“Lo que debemos imperiosamente preservar es la hospitalidad de nuestro planeta”

“¡La economía somos nosotros!”, con esta frase se abre el libro de Éloi Laurent, La Razón económica y sus monstruos, en el que el autor parte al asalto de las mitologías neoliberales que presenta bajo la forma de una quimera de tres cabezas: la de una cabra, una serpiente y un león.

Economista y docente -en Ciencias Políticas y en Stanford- Éloi Laurent profundiza en el discurso económico y los significantes que este vehicula, para demostrar con fuerza cómo ese discurso, pretendiendo igualarse a la ciencia, produce una ceguera respecto a los peligros y consecuencias nefastas que precipita.

Separarse de esta torsión de lectura, destapa sus fallas, tal es el objetivo que Éloi Laurent* nos transmite aquí, la exigencia del bien-decir que abra a nuevas perspectivas, a nuevos relatos, a un nuevo impulso.

Mental – Desde hace unos años, se dedica a deconstruir eso que usted llama nuestras mitologías económicas[1] y entre ellas la idea de que debería proseguir el crecimiento para permitir alcanzar el bienestar al mayor número de personas.

Éloi Laurent – Fui educado en la idea de intentar comprender la estructura del lenguaje. Desde mis primeros contactos con la disciplina económica, he percibido un lenguaje de poder muy estructurado y que había que deconstruir para captar lo que era la economía como saber -que no es el discurso económico, menos aún la retórica y aún menos la ideología económica. Era la única forma de reapropiarse de toda la riqueza del pensamiento económico -que nunca ha sido una ciencia ni lo será- y de intentar comprender qué es el sistema económico. He aquí el sentido de mi recorrido. Comprender desde el interior la economía como lenguaje de poder. Cuanto más he avanzado (hasta mi tesis consagrada a la economía europea[2] – puesto que el proyecto europeo está enteramente estructurado, encerrado en la retórica económica, propuesta como un lenguaje de paz), más he constatado que se trataba profundamente de un lenguaje de desorganización social que lleva consigo potenciales conflictos civiles. Se ve muy bien respecto a la cuestión de la energía hoy. La liberalización de la energía en nombre del discurso económico conduce a choques sociales realmente considerables. Y Europa decae a causa de esta toma del poder económico que se presenta como un discurso de paz y que oculta la mayor parte del tiempo un riesgo de guerra civil.

Cada vez más, mi tarea consiste en pensar contra la economía tal como se presenta como dominante, como científica. Cada otoño se concede el premio Nobel de economía. Pero Alfred Nobel nunca quiso dar un premio a los economistas, ¡nunca! En sus últimas voluntades, se lee que quiere utilizar el dinero del TNT -y así redimir su alma, puesto que inventó el TNT y eso ha matado a millones de personas- para crear un capital cuyos dividendos sean compartidos con aquellas y aquellos que hacen progresar a la humanidad. Los economistas no hacen progresar a la humanidad, Nobel lo sabía. Así pues, el Banco de Suecia en 1969, inventa un “Premio de economía del Banco de Suecia en memoria de Alfred Nobel”. De este modo hace científica a la economía, poniendo en escena a un químico, un médico, un físico y un economista- para dar al mundo la idea de que la economía es una ciencia, al igual que la física o la química. Sin embargo, la economía, lo vemos con la obra de Adam Smith, está construida sobre ficciones, hablo a este respecto de “mitologías económicas”[3]: lo que se nos presenta como verdades científicas, apoyadas en datos empíricos y en cuadros precisos de hipótesis robustas, en realidad son simples prejuicios. Los economistas pasan muchísimo tiempo intentando demostrar que cosas que funcionan en la práctica no funcionan en la teoría -como, por ejemplo, los servicios públicos, la protección social, etc. Se supone que son ineficaces, mientras que son profundamente eficaces en todos lados. El mundo ha sido dañado por esta ideología y por esta mitología que lo desencanta, lo seca y lo empobrece.

Mental – Usted muestra hasta qué punto no es posible separar la carrera hacia el crecimiento de la destrucción de los lazos sociales y del planeta.

Éloi Laurent – Por esa razón he escrito esos tres libros, cortos, condensados, para dar a la gente la idea de que había que comenzar un gran movimiento de rechazo de esta economía dominante. Le digo cuál es mi convicción más profunda: pienso que es lo que destruye la biosfera. Concretamente, lo que la destruye es la adhesión a ese discurso pseudoracional. Los economistas trazarán los últimos signos “igual” de sus modelos matemáticos en su bunker, mientras que toda la biosfera se hundirá a su alrededor. En este momento es una evidencia tangible para toda la gente que trabaja sobre el clima, los ecosistemas y la biodiversidad. Tomen los informes del IPCC, los informes de la plataforma de Naciones Unidas sobre la biodiversidad y los ecosistemas (IPBES): el mayor problema es el crecimiento, la obsesión por la rentabilidad, el utilitarismo aplicado a todo. Hay como una nueva alianza que se anuda, para esquivar a la economía, entre los que hacen ciencias sociales -los sociólogos, los historiadores, etc.- y los que hacen ciencia de lo real y de lo vida- para eludir, rodear la economía con el fin de aislarla, porque esta ilusión del valor se convierte en el problema esencial, entre valor de la naturaleza y naturaleza del valor.

