Carolina Koretzky**
La elección de este tema me parece hoy en día una necesidad. Los psicoanalistas hablamos a menudo de nuestra aspiración a estar a la altura de la época, por eso deseo compartir con ustedes algunas ideas sobre la cuestión de cómo orientarse en la manera de abordar el trauma psíquico. Más que trauma prefiero hablar de encuentro traumático. Volveremos al porqué de esta preferencia. Como sin duda saben, el trauma es un concepto fundamental en el psicoanálisis, es central y forma parte del nacimiento mismo del psicoanálisis
Hoy, todos nos sentimos interrogados por el fenómeno del movimiento migratorio actual. Las migraciones existen desde el comienzo de la humanidad, el hombre se mueve desde siempre, estamos hechos de cruces y movimientos, pero las condiciones actuales en que estas migraciones se producen -no sin relación con las leyes del mercado- conducen a nuevas formas de esclavitud, hacen de estos viajes experiencias en las que los sujetos que acogemos (cuando los acogemos) sean sujetos que han atravesado experiencias de tipo traumático. Trauma vivido en el país de origen -cuando se trata de los refugiados políticos-, trauma del exilio, trauma vinculado a la separación de los suyos, traumas vinculados a la travesía, incluso, a la acogida. Esto es lo que he podido ver en los años en que he trabajado en una asociación vinculada a la asistencia pública que recibía a jóvenes migrantes no acompañados.
El trauma es un tema muy amplio, muy teorizado por los psicoanalistas, y que abordaré haciendo un modesto recorrido teórico.
El trauma, dos tiempos
Podemos decir que el trauma es ante todo un acontecimiento imprevisto, azaroso, es una efracción, es un shock [choque] que deja al sujeto petrificado, sin respuesta, congelado. Lo que traumatiza a un sujeto son los encuentros que vienen a perforar, a agujerear el mundo de nuestras representaciones, es decir, toda la trama simbólica e imaginaria en la que vivimos y que pensamos como un dato adquirido. Frente a este real del trauma que el sujeto encuentra, el fantasma -como lo que estructura nuestra relación con la realidad- se fisura y deja al sujeto delante de un agujero, un agujero en la significación. Ya no puede dar sentido ni significación a lo que acaba de encontrar, sus antiguos puntos de referencia ya no son recurso alguno para hacerle frente. Este vacío de sentido encontrado produce efectos muy reales: angustias, inhibiciones, pesadillas, trastornos motores. Hay algo que no se deja significar y que produce trastornos importantes. Esto es lo que, en mi opinión, llevó a Freud a definir el trauma muy pronto en su obra como un “cuerpo extraño” (1).
Compartiré con ustedes una de las distinciones conceptuales más esclarecedoras sobre este tema que Jacques Lacan desarrolló en 1964. En su seminario que dictó ese año, recurrió a dos términos aristotélicos: tyché y automatón. Con estos dos términos Lacan trata de definir lo que se entiende en psicoanálisis por una repetición dentro de un encuentro. Tyché y automatón son dos tipos de encuentros. El automatón es el principio mismo de repetición, es decir, una circunstancia inesperada puede presentarse al sujeto, pero asimila este encuentro porque lo que sucede permanece en el orden de los significantes conocidos por él. De hecho, es la manera en que el sujeto se presenta al comienzo de una cura: “esto no deja de repetirse en mi vida”. Esto es lo que el sujeto siente que es del orden de siempre lo mismo. En cambio, la tyché es un encuentro de otro orden ya que se trata del surgimiento de algo que el sujeto no conoce, que nunca ha encontrado antes, es un surgimiento de un elemento que no puede ser absorbido por el funcionamiento anterior. Se dice que hay encuentro con lo inasimilable, lo inasimilable entendido como un elemento que permanece no ligado, que ninguna palabra ni representación puede llegar a significar.
Podemos encontrar en la literatura, en particular en los escritos de los supervivientes de genocidios y de las grandes tragedias de nuestra historia, testimonios de este tipo de encuentros y de experiencia: “… Por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua carece de palabras para expresar este insulto: la demolición de un hombre” (2) dice Primo Levi. O también Robert Antelme en La especie humana escribe a su regreso del campo: “nos parecía imposible colmar la distancia que descubrimos entre el lenguaje del que disponemos y esta experiencia (…) Apenas comenzamos a contar, nos asfixiamos. A nosotros mismos, lo que teníamos que decir comenzaba a parecernos inimaginable” (3).
