Voces de la nada: Althusser y los aparatos ideológicos de estado

Oriol Alonso Cano*

Vivimos en un mundo presuntamente posideológico. Teóricamente vivimos en él desde la irrupción de la perspectiva posmoderna y de la materialización de diversos acontecimientos económicos y políticos, en las últimas décadas del siglo pasado, y que hacen de cualquier planteamiento o aproximación ideológica un discurso escrito con tinta ya muy desgastada y que persigue unos objetivos absolutamente anacrónicos. Nos movemos en un mundo (occidental) pragmático, utilitarista, descarnado, en el que tenemos que responder de la forma más factible posible a los diferentes embates y encrucijadas que nos plantea en todo momento y que, en muchos casos, son de naturaleza completamente heteróclita. En una realidad como la nuestra, en consecuencia, la ideología tendría que estar sepultada en las desvanes de los conceptos desgastados tanto por el futuro alocado de los tiempos como por su compulsiva utilización a lo largo de los últimos 150 años (sobre todo a partir de finales del siglo XIX). No obstante, y si miramos las cosas con cierto detenimiento, se observará que no hay discurso más ideológico que aquel que niega la actualidad y validez de la ideología. Realmente, hay ideología en todas partes. Familia, escuela, medios de comunicación, política, relaciones personales, emociones… están vertebradas por la ideología. Por ejemplo, cuando a nuestros pequeños y pequeñas se les pregunta, durante sus primeros pasos en la enseñanza primaria, qué quieren ser de mayores, responden a la pregunta, de forma más o menos simpática e ingenua, nombrando una profesión determinada. En este punto se está produciendo una operación ideológica crucial y perversa que identifica su ser con la actividad productiva que ejercerá en el sistema en el que se encuentra (el capitalista), es decir, asimila su manera de ser en este mundo (que implica toda una serie de aspectos emocionales, vitales, existenciales, etc.) con el trabajo, la función productiva que ejercerá en el engranaje económico-productivo. Así pues, se hibrida su ser con la (futura) funcionalidad sistémica, lo que, en definitiva, es bastante perverso. Es solo un ejemplo, quizá pueril y poco tangible para algunos, pero absolutamente esclarecedor sobre la vigencia de la ideología en nuestro quehacer diario. Podríamos proporcionar muchos otros ya que la ideología sigue estando, como la carta robada, más presente y visible que nunca a pesar de su teórica desaparición.

¿Cómo es posible horadar la membrana ideológica que nos recubre, mejor dicho, que nos asfixia, en nuestra cotidianidad? Con Marx se produce el primer gran intento de, por un lado, identificar la ideología con las perversiones del sistema (esto es así ya que, antes de Marx, la ideología se encuadraba en la epistemología y se definía como la teoría de las ideas proporcionada por el sensismo de finales del siglo XVIII) y, por otro, buscaba tipificar su funcionamiento y posible desvelamiento. Porque la lógica de la ideología sigue, en cierta manera, la estructura del velo: es una realidad que recubre, encubre el auténtico estado de las cosas según Marx, ofreciendo consiguientemente una visión adulterada de la estructura que se pretende legitimar y perpetuar. Velo que apunta, sin embargo, a la dimensión imaginaria del sujeto para ofrecer la falsa representación que (nos) hacemos de la realidad. Y es que esto es así porque (según Marx) habría un dualismo fundamental que gobierna el funcionamiento histórico y social en general: por una parte, estaría la infraestructura, que está constituida por la fuerza productiva y las relaciones de producción que se establecen entre los diferentes actores sociales (y sostenida, en último término, por la lucha de clases) y que además dictamina, condiciona mejor dicho, todo un conjunto de fenómenos que le sirven de mascarada, así como legitiman su entidad y presencia. Derecho, escuela, universidad, medios de comunicación, formas de socialización, etc. fenómenos y realidades que configuran la superestructura, es decir, todas aquellas entidades que buscan velar y justificar el modo de producción existente. Dentro de este entramado de realidades, entidades, instituciones que constituyen la superestructura, la ideología juega un papel fundamental ya que se encargaría de modelar la experiencia de cada sujeto impidiendo apreciar la verdadera dinámica social de lucha de clases que la estructura.