Un ejemplo preciso: este año se celebran los cincuenta años del informe Meadows[4]: un equipo del MIT publica en 1972 uno de los primeros ejercicios de modelización socio-económica de la biosfera, por supuesto con ecuaciones  y con un modelo ciertamente contestable, pero que llega a demostrar que si se mantienen las trayectorias durante treinta o cuarenta años más, se realizará un escenario -que nombran overshoot and collapse, escenario de sobreconsumo de los recursos de la biosfera y de colapso de ésta, arrastrando consigo al de las sociedades humanas que dependen de ella, en un horizonte de cuarenta o cincuenta años. En 2022, estamos en ese punto. Estamos cincuenta años después de ese informe, que en Francia se ha traducido por “Alto al crecimiento” y Science acaba de publicar un artículo que muestra que estamos a décimas de grados de puntos de inflexión irreversibles. Sin embargo, a partir del informe Meadows, hay políticos de la Comisión europea que proponen construir una economía sobria. En febrero de 1972, Sicco Mansholt dirige a sus colegas una carta, la “carta de Mansholt”[5], que en esencia dice: “Acabo de leer el informe Meadows, vamos a la catástrofe, la biosfera va a desmoronarse si continuamos con esta pendiente, es necesario abandonar ahora el crecimiento económico, construir la Unión europea sobre otra cosa que no sea el aumento sin fin de la renta per cápita”. En los años ochenta se olvida todo eso y nos embarcamos en cuarenta años de neoliberalismo. Todo esto ya estaba ahí, ante nuestros ojos, al inicio de los setenta. ¿Quién ha cuestionado al informe Meadows? Los economistas. William Nordhaus, de la universidad de Yale, pretende que el informe es falso porque no incluye los precios sino únicamente las cantidades, y que el juego de los precios va a modificar los comportamientos humanos y evitar el desastre. Evidentemente, cuando se ponen los precios todo se convierte en ilusión, puesto que, con la ilusión del valor, se puede transformar algo que es una evolución catastrófica en evolución positiva. Tomemos el ejemplo de la energía: las herramientas como el smartphone son eficaces. Sus baterías pueden durar seis horas, mientras que hace un año duraban tres, y son más baratas. Pero como hay que recargarlas todos los días, el consumo de electricidad es mucho mayor. Vivimos en el mundo de la ilusión relativa. Mi tesis consiste en que esos indicadores económicos son mamparas que nos han impedido ver la crisis total, la crisis de los volúmenes. Es verdad para lo que llamamos recuperación económica en Francia, después del Covid-19. Saben hasta qué punto la población francesa está en estado catastrófico desde el punto de vista de la salud mental. No hay pues ninguna recuperación: hay un colapso psíquico muy claro. Sería necesaria una verdadera política de salud mental en este país, pero en cambio se empobrece a todos los sectores que se ocupan de ella, unos detrás de otros, para ir en pos de la eficacia gerencial. Antes incluso que volver a pensar futuros deseables, hay pues que desintoxicarse, superar esas mitologías, volver a lo real, ya que el siglo XXI es un siglo tangible. Es un siglo de cantidades: lo que va a contar son las toneladas emitidas o no emitidas, las especies desaparecidas o protegidas, los años de esperanza de vida preservados o no.

Mental – Usted muestra bien que vivimos efectivamente en un mundo de la desmaterialización (con lo digital en particular), pero que en el fondo nunca hemos consumido tantas cosas muy materiales.

Éloi Laurent – Hoy en día consumimos cien mil millones de toneladas de recursos naturales al año. Es tres veces más que antes de la susodicha “revolución digital”, que iba a desmaterializarlo todo. El sistema económico, de hecho, ha sido rematerializado. Todo lo que se nos anuncia hoy como la revolución, el “crecimiento verde” -sustituir las energías fósiles por las energías renovables- sin disminución del consumo de energía, conducirá a destruir las tierras de los países del Sur y los fondos marinos. Las economías nunca han presionado tanto los ecosistemas que las sostienen. Y se habla de “la economía de la nube”.

Mental – ¿En qué momento ha aparecido en el lenguaje esta torsión que hace que ese discurso se haya quedado completamente vacío, poniendo tapaderas por todos lados?

Éloi Laurent – Es una buena pregunta: ¿en qué momento han tomado el poder, desde el punto de vista del lenguaje, los economistas? Cuando han conseguido imponer la palabra crecimiento, sin duda. La palabra crecimiento es realmente el punto de inflexión por una razón fundamental: cuando se convierte uno en padre, mira la curva de crecimiento de sus hijos. Este significante es increíblemente potente, la idea de que las cosas deben crecer y desarrollarse, etc. Esto no aparece antes de los años cuarenta; la invención del Producto Interior Bruto fue en 1934. Es interesante señalar que es un indicador de crisis: es el indicador que va a medir de forma macroeconómica lo que en Francia se llama la Crisis del 29, lo que los americanos han llamado la Gran Depresión. El Congreso americano fue a ver a Simon Kuznets, economista del desarrollo en Harvard, y le dijo: Querríamos un indicador que tome en cuenta la totalidad de los fenómenos que se producen, algo que toque a todos los sectores de la economía y solamente disponemos de indicadores parciales de crisis. Se crea entonces el indicador de crisis general que se convertirá diez años después en el Producto Interior Bruto. En ese momento, en 1934, es el gran punto de inflexión del crecimiento. En mi opinión es el más importante de todos los puntos de inflexión del pensamiento económico. Es en ese momento cuando se inventa ese monstruo, inspirado en la realidad orgánica y biológica, que es el crecimiento, pero que no conoce ningún límite. A la vez, es profundamente natural y profundamente artificial, incluso antinatural desde el punto de vista biológico, y de un modo muy concreto: destruye la vida sobre la Tierra. El principio de todo ser vivo, es el de crecer, llegar a una meseta y luego declinar.

