Coronavirus: los límites de la ecología política y el retorno del Estado-nación

Coronavirus: los límites de la ecología política y el retorno del Estado-nación

Jean-Claude Milner*

El linguista Jean-Claude Milner es el segundo invitado de nuestra serie de webminaires “Pensar el Coronavirus”. Una conversación con Alexis Lacroix sobre la mundialización, la ecología, la popularidad de Macron tras la crisis y el antisemitismo en los tiempos del Covid-19.

Como tantos otros países, Francia lleva ya varias semanas en confinamiento. A partir de la sacudida de esta pandemia difícil de controlar, muchos espíritus, incluso muy buenos espíritus, están presentando el COVID-19 y la pandemia como un acontecimiento histórico sin precedentes. Para usted, ¿eso da cuenta de una cierta arrogancia del presente por creer que vivimos algo excepcional?

Efectivamente y en cierta medida así es, porque pandemias ha habido ya en la historia. Recordemos la peste negra, que cambió profundamente la situación económica de Europa y sobre todo la de Alemania, que se vio llevada a una decadencia que duró desde el siglo XV hasta el XVIII e incluso hasta el comienzo del siglo XIX, con muy graves consecuencias. No considero pues que sea un acontecimiento sin precedentes, aunque sí que es el primer acontecimiento de esta amplitud en el espacio del mercado mundial y del capitalismo como forma universal de la economía.

¿Cuál es para usted el vínculo que existe entre la COVID-19 y la globalización? ¿Hay un vínculo entre ellas?

Me parece superficial decir que hay un vínculo con la globalización. Lo que es verdad es que existe un vínculo entre la Covid-19 y lo que ha hecho posible la globalización, a saber: la aceleración de las vías de comunicación. Los transportes aéreos o, como lo señalan algunos epidemiólogos, las vías de circulación rápida, parecidas a una nueva ruta de la seda, que los chinos han puesto en marcha, han tenido y van a tener consecuencias sobre los riesgos de epidemias mundiales. Diré entonces que es el soporte tecnológico de la globalización, más que la propia globalización, la que ha tenido un papel determinante.

Todo el mundo constata que, desde hace unas semanas, los jefes de Estado, los presidentes de la República, los Primeros ministros, han dado un paso al frente para justificar sus iniciativas ante las poblaciones de las que son responsables. Hay entonces desde ese punto de vista de la lucha contra la pandemia, un verdadero retorno de lo político. ¿Qué análisis hace de las modalidades de este retorno de lo político en Francia bajo la dirección de Emmanuel Macron, presidente de la República?

En términos generales, diré que es más bien el retorno del Estado-nación, también en un país como China donde no había esa tradición. Mediante los medios tecnológicos que facilitan la rápida circulación de la información, China está adoptando un modo de funcionamiento del tipo de Estado-nación. Es evidente que en Francia, donde el Estado-nación ha sido de alguna manera un motor histórico desde finales de siglo XVI, encontramos esta forma de manera casi “espontánea”. De manera llamativa, se invocan dos aspectos mayores: de una parte, el Estado protector y, de otra, el Estado preventivo que se suele llamar Estado estratega. Se lo ha visto muy bien a propósito de las mascarillas que juegan un papel esencial en la protección: su equipamiento no estaba previsto como debería haberlo estado. Los reproches dirigidos al Estado se resumen en dos quejas: no ser lo suficientemente protector ni tampoco ser lo suficientemente estratega. Por eso es importante interpretar esas quejas. En la melodía de las protestas que vemos en las redes y en los medios, se abre paso una demanda: una demanda de Estado.

Volveremos a esta cuestión del Estado para detallar las modalidades del retorno o del despertar. Pero antes planteemos una cuestión de orden global. Hace algunos años, se emitieron algunas alertas, sobre todo por parte de la CIA, en cuanto a la posibilidad de grandes epidemias susceptibles de afectar al conjunto de los países del planeta. ¿Por qué no se han tenido en cuenta estas alertas de los servicios secretos americanos?