Hay algo de idealismo platónico y fenomenalismo kantiano en el discurso marxista, tal como se puede apreciar si se hace una lectura atenta y no centrada en la ortodoxia de su discurso. Siempre hay dualidad de experiencias, una ficticia y otra auténtica, una encubridora, otra solvente, y, en cualquier caso, de lo que se trata es de hacer el tránsito que nos permita pasar de la ficción a la realidad plena (en Platón a través de las cuatro vías de conocimiento Eikasia, Pistis, Dianoia y Noesis, y en Kant a partir de la conjugación de la experiencia estética con las perspectiva epistemológica y práctica). No obstante, lejos de caer en visiones simplistas, la cuestión de la ideología es mucho más compleja que el simple dualismo de viejo cuño, tal como la definen muchos discursos contemporáneos como los de Mannheim, Gramsci, Adorno, Althusser, Pêcheux, Eagleton, Jameson, Sloterdijk, entre muchos otros. Interesante, en concreto, es la visión que proporciona Althusser en su texto Ideología. Aparatos ideológicos de Estado, ya que, por primera vez, se penetra en la dimensión imaginaria de la experiencia ideológica y desentraña sus implicaciones en la sujeción individual en el desarrollo del sistema capitalista.

Para Althusser, la reproducción social depende en buena medida de la reproducción de las condiciones de producción. Es decir, si no se reproducen las circunstancias que posibilitan los modos de producción (propiedad privada, distribución desigual de la riqueza…) la sociedad entrará en una importante crisis de legitimación que, en última instancia, la conducirá a una más que probable quiebra. Ahora bien, reproducir las condiciones de producción significa, en primer lugar, que se tiene que replicar la fuerza de trabajo y, en segundo término, diseminar las relaciones de producción. Tanto fuerza de trabajo (es decir, todas las capacidades físicas y mentales de los sujetos) como relaciones de producción estructuran las condiciones básicas de producción desde la mirada marxista. Por lo que respecta a la replicación de la fuerza de trabajo hay diversas vías para llevarlas a cabo. Por ejemplo, a partir del salario o de la enseñanza de “habilidades” a través de la escuela o de otros espacios formativos, y que garantizan la entrada y adecuación del sujeto a la división del trabajo, la fuerza de trabajo se va reproduciendo a lo largo de generaciones y generaciones. No obstante, esta reproducción, sobre todo a partir de las dos operaciones citadas, se sostiene, en última instancia, por un doble mecanismo de sumisión: por un lado, la fuerza de trabajo se tiene que someter sin aspavientos al orden preestablecido y, por otro, esta sumisión tiene que reproducirse a través de los sujetos y las generaciones. Y estos dos fenómenos de garantía de sumisión se producen únicamente mediante el ejercicio más o menos velado de la ideología dominante. Dicho con otras palabras, la replicación de la fuerza de trabajo depende de la sumisión del sujeto a la ideología imperante. Sumisión sutil, invisible, silenciosa, pero sea como sea ya la tenemos aquí, y hemos detectado una primera grieta por la que se cuela la realidad ideológica. En concreto, será la arcilla que da forma a los diferentes elementos que marcarán la sumisión de la fuerza de trabajo al sistema en el que se encuadra. Sumisión, y su reproducción, en consecuencia, están garantizados por la ideología.

Hemos visto, por lo tanto, lo que pasa con la fuerza de trabajo. Veamos lo que ocurre con las relaciones de producción. En este punto Althusser dará un rodeo para recurrir, por una parte, la teoría especular de Marx (infraestructura y superestructura) y, posteriormente, abordar la cuestión del Estado. Es importante, especialmente, este segundo punto para apreciar la ideología en toda su intensidad y en todos sus matices. En primer lugar, Althusser describe el Estado apuntando a la tesis marxista y anarquista de que es una máquina represiva que permite, a su vez, la perpetuación de la explotación de los sujetos. El Estado es un mecanismo coercitivo, violento, opresivo, que contribuye a la legitimación de las condiciones de desigualdad y de explotación social. No obstante, Althusser no acaba de ver clara esta perspectiva ya que margina muchos otros aspectos del Estado que van más allá del uso indiscriminado de la violencia (sea física o simbólica). Por este motivo, más que hablar de mecanismo, de engranaje, de maquinaria, Althusser hablará de aparato y, como tal, el Estado tendrá un funcionamiento mucho más complejo y heterogéneo que el de la simple represión: por un lado, evidentemente tendrá una dimensión coercitiva, represora, opresiva, claustrofóbica, aniquiladora, pero, de otro, y quizá más importante que el primer aspecto, es que tendrá un horizonte mucho más sutil, perverso, implacable y eficaz.