De donde otra idea, que es otro significante importante hoy: la cuestión de los límites. ¿Existen límites al crecimiento? Es el tema de 1972. Lo que se descubre allí, que ha abierto una brecha fulgurante en el debate público, es el artículo sobre los límites planetarios, Planetary boundaries, publicado en 2009 y reactualizado en 2015[6]. Por supuesto, se trata de límites al crecimiento. Evidentemente, es eso lo que se vuelve a descubrir. Es algo del orden de la representación del mundo, pero también del orden de lo íntimo. Son los límites que domestican al crecimiento, concretamente. Es exactamente así como ocurre para un ser humano.

Mental – Continuemos con la cuestión de los límites. Lacan muestra que el discurso capitalista conecta directamente la falta- en -ser del individuo y el objeto, haciéndole creer que su división será colmada y por lo tanto que eso no se detendrá nunca. Al mismo tiempo, nos dice Lacan, esto está “condenado a estallar”[7]. Usted dice que “no se trata de enseñar a una humanidad gozadora, miope e inconsciente el sentido del límite. Se trata de convertir el límite actual en un límite justo, pasando del límite de la desigualdad al de la responsabilidad”[8]

Éloi Laurent – El discurso anti-ecologista presenta la ecología como una represión. Vean el número de Philosophie magazine sobre la sobriedad, que plantea la cuestión en esos términos: ¿Por qué es tan difícil moderarse?[9]”. Si se plantea el problema así y en la degradación más extrema -son las tonterías que cuentan las neurociencias sobre “el cerebro de reptil”, que no conocería el límite del placer- está condenado al fracaso. Eso da la idea de que no se alcanzará nunca y, si se alcanza, será al precio de sufrimientos insoportables, porque será una represión fundamental. Es extraordinariamente perverso como discurso. Puesto que estamos ya en sociedades limitadas: el neoliberalismo, es el límite para el 90% de la población, en beneficio del 10% del vértice. He aquí el límite. Estamos en sociedades que son ya sociedades de represión. Toda la cuestión es saber cuáles son las represiones y los sufrimientos que se derivan de los límites actuales y, al contrario, en qué podría ser liberadora la transición ecológica. Liberadora por ejemplo respecto a la cuestión de la contaminación del aire, que mata no a cuarenta mil personas cada año en Francia, como se dice, sino a cien mil personas (aproximadamente, el 15% del total de muertes, es decir, tres olas de Covid, cada año). Liberadora en relación con los choques ecológicos, como el Covid, que ha sido una catástrofe sanitaria y educativa, o las canículas de 2022, que son el segundo desastre llamado “natural” más mortífero en Francia desde 1900. Los artículos aparecidos en Science a principios de año -de los que apenas se ha hablado en Francia- muestran que el Covid-19 es una zoonosis, ligada a la destrucción de los ecosistemas y a la mercantilización, por tanto, a la mecánica del crecimiento[10]

Mental – Todo está relacionado

Éloi Laurent – El precio que pagamos por ello, la privaciónde nuestros lazos sociales, es el precio más elevado que se pueda imaginar en una sociedad. El hecho de no enterrar a sus muertos es un castigo que ninguna sociedad ha impuesto jamás, excepto en casos de una extrema crueldad. Es en nombre de ese derecho que Antigona va a desafiar la ley y a arriesgar su vida -porque debe enterrar a sus muertos. De una forma perfectamente clara, lo que hace a la gente feliz, lo que hace que estén sanos son los lazos sociales. Por tanto, es por medio de los lazos sociales como hay que reconstruir todo el sistema económico. Si no tenemos cuidado de nuestros vínculos naturales, seremos privados de nuestros lazos sociales -he aquí, para mí, la poderosa lección del Covid-19.

Mental – Son necesarios nuevos relatos, como también dice usted.

Éloi Laurent – Si. Y el nuevo relato que propongo toma la forma de un bucle social-ecológico[11], con un entrelazamiento entre el circulo natural y el círculo social. Los dos nudos del bucle son, por un lado, los lazos sociales y los vínculos naturales, el hecho de cuidar los vínculos naturales para poder beneficiarnos de los lazos sociales. Está la salud, por supuesto, y la esperanza de vida. Pero los estudios que se publican en Estados Unidos sobre el impacto del Covid-19 en la educación muestran que se ha perdido una década de progreso en unos años. En dos años de desescolarización, algunos niños han perdido siete, ocho años de adquisición de conocimientos. Sin hablar de los trastornos de la socialización: la confianza, el hecho de poder aceptar al otro, su diferencia, etc. Es absolutamente sorprendente como imagen: esta humanidad privada de lo que tiene de esencial, que son los lazos sociales.

Así pues, por un lado, el nudo entre los lazos sociales y los vínculos naturales (en la línea del “viviente” de Philippe Descola y de Baptiste Morizot), y el otro nudo un poco más complicado, entre la justicia y la sostenibilidad. Se trata de comprender que el mundo será más sostenible, en el sentido medioambiental del término, si es más justo, y más justo si es más sostenible. Retomemos el fenómeno de las canículas que son los acontecimientos climáticos más directamente amenazadores a escala planetaria. En una canícula, la gente que tiene la mayor probabilidad de ver interrumpida su vida, son los que tienen más de sesenta y cinco años y las personas que están más aisladas socialmente. Hay un libro formidable sobre esto, el libro de Eric Klinenberg, sociólogo en la Nueva York University, que acaba de ser traducido al francés, Heat Wave[12], sobre la canícula de Chicago en 1995. Estudió en detalle las condiciones en las que la gente murió y por qué. Ha escrito este verano un texto formidable en Liberation que se titulaba “Un clima ardiente en una sociedad glacial”[13]. Decía que teníamos que reinventar lugares colectivos para luchar contra la canícula como las bibliotecas, ya que nuestra mejor protección contra la canícula serán los lazos sociales. ¡Qué magnífica idea!: un lugar de conocimiento común como protección contra la crisis ecológica.