La prueba del límite del lenguaje es una constante y a menudo encontramos este punto idéntico: “es inimaginable”, “es inenarrable”, el agujero de lo simbólico se revela brutalmente.
Al comienzo de la conferencia les decía que prefería hablar de “encuentro traumático” más que de “trauma”. ¿Por qué? Porque en psicoanálisis -y esto vale para el trauma sexual o para el trauma de guerra-, siempre queremos distinguir el shock [choque] del trauma. ¿Por qué es tan importante distinguirlos? Por varias razones: por una parte, porque esta separación permite incluir la respuesta única y singular, la respuesta de reconstrucción del mundo después de la catástrofe que un sujeto pone en marcha después del shock. Por otra, porque esta separación entre shock y trauma va en contra de toda ideología victimaria. Me explico, porque es muy importante: cuando se hace una amalgama entre shock y trauma, se abren las puertas a la noción de víctima y no de sujeto traumatizado. Esta distinción es fundamental en nuestro trabajo clínico.
Desde el punto de vista sociológico es diferente, la noción de víctima ha sido muy importante, ha habido trabajos tales como el de Richard Rechtman: Imperio del trauma, Investigación sobre la condición de víctima que demuestran el cambio de perspectiva obtenido, gracias a las asociaciones de veteranos de guerra, para un reconocimiento de sus síntomas postraumáticos. Este trabajo de los veteranos, sobre todo en Estados Unidos, fue muy importante ya que el estatus social de quien había vuelto de la guerra era el de un potencial asesino. Pensemos en películas como Taxi driver o Rambo: el veterano había matado y por lo tanto era un criminal potencial. El reconocimiento de su condición de víctimas permitió una atención médica y psicológica que pudo dar lugar a indemnizaciones económicas.
No estoy diciendo que no haya víctimas, estoy diciendo que, desde el estricto punto de vista clínico, no hay nada más complicado que trabajar con una víctima, con alguien que está completamente identificado como víctima. Porque la víctima pide incesantemente al Otro una reparación, y no cualquiera: exige una reparación tan poderosa como la omnipotencia del Otro encontrada durante el shock traumático. Esto lo he experimentado mucho y atravesado en mi trabajo con algunos refugiados. Quizás, nos ayudaría a salir de nuestros prejuicios, y a permitirnos escuchar esta demanda imperiosa de reparación como estando relacionada también con el trauma que no puede decirse directamente, sino que se actualiza por el sesgo de las reivindicaciones relativas a las condiciones de acogida.
Pensar el trauma a partir del modelo de “dos tiempos”, como Freud lo ha pensado desde el principio, me parece todavía fundamental. Pensar que puede haber el mismo shock pero que habrá la forma en que cada sujeto hace con este evento. Conservar la lógica del après-coup, el trauma como lo que se constituye en segundo tiempo, es defender la singularidad del sujeto.
Tenemos el tiempo de la sorpresa, el shock, en que el sujeto sufre los efectos que siguen a la confrontación a una situación que supera todas las posibilidades de conexión psíquica. Y luego tenemos lo que nosotros, como psicoanalistas, encontramos a menudo en un segundo tiempo, es decir, lo que el sujeto, después de este primer tiempo del shock, ha puesto en marcha para luchar contra este proceso de desagregación y de desligarse. “Luchar” está en el corazón de la gran paradoja que constituye la “compulsión a la repetición”.
Este concepto es central, Freud mostró, a partir de 1919 -mientras tanto hubo la Gran Guerra- por una serie de síntomas, que el sujeto repite la situación traumática y que esta repetición no responde al principio de placer. Por el contrario, a pesar de su buena voluntad, el sujeto se ve obligado a volver a los recuerdos, a los flashes y a los sueños, a producir una angustia terrible. Se trata, dice Freud, de una angustia de anticipación, la que falló precisamente en el momento del shocky que podría haber preparado a la psique para el shock, salvo que se trata de una tentativa abortada que finalmente está sometida al régimen de la pulsión de muerte. Es una repetición acéfala de una situación que nunca ha sido fuente de placer.
