Residuos a la deriva: el exceso irreciclable del discurso capitalista

Inés García López*

«Sólo es factible entrometerse en lo político si se reconoce que no hay discurso que no sea del goce[1]

Residuos a la deriva

En junio del 2012 se emitió un programa en Televisión española con el título “Ciberbasura sin fronteras”. Era un documental rodado en Accra, la capital de Ghana, que mostraba las condiciones del barrio de Agbogbloshie en esta ciudad. Este barrio sigue siendo uno de los más empobrecidos del país y se ha convertido en el mayor vertedero de residuos electrónicos del mundo. Aún hoy en día, 11 años después, muchas personas siguen encontrando en este basurero de desechos electrónicos su única fuente de ingresos. La mayor parte de los habitantes de esta zona venden al peso los metales de los equipos electrónicos, teléfonos, televisores, ordenadores, etc., y para ello han de quemar el plástico de los ordenadores y de los dispositivos para extraer el cobre. Muchas de las personas que manipulan estos productos de desguace, altamente tóxicos, pierden la visión. Hace un par de años, la OMS publicó un informe que advertía del grave peligro para la salud que constituían estos vertederos digitales, especialmente para los niños.

El de Accra no es el único cementerio de desechos electrónicos del mundo. El año pasado, el diario El País, publicaba el artículo “La otra cara de la era tecnológica: la imparable exportación de basura electrónica” [2] y lo ilustraba con imágenes del Vertedero en Nezahualcóyotl, en el Estado de México. En ellas se muestra cómo los habitantes de estos cementerios de chatarra electrónica caminan por encima de un desierto de pantallas rotas que han dejado de funcionar como objetos de goce para los voraces consumidores de los países desarrollados.

Según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el 80% de la basura tecnológica termina en vertederos de África o de China. Y de los aproximadamente 50 millones de toneladas de residuos electrónicos, no llega a reciclarse ni un 20%.

El consumo desenfrenado de las sociedades capitalistas está imprimiendo surcos mortíferos en la corteza terrestre, está transformando su paisaje y constituyendo una amenaza para la salud de sus habitantes.

Otro de estos residuos irreciclables que quedan a la deriva son los plásticos. Quizás sea este el caso más conocido. En 2015, un grupo de científicos[3] acuñan el término plastisphere – traducido como plastisfera – para describir un nuevo hábitat microbiano marino que se está convirtiendo en parte del registro fósil de la Tierra. En esta plastisfera se han descubierto ecosistemas que han evolucionado para sobrevivir en entornos formados por plásticos.

¿Cuáles son las consecuencias de este nuevo medio ambiente, de este nuevo entorno que carga con un exceso de plástico que transforma el paisaje tal y como lo habíamos disfrutado hasta ahora? ¿De qué manera se está modificando nuestro imaginario de lo que es la naturaleza con la introducción de cantidades ingentes de basura que flota a la deriva en los antiguos ríos y con estas nuevas microespecies que darwinianamente se adaptan al nuevo medio? ¿Qué es, al fin y al cabo, la naturaleza hoy en día, si la pensamos a raíz de estas transformaciones? ¿Cómo es esta naturaleza arrasada por el exceso de nuestros objetos de goce?

Los objetos del mercado capitalista no sólo han conquistado tierra y mar, sino también el espacio. Basta pensar en los residuos espaciales a la deriva que crecen sin límite más allá del cielo azul que nos hace de techo. Estos residuos flotantes, orbitando en el espacio, ejemplifican muy bien el desecho como aquella parte inasumible del circuito de consumo, como el ángulo muerto de la sociedad capitalista que coloca los restos de sus objetos de goce fuera del campo de visión del consumidor que queda protegido de la visión de la totalidad del circuito.

¿Cuáles son las consecuencias del reingreso descontrolado de esta basura espacial en la atmósfera terrestre? Recordemos el verano pasado la noticia de la reentrada en la atmósfera de los restos de un cohete chino que impactó en la Tierra[4]. Lamentablemente, estos desechos que retornan como amenaza son bastante frecuentes: unas 100 toneladas de basura espacial caen cada año en la Tierra[5].

¿Tiene límite el consumo capitalista? ¿Es posible hablar de un consumo sostenible? Si bien parece que el funcionamiento del consumo capitalista apunta a lo ilimitado, los recursos del planeta no lo son: nos estamos quedando sin lugares físicos en los que colocar los desechos de los objetos de consumo masivo, ni aquí en la tierra, ni en el cielo.

La Aletosfera y la eficacia del discurso de la ciencia

Vivimos en una época en la que el discurso de la ciencia tiene un efecto paradójico: a veces es ignorado desde un “no querer saber”, por ejemplo, ya hace décadas que se advierte de la degradación de la capa de ozono y del mal uso de los plásticos. Pero, en otras ocasiones, el discurso de la ciencia ocupa el lugar del amo. Esto es algo que pudimos experimentar durante la pandemia cuando los científicos estaban siempre presentes en los medios de comunicación y comandaban claramente el discurso.

La verdad formalizada de la ciencia no es siempre eficaz. Cuando es eficaz se debe justamente a que el sujeto está forcluido, se elimina la perspectiva, el ángulo, la opinión o la crítica en la defensa de los datos y de la verdad entendida como pura formalización de la objetividad. Podríamos decir que este discurso, con pretensiones de ser acéfalo, apunta a articular conocimiento más allá de la experiencia humana, comprender cosas que no podemos percibir, como, por ejemplo, mostrar la existencia de un átomo o de un nuevo hábitat microbiano marino. Ambas cosas están fuera del alcance del ojo. El discurso de la ciencia se sostiene con la pretensión de olvidar que el científico es un ser humano, y que, como tal, en él siempre hay algo del goce en juego. Pretende, por lo tanto, ir más allá de la noosfera es decir, del conjunto de seres vivos dotados de inteligencia, y ampliar los límites de la percepción humana en honor a la verdad, a la aletheia, es decir, a la verdad entendida en el sentido griego como aquello que no está oculto, que es evidente. Y todo ello a merced de un deseo transhumanista.