Tomemos una desviación. Cuando la gripe H1N1, el reproche fue más bien el de hacer de más y muchos gobiernos, incluido el de los Estados Unidos, que está en contacto directo con la CIA, han estado obsesionados por la ansiedad de no parecer que hacían de más –y empleo la palabra “ansiedad” porque esta ha sido la palabra clave de estos últimos años: no ser ansiógeno. Lo hemos visto muy bien en Francia, incluso en sujetos que no tenían nada que ver con las epidemias: no ser ansiógeno, ha sido la consigna tanto en la salud en general como en la economía, como también en el terrorismo y la delincuencia. Cualquier alerta era acogida como una especie de footnote, de nota a final de página: “De acuerdo, pero no hay que ser ansiógeno.”

Usted mismo ha pronunciado palabras irónicas a propósito de todas las Casandras.

Históricamente, se trata en efecto del caso Casandra. Casandra preveía exactamente lo que iba a pasar y nadie la creía. Veamos la lección: nadie la creía porque era demasiado desesperante admitir que ella tuviera razón. Además, hay Casandras de postureo, de falsos profetas. Así pues, no todas las Casandras son Casandra.

A este propósito, con este retorno de las Casandras, de las Casandras válidas, de las Casandras que no están en el postureo, ¿asistimos al mismo tiempo al debilitamiento de las figuras de lo que llamaríamos los intelectuales de la teodicea liberal? Sobre todo, pienso en los que han profetizado el famoso “fin de la historia”. ¿Estaríamos asistiendo al fin del fin de la historia?

Los primeros teóricos del fin de la historia fueron ya desmentidos por el 11 de septiembre, que no tuvo nada que ver con las epidemias. El terrorismo de las Twin Towers es una actividad estrictamente humana en la que se pueden identificar elaboraciones teóricas, planificaciones prácticas, actores. Por oposición con el terrorismo, en las epidemias nos las tenemos que ver con lo que hay de opaco en la naturaleza; nadie piensa, y en todo caso no debería pensarlo, que podemos dirigirnos al virus tratándolo como un ser dotado de razón o de voluntad. No tiene malas intenciones. No se puede negociar con él. Por eso el lenguaje de la guerra no debe ser empleado sin salvedades.

Este tipo de lenguaje le concede demasiada intencionalidad a un virus que por definición no la tiene.

Exactamente. El virus no es un enemigo con el que podríamos, si llegara el caso, llegar a acuerdos o hacer concesiones. En este caso nos las vemos con la naturaleza. Que ahora aparece más bien como un poder inquietante e indomable, tras una serie de años en los que la naturaleza ha sido casi santificada, presentada a la vez como salvadora y como una especie de víctima a la que los hombres atormentan.

Es la figura de la naturaleza como Némesis.

Salvo que Némesis está animada de intenciones. No, lo que se nos presenta hoy es una figura de opacidad absoluta que zanja de manera brutal, aunque no haya terminado del todo, con el periodo en el que se nos ha presentado la naturaleza como transparente para ella misma. Me llama la atención, en este tema, la actual total desaparición de lo que podemos llamar la ecología mediática.

Volveremos más tarde a esta cuestión de la ecología. Quedémonos todavía en la cuestión del Estado, en el retorno de la forma estatal que usted acertadamente señala. Algunos sugieren, entre las cosas que se escuchan hoy en día, que habría un vínculo entre la difusión ultrarrápida de esta pandemia de la COVID-19 y el proceso de electrificación de la Tierra que se sigue y se intensifica con la nueva red numérica del G5 que va a envolver la Tierra. ¿Usted piensa que son hipótesis cogidas con pinzas o bien piensa que los científicos debieran tenerlas en cuenta, aunque con todas las reservas requeridas?