Ahora bien, antes de penetrar en ellos, Althusser destaca que hay que diferenciar claramente el aparato de Estado del poder de Estado. Son dos cosas diferentes a pesar de que se relacionen obviamente. Una cosa es el poder, la dominación y los mecanismos de subordinación, y otra muy diferente los dispositivos en que se entrega, justifica, defiende, desvía… esta dominación. El Estado tiene sentido concretamente en función del poder, del mando (y por eso uno de los aspectos cruciales de la lucha de clases será la toma y conservación de este poder). El aparato, por su parte, puede facilitar, retardar, complicar, coadyuvar… a su consecución y mantenimiento, de la misma manera que las clases que obtienen y se asientan en el poder, utilizan los aparatos de Estado para (intentar) legitimar su posición. En todo caso, poder de Estado y aparato(s) de Estado son dos aspectos que configuran la realidad estatal y que tienen que delimitarse al tratar aspectos diferentes.

Más allá de esta distinción, la cuestión del aparato de Estado es fundamental para abordar el funcionamiento de la ideología. Como se comentaba antes, la visión del Estado en Althusser es mucho más compleja que la marxista o la anarquista ya que habrá diferentes engranajes que lo convertirán en algo más eficiente y perverso: por una parte, emplea la violencia, sea física o simbólica, para garantizar su predominio y la consecución de sus objetivos. Por eso, se podría hablar mejor de A(R)E (Aparato Represivo de Estado) que no de AE (Aparato de Estado, designación final de Althusser) porque su naturaleza es absolutamente coercitiva y opresiva. Por otro lado, vemos que hay un dominio que se inscribe desde el silencio y donde el engranaje es mucho más complejo, lábil y, además, tiene una eficiencia mucho más poderosa que la represiva. En particular, este es el dominio de los Aparatos Ideológicos de Estado (AIE), los cuales, a su vez, operan a través de la ideología dominante. Como su propia designación indica, hay diversos AIE (en concreto 7: escolar, familiar, jurídico, político, sindical, información-comunicación, cultural), lo que hace que se diferencien radicalmente del A (R) E, que es único. Sólo hay un aparato represivo de estado, concretamente el que ejerce la violencia, mientras que hay una pluralidad de AIE desde los cuales se establece y disemina la ideología dominante. No obstante, esta no es la única diferencia. Otra, por ejemplo, es que el aparato represivo tiene mayoritariamente un dominio público mientras que los AIE funcionan de manera privada. Ahora bien, más allá de estas divergencias no hay que caer en equívocos o en simplificaciones. Que haya dos aparatos, y que tengan sus diferencias, no quiere decir que funcionen de manera separada. El Estado, en tanto que aparato, carbura a través de la violencia y la ideología de manera simultánea, opera al unísono a través de la represión y la manipulación ideológica, lo que pasa es que cuando domina uno de los dos aspectos el otro pierde intensidad, se arrincona y tiene lugar de una manera más velada, ejecutándose casi de reojo. Sea como sea, la cuestión crucial es que, a pesar de que domine uno de los aparatos, ambos se dan conjuntamente.

Pues bien, con esta explicación volvemos al punto inicial: a través de los dos mecanismos (represivo e ideológico) se garantiza la reproducción de las relaciones de producción. El procedimiento es aparentemente sencillo: Los A(R)E aseguran, mediante la fuerza, la violencia, unas condiciones materiales determinadas, generando al mismo tiempo el espacio de posibilidad en que los AIE entrarán en juego para legitimar, a través de la ideología dominante, estas relaciones de explotación que se están estableciendo. Es decir, la ideología se escuda en la violencia para poder perpetrarse y diseminarse. Hay cronología, pero también simultaneidad de acontecimientos. Este hecho es importante ya que para Althusser la ideología es la que armoniza el A(R)E con los AIE. La ideología, por tanto, no es ni política ni viene determinada por ella, más bien ocurre lo contrario al ser la argamasa que unifica criterios, dispositivos, prácticas, instituciones… que aseguran la reproducción de las condiciones de explotación. Por eso, los AIE se erigen en un lugar estratégico de la lucha de clases, una lucha que, evidentemente, como motor histórico primordial, sobrepasa los límites de la ideología.