Sin duda, con variantes propias del factor traumático que valen la pena estudiarlas en detalle, el trauma es siempre ese elemento en exceso, ¿en exceso con respecto a qué? En exceso respecto a la capacidad de enlace lingüístico y de representación. Diremos en términos lacanianos, desvinculación de toda posibilidad de simbolización, de nominación; en términos freudianos, desvinculación de toda posibilidad de regulación del principio de placer. Antes se decía que la irrupción de un acontecimiento traumático deja al sujeto frente a un agujero.
Es un exceso, un demasiado que produce un agujero. Este tipo de acontecimientos en exceso abren un agujero en el conjunto de las significaciones de la realidad. Frente a esto, la red de significaciones que cada uno de nosotros dispone, no logra dar sentido al acontecimiento imprevisto. Es por eso que el traumatismo es una de las figuras de lo real en tanto que te cae encima, es una realidad imposible de anticipar y modificar, es una realidad que excluye al sujeto.
Orientación: restablecer el vínculo con la palabra
Y aquí entramos en la especificidad del trabajo clínico ¿qué quiere decir que el sujeto está excluido allí? Esto quiere decir, como este concepto de tyché nos ha permitido comprenderlo, que con respecto al acontecimiento no hay relación con el inconsciente ni con el deseo de un sujeto, es un real que “se encuentra” y con respecto al cual el sujeto lleva las secuelas como huellas inolvidables. El sujeto, con los instrumentos lenguajeros, con su propia cadena de significantes que lo constituye, no llega a dar sentido a lo que acaba de caerle encima.
En un hermoso artículo, Guy Briole, que es un psicoanalista que ha trabajado mucho en la cuestión del trauma ya que fue jefe de servicio de un hospital militar, en un artículo constata que a la hora de la guerra o de las grandes tragedias “No es tanto el encuentro con la muerte lo que les socaba, sino que ya no creen en la historia. Es su propia historicidad la que se ve afectada” (4), que el trauma corta al sujeto de su historia y deshace la trama simbólica. La historicidad se ve afectada en el sentido de la creencia de que sería posible decir esta experiencia, hacer de ella un relato, que sería posible compartir con las palabras algo tan terrible. Esto es lo que explicitaban Primo Levi, Robert Antelme y muchos otros.
Si el trauma rompe esta continuidad que inscribe un sujeto en una historia y en las palabras que lo determinan, ¿cómo vamos a orientarnos en la clínica?
La cuestión es muy compleja y voy a intentar transmitirles el tacto y la prudencia que esto requiere. Esta incredulidad en las palabras para decir el trauma puede terminar en un alejamiento del trauma. El dolor permanece bajo una forma no dialectizable, pero separado, apartado, petrificado, pero al mismo tiempo conservado. Como si este núcleo traumático permaneciera subyugado, fosilizado, no integrado y, sin embargo, pudiera ser despertado, reactivado a partir de una nueva confrontación.
Acabamos de ver cómo el trauma corta el sujeto de su historia como ser hablante, lo priva de palabras, lo deja en un vacío sideral de las palabras. No hay palabras para decir el acontecimiento. Pero en cuanto se ha dicho esto, se puede plantear la cuestión del “deshielo”. ¿El “deshielo” es de lo que se ha alejado, silenciado, de lo que el sujeto se ha apartado para seguir viviendo? Entonces, ¿llegar a despertarlo brutalmente constituye un paso necesario hacia la curación de los síntomas? ¿Cómo se hace esto? Ya que es necesario saber, en tanto analistas, que volver a hablar del trauma es a veces revivirlo y reactualizarlo y corremos el riesgo de reabrir una brecha que se ha cerrado.
Yo misma he podido constatarlo: a veces tenemos abreacciones bruscas y abruptas del trauma después de las cuales todo trabajo posible está completamente bloqueado, como si después de haber dicho tal horror nada más pudiera decirse, el vínculo con el habla se encuentra de nuevo dañado, incluso banalizado. De ahí la importancia en nuestra clínica de no partir de ningún tipo de prejuicio que presuma que hablar a toda costa hace bien, es una creencia infundada clínicamente, que hablar en sí mismo va a curar, que hablar hace bien. Creo que no se trata de hacer hablar al sujeto a toda costa, empujarlo a decir y a repetir lo peor, esto es creer en la catarsis y en la abreacción salvaje, es creer en el recubrimiento de lo real por el sentido.
