Gustavo Dessal*
En los últimos años, el turismo es un fenómeno del que se habla y se escribe mucho, porque se ha expandido de forma incontenible. El turista es un objeto de amor y de odio. Más bien de odio, porque se lo ama en tanto consumidor de cualquier cosa. Millones de personas en centenares de países viven del turista, que es un auténtico predador. La experiencia de observar a los turistas cuando uno mismo es un turista más, tiene sus características. Observarlos es una satisfacción escópica. Tal vez no tanto como mirar el arte barroco o los cuerpos descompuestos de Francis Bacon. Pero es una verdadera satisfacción.
Al salir del avión, del barco o del tren, un frenesí maníaco se apodera del turista. Muchos de ellos no tienen idea de dónde han ido, ni la tendrán. El neo-turista -un producto de la sociedad de la pantalla- es un predador que consume. Mis favoritos son los de “10 capitales europeas en 12 días”, porque encarnan una radiografía del sujeto contemporáneo. Un sujeto que oscila entre la euforia vacacional de 15 días y la caída. Ha fabricado una expectativa de satisfacción que es inalcanzable. Al volver a casa, con los souvenirs de las 10 capitales, ya no recuerda dónde los ha comprado, ni cuál era para quién. Probablemente acaben en el vaciadero de la acumulación de basura. Esa que se llama “Deposite aquí lo que compró sin saber lo que hacía”. Hay una en cada esquina.
No pretendo decir que todos los turistas son iguales. Intento dar forma y contenido a un arquetipo actual. Por supuesto, yo también viajé con mi móvil. Hice algunas fotos, pero he procurado mantener el viaje en el marco de la experiencia. La experiencia de viajar va desapareciendo a medida que el turismo aumenta. Me refiero a que la mayoría de los sujetos turísticos no pueden sentir los olores de una calle, los sonidos de las lenguas, el murmullo del agua en los canales. ¿A qué se debe eso? A que todo ellos se lanzan a la epopeya del viaje munidos del smartphone, que en la mayoría de los casos es un escudo o un arma para no ver ni sentir nada, una exaltación idiota que no tardará en esfumarse en las brumas de la tristeza y la soledad.
La selfie es la perfecta metáfora del sujeto contemporáneo. No hablo de nada nuevo, solo que en estos días yo asistí a la experiencia de la selfie. No de mí mismo, porque carezco de habilidad para hacerla (de lo cual deduzco que no se enlaza con ningún resorte de mis goces inconscientes), sino del turista que se autoretrata. Convengamos en que puede ser un modo de realizar una crónica digital del viaje. Pero en la mayoría de los casos, el destino de la selfie es llegar a Instagram, para que los otros vean y sepan. El autor de la selfie, el protagonista de la escena, sube al escenario sin tener la más mínima idea de lo que significa.
La selfie tiene una función muy precisa: se hace para no ver. Es el genial invento de esa sociedad de la mirada. Somos vistos y oídos desde todas partes. Cada clic de nuestro smartphone implica la cesión imparable de nuestros datos, y servirá, entre otras cosas, para que la condición de objeto a la que que somos reducidos por las tecnologías, gire una vuelta más de tuerca.
“Sonría para salir en Taragram”. Taragram debería ser el nombre de la app. especializada en el turismo. La condensación de dos palabra: Instagram y Tarado. Es “tarado” aquel que, de acuerdo con la RAE (el diccionario que pretende ser el amo de la lengua castellana), posee algún defecto desde el origen. No digo yo que el sujeto vacacional contemporáneo sea defectuoso por definición. ¿Pero cómo entender las selfies de jóvenes sonrientes, algunos con el gesto de la victoria en los dedos y el fondo del campo de concentración de Auschwitz? Probablemente la mayoría no tenga la menor idea de lo que allí sucedió, o si la tiene -porque ha estudiado el tema o escuchado las explicaciones de los guías- le da exactamente igual. No querer saber nada es ahora el paradigma del sujeto. Lo ha sido siempre, pero durante muchos siglos el discurso del amo inventó formas de sacar a la gente de todos los Taragrams que han existido. Ahora, por el contrario, la pasión de la ignorancia es la fórmula triunfante de cualquier política. Trump es tarado, lo cual no le impide ser astuto. Eso es precisamente lo que determinará tanto lo que hagan los demócratas como los republicanos.
La aventura del turista, su viaje, está completamente desprovisto de la vivencia. Auschwitz, un parque temático, o un polígono industrial reconvertido en bares y discotecas, forman parte de una serie metonímica. Una serie metonímica es la sucesión de los significantes. Decimos una palabra, luego otra, y así sucesivamente. La sucesión metonímica (que es la esencia de la estructura de Internet y ahora de la Inteligencia Artificial) no tiene límite ni deja efecto alguno de sentido. Es la metáfora la que, al sustituir una palabra por otra, le da contenido al decir.
El sujeto actual ha sido mermado en su estructura. Las tecnologías se apoyan en la eliminación de la metáfora, y por lo tanto la experiencia está intervenida desde el inicio. Es una experiencia que se independiza de toda relación con la verdad. De allí que en el fondo de la selfie veamos una sucesión de imágenes desprovistas de sentido. Auschwitz, y al lado la fábrica de cerveza, y al lado… ¿qué había al lado? Uno ya no se acuerda, pero no tiene importancia. Diez capitales europeas en doce días. Lo que estaba al lado ya estará subido a Taragram junto a la pizza que me he comido. ¿La he comido en Auschwitz? ¿Auschwitz era una fábrica de pizzas? ¿Dónde quedaba eso? Habrá que buscar en la colección de fotos del smartphone.
El “Show de Truman” fue una extraordinaria anticipación del metaverso. Cuando Christof, el productor ejecutivo que se dedica a televisar la vida de Truman desde su nacimiento, pronuncia el argumento: «No hay más verdad en el mundo real que la que existe en tu propio mundo artificial”, sabe muy bien lo que está diciendo. En efecto, no existe el “mundo real”, no ha existido nunca, puesto que al hablar hemos perdido toda conexión con la realidad natural. Cada uno vive en su propio mundo ficcional, del que hasta ahora éramos los únicos responsables. Disponemos de la fantasía inconsciente, el escenario en el que somos tanto actores como directores.
Las nuevas tecnologías nos han dado la posibilidad, y a ella nos hemos aferrado, de que sean otros quienes asuman una parte sustancial del guión, una parte que a esos otros les genera inconmensurables ingresos en el mercado.
El neo-turista, como sucede con Truman al principio del Show, no sabe que su viaje ha estado programado desde el comienzo, que no podrá ver ni sentir nada que no haya sido previamente planeado por el tráfico de datos, algoritmos y aplicaciones. No sabe que el viaje ya ha tenido lugar en el ciberespacio, y convierte su máquina de fotos del smartphone en una ametralladora. Apunta y dispara a cualquier cosa. Si acaso algo puede conmover su viaje es una contingencia, algo que convierta la planificación de la pantalla en un acontecimiento traumático.
Por ejemplo, perder el móvil.
*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ELP).
Fotografía seleccionada por el editor del blog.

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