En todos los AIE se da la lucha de clases. Incluso en aquellos que parecen más alejados de la misma, como puede ser el familiar o escolar. Más aún, para Althusser, el AIE predominante (en su contexto, 1969-1970, pero tendríamos que preguntarnos si aún sigue vigente…) será el escolar. Posteriormente, para matizar, junto al escolar añade el AIE familiar, para definitivamente afirmar que la dupla Escuela-Familia es la que acaba sustituyendo la dupla Iglesia-Familia como el mecanismo ideológico preponderante.[1] El AIE escolar es el dispositivo de replicación ideológica más potente por varias razones (configura modelos a imitar, enseña habilidades, comportamientos, etc.) pero la principal es la temporal: desde una edad temprana, niños y niñas de toda clase social se someten diariamente, y a partir de la voluntad (y necesidades) de sus padres, a muchas horas de inoculación ideológica. La escuela, desde los albores del desarrollo infantil, y, a lo largo de muchas horas, días y años, enseña comportamientos, habilidades, emociones, rituales, prácticas… que son, en última instancia, los demandados por el sistema. El objetivo de la educación no es otro que modelar a los niños hasta hacerlos plenamente serviles y dúctiles a las futuras dinámicas de explotación que necesita el capitalismo para persistir como sistema dominante.

Así pues, la ideología es la arcilla que articula los aparatos de Estado, ya sean represivos o bien sean ideológicos y, con esto, contribuye al hecho de que se reproduzcan las condiciones sociales de explotación. Ahora bien, la ideología tiene una naturaleza especial y definida por varios rasgos que son interesantes para observar su operatividad y eficacia. En primer lugar, Althusser afirmará que la ideología, contra lo que puede parecer en una primera mirada, no tiene historia, es una realidad eterna. Es decir, al igual que Freud definía la naturaleza del inconsciente como eterna, la ideología también se caracteriza como tal, en el sentido de ser omnipresente e inmutable. No se trata de que la ideología sea trascendente en la historia, simplemente que depende de ella. Hay que destacar que la equivalencia entre ideología e inconsciente no es casual ni intrascendente para Althusser. Hay una correspondencia y homología fundamental entre inconsciente e ideología que garantiza la eficacia de la segunda en el momento de estructurar posteriormente las fantasías y proyecciones de los sujetos.

Junto a esta equivalencia entre inconsciente e ideología, Althusser comentará que la ideología, además, será la representación de la relación imaginaria que el sujeto tiene con sus condiciones (reales) de existencia. La ideología, a diferencia de lo que creían Marx o Gramsci, no esconde el estado real, fáctico, veraz de las cosas. Si fuese así, como se comentó al principio, caeríamos en un idealismo o en un fenomenalismo enormemente falso. Lo que deforma la ideología es la relación imaginaria entre el sujeto y su entorno. El vínculo queda pervertido y adulterado a nivel imaginario, lanzando al sujeto a una dimensión absolutamente adulterada en su tratamiento con la realidad. El mundo es el que es, lo conozcamos o no, lo que se manipula es la vinculación fantasmática que tengo con él. De aquí, una vez más, la importancia de la correspondencia entre ideología e inconsciente.

Pero Althusser no pretende circunscribir su discurso de la ideología en los estrechos límites de lo imaginario. Evidentemente lo imaginario es crucial para reestructurar la relación que el sujeto mantiene con sus condiciones materiales de existencia, pero no hay que caer en idealismos. Por eso, y en tercer lugar, Althusser establecerá que la ideología tiene una existencia completamente material. Apelando al célebre dictum «reza y entonces creerás», la ideología se encarna en las prácticas que se estipulan desde los diferentes AIE. La ideología no son simples ideas deformadas de la relación subjetiva con la realidad, sino que son actos, rituales, prácticas inscritas y prescritas por las diferentes instancias, dispositivos y agentes que se encargan de diseminar la ideología dominante. Así pues, más que actuar, el sujeto es actuado por la ideología que atraviesa las diferentes instituciones y realidades sobre las cuales se asienta y configura su día a día. Este «ser actuado» evidentemente que es sutil, que se registra desde el silencio de su conciencia, responde a una voz que ha identificado plenamente como suya, aunque realmente no sea así. Hay identificación, creencia, adhesión plena y, por eso, sentimiento de libertad de actuación (a diferencia de lo que posteriormente establecerá Sloterdijk y la necesidad de establecer una distancia cínica). No hay imposiciones, obligaciones, demandas, el sujeto se siente absolutamente libre de ejecutar los rituales que lleva a cabo en su día a día.

