguimos de cerca el ejemplo argentino, donde la ley trans lleva en vigor desde 2012 y está teniendo graves consecuencias en la clínica con niños que no se sienten bien en el cuerpo en el que nacieron, y además porque a pesar de esta ley tan “feminista” que nos intentan colar ahora en España, las mujeres argentinas siguen sin obtener uno de los derechos fundamentales para su emancipación, como es la ley del aborto y el poder decidir sobre su maternidad. Es urgente que la voz feminista resuene en España, y quiero hacer especial mención a la Confluencia del Movimiento Feminista[7] que se ha creado para defender nuestros derechos y contra el borrado de las mujeres que ciertas teorías misóginas, como la del “sexo sentido”, quisieran operar en nuestra legislación.

Terminaré con una frase de Simone de Beauvoir: “No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, deberéis permanecer vigilantes toda vuestra vida”.

*Psicóloga. Socia de la sede de Granada de la ELP.

Fotografía seleccionada por el editor de blog.


[1] Existe un documental fantástico de Arte llamado Vincennes, l’université perdue, muy recomendable para comprender la envergadura de lo que este movimiento estudiantil supuso en Francia.

[2] https://www.ideal.es/hemerotecadegranada/asesino-luna-llena-20171030125357-nt.html

[3] Jacques-Alain Miller, La naturaleza de los semblantes, 1992 Paidós, p.170

[4] https://twitter.com/Unaenshock/status/1331517109738868738

[5] Programa televisivo dirigido por Pablo Iglesias desde 2010.

[6] Así se definió frente a una asamblea de psicoanalistas en Paris en noviembre de 2019.

[7] http://movimientofeminista.org/

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