La rabia

José R. Ubieto*

La rabia tiene tantas formas como nombres diversos: ira, enojo, enfado grande, indignación, furia, cólera. Cada sinónimo aporta sus matices y ese detalle es clave para entender los fenómenos de protestas, e incluso violencia, que se están produciendo estos días en diversas ciudades europeas, Catalunya incluida. Escuchando a sus protagonistas, es fácil darse cuenta de que no hay una explicación sencilla: no todos son negacionistas, de extrema derecha, jóvenes airados, militantes de extrema izquierda, o simplemente gente que pasaba por allí.

Hay un poco de todo, pero quizás podemos localizar algo en común: el sentimiento de estar indignados por haber sido víctimas de una injusticia que ha lesionado su dignidad. Por supuesto, a cada uno y a cada una la suya. Hay dignidades relativas a la pérdida de trabajo, a la prohibición de salir, a la quiebra de la patria, a la injusticia misma de la vida. Y también oímos la indignidad de no sentirse alguien y querer, como protesta, hacerse una selfie a la luz de las hogueras, aunque el fondo de pantalla sea un contenedor.

Todos podemos sentir que nuestra dignidad ha sido violada por unos o por otros y, en la situación actual, la gestión de los gobernantes en relación a la pandemia ofrece motivos varios. Pero, al mismo tiempo, no todos los indignados salen a la calle y, mucho menos, queman contenedores o arrojan piedras a los escaparates o a la policía. El poeta francés Charles Péguy explicaba, con humor, que la cólera –un paso más allá de la indignación– se debía al hecho de que las clavijas no entren en los agujeritos, que algo que debía encajar no lo haga.

Lacan retomó esa idea para señalar que la indignación puede provocar que montemos en cólera cuando sentimos que nuestra singularidad es cuestionada, rechazada o simplemente desconocida. Todos y todas lo hemos experimentado alguna vez siendo atendidos en un servicio público. Cuando el médico recoge nuestros datos, sin apenas mirarnos abducido como está por rellenar el aplicativo informático que le piden, o cuando no conseguimos que el funcionario entienda nuestra casuística personal, dejándonos el regusto de ser una especie de código de barras que no logra superar el torno.

Sentir nuestra dignidad ultrajada –ligada al reconocimiento de la singularidad– es una garantía del pasaje al acto violento, de que esa rabia experimentada explote. En ese caso, la indignación y la cólera subsiguiente van de la mano, aunque es obvio que podemos indignarnos sin encolerizarnos y, por otra parte, como escuchamos en algunas de esas protestas actuales, hay personas que no necesitan ningún atentado a su dignidad para enfurecerse. Les basta con la satisfacción que encuentran en esa pulsión destructiva.

Recuperar la dignidad es necesario para limitar la rabia y eso exige algo más que buenas palabras y mejores intenciones. Sanitarios, cuidadores, taxistas, hosteleros, riders … esperan ayudas que preserven su singularidad, como trabajadores y como personas

*Psicoanalista. Miembro de la AMP (ELP)

Fotografía seleccionada por el editor del blog.

Fuente: https://www.lavanguardia.com/vida/20201029/4964936530/la-rabia.html?utm_term=botones_sociales&utm_source=whatsapp&utm_medium=social

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