En el Seminario 17, Lacan introduce el término de “letosas” para referirse “a los pequeños objetos a minúscula que se encontrarán al salir, ahí sobre el asfalto en cada rincón de la calle, tras los cristales de cada escaparate, esa profusión de objetos hechos para causar su deseo, en la medida en que ahora es la ciencia quien lo gobierna, piénsenlos como letosas”[6].

Lacan continúa reconociendo la sorpresa de que efectivamente letosa rima con ventosa, y en ese desliz del significante, afirma que en el interior de esos objetos hay mucho viento, el viento de la voz humana. Una voz que no descubre en absoluto su verdad y que, por ejemplo, sirvió de sostén para los astronautas que cruzaron el espacio para llegar a la luna en julio del 1969. Tan sólo unos meses después, en otoño de ese mismo año, Lacan comienza a dictar el Seminario 17. Aún con las imágenes de la llegada a la luna en la retina, él se fija en un punto ciego e incluso imprevisto para el discurso de la ciencia que celebraba el gran avance para la humanidad de esa conquista espacial, de la primera alunización: los astronautas tuvieron algunos problemas en el último momento de su viaje espacial y fue fundamental para ellos estar acompañados todo el rato por ese a minúscula de la voz humana, ese cordón umbilical con Houston.

Lacan da el nombre de alestosfera a esa esfera donde se sitúan las fabricaciones científicas que son efectos de la verdad formalizada. Estas fabricaciones, las letosas, objetos plus-de-gozar producidos por el discurso científico, delatan la parte de goce existente en todo discurso.

Hubo seis expediciones más hasta la luna entre 1969 y 1972. Y habrá que esperar, dicen, hasta 2025 para la siguiente alunización. Pero el espacio se ha transformado a lo largo de estas décadas y tras cruzar la atmósfera, los astronautas del siglo XXI transitarán entre los desechos espaciales, y será toda una hazaña no chocarse con ellos en su viaje.

El exceso no reciclable del discurso capitalista

En todos los discursos que describe Lacan en el Seminario 17 existe un imposible en relación al goce. Es por ello que el discurso capitalista no sería propiamente un discurso, ya que en él no hay un imposible. Por eso va dando vueltas sin fin y afirmamos que es circular, que hay algo de lo ilimitado en su funcionamiento, que no hay nada que haga de freno, que es “imparable”, como decía el titular de la noticia de El País. Como va dando vueltas, no hay ningún término que dirija o que comande el discurso. Es cierto que el sujeto dividido se dirige al saber para intentar producir su objeto a, pero este plus-de-goce también termina gobernando al sujeto.

Podríamos decir que la magia o la astucia del discurso capitalista reduce el objeto a a un objeto de consumo sin considerar su carácter inaccesible. Por eso, el sujeto sabe lo que quiere, va a buscarlo al mercado y nada le impide su acceso. La secuencia sería la siguiente: desear un objeto, comprarlo y lanzarlo más tarde a la basura porque ha acabado obsoleto. El deseo de comprar está, por lo tanto, al servicio del desecho, del residuo. Las imágenes de acumulaciones ingentes de basura en nuestro planeta que hemos descrito anteriormente y que han transformado profundamente el paisaje son la consecuencia de un consumo compulsivo que promueve la búsqueda del objeto que calme un deseo constantemente insatisfecho. El mercado pone a nuestra disposición toda una serie de pacificadores para tolerar temporalmente esta frustración planificada. La dependencia de los falsos objetos a en nuestra vida cotidiana, como por ejemplo nuestra convivencia y fidelidad indiscutible a los smartphones, va en aumento, como si fuera capital acumulado que crece descontroladamente a la par que los residuos.  Este modo de funcionamiento de nuestra economía subjetiva señala el capitalismo no tan sólo como modo de producción, sino también como modo de subjetivación donde el empuje al goce sin límite es central. El objeto a va a obturar, va a cubrir la división subjetiva, y esto va acompañado de un no-querer-saber sobre las consecuencias de este modo de funcionamiento. Sobre esas graves consecuencias, de las que la ciencia no ha dejado de insistir, el discurso capitalista hace oídos sordos, no dejando o no permitiendo que “el viento de la voz humana” sea escuchado para que no perdamos la comunicación con la Tierra.

*Socia de la sede de la Comunidad de Cataluña de la ELP.

Intervención realizada en la Jornada Zadig sobre «La astucia del capitalismo» el 3 de junio de 2023.

Fotografía seleccionada por el editor del blog.


[1] Lacan, Jacques, Seminario 17. El reverso del psicoanálisis. Paidós, pág. 83.

[2] https://elpais.com/planeta-futuro/3500-millones/2022-07-28/la-otra-cara-de-la-era-tecnologica-la-imparable-exportacion-de-basura-electronica.html#?rel=ma

[3] El equipo que realizó este estudio estaba formado por la Dr. Linda Amaral-Zettler del Laboratorio Biológico Marino, el Dr. Tracy Mincer de la Institución Oceanográfica Woods Hole y el Dr. Erik Zettler de la Asociación de Educación del Mar.

[4] https://www.lavanguardia.com/ciencia/20210505/7430288/cohete-chino-fuera-control-impacto-tierra.html

[5] https://elpais.com/elpais/2018/02/16/eps/1518774498_638902.html

[6] Lacan, Jacques, Seminario 17. El reverso del psicoanálisis. Paidós, pág.174.

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