Reitero lo que me parece un mínimo, es decir, la circulación de las personas o, más en general, de los seres vivos. Los agentes de la pandemia, o más exactamente, los que la soportan, no son las piedras, no son las materias inertes; son los seres vivos. La sombra proyectada de la vida es la enfermedad y la muerte. Tal y como lo plantea Edgar Pisani en los años 1970: “Llegará un día en el que sea cual sea la distancia entre dos puntos del planeta, encontraremos el modo de recorrerla en un cuarto de hora”. Estamos poco más o menos en este estadio; los medios técnicos permiten cubrir distancias planetarias en un tiempo extremadamente reducido; los seres vivos, ya sean humanos o animales, pueden ser transportados a una creciente velocidad; todas las formas de vida van a esparcirse a esta velocidad cada vez más grande y entre estas formas de vida hay que incluir las patologías. Tal y como lo dije en su momento, lo que aquí está en cuestión no es la forma económica que llamamos globalización, sino la circulación de los bienes y de las personas. Antes de la epidemia no había fronteras cerradas, como lo estaba la frontera del telón de acero en la Europa continental o la China de Mao Tsé Tung. Había excepciones por supuesto, como la de Corea del Norte, pero justamente las excepciones confirman la regla. Esta regla de antes de la epidemia se sostenía en dos apartados: por un lado, la circulación enormemente rápida de bienes y personas es técnicamente posible y no parará de acelerarse; por otra parte, incluso aquellos que condenan verbalmente este proceso, se comportan de facto como si esto no debiera tener un final. Lo que quiere decir que su condena verbal es sólo verbal y que objetivamente están por adherirse al proceso. ¿Va a cambiar la epidemia la regla en una o en las dos partes? No lo tengo claro.

Para volver a la cuestión del Estado, la celebre teoría del Leviathan de Hobbes sostiene que el Estado sería una especie de habitáculo que protege a la vida humana de los golpes de la suerte y sobre todo de los de la naturaleza. A la luz de la Covid-19, ¿esta teoría le parece más actual que nunca?

Dejemos de lado la figura de Hobbes porque no pensaba así la naturaleza.

Hobbes sí pensaba en la violencia intrahumana

Sí, eso sí. Prácticamente desde los orígenes de la forma estatal –hablo a partir de la autoridad de los antropólogos, que no están de acuerdo entre ellos, pero eso no importa—la cuestión de la protección o, para decirlo en términos de Marguerite Duras, de la “barrera” frente a los fenómenos naturales, ha sido desde siempre la justificación aducida por los Estados. Desde hace tiempo, se incluyen las epidemias entre las catástrofes naturales. Creer que hay una diferencia radical entre un terremoto y la peste es una idea que surgió con las Luces. Voltaire quedó impresionado por el desastre de Lisboa, un terremoto estrictamente aleatorio para él; no pensó lo mismo de la peste en Marsella porque para él la peste no depende íntegramente del azar. A la inversa, en el Imperio chino, la emergencia de una peste o de una epidemia era considerada como el signo de que la potestad celestial le había sido retirada al emperador –y pasaba lo mismo con los seísmos o las inundaciones. Podemos admitir que la demanda dirigida al Estado sea siempre la misma y en todos lados: “En caso de catástrofe, hagan lo que haya que hacer”, aunque puede que varíe el discurso acerca de lo que hay que hacer. Generalmente, en Francia y en los países europeos, en caso de epidemias nos volvemos hacia los científicos y los médicos –científicos y médicos no son siempre la misma cosa–; porque los Estados están marcados a este respecto por el movimiento de las Luces. En otros países, en otros tiempos, se pedían a los Estados una serie de gestos de tipo mágico o de tipo religioso. Consideremos la demanda que nos parece más legítima a nosotros, Europeos u Occidentales: para el Estado, hacer lo que tiene que hacer, proteger y prever; pero esta demanda no tiene nada de universal.

Hace tiempo que usted predijo el agotamiento del paradigma supranacional, posnacional. ¿De alguna manera le parece que ahora también estamos ante el final del neoliberalismo del consenso de Washington, pensado por los economistas reeganianos de los años 1980?