Mental – Los sintecho mueren masivamente cuando hace calor a pesar de las creencias comunes.

Éloi Laurent – Exactamente,los sintecho o las personas que deben trabajar en el exterior. En esas condiciones, ¿cómo reinventamos lasbibliotecas, las mediatecas, los cines, para hacer de ellos lugares colectivos de lucha contra la canícula, es decir, lugares de vínculos? El riesgo de morir por la canícula a causa del aislamiento social es increíble. En Francia, desde hace cuatro, cinco años, los informes del Crédoc[14] muestran un aumento muy importante de este aislamiento social, del orden del 9% en 2010 hasta el 14% en 2020, antes del Covid-19.

Por el momento, no se ha hecho el balance completo de esta crisis del Covid-19 y de sus consecuencias en la desocialización, que evidentemente lo digital acelera, cuando había prometido reducirla.

He aquí la idea: por un lado, los lazos sociales y los vínculos naturales y por el otro el debate un poco más técnico sobre las desigualdades sociales y las políticas de transición ecológica; por un lado, la “plena salud” y por el otro la “transición justa”.

Mental – Deconstruir las mitologías, esdevolver la economía a cada uno. Y eso supone el debate democrático.

Éloi Laurent – Es exactamente lo que dice Thomas Pikettty en la introducción del El Capital en el siglo XXI,[15] el libro de economía más leído y más vendido en el mundo. Según él, la economía es un asunto demasiado serio para ser dejado en manos de los economistas. Es necesario que cada uno pueda apropiárselo.

Mental – Usted tiene un discurso inverso al de los colapsólogos y su uso del miedo [16]. Hay tal inercia, tal impotencia, que nos preguntamos si en un momento dado no habría necesidad, al contrario, de medidas autoritarias. Sin embargo, según usted, se trata de salvar no al planeta sino “la hospitalidad del planeta[17]”.

 Éloi Laurent – El planeta tiene cuatro mil quinientos millones de años mientras que la vida en el planeta remonta a alrededor de tres mil quinientos millones de años. Los hombres llegan hace alrededor de siete millones de años. Y el Homo sapiens sapiens, del orden de ciento cincuenta mil años antes de nuestra era, es decir, muy al final: de lo que sería una jornada de 24 horas, llegamos en los últimos segundos del asunto. El planeta tiene para miles de millones de años, hasta la extinción del sol. La vida en la Tierra ha sido casi extinguida cinco veces ya en la historia geológica y cada vez se ha recuperado. Por otro lado, se ve el fulgor del modo en que la vida vuelve. En todas las zonas en que los humanos han debido abandonar el terreno, las zonas de radioactividad o las zonas de conservación, la vida vuelve a toda velocidad. Es extraordinario. Tomemos un contexto menos extremo que la radioactividad: el programa Natura 2000 -que es el mayor programa internacional de conservación del mundo, un programa europeo mal conocido de los europeos; en el espacio de diez años, especies de las que se estaba seguro que estaban extinguidas, han vuelto a la vida de un modo espectacular.

Mental – Incluso a una pequeña escala, durante el Covid-19 se ha visto volver un número increíble de pájaros a Paris.

Éloi Laurent – ¡Si! Se ha hablado de “Antropopausa” por el hecho que el Antropoceno se ha pausado y que el dominio humano del planeta se ha suspendido, lo que ha permitido a la vida volver. Sin hablar de la contaminación del aire. A decir verdad, el mejor signo de esperanza que se tiene es el de ver hasta qué punto si se hacen esfuerzos verdaderamente consecuentes la biosfera siempre está ahí, nos espera. Espera que volvamos a la razón, que paremos de destruirla, es decir, de destruirnos nosotros mismos.

Para volver a la cuestión democracia o autoritarismo, la reflexión comienza con Garret Hardin en 1968 y su artículo sobre la “tragedia de los comunes[18]”. Para él, la relación de la humanidad con los recursos naturales se parece a la relación del ganadeo con el pastizal. La idea es que se podría explotar el pastizal, que es un recurso renovable -la hierba- a condición de dejarla reposar. La naturaleza se encarga de mantener estos recursos, que son recursos renovables: el agua, la hierba, los bosques, los peces, etc., son renovables en el sentido en que vuelve a crecer si se respeta lo que se llama la “capacidad de carga”, es decir si no se va más allá de cierto umbral de explotación cada año y se deja al recurso reconstituirse. Para Garret Hardin, un ganadero tiene dos posibilidades. Sea la elección de comprender el recurso como un bien común, compartido con otros ganaderos, es decir, que no está solo -es el problema de la humanidad-: somos muchos desde hace tiempo.  Entonces se trata de explotar de forma duradera haciendo rotaciones y dejando el recurso renovarse. Si todo el mundo hace uso a la vez, el recurso se agota en poco tiempo, los corderos mueren y los ganaderos mueren poco después. Es exactamente lo que ocurre con los recursos pesqueros en la actualidad. No nos entendemos con las reglas. Así pues, según Garret Hardin, la única solución es la dictadura benévola: se instituye un poder autoritario, una coerción, bajo el interés común, que decidirá quién puede tener acceso y quien no al recurso, y quién va a comer y quién no. Es la solución fundamental. Esta idea es prolongada por Hans Jonas, con El Principio responsabilidad[19], que dice exactamente lo mismo: la humanidad corre hacia su pérdida puesto que hay demasiada libertad, entonces eso conduce a la ruina colectiva. Entre paréntesis, el argumento exactamente inverso es utilizado por Adam Smith; según él, en 1776, si perseguimos nuestro interés individual, se llegará a la prosperidad colectiva[20]. Si se aplica esto a la ecología y a los recursos naturales, es la ruina colectiva lo que nos espera. Entonces, se instituye un Leviatán que regulará las impaciencias humanas.

