España ni roja ni rota

Javier Terriente*

En muy poco tiempo, trabajar en política ha dejado de ser un oficio prestigioso. No son pocos los que opinan que la política es, intrínsecamente, una actividad enfermiza, contaminada por la mentira, la corrupción  y el poder sin escrúpulos. Lo grave es que quienes la perciben  de esa manera, aunque lo hagan de manera sesgada y exagerada, encuentran a veces a su alrededor razones de peso para sentirse ajenos a ella o profesarle un sonoro desprecio.

En todo caso, está bastante extendida una ideología difusa, mezcla de anticapitalismo retórico y patrioterismo rampante, que sitúa en la orilla opuesta al sistema democrático y a sus representantes, cualesquiera que sean los niveles de responsabilidad o su ubicación en el espectro político. De este modo, el apoliticismo antipolítico se ha convertido en un valor de referencia al alza mediante el que se distinguiría a los buenos de los malos españoles.

Cada día son más los que quieren emancipar a España de la esclavitud del Estado democrático y garantista, proclamando su lealtad a los dogmas y tradiciones de la España eterna. Al mismo tiempo, la irrupción de una cultura de inspiración liberal-libertaria, basada en valores individualistas y, a la vez, humanitaristas, se presenta de forma atractiva con un aspecto ambivalente, bifronte, que facilita la penetración de dicha ideología en el seno de la juventud.

La originalidad de esta novísima forma de conservadurismo es su sentido a (o anti) historicista en el ejercicio de una voluntad de poder (u oposición) sin ataduras, o dicho de otra manera, una conducta sectaria “sin complejos” para defender una revisión radical del pasado que le permita reencontrarse con doctrinas y valores pre ilustrados.  

Una interpretación esta, en abierta contradicción con las premisas que conforman el Estado de Derecho, que lamina las fuentes de legitimación de la izquierda en su sentido amplio.

Este retorno no tiene otro fin que el de una refundación ultra conservadora de la sociedad y la transformación del Estado constitucional en un Estado autoritario y privatizado que deserta de los valores laicos para someterse a los dictados corporativos.

Un Estado que renegaría de Europa como espacio común y autónomo de convivencia, para subordinarse a la estrategia del Imperio en el continente y a su estrategia de guerra fría contra sus oponentes políticos en su propio territorio. Véase la campaña electoral de Donald Trump, insidiosa y tramposa, contra los demócratas.

Cuarenta años de aplastamiento de los derechos democráticos dejan secuelas irreversibles en la visión y en el lenguaje de la política. A ello se le une una situación de alarma social artificial provocada por el “todo vale, con todo y contra todos” como arma política, por ejemplo el control abusivo del Poder judicial y del Tribunal Constitucional, las instituciones autonómicas, la inmigración, la escuela pública y laica….

Hay en marcha un nuevo relativismo moral y un olvido programado de las conquistas democráticas, lógica consecuencia de la descalificación de la memoria histórica en cuanto fuente de conocimiento e instrumento de previsión del futuro.

Ha llegado un punto en que el apoliticismo militante se siente cómodo en las filas ultra montanas del nacionalismo tardío, tan entregado como siempre al verbo florido de las banderas al viento y al ripio desmayado de la poesía cuartelera.

Para los que no recuerden, no quieran recordar o no tengan edad para ello, hubo un día no demasiado lejano en que se afirmaba entre los medios ultra conservadores, que era preferible una España roja a rota.

El convencimiento de aquellos “españoles de bien” (los rojos y separatistas no eran/son auténticos españoles) era impedir a sangre y fuego tanto una patria roja como rota, el hecho de que ambas amenazas fueran absolutamente inverosímiles, juntas o por separado, e incluso ajenas al ideario marxista, masón, de los Aguirre y Companys de la época, no evitaba que la omnipresente maquinaria propagandística del Régimen franquista se inspirara en semejantes falsedades como la mejor manera de dar carta de legalidad y legitimidad a la insurrección golpista encabezada por Franco.

Hay un cierto paralelismo argumental aborrecible cuando ahora la dirección del PP se opone frontalmente al gobierno de coalición del PSOE/UP, como una oscura conspiración para explicar su derrota electoral y su obstrucción visceral a cualquier iniciativa de éste. Este Gobierno es ilegal e ilegítimo. Los muros con Vox se diluyen.

No nos equivoquemos. Antes que utilizarla como vía rápida de acceso al gobierno, el empleo de la mentira sistemática busca consolidar un nuevo bloque histórico, con VOX y otros, que reagrupe a todas las fuerzas de derechas, nacionales y conservadoras, generacionalmente entrelazadas no tanto por el amor a España sino por el espíritu de Cruzada antibolchevique y de Reconquista de la Patria en peligro.

Sustitúyase “bolchevique” por “socialista/UP” y “Patria” por “Estado”, y se tendrá la versión actualizada de una vieja estrategia cuyo objetivo no es simplemente ganar las elecciones, sino ir construyendo paso a paso un orden social nuevo regresivo, de abajo arriba, a través de la ocupación de palancas decisivas: Escuela, Justicia, asociaciones cívicas y profesionales…, y de la movilización social permanente.

En esta versión, tan vinculada a los valores del viejo régimen franquista, tan grandiosos son estos ideales que la Constitución se queda estrecha, y tan elevados son, que desde la altura del hombre corriente se vuelven invisibles.

La derecha tiene una pedagogía social definida. Una agenda política férrea y precisa.

La derecha tiene un Plan. Lo ha retomado del ideario clásico de la derecha española irredenta que jamás toleró convivir con sus adversarios y escogió el camino de su destrucción a cualquier precio. Ni desde el poder ni desde la oposición.

¿Y la izquierda? Quizás debería  esforzarse más en el empeño de colocar en  medio de tanta bronca ultra conservadora, alternativas y alianzas verosímiles, progresistas, sobre lo que de verdad interesa a la gente: el empleo, las desigualdades, la vivienda, la calidad de vida, el medioambiente, la integración social, la emigración… Con paciencia y tenacidad.

*Activista político.

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

Fuente: https://izquierdayfuturo.wordpress.com/2020/09/05/espana-ni-roja-ni-rota/

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