Es claro que las formas supranacionales han hecho el ridículo.

¿Ridículo?

Ni hablemos del tema, tratándose de Europa. Si el ridículo matara, hace tiempo que estaría muerta. Esto no es nuevo. Tomemos la OMS, por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud. La cuestión no es la de saber si el presidente Trump tiene o no razón. El simple hecho de que se pueda sospechar que la OMS se ha comportado de manera demasiado favorable al gobierno chino a propósito de una pandemia de origen chino, ese simple hecho muestra bien que, como sucede a menudo, una de dos: o bien lo supranacional es verdaderamente supranacional y entonces no pasa nada (lo acabamos de ver con Europa y su política económica postepidemia), o bien lo supranacional es falsamente supranacional y entonces lo que tenemos es una organización sensible a los particulares intereses nacionales, tal y como ha sido el caso de la OMS. En lo que se refiere a la propia epidemia, los diferentes países de Europa se han comportado a la manera clásica: cada uno ha evaluado las propias dificultades y las ha gestionado conforme al modelo de preferencia propio. Suecia ha elegido el mismo tipo de solución que había llevado a cabo en las dos guerras mundiales: mantenerse aparte del resto del mundo, preservar su prosperidad interior, aprovechar el carácter disperso de su población, ignorar con soberbia la suerte de las comunidades no escandinavas que viven en su suelo y presentarse como el parangón de la perfección social. Por su parte, la Italia del Norte ha reencontrado la lógica de las ciudades-Estado –Milán ha mirado por Milán, Bérgamo ha mirado por Bérgamo, etc.—Francia se ha vuelto una e indivisible, al mismo tiempo que denunciaba, a escondidas, al Estado del que esperaba todo. Alemania ha enarbolado su modelo federal y ha conseguido hacer pasar sus insuficiencias globales como logros en los detalles. Los Países-Bajos han vuelto a su tradición calvinista: Dios (o el azar) elegirá, sin hacer excepción de nadie.

En su opinión, ¿se perfila ya el contorno del mundo de después, del mundo que va a emerger de esta prueba de la COVID-19?

No estoy seguro, ya que podemos imaginar que va a haber algo de modulación; no imagino que puedan desaparecer las retóricas supranacionales, al mismo tiempo que los egoísmos nacionales podrán dejar de disimular. Por decirlo de otro modo, no veo que la hipocresía ponga fin a su reinado.

¿Y vamos hacia un mundo económica, tecnológica y espiritualmente, más relocalizado, un poco más vuelto a territorializar, en comparación con los últimos veinte o treinta años de la “globalización feliz”?

Creo que efectivamente se va a emplear ese lenguaje, aunque más no sea que por una sola razón: la recesión. Aunque, sin hacer predicciones, me sorprendería que no se llegase a la enésima tentativa de síntesis entre el liberalismo económico y el discurso estatal. Después de todo, sobre este tipo de síntesis se ha construido Alemania y su “milagro” de 1945 y su reunificación tras la caída del muro. Tal vez sea la solución alemana la que se imponga, es decir y para decirlo en términos técnicos, lo que se llama el ordo-liberalismo que se basa en la competencia y en las instituciones estatales que la protegen. Para Francia, esto sería una novedad. El debate a este propósito ya ha comenzado entre los modernos (hacer pasar el modelo alemán, incluyendo sin nombrarlo, la preferencia nacional por el sistema de protección de la competencia) y los antiguos (volver a poner trabas al capitalismo del CNR mediante planificaciones estatales, nacionalizaciones e intervenciones proteccionistas, etc.)

En este ordo-liberalismo, que en la tradición política alemana denominan capitalismo renano, ha habido y hay un importante lugar para la ecología política en las coaliciones gubernamentales y en los escalones de la gestión local, en las ciudades y en las regiones. En Alemania, Daniel Cohn-Bendit y otras muchas personalidades políticas representan la ecología política. A su parecer, ¿esta nueva síntesis entre estatalismo y liberalismo podría a escala europea producir un retorno potente de la ecología política?