Todo esto es contradicho por una mujer, una de las dos mujeres que han recibido el premio de economía del Banco de Suecia, Elinor Ostrom. Es mi heroína personal en el mundo académico. Ha dejado un trabajo absolutamente extraordinario. Elinor Ostrom escribe, en 1990, un libro que se llama El gobierno de los bienes comunes (Gouverner les communs[21]). Muestra en él que comunidades humanas en todo el planeta, llegan a explotar de manera sostenible los recursos naturales. El agua, en España; los bosques, en Amazonia, etc. ¿Cómo?, ¿por qué? Porque esas comunidades tienen principios de organización que se podrían llamar instituciones de cooperación.  En primer lugar, Elinor Ostrom hizo estudios de campo, por ejemplo, entre los pescadores de langostas del Maine, en la costa americana. Hay una cantidad finita de langostas y hay pues sistemas de rotación muy precisos y estructurados. Con eso, se puede vivir en armonía con su recurso durante siglos. A la inversa, si colocamos una empresa capitalista que monta una granja de langostas, que excluye a todo el mundo y empieza a hacer sobrexplotación con un indicador de ganancia, eso destruye el recurso en unos años. ¿Cuáles son los buenos principios que aplicar?, se pregunta. Hay una decena que se basan en la justicia, la reciprocidad, la confianza. Y ahí tenemos un desmentido formal aportado al pesimismo de Garret Hardin y de la “tragedia de los bienes comunes”. Se puede tener un gobernanza de los bienes comunes.

Una parte de mi trabajo consiste en intentar comprender cuáles serían los principios de buena política pública que podrían, de forma democrática, conducir a tener una buena política ecológica en Francia, es decir, una política social-ecológica[22]. Se podría decir que es puramente teórica.

Hay una situación apasionante que hemos vivido todos en Francia: es la secuencia de los “chalecos amarillos” y de la convención ciudadana por el clima. Esto empieza pues con los “chalecos amarillos”. El gobierno francés se comprometió con las autoridades europeas a mantener una estrategia nacional de reducción importante de las emisiones de gases de efecto invernadero, porque Francia tiene una responsabilidad histórica, aunque ahora no represente mucho en los gases de efecto invernadero. Es muy importante considerar la responsabilidad histórica, porque el CO2 persiste en la atmósfera entre uno y dos siglos. Esto quiere decir que las emisiones hechas en Francia en 1922 pueden tener una responsabilidad en las inundaciones en Pakistán en 2022. Cuando los responsables franceses dicen: “Nosotros representamos el 1% de las emisiones mundiales, el problema son los chinos, no nos pidan hacer esfuerzos”, es totalmente mala fe. Francia tiene una responsabilidad histórica enorme, teniendo en cuenta su desarrollo industrial desde mediados del siglo diecinueve, y de la persistencia del CO2 en la atmósfera.

Todos los sectores reducen (energía, residuos) pero las emisiones del transporte aumentan desde los años 1990 (fecha de referencia para la medida de las emisiones). Esas emisiones son llamadas “difusas”. Desde el punto de vista de las políticas medioambientales, son necesarios instrumentos fiscales para reducirlas. Entonces, se quiere establecer una tasa carbono en Francia. Hace veinte años que se intenta. La primera vez con Lionel Jospin, fue retocada por el Consejo constitucional. Una segunda vez con Nicolas Sarkozy fue anulada, también por motivos constitucionales. En 2013-14, el gobierno francés decide aprobarla en secreto. Para evitar la censura del Consejo constitucional y la potencial ruptura de igualdad ante las cargas públicas, se cambia la regla de cálculo de los tres impuestos existentes para integrar en ella la cantidad de carbono emitida. Se introduce pues, con Francois Holande, un impuesto sobre el carbono- pero sin decirlo a nadie. En 2018, el gobierno dirá: “Vamos a aumentar el impuesto sobre el carbono que existe, de 44 euros la tonelada a 55”. De golpe, todo el mundo se da cuenta de que hay un impuesto al carbono en Francia, que empieza a reportar miles de millones de euros y, por tanto, a costar miles de millones de euros en términos de fiscalidad, y que no hay ninguna compensación social, ningún criterio de justicia en base al nivel de ingresos que se tiene ni al lugar donde se vive. Los “chalecos amarillos” tienen toda la razón de rebelarse.

Mental – Es la doble penalización.

Éloi Laurent – Totalmente. Es el modo como se ha dibujado el espacio francés, que hace que decenas de millones de personas están atrapadas en la movilidad pendular en las periferias, cogidos en la trampa de las energías fósiles cuyo precio aumenta inexorablemente. Concretamente esto los ahoga, es la pobreza fósil. Entonces se construye lo que se llama en francés un relato, en inglés una narrative sobre los “chalecos amarillos”, en el que toda Europa va a empezar a creer, con ese tipo de slogan: “El fin del mundo contra el fin de mes”. Este relato dice: los “chalecos amarillos” demuestran que es imposible hacer políticas ecológicas sin sacrificar la justicia social; las políticas ecológicas serán forzosamente de punitivas. Es simplemente falso. A raíz de la crisis de los “chalecos amarillos”, equipos de investigadores se ponen a trabajar para demostrar que se puede tener un impuesto sobre el carbono justo en Francia. Nosotros demostramos así, con mi colega Audrey Berry, que es posible concebir un impuesto progresivo, que conduzca a redistribuir el dinero a más del 50% de la población francesa y cuyos ingresos pueden contribuir a disminuir esa lacra social que es la precariedad energética (que afecta entre el 10 y el 15% de hogares franceses[23]). Se trata de devolverlo, por supuesto a los tres primeros deciles de los que forman parte los “chalecos amarillos”, pero igualmente al 50% de la población francesa, estableciendo criterios de justicia en base a los niveles de ingresos y al lugar en que se vive.