Pienso que la orientación clínica a seguir es un poco diferente: se trata, y según las precauciones propias de una clínica del uno por uno, de poder restablecer un vínculo con los propios significantes del sujeto. Esta orientación marca la diferencia con otras posiciones clínicas en las que se trata de animar al sujeto a hablar de lo que le sucedió como una forma de una historización “reparadora”. Si en el trauma el sujeto está aislado de su ser de palabra, de su historia como ser hablante, si está privado de palabras para decir lo que le ha abatido, no se trata por ello de coaccionarlo y empujarlo a decir.
Sería necesario que el sujeto, en su propia temporalidad, llegara a comprometerse en la búsqueda de un punto que le concierne más allá -o a pesar- de lo indecible del accidente, del shock. Se trata de llegar a hacer surgir, en el seno mismo de este imposible, en el seno mismo de este innombrable, una palabra, para “que ya no sea el acontecimiento sino una pregunta puesta en juego para el sujeto” (5).
Y para eso, hay que tener cuidado con la fascinación que produce el trauma. Estar fascinado por el trauma del otro, es lo contrario de dar un lugar al sujeto, porque es olvidar al sujeto que fue antes de la irrupción, el sujeto con los significantes que lo fundaron, con las experiencias anteriores que lo determinaron. Por eso creo que no hay que ser especialista en trauma. Me parece que la respuesta está quizás en el lado de la transferencia, que es gracias a este vínculo, que el sujeto podrá salir del retorno a lo idéntico de lo mismo hacia la singularidad de su respuesta y de su posición frente a la experiencia vivida sin recurso a ningún manual o protocolo preparado.
Terminaré diciendo que la experiencia psicoanalítica -y esto para el conjunto de los sujetos e incluso cuando no es larga-, invita, de entrada, a quien consiente a ella a no callar lo que no se puede decir. Ustedes reconocen en estas palabras la fórmula de Wittgenstein: «de lo que no se puede hablar, hay que callar» (6). Entonces, el psicoanálisis corta la fórmula por en medio y la completa a la inversa que el filósofo: de lo que no se puede hablar, hay que, cómo se pueda y por los medios que se tenga, decir algo.
Pero cuidado, el tacto y la temporalidad siguen siendo esenciales porque para bordear un agujero es paradójicamente necesario acercarse un poco y hay que saber y evaluar si el sujeto tiene suficientes recursos psíquicos para hacer un borde o si es mejor como decía Freud en Análisis terminable e interminable: “no despertar a los perros dormidos” (7).
**Psicoanalista. Miembro de la AMP (ECF).
Fotografía seleccionada por el editor del blog.
Traducción: Mariam Martín
Notas:
*Conferencia impartida en la Universidad de Atenas el 29 de septiembre de 2023 para la Biblioteca Psicoanalítica de Atenas, miembro de FIBOL (Federación Internacional de Bibliotecas de orientación lacaniana) y con la autorización de la autora para su publicación en el blog Zadig-España. Hay dos extractos publicados de dicha conferencia en el blog de la AMP: « Le trauma, se guérit-il ? Ce que la psychanalyse nous enseigne » par Carolina Koretzky – Uqbar Wapol. Último acceso: 2024-01-29.
1. Breuer, J., Freud, S., “Sobre el mecanismo psíquico de fenómenos histéricos: comunicación preliminar [1893], Obras completas, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1990, tomo 2, p. 32.
2. Levi, P., Si esto es un hombre, Muchnik Editores, Barcelona 2002, p. 39.
3. Antelme, R., La especie humana, Arena libros, Madrid, 2001. Subrayamos el prólogo.
4. Briole, G., “En la fauces de la guerra: arrancamiento”, El psicoanálisis a la hora de la guerra, Tres haches, Buenos Aires, 2015, p. 103.
5. Briole, G., “El acontecimiento traumático, Mental nº 1, revista internacional de salud mental y psicoanálisis aplicado, París, junio 1995, p.119.
6. Cf. Wittgenstein, L., Tractatus logico-philosophicus, Alianza editorial, Madrid 2012.
7. Freud, S., “Análisis terminable e interminable [1937], Obras completas, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1991, tomo 23, p. 233.

Una respuesta a “¿El trauma se cura? *”