Se avecina otro ‘crack’

Grace Blakeley*

 

En las últimas semanas, las bolsas de valores se han recuperado impulsadas en parte por las actuaciones sin precedentes de los bancos centrales más grandes del mundo. En Estados Unidos, el índice Standard & Poors 500 se ha vuelto a colocar donde estaba a principios de año. La recuperación, combinada con la flexibilización de las medidas de confinamiento que se está llevando a cabo en todo el mundo, está generando un gran optimismo entre los analistas del mercado. Desafortunadamente, el panorama no es tan prometedor como parece.

La recuperación del mercado de valores ha sido impulsada principalmente por la actuación de los bancos centrales –y en particular la de la Reserva Federal–. La Reserva Federal ha prometido implementar una “flexibilización cuantitativa infinita”; en otras palabras, no dejará de comprar activos (utilizando dinero recién creado) hasta que se tenga la seguridad de que haya pasado el peligro para los mercados financieros.

Después está la sopa de letras que constituyen los nuevos programas de compra de activos y liquidez que están apoyando a otros mercados. A través del Servicio de Financiación de Papel Comercial (CPFF, por sus siglas en inglés), la Línea de Crédito Empresarial del Mercado Primario (PMCCF, por sus siglas en inglés) y la Línea de Crédito Empresarial del Mercado Secundario (SMCCF, por sus siglas en inglés), la Reserva Federal está comprando la deuda de las empresas privadas, prestando poca atención a su solvencia y absolutamente ninguna atención a su impacto ambiental o historial respecto a los derechos de los trabajadores. Entretanto, el gobierno está apoyando al mercado de préstamos para automóviles, préstamos para estudiantes y bonos municipales a través de programas como el Servicio de Préstamo a Plazo de Valores Respaldados por Activos (TALF, por sus siglas en inglés; primero utilizado después de la crisis financiera de 2008), la Línea de Crédito para Concesionarios Primarios (PDCF, por sus siglas en inglés) y el Servicio de Préstamo a Medio Plazo (MLF, por sus siglas en inglés).

Más importante que comprender los detalles de cada uno de estos programas (la mayoría de los cuales son verdaderamente amplísimos) es comprender lo que significan: el gobierno de EE.UU. está demostrando su voluntad de comprar las deudas de los consumidores, las empresas y los estados estadounidenses para evitar insolvencias y elevar los precios de los activos.

Parece una medida positiva a corto plazo –nadie está sugiriendo que la Reserva Federal debería simplemente permitir que las bancarrotas personales, corporativas, estatales y municipales se disparen–. Sin embargo, también supone un cambio profundo en la naturaleza del capitalismo moderno. Estados Unidos le está diciendo a sus empresas nacionales que, independientemente de la cantidad de deudas que acumulen durante el repunte –e independientemente de con qué fines utilicen esa deuda–, cuando llegue la crisis serán rescatados.

Las repercusiones de este mensaje –que también están enviando muchos otros bancos centrales de todo el mundo– son profundas. Los riesgos de dirigir un negocio se han socializado, mientras los beneficios siguen siendo privados. A las empresas se les permite contaminar, recortar los salarios y evadir impuestos en la búsqueda de beneficios, y además podrán contar con un rescate del Estado cuando las cosas vayan mal. Los inversores están protegidos mientras el público y el planeta pagan el precio. A la larga, la flexibilización cuantitativa infinita simplemente elevará los precios de los activos –incluido el precio de las viviendas–, lo que agravará la desigualdad económica.

El saber que los bancos centrales están dispuestos a hacer casi cualquier cosa por apoyar a sus sectores empresariales nacionales y proteger las fortunas privadas ha impulsado la recuperación del mercado de valores. Los ricos y poderosos saben que, independientemente de lo bajo que caiga la economía real, el Estado estará allí para rescatar de nuevo a los mercados financieros.

Entretanto, los consumidores comunes –por no mencionar muchas pequeñas empresas– han sido abandonados a su suerte. Si bien los datos de empleo que se anunciaban en Estados Unidos la semana pasada eran sorprendentemente positivos [con una creación de 2,5 millones de trabajos], los analistas detectaron rápidamente un error evidente en los números: la mayoría coincide en que el desempleo es de aproximadamente 20 millones, casi el 20 % de la población del país, la cifra más alta en su historia. En el Reino Unido, el empleo se está protegiendo a través del plan de permisos o suspensiones temporales de empleo, pero la mayoría de las estimaciones a mediano plazo prevén que el desempleo podría alcanzar proporciones similares.

Las pequeñas empresas han recibido subvenciones y préstamos, pero no es probable que sean para siempre. Además, solo son un parche que oculta un problema estructural mucho más profundo: el aumento generalizado del endeudamiento empresarial que ha tenido lugar en gran parte del mundo durante los últimos doce años.

Antes de que llegara la crisis, muchos observadores vieron una burbuja en el endeudamiento empresarial de Estados Unidos, y el Reino Unido no le iba a la zaga. Los bancos han advertido al gobierno del Reino Unido que cuando terminen los llamados “préstamos de recuperación”, entre el 40 y el 50% de las empresas podrían encontrarse en situación de insolvencia.

En resumen, la recuperación del mercado de valores nos dice poco acerca del futuro de la economía real. En parte, está siendo impulsada por las acciones concertadas llevadas a cabo por los bancos centrales de todo el mundo para evitar la caída de los precios de los activos. Sin embargo, también es normal ver un repunte en medio de una crisis: a mediados de 2007, los mercados bursátiles se recuperaban mientras los responsables políticos discutían los riesgos asociados al aumento de los impagos de las hipotecas de alto riesgo en Estados Unidos.

Actualmente, la bomba que está a punto de estallar no es el endeudamiento hipotecario, sino el endeudamiento empresarial. Ni siquiera la Reserva Federal podrá salvar a la economía mundial del desastre si una parte significativa de las empresas de EE. UU. –y, de hecho, del mundo– dejan de funcionar al mismo tiempo. Pero eso no significa que no lo intente.

Cuando esta crisis llegue a su fin –lo que es poco probable que ocurra en los próximos 9-12 meses–, previsiblemente los Estados poseerán una proporción importante de los activos de sus economías nacionales. La pregunta a la que se enfrentarán es qué hacer con ese poder: utilizarlo para reconstruir el statu quo o para construir una economía más justa, más resistente y más sostenible.

*Redactor del Tribune.

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

Traducción de Paloma Farré.

Fuente: https://ctxt.es/es/20200601/Politica/32655/reserva-federal-flexibilizacion-cuantitativa-endeudamiento-empresarial-estados-unidos-jacobin.htm

 

 

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