Concretamente, los más ricos podrían financiar, por el hecho de que su huella de carbono es mayor, la salida de la precariedad energética de los más vulnerables – eso se hace en Europa desde hace siglo y medio. Salvo que el gobierno hace lo contrario: un impuesto proporcional que penaliza a los más débiles. Los “chalecos amarillos” se rebelan contra la desigualdad social, no contra la transición ecológica. Hay un documento muy interesante que estudia con un método de investigación preciso[24], el discurso de los “chalecos amarillos” y demuestra que son más bien pro-clima, pero que rechazan la injusticia fiscal.

¿Por qué el slogan “el fin de mes contra el fin del mundo” no se sostiene? Porque la pobreza no empieza a fin de mes, sino al inicio. La precariedad energética unida a la inseguridad alimentaria existía antes de la invasión rusa de Ucrania, pero se convierte en el problema social-ecológico central en Francia y en Europa. Una crisis social se anuncia, más fuerte aún que la de los “chalecos amarillos”. La expresión “fin del mundo” tampoco conviene, porque no es el fin del mundo sino el fin de la hospitalidad del planeta para los humanos y la calidad de vida de los más vulnerables lo que está en juego. Los más ricos se librarán, empiezan ya a bunkerizarse por todas partes.

Llegamos a su pregunta. ¿Se pueden crear instancias democráticas que aporten respuestas justas y eficaces desde el punto de vista ecológico a la crisis climática? En mi opinión la Convención ciudadana para el clima lo demuestra. Se han elegido al azar ciento cincuenta personas, que han trabajado durante seis meses, los fines de semana (del orden de treinta días en total): al final del proceso, han conseguido entenderse sobre ciento cuarenta y nueve medidas consensuadas, consideradas extraordinarias por todos los expertos de la cuestión climática. Es un milagro democrático: en seis meses se llega a informar a la gente, hablan, llegan a encontrar soluciones, se ponen de acuerdo. Convocan a los expertos a lo que quieren convocar; quieren saber, comprender; Valeria Masson-Delmotte, la vicepresidenta del IPCC, el primer día les hace una presentación que les da “una bofetada”, dicen, porque captan la magnitud de la crisis climática[25]. De golpe, comprenden lo que todo el mundo comprendió a lo largo del verano 2022, que la crisis climática está aquí y que Francia no va a escapar, evidentemente. Pero, enseguida se plantea el problema: ¿qué es capaz de hacer la democracia representativa con esos métodos abiertos de democracia –open democracy? Sólo el 10% de las medidas propuestas por la Convención ciudadana para el clima han entrado sin filtro en el proyecto de ley “Clima y Resiliencia”. Es un fracaso de la democracia representativa. Pero toda esta secuencia prueba que justicia social y transición ecológica son perfectamente compatibles, con la condición de darse los medios. Efectivamente, si la transición ecológica es solamente un medio de aumentar las desigualdades sociales, nadie querrá saber de ella. Es preciso que sea una transición socio-ecológica; y la democracia es perfectamente capaz de inventar -y rápidamente- instancias en las que debatir y tomar medidas fuertes y eficaces. No necesitamos una dictadura benévola que elegiría por nosotros sacrificar lo ecológico en el altar de lo social, o a la inversa. Es una muy buena noticia.

Mental – Lo que dice es magistral y resuena con la cuestión del saber. Cuanto más aumenta el saber científico, más se tiene la impresión de estar completamente atónito con la masa de saber. Y la ciencia del cambio humano pasa finalmente por la conversación democrática. No es una suma de saber.

Éloi Laurent – Exactamente, es saber juntos. Hay que llegar incluso a conocer juntos. Somos perfectamente capaces de hacerlo. Realmente hay un debate muy interesante sobre la cuestión de esta eco-ansiedad, en la comunidad medioambiental. Discutía con Camille Etienne, que es una activista del clima; su lectura de la eco-ansiedad, es que esta es una trampa, porque reduce la cuestión climática a la cuestión de la percepción intima, mientras que la cuestión es enteramente social. Hay que hacer de ella un tema social y no un tema individual.

La cuestión no es estar ansioso, sino estar informado. Sin embargo, hay una realidad innegable, que es la muy profunda depresión de los científicos del clima. Para mí, la eco-ansiedad es también el síntoma que transmiten los científicos a la población.

Mental – La angustia del científico.

Éloi Laurent – Lacan habla de eso, creo. Los científicos están sobrepasados, porque nadie puede ser Casandra demasiado tiempo. Jean Jouzel o Jim Hansen ven realizarse sus previsiones con una precisión de décimas de grado, frente a “responsables” que no escuchan, en nombre de ese discurso económico que yo denuncio -eso es lo insoportable. Los economistas han destejido la tela de Penélope por la noche, mientras que los científicos del clima intentaban tejer por el día la crisis climática. Cuando miramos el trabajo de William Nordhaus, en Yale, que está considerado como el mejor economista del clima en todo el planeta, puesto que sus modelos intentan minimizar el coste del cambio climático en nombre del crecimiento futuro desde hace décadas, ¡es desconcertante! Ahí, la economía aparece como una fuerza anticientífica, que bloquea y retrasa la transición con todas sus fuerzas. Es por ello que hay que deconstruir este discurso económico dominante, que es demasiado toxico.

Mental – Para sortearlo, precisamente, puesto que es un asunto de discurso, ¿cuáles serían los nuevos significantes que podrían captar algo?