Todo depende de la forma que tome esa ecología política. La ecología política tiene detrás una larga tradición en un país como Alemania, y ha sido de alguna manera absorbida o ha deseado ser absorbida por el modelo de constante negociación propio al funcionamiento del sistema alemán. En Francia, la ecología política se ha dejado absorber o a deseado ser absorbida por el modelo francés, a saber: se empieza por el conflicto y la negociación es siempre una forma de salir del conflicto. Mientras que en el modelo alemán la negociación está para impedir el conflicto, en el sistema francés la negociación, tras un conflicto prolongado, es lo que se llama “salir por arriba”. En Alemania eso de “salir por lo alto” no existe porque hay que estar dispuestos desde un principio a la búsqueda de un acuerdo. Estas dos ecologías políticas, la francesa y la alemana son infinitamente diferentes. Alguien como Yannick Jadot, por ejemplo, sostiene un discurso de protesta que no se parece en nada al discurso de gestión que la ecología política alemana ha terminado por sostener. ¡Piense que los Verdes alemanes han llegado a proporcionar un ministro de Exteriores! Algo impensable en el sistema de la ecología política francesa tal y como se la concibe en la actualidad. No se puede incluso hablar de manera global de la ecología política sin referirse a estas diferencias de funcionamiento de los sistemas políticos. El sistema político francés reposa sobre el principio de que lo primero es el conflicto; el conflicto es antes en el tiempo y en la visión del mundo. El sistema político alemán reposa sobre el principio de que primero es el compromiso; si hubiera conflicto sería en un segundo momento y como una excepción a la regla. En ambos casos se trata de algo más que de tradiciones, se trata de leyes constitucionales no-escritas.

Uno de los padres de la ecología política alemana, el célebre filósofo Han Jonas, ha teorizado lo que llama “el principio de responsabilidad” y reivindicaba incluso lo que llamaba una “heurística del miedo” –para decirlo de otro modo, habría un buen uso del miedo–. ¿Es lo que usted piensa hoy, a la luz de los principales enseñanzas cívicas que estamos en condiciones de extraer de lo que estamos viviendo y de nuestra escasa preparación frente a la COVID-19?

Se lo podría pensar, pero lo repito: la tradición francesa de la vida política no me parece que vaya en ese sentido. El primer principio ha sido durante mucho tiempo: no ser ansiógeno. Según entiendo, ese va a ser el principio sobre el que los políticos franceses van a apoyarse. En la actualidad, podemos decir que el gran problema que se plantea no es que el ser humano, la especie humana ponga en peligro a la naturaleza, sino que un peligro llegado de la naturaleza amenaza la supervivencia de la especie humana. No se puede ciertamente decir que la especie humana esté en peligro de manera global, pero sí que ese peligro está el horizonte. De la misma manera, después de todo, tampoco podemos decir que el planeta esté en peligro de manera global: el planeta sigue funcionando a pesar del desarreglo climático. Porque la ecología ya había avisado de la posibilidad de un peligro global para el planeta. Asistimos pues a una inversión: de la puesta en peligro de las especies animales, de las plantas y de los océanos hemos pasado a que lo que peligre sea la supervivencia de la humanidad en sentido estricto.

En estas condiciones, no podemos extrañarnos del mutismo de la ecología política, al menos en Francia. No llega a producir un discurso que le sea propio; cuando dice algo sobre la epidemia –si es que lo hace, yo al menos no le he escuchado apenas–, ha sido para decir lo mismo que dice el gobierno: “confínese”, “tome medidas higiénicas”, etc. En el momento presente en el que parece que la epidemia parece entrar, tal vez de manera provisional, en una fase descendente, la ecología se despierta, pero para volver a sus temas de siempre. Ante la epidemia no hay pues especificidad de la ecología política, ni en Francia, ni en Europa ni en los Estados Unidos.

