¿Por qué no fue un beso consentido?

José R. Ubieto*

Si hay una palabra que se ha degradado por la banalización de su uso, en las últimas décadas, es sin duda la de consentimiento. Una parte de la responsabilidad está en el ámbito digital donde todos consentimos varias veces al día a cosas de las que en realidad desconocemos sus consecuencias. ¿Quién no ha consentido al uso de sus datos privados por parte de las plataformas digitales o las webs sin haber leído ni la primera palabra del contrato que “firma” y lo vincula legalmente? ¿Sabían que el acuerdo que consentimos para usar PayPal tiene la misma extensión que tres veces el Lazarillo de Tormes y que muchas de las apps que usamos tienen nuestro consentimiento para escucharnos, grabarnos e intercambiar nuestros datos?

Consentimiento es un acto, según la RAE, “que no admite duda o equivocación, que no es susceptible de interpretarse en varios sentidos”. Pero exige un previo: comprender las consecuencias (al menos, las fundamentales) de ese sí. ¿Puede un lego consentir a un acuerdo legal que no entiende; un niño o adolescente a una proposición sexual novedosa o una empleada a una exigencia que no figura en su contrato? Habría que ver caso por caso, pero no hay que confundir nunca responder a una petición con consentir a ella. Y, de la legitimidad de esa petición es responsable el que la formula, no el que la responde. No se le puede pedir todo a todo el mundo y menos sin condiciones de espacio, tiempo o deseo. Es por esa razón que cada vez hay más países e instituciones -empresas privadas incluidas- que establecen leyes y normas que impiden que un jefe pida a sus empleados que estén conectados digitalmente fuera de su horario. Lo hacen porque de lo contrario resulta fácil “consentir” a esa llamada o comunicación puesto que no se trata de una relación simétrica, igualitaria, sino de poder. Consentir es algo más que un ¡Vale!

Eso es lo que parece no querer entender Rubiales cuando considera fuera de lugar todo este jaleo -y en eso le apoya la familia y muchos otros personajes del fútbol por omisión- por un “piquito” y, además, “consentido por ella”. Ni en el hipotético caso que la jugadora hubiera dicho algo parecido a un sí o a un vale, como afirma Rubiales y niega tajantemente Hermoso, tendría el valor de un consentimiento expreso. Sería, como mucho, una muestra de emoción propia del momento y del triunfo a celebrar. Solo desde una posición de dominio se puede leer como un consentimiento porque la petición es ya, en sí misma, un abuso de poder. La falacia es creer que estamos en un asunto a dos, iguales y soberanos para elegir. La libertad, elevada a su condición sagrada de valor universal, enmascara la desigualdad que vela. Quizás por ello, la principal valedora en nuestro país de la tan deseada libertad se muestra tibia con este asunto. No consiente el que quiere, sino el que puede.

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ELP).

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

Fuente: https://catalunyaplural.cat/es/por-que-no-fue-un-beso-consentido/

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