Éloi Laurent – Es una cuestión fundamental. ¿Hay que utilizar significantes que son deseables o significantes que son terroríficos? Sobre esto hay un verdadero debate. Hay que demostrar realmente que lo que se propone en el fondo, la sobriedad al servicio del bienestar esencial no es la privación. No es el final de algo, es el principio de una nueva forma de bienestar y de progreso. Hablo de “economía del bienestar”, para decir: he aquí nuestro objetivo e incluso “la economía del bienestar esencial”. Hay dos jóvenes investigadores que, en mi opinión, son verdaderos referentes. El primero es Pablo Servigne que ha lanzado él sólo, a partir de conferencias, la colapsología y el colapso[26]. Dice – y tiene razón- que se ha movilizado a mucha gente con esto, mucho más que con los afectos llamados positivos.  Y en verdad, pienso que el colapso es simplemente creer -en el sentido de Dupuy, del “catastrofismo ilustrado”[27]– lo que se sabe y aceptar perder aquello con lo que nos sostenemos. Y entonces eso desplaza el discurso hacia la única cuestión fundamental, que es la cuestión del amor.

Mental – Valérie Masson-Delmotte, vicepresidenta del IPCC, dice que este verano nos hemos dado cuenta de que estamos perdiendo los paisajes a los que estábamos acostumbrados.

Éloi Laurent – Si, la pérdida de esta permanencia que es el hecho de decir: “Aquí, es mi casa”, la pérdida de su hábitat. O peor: “Aquí, era mi casa”, he perdido la memoria. La idea del colapso es algo muy potente. Durante mucho tiempo he sido muy escéptico respecto al interés del decrecimiento. Pero me doy cuenta hoy, trabajando con los investigadores del decrecimiento, de que es algo muy sólido. Lean a Timothée Parrique, Ralentizar o perecer, la economía del decrecimiento[28], apenas publicado y ya agotado -todos mis estudiantes me hablan de él. Su recorrido es interesante: es alguien que tiene una formación en economía tradicional como yo, que ha comprendido que había una cosa profunda que no marchaba en su formación en economía, y ha querido interesarse por las corrientes alternativas. Tuvo muchas dificultades para encontrar directores de tesis y fuentes de financiación y hoy se encuentra publicando en Seuil y dando conferencias en todas partes, está en Suecia como postdoctorado, llevando un grupo de investigación muy dinámico. Llega ahí con una idea cuya hora, como decía Victor Hugo, ha llegado.

La corriente del decrecimiento data de los años 1970, pero la nueva generación -Jason Hickel en Londres, Giorgos Kallis en Barcelona, Julia Steinberger en Lausanne, Timothée Parrique, hoy en Lund, Suecia-es una generación formidable. El “post-crecimiento” es la convergencia entre: el decrecimiento, “la economía del donut” de Kate Raworth[29]: y además “la economía del bienestar”, que es la corriente en la que yo trabajo. Acabamos de obtener una licitación europea muy importante para construir modelos, indicadores y sobre todo políticas de bienestar, a fin de redefinir la Unión europea en los próximos años. Todo el mundo está convergiendo.

Mental – Luego, los nuevos significantes serán donut

Éloi Laurent – Van a ser colapso, decrecimiento, donut, bienestar. Algunos son positivos, otros, negativos. Este pensamiento negativo asumido, incluso reivindicado, es muy potente. Sin duda son necesarios los dos.

La psicología positiva de los Estados Unidos ha enmascarado treinta años de desigualdades sociales, de colapso de la salud y finalmente de la democracia. ¡Pero, sobre todo sean felices!

Es por ello que hay que tomar el significante “bienestar” con precaución. El bienestar con el que trabajo es el bienestar del Welfare State, la invención de la protección social, la reinvención de las sociedades europeas a partir de 1880 con la noción de “bienestar de los trabajadores”, es decir, de bienestar colectivo. Y ese colectivo es, de aquí en adelante, más amplio: los investigadores como Serge Morand, que estudian la cuestión de las zoonosis, dicen que es la salud planetaria la que nos interesa.

Mental – Se le podría replicar que eso está pasado de moda, el Estado-providencia, etc. Pero sus trabajos muestran que con el Covid-19, felizmente que el Estado estaba ahí.

Éloi Laurent – Que estaba ahí porque de hecho es la columna vertebral de la economía. En 2016, en El Bello futuro del Estado providencia, me dediqué a criticar completamente el discurso ambiente de los economistas[30], según los cuales el Estado-Providencia no serviría para nada, costaría muy caro y que, sobre todo, haría falta bajar la protección social para liberar el crecimiento, la innovación.

Se puede terminar por donde se ha comenzado: ¿qué lenguaje emplear para decir el mundo? Necesitaríamos una palabra. La palabra crecimiento es tan potente, necesitamos un significante. Estamos casi en un mundo donde el significado es cada vez más claro, pero el significante es aún huidizo. La crisis está ahí, no hay ninguna duda: la crisis de la biosfera que colapsa, la crisis de las desigualdades sociales, la crisis de la democracia – hoy todo el mundo lo ve. Pero no tenemos palabra para decirlo. Yo he llamado a eso “social-ecología”, “bienestar”, “plena salud”, “transición justa”.

Mental – ¿Está usted de acuerdo con el hecho de que lo que ha pasado este verano es inédito, que hemos sido tocados en nuestro cuerpo, que esto no ocurre en el otro extremo del mundo y que eso provocará quizás un cambio?

Éloi Laurent – En mi opinión el giro ha comenzado en 2018, cuando la juventud se ha levantado con Greta Thunberg, que es una figura extraordinaria. Por otro lado, ella tuvo en cierto momento un problema en su aprehensión del mundo y ya no quería crecer, ya no quería hacerse mayor. Pero, a los quince años, coge su bicicleta y, con una pancarta de cartón, se coloca ante el Parlamento sueco, y consigue que decenas de millones de personas en el mundo se levanten; con su estilo, que es un estilo que podríamos llamar “colérico”, pero que ante todo es verídico. Es alrededor de este personaje, de su rebelión liberadora, que habría que construir ese nuevo lenguaje.