¿Cómo ve usted, en el plano político, en el plano ideológico, en el debate público, lo que está por venir del desconfinamiento?

Yo diría que la fase abierta por la epidemia en Francia se acabará políticamente en el momento en el que renazca la estructura del discurso que ha dominado el periodo anterior, a saber: la estructura del todos contra Macron. En el momento presente, Macron y su primer ministro, y no solamente porque tengan la carga del ejecutivo, son los únicos que tienen un discurso político articulado. ¿Se trata del mismo discurso en ambos casos? Está por ver. Aunque poco importa por el momento, porque todavía estamos bajo el signo de un nunca sin Macron que no se osa ni pronunciar. Admitamos que un día se reencuentre la unidad del todos contra Macron, podremos entonces decir que la epidemia ya ha sido olvidada. Lo que se plantea es si ese momento llegará algún día. Hay que considerar la división de la derecha entre una “derecha republicana” y otra derecha “antirrepublicana o no republicana”; consideremos también la división de la izquierda entre una izquierda llamada de gobierno y una izquierda de oposición radical; es posible –no es un predicción sino una simple hipótesis—que estas dos divisiones se acentúen y que asistamos a nuevos fenómenos de compatibilidad con Macron. Imagino que algunos presidentes regionales de derechas – pienso en Valentin Precrasse y en otros—acentúen su compatibilidad; y puede pasar igual con el Partido socialista, o con lo que queda de él. Para resumir, existe lo que llamo un “partido de orden” –lo que no es un elogio—es decir la suma de los que quieren que la policía siga funcionando, aunque sea al precio de algunas brutalidades (brutalidades que lamentarán más o menos explícitamente, pero que aceptarán como daños colaterales) y también la suma de los que se ocupan de poner en cuestión la economía, aunque sea adoptando algunos riesgos. En nombre de la lucha contra la inseguridad y en nombre de la reconstrucción económica es posible que el partido de orden se dote de una base más amplia que la de los partidos de oposición, ya sea una oposición de derechas o una oposición de izquierdas. De hecho, lo que está en juego se resumen en: a la unidad nacional del todos contra Macron, sustituir la unidad nacional del todos con Macron. Es ésta la maniobra que se nombra casi abiertamente como “gobierno de unidad nacional”. Es posible pues que a menos de que tome algunas precauciones oratorias (es sabido que no es un maestro en la materia), el presidente Macron salga de este periodo, si no como el supremo salvador, sí al menos como una especie de pequeño César.

Es una posibilidad. En lo inmediato y, para terminar, ¿cómo explicar que estas semanas de confinamiento se hayan visto acompañadas, sobre todo en Francia, por un retorno de las teorías del complot antisemita y de un mito medieval que se pensaba totalmente olvidado: el de los judíos envenenadores?

Miremos las cosas de manera franca: cada vez que pasa algo del orden de un acontecimiento de amplitud nacional o internacional, reaparecen los mitos antisemitas. Le recuerdo lo que pasó con el 11 de septiembre. Es algo que, en mi opinión, reaparecerá siempre. En este asunto, dejo el campo de las hipótesis y arriesgo una predicción: la fuente de los mitos antisemitas no callará jamás. A medida que se extienda el mercado mundial, la humanidad tendrá necesidad de este tipo de mitos para poder seguir mirándose en el autorretrato que sus actos le dibujan. De alguna manera, es la clase de máscara que necesita blandir para imaginarse diferente de lo que observa de sí misma, y esa máscara no debe nunca faltarle.

*Lingüista.

Traducción autorizada por el autor, con el amable acuerdo de la revista digital La règle du jeu.

Traducción de Jesús Ambel

Fotografía seleccionada por el editor del blog. (Casandra. Retrato de George Romney)

Fuente: https://laregledujeu.org/2020/05/05/36123/coronavirus-les-limites-de-lecologie-politique-et-le-retour-de-letat-nation/

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