Libertad del sujeto a obrar tal y como lo hace. Sujeto liberado, en definitiva. Y es en este punto donde llegamos a un aspecto clave. En todo momento, cuando se hace referencia al discurso ideológico, se está hablando de sujeto y eso es así porque su función primordial, según Althusser, es interpelar a los individuos concretos e inconmensurables como sujetos. En realidad, la categoría de sujeto es la categoría constitutiva de la ideología. El ser humano es un animal ideológico, en el que la ideología interpela, desde siempre, al individuo particular como sujeto concreto. El procedimiento es eficaz. A través de la interpelación, el individuo reconoce la llamada del Sujeto (del Otro). Hay reconocimiento, primero, en el sentido que escucha la llamada, reconoce que va dirigida a él y, finalmente, se reconoce a sí mismo como sujeto específico que es reclamado y legitimado definitivamente por el Otro. El Otro, el Sujeto como escribe Althusser, me reclama y me legitima como sujeto. Ahora bien, no hay únicamente este reconocimiento singular, sino que el procedimiento de reconocimiento se multiplica, como mínimo, por tres: entre el sujeto y el Otro, entre los sujetos y en el propio sujeto. Incluso el Otro se ve reconocido como gran Otro legitimador (esto se ve claro cuando domina el AIE religioso) en el proceso. El individuo oye la llamada, la escucha y se identifica como sujeto. En el momento en que se reconoce, entra en el desconocimiento esencial que implica la interpelación ideológica. Hay una reciprocidad entre reconocimiento y desconocimiento. Me reconozco como sujeto desconociendo lo que hay más allá de la lógica de la explotación, al ignorar la existencia previa e independiente del individuo respecto al proceso de subjetivación que lleva a cabo el Otro.

No obstante, es difícil escapar de este proceso de subjetivación. Incluso parece improbable ya que, en tanto que la ideología es eterna, «siempre-ya» habrá interpelado al individuo como sujeto. Es decir, los individuos, de facto, son siempre-ya sujetos, tal como se demuestra en el hecho que el nonato, incluso antes de nacer, ya es sujeto al darse una constelación familiar determinada y, con esto, una configuración ideológica que penetra en ella y la define esencialmente.

Como resultado de todos estos componentes de la ideología, los sujetos funcionan a la perfección (per)siguiendo los objetivos y las metas que establece el sistema (capitalista). En la mayoría de las veces, marchan solos, a excepción de todos aquellos casos de malos sujetos que requieren de la intervención de cualquiera de los dispositivos del aparato represivo en mayor medida, o ideológico de Estado. El sujeto, interpelado por el Otro para que se someta sin replicar y libremente a su mandato, acepta su sujeción. No hay decisión de ningún tipo ni temporalidad en el proceso. El sujeto existe, dirá Althusser, para garantizar su servilismo más o menos explícito al Otro. La ideología, ese mecanismo perfecto, eficaz, solvente de reconocimiento/desconocimiento del sujeto, busca reproducir sus condiciones de explotación: es decir, replicar en todo momento las condiciones de reproducción existentes y, con eso, los vínculos de explotación que se establecen entre los sujetos. Más aún, añadirá Althusser en el post-scriptum escrito en abril de 1970, un año después de escribir el texto: el objetivo de la ideología es garantizar la lucha de clases ya que, en última instancia, la ideología es el resultado de esta.

* Filósofo, escritor, profesor y articulista

Agradecemos la traducción del catalán a Lourdes Sánchez-Rodrigo, Profesora Titular de Filología catalana. Universidad de Granada.

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

Fuente: https://www.ciutatdeleslletres.com/veus-del-no-res-althusser-i-els-aparells-ideologics-destatoriol-alonso-cano/

[1] Es interesante ver cómo Althusser vacila en este punto, afirmando primero una cosa para después matizar y añadir otra. Y finalmente, cuando aborda el análisis del AIE dominante, vuelve a aquello que ha afirmado en primer lugar. Es decir, primero afirma que el escolar es el AIE dominante, pero a continuación añade la familia, justo en el momento en que asevera que la estructura precedente del AIE predominante ha sido la dualidad Iglesia-Familia, y que es ahora sustituida por la dupla Escuela-Familia. Ahora bien, cuando se centra finalmente en desarrollar el AIE predominante de su tiempo, sólo se centra en el escolar. ¿A qué viene incorporar la Familia? ¿Por qué esta ausencia inicial y final? ¿Si la familia es la estructura que persiste en el cambio de predominancia, no será realmente el AIE predominante? Penetrar en esta interesante problemática, y las vacilaciones de Althusser al respecto, nos alejaría enormemente de la economía del texto.

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