*Economista.

Transcripción: Francois Brunet

Traducción: Elvira Tabernero

Revisión: Josep María Panés.

Fuente: Revista Mental N.º 46

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

 

[1] Cf. Laurent É. Nos mythologies économiques. Paris, Babel, 2017

[2] Laurent É., Économie politique constitutionnelle de l’intégration européenne. Une étude de la constitution économique et de l’économie de la taille des pays de l’Union européenne, thèse IEP, Paris 2006, inédit.

[3] Cf. Laurent É. Nos mythologies économiques op. cit. Laurent É. Nouvelles mythologies économiques Paris. Les liens qui libèrent 2016 et Laurent É. La Raison économique et ses monstres. Mythologies économique, vol III Paris. Les liens qui libèrent, 2022

[4] Cf. Meadows D., Meadows D., Randers J., Behrens W. The limits to growth. A report for the club of Rome’s Project on a predicament of mankind, New York, Universe Books, 1972

[5] Cf. la lettre ouverte de Sicco Mansholt à Franco-Maria Malfatti, président de la Commission européenne, 9 février 1972. Cf. Pass A., Reboul L., La lettre de Mansholt. Réactions et commentaires, Paris, Jean-Jacques Pauvert, 1972.

[6] Steffen W. et al., “Planetary boundaries. Guiding human development on a changing planet”. Science, nº347, 15 janvier 2015, disponible sur internet.

[7] Lacan J., “Du discours psychanalytique”, Lacan in Italia, 1953-1978. En Italie Lacan, Milan, La Salamandra 1978 p. 48 “No es que yo os diga que el discurso capitalista sea feo, al contrario, es algo locamente astuto, eh? Locamente astuto, pero abocado a estallar. En fin, después de todo es de lo que se ha hecho más astuto como discurso. Pero, eso no es menos destinado al pinchazo. Es que es insostenible. Es insostenible…”

[8] Laurent É., Sortir de la croissance. Mode d’emploi, Paris. Les liens qui libèrent, 2021, p.251.

[9] Cf, le dossier “La sobriété. Pourquoi est-ce si difficile de se modérer”. Philosophie magazine nº163, octobre 2022.

[10] Cf. le dossier “Covid-19. Building on what we’ve learned”, Science, vol. 375, número special 11 mars 2022.

[11] Cf. Laurent É., Social-Écologie. Paris, Flammarion, 2011.

[12]Klinenberg É. Canicule. Chicago, été 1995. Autopsie sociale d’une catastrophe, Lyon, ed. Deux cent-cinq/Ecole urbaine de Lyon,2022

[13]  Cf.Klinenberg E. “Un climat brûlant dans une société glaciale”, Libération, 16 juillet 2022, disponible sur internet

[14] Centre de Recherche pour l’Etude de l’Observation des Conditions de Vie.

[15] Cf. Piketty T., Le Capital au XXIe siècle, Paris, Seuil, 2013

[16] Cf. Muhlmann G., “La peur de la fin du monde est-elle utile pour réfléchir ?”, Avec Philosophie, France Culture, 21 septembre 2022, disponible sur internet-

[17] Laurent É, Sortir de la croissance, op. cit. P.246.

[18] Cf. Hardin G., “The Tragedy of the Commons”, Science, vol 162, nº 3859, 13 décembre 19668 and Hardin G, La Tragédie des communs, Paris, PUF, 2018

[19] Jonas H., Le Principe responsabilité. Une éthique pour la civilisation technologique. Paris. Flammarion, 2013

[20] Cf. Smith A., La Richesse des nations. Paris, Flammarion.1999, p. 2 : “44-245

[21]Cf, Ostrom E., Governing the Commons. The Evolution of institutions for collective action. Cambridge, Cambridge University Press, 1990, trad. Fr. Osrom E., Gouvernance des biens communs. Pour une nouvelle approche des ressources naturelles. Bruxelles, De Boeck, 2010

[22] Laurent É., Social-Ecologie, op. cit.

[23]Cf., Berry A., Laurent É., “Taxe carbone, le retour, à quelles conditions ?”. Paris, Observatoire français des conjonctures économiques, 2019, disponible sur internet.

[24] Cf. Guerra T., Gonthiee F., Alexandre C., Gougou F., Persico S., “Qui sont vraiment les “gilets jaunes”? Les résultats d’une étude sociologique”, Le Monde, 26 janvier 2019, disponible sur internet.

[25] Cf., Masson-Delmatte V., exposé à la Convention citoyenne pour le climat, 4 octobre 2019, disponible sur YouTube.

[26] Cf. Servigne P., Comment tout peut s’effondrer. Petit manuel de collapsologie à l’usage des générations présentes. Paris, Seuil, 2015 (Hay edición en español.: Colapsología. El horizonte de nuestra civilización ha sido siempre el crecimiento económico. Pero hoy es el colapso. Arpa. Barcelona. 2020.

[27] Cf., Dupuy J.-P. Pour un catastrophisme éclairé. Quand l´’impossible est certain, Paris, Seuil. 2004.

[28] Cf., Parrique T., Ralentir ou périr, L’économie de la décroissance. Paris, Seuil, 2022.

[29] Cf. Rawarth K., La Théorie du donut. L’économie de demain en 7 principes. Paris, Plon, 2018

[30] Cf. Laurent É., Le Bel avenir de l’Etat-providence, Paris, Les liens que libèrent, 2014

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