Dos breves constataciones de este pandemónium

Dos breves constataciones de este pandemónium

 

Sergio Caretto*

 

A partir de este pandemónium, quisiera hacer dos breves constataciones. La primera deriva de mi análisis y, a la par que una certeza, la sintetizaría de la forma siguiente: nunca, pero nunca, mi experiencia analítica se habría podido iniciar y concluir si no hubiese sido vivificado por el psicoanalista de carne y hueso, hasta el punto de ceder el hueso [1] de mi análisis, el objeto a de mi fantasma al que se había reducido mi cuerpo despojado de identificaciones; objeto encarnado por el analista que solo ahora, no sin horror y dolor, podía abandonar como un despojo  inmundo. Efecto traumático, acontecimiento del cuerpo, en cuanto renovador del encuentro con el sinsentido de la lalengua propia y con el agujero del cual el acto se sostenía, justo en el lugar del fantasma del cual, en el instante de un rayo, podía entrever la función de tapón que hacía.

Durante más de veinte años la palabra era fluida en análisis, pero no así la voz. Esa voz que había quedado como engarzada, análogamente a la cereza que había atorado en la boca del abuelo en el momento de su muerte, ocurrida cuando tenía un año. Abuelo al que la madre adoraba y de quien el sujeto llevaba el nombre y las insignias. Solo al final del análisis la voz, y con ella el analista, podían librarse como un soplido vital desvinculado de cualquier palabra, sentido o significación. Para decirlo más sencillo, se puede hablar y hablar durante toda una vida con el fin de apropiarse de la voz y quedar fijado a una imago mortífera, en la que el sujeto se anula, gozándose como objeto, bajo la mirada amable u odiosa del Otro.

¿Y la mirada? ¡Bah! Era un tormento, más allá de la imagen y de manera perturbadora, de vez en cuando se tambaleaba en la cornisa fantasmática bajo los tallos de la interpretación y los pasos al acto analítico. El advenimiento del analista como resto y desecho del trabajo de análisis está, por tanto, condicionado por un discurso que pone al objeto en el lugar del agente, objeto que el analista se presta a encarnar de manera advertida en la cura. Sólo así tal objeto puede recortarse en el discurso del analizante, consumirse hasta el hueso en el tiempo de comprender, hasta caer en el momento de concluir, donde “lo real alcanza al entonces” [2]. Y no es suficiente, es necesario, aún, demostrarlo…lo real alcanza al entonces en forma de signo más que cómo significante: “[…] no se imagine nadie, con el pretexto que he definido al significante como nunca nadie ha osado hacerlo, que ¡el signo no sea un quehacer mío! Es, de hecho, el primero y será también el último. […] Psicoanalista como signo en el que soy introducido” [3].

En un análisis, más allá de la dimensión del sujeto representado por un significante para otro significante, entra en juego el efecto/afecto “signo” que, no articulándose a un significante, impone una detención a la significación y al sentido. Signo, letra, que más bien es precipitación y marca de lalengua sobre el cuerpo del hablante ser. Sobre este punto, y como afirma Lacan en La Tercera, el inconsciente, por cuanto pueda aparecer trastornado, se engancha sobre el cuerpo, sobre lo real del cuerpo pulsional.

Concluiría esta primera “constatación” de la necesidad de la presencia de los cuerpos en análisis para que el discurso analítico tenga efectos con la siguiente cita: “el cuerpo es, sobre todo, lo que puede llevar la marca capaz de encadenarlo en una cadena de significantes. En consecuencia esta marca es soporte de la relación, soporte no eventual pero necesario, ya que también al sustraerse a ella es hacerle de soporte” [5].

Segunda constatación. En este período me he prestado a decir sí a la demanda de encuentros, vía skype, proveniente de tres pacientes. A otros que lo solicitaban les he aconsejado, por el contrario, que leyeran poesía, que se dedicaran a la familia, que esperaran…Me he sometido, tímidamente, a esta práctica. Aquí dos consideraciones. La primera es que, para mi sorpresa, retengo la importancia y la oportunidad que dicha práctica puede desempeñar, caso por caso, en mantener un hilo de trabajo subjetivo al interior de una transferencia analítica ya en acto. Una especie de efecto conversación que contribuye a mantener para el sujeto un anclaje al Otro de la palabra y del lenguaje, en un tiempo en el que el Otro se muestra sin disimulo generando desconcierto, miedo, angustia y terror. Creo, sin embargo, indispensable interrogarme sobre esta práctica, es decir sobre la posición que ocupo al encontrar un sujeto al otro lado de una pantalla. Aquí llega la segunda consideración que resumiría de la siguiente forma: no es desde el lugar del analista entendido como encarnación del objeto a que opero cuando el encuentro se produce a través de una plana-forma digital. Entiendo que esto no sería ni bueno, ni malo, ni tampoco la finalidad que me propongo en estos encuentros “dado que hacer uso de la técnica por él (Freud) instituida fuera de la experiencia en la que se aplica, es igualmente estúpido como aferrarse a los remos cuando la barca se encuentra sobre la arena” [6]. Me permitiría afirmar, escuchando también a amigos que enseñan en la Universidad o que ejercen la política, que a través de las planas-formas informáticas no se produce, efectivamente, ninguno de los cuatro discursos, en cuanto la ausencia de los cuerpos en los que se encarna lo imposible, hace aparecer en menor medida el discurso mismo que, precisamente en lo imposible, encuentra su resorte.

Ciertamente el ascenso del humanline, es decir del hombre siempre conectado a la máquina hasta casi incorporarla, podría conformar un matrimonio con el discurso capitalista, eso sí. Voz y mirada ciertamente entran en juego más que nunca en el encuentro mediante el recurso tecnológico, pero en nuestra práctica considero que la ausencia de los cuerpos hace imposible, afortunadamente, su propia localización y encarnación en el analista; y corren el riesgo de que estas sean consideradas como verdaderas por el analista, otra cosa del hacer, como dice Lacan, la descaridad. Además, Lacan, justamente en “Televisión”, no dejaba de repetir la posición de analizante de la que decía: “Porque no hay diferencia entre la televisión y el público ante el cual hablo desde hace mucho tiempo, lo que llaman mi seminario. Una mirada en los dos casos a la que no me dirijo en ninguno de ellos, pero en nombre de la cual hablo” [7]. Lacan indica aquí como el objeto mirada se encarna en la televisión. La mirada, a la cual Lacan no se dirige, es más bien aquella que causa la palabra, hasta el punto de llegar a hablar en nombre de una mirada. Hablar en nombre de una palabra, sin referirnos al mismo, mantiene en sí un imposible que, quizás, pueda orientarnos allí donde, en la contingencia de este tiempo, y más en general en nuestro tiempo, nos prestamos al uso de estas planas-formas informáticas.

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (SLP)

 

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

 

Fuente: https://www.slp-cf.it/rete-lacan-n10-26-aprile-2020/#art_2

 

[1] Cfr. J.-A. Miller, El hueso de un análisis [2001], Buenos Aires Tres Haches (2011)

[2] J. Lacan, Radiofonía [1970], en Otros Escritos, Paidós-Argentina (2012)

[3] Ibid, p. 409.

[4] J. Lacan, La tercera, Intervenciones y Textos 2, Ed. Manantial, Bue-nos Aires (1988)

[5] J. Lacan, Radiofonía (1970), en Otros Escritos,Paidós-Argentina (2012)

[6] J. Lacan, De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis [1957-1958], en Escritos, SigloXXI. México (1971)

[7] J. Lacan, Televisión [1973], en Otros Escritos, Paidós-Argentina (2012)